Isaías 53:6

6. La Palabra de Dios lo ha declarado: Todos nos hemos extraviado. Todos nacemos perdidos y desorientados. Llenos de temor nos pasamos la vida huyendo de Dios. El miedo y el orgullo nos hacen desconfiados. En medio de la soledad y la desesperación, cada uno se aferra a sus propios ídolos, aumentando aún más, si cabe, nuestra osadía y separación de Dios, nuestro único Creador.

Sin embargo, todo nuestro pecado, y toda nuestra culpa ha sido imputada sobre aquel que carga con nuestros pecados colgado de una ignominiosa cruz. Él es el sacrificio de nuestra paz. Por él podemos volver a Dios sin temor. Todo el ceremonial de sacrificios del Antiguo Testamento apuntaba al día de la Cruz.

Porque no hay hombre que esté libre de pecado, ciertamente, no hay esperanza ni solución al problema del hombre sin Cristo. El único que puede pastorear nuestra vida. El único que puede transformarla totalmente. No hay otro que nos pueda mostrar las sendas de justicia que tanto necesita la humanidad.

Siendo nosotros los extraviados de ningún modo podemos encontrar a Dios si Él no nos busca primero. Nosotros sólo podemos implorar perdón apelando a su gracia. Confesar nuestras transgresiones es siempre el primer paso. De nada sirve justificarse, no hay excusa que podamos presentar delante de un Dios Justo. No siempre es fácil encontrar y ver nuestro propio pecado. Proverbios nos dice que hay camino que al hombre le parece justo, pero que su fin es camino de muerte.

Dios nunca rechaza al que da un giro de 180 grados. Por su misericordia, sus brazos están siempre abiertos a todos aquellos que quieren abandonar sus caminos de iniquidad. Porque todo el mundo busca lo suyo, todos somos unos insaciables, y unos insatisfechos, nuestra propia maldad nos arrastra allí por donde soplan los vientos de este mundo.

Pero, Dios ha puesto límite al pecado y a la maldad de los hombres. Además, este mundo, tal y como lo conocemos, también tiene fecha de caducidad. Mientras tanto, el Señor busca a las ovejas perdidas para salvarlas. Él está allí, y vendrá tarde o temprano a rescatarlas. Porque, esa es su voluntad. La mano extendida de Dios es la cruz donde murió nuestro salvador. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su hijo al mundo para condenarlo, sino para que sea salvo por él.

Ahora, por fe, podemos apropiarnos de la justicia que emana de la cruz. Porque no hay justo ni aun uno, no hay quien entienda. Nadie puede alcanzar esta salvación por linaje o por obra. Habiendo sido destituidos, pues, de la gloria de Dios, hemos sido justificados por su gracia en Cristo Jesús.

La cruz de Cristo pone de manifiesto el estado del hombre. Porque el hombre se halla muerto en sus delitos y pecados. Por esto Cristo muere en lugar nuestro. Con lo cual, habiendo sido vivificados por su sangre, ya no vivimos para nosotros sino para aquel que nos redimió.

No hay nadie que quede exento de esta miserable condición humana. Si no somos conscientes de nuestro propio estado pecaminoso, difícilmente sentiremos la necesidad de valernos del remedio de la cruz. Para apreciar a Cristo debemos primero examinarnos a nosotros mismos. Cristo sólo podrá redimirnos si somos conscientes del ruinoso estado de nuestra existencia.

Esta condición de pobreza espiritual y de miseria nos es común a todos los seres humanos. Pero, no debemos escudarnos en el mal colectivo, eludiendo así nuestra propia responsabilidad. En realidad, cada uno, individualmente, ha tomado la decisión de seguir su propio camino. Tan pecadores somos cuando estamos solos, como cuando estamos en compañía. No es una cuestión de “hacer” el mal, sino de que “somos” malos. Así, que no hay justo ni aun uno, no hay quien entienda ni busque a Dios. Nos hemos vuelto inútiles y totalmente prescindibles. Porque no hay quien haga el bien, ni tan solo uno.

Si bien en nosotros mismos nos hacemos trizas, en Cristo somos recompuestos. Por lo tanto, estando arruinados y alejados de Dios, yendo derechos al infierno, Cristo tomó sobre sí la inmundicia de nuestras iniquidades, con el fin de rescatarnos de la destrucción eterna. Estando él libre de todo pecado, tomo para sí nuestra culpa y nuestro castigo. Consideremos pues nuestras propias iniquidades, de tal modo que podamos saborear las riquezas de su gracia, y obtener así el beneficio de la muerte de Cristo.

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Isaías 53:5

Una de las cosas más asombrosas de esta sombría humanidad es su incapacidad de percibir el pecado que envuelve todos nuestros actos y pensamientos. Nadie parece plantearse el origen de la manifiesta maldad humana, quizá por ello no acabamos de encontrar una solución.

Mientras tanto, allí estaba el Hijo de Dios muriendo lentamente en aquella afrentosa cruz. Precisamente, el único hombre que jamás cometió el más nimio pecado cuelga de una cruz pagando nuestras transgresiones. Todas aquellas heridas sufridas por los latigazos, los clavos y las espinas no tenían otro origen que nuestro pecado. Fueron nuestras transgresiones las que lo golpearon una y otra vez. La inmerecida paz que hemos cosechado de la cruz tiene un precio altísimo, un precio que sólo él pudo pagar.

Allí también estaba la serpiente del libro de Génesis hiriéndole el talón sin saber que con ello sería ella quien recibiría un golpe mortal en la cabeza. Allí estaba el creador sanando las enfermedades que merecemos. Cumpliendo la justicia que demanda la ley. Expiando nuestro propio pecado. Ciertamente, no podemos imaginar el dolor que él pasó. Pero, por su sacrificio fue prosperada la voluntad de Dios.

Hoy seguimos viviendo el tiempo de la gracia de Dios. Sigue siendo posible el arrepentimiento, porque por él el Señor toma nuestra iniquidad cual abono para que arraigados en Él seamos fecundos en misericordia y justicia. Para que Cristo no sólo sea nuestro salvador, sino también nuestro Señor. Él es todo un ejemplo para nosotros. Siendo quien era, no vino para que le sirvieran, sino para servirnos. Y para dar su vida en rescate.

Pero, el hombre prefiere los caminos de Barrabás. La violencia y el escarnio contra aquellos que creemos que son una amenaza. No fue menos con el Hijo de Dios. Pero, Jesús aguantó hasta el final por amor a nosotros. Sabía que su destino era la cruz, su decisión fue obedecer al Padre. Para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.

Quitarle la vida fue la respuesta que dimos a Jesús. Aquel que sólo vivió haciendo el bien, sanando con el poder de Dios a todos aquellos que vivían oprimidos por el diablo. Jesucristo fue también el sacrificio expiatorio al que apuntaba el ceremonial del Antiguo Testamento. Sin embargo, la muerte no lo pudo retener. Porque resucitó para nuestra justificación. Esta es la prueba de que su salvación es real. Por eso hoy es posible tener paz con Dios, y libre acceso a su gracia. Él se hizo a si mismo pecado y fue maldito para que fuésemos declarados salvos y justos.

Sí, el cuadro de la cruz no es atrayente. Todos le apartamos la mirada. Pero, la grandeza de la cruz radica en aquello que consiguió. Toda transgresión se desintegra cuando entendemos que por su muerte nuestros pecados son expiados y nuestra culpa quitada.

Ahora tenemos paz con Dios. Todas nuestras ofensas nos han sido perdonadas. Se acabó nuestra lucha con Dios. Esta es una paz conseguida en el espacio y el tiempo, pero de consecuencias eternas.

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Isaías 53:4

4.¿A quién iremos con nuestras aflicciones, nuestras enfermedades y dolores? Jesús sufrió lo indecible por amor a nosotros. Y con todo ello, no entendimos. Lo tomamos como un pobre desgraciado. Alguien que cayó en las manos de un Dios injusto. O un buen hombre que cayó como tantos otros en manos de los hombres. Y, aun así, pasamos de largo y seguimos por nuestro camino.

El juicio de Dios se avecina porque, a lo largo de la historia, Dios nunca ha pasado por alto la maldad y la injusticia humana. Sólo hay una manera de escapar a la ira de Dios: Creer en aquel que llevó nuestra culpa clavada en la cruz. Porque Jesús aguantó voluntariamente y sin rechistar nuestros golpes, torturas, y vejaciones sólo por amor a nosotros y en obediencia al Padre. Porque son nuestras transgresiones las que le hieren, y nuestras iniquidades las que lo muelen. Él sufrió el castigo que merece nuestra paz. Todos nos descarriamos como ovejas, cada uno siguió su propio camino. Toda la ira que Dios tenía reservada para nosotros la arrojó contra su propio hijo. Tal sacrificio no fue en vano. Dios quedó plenamente satisfecho con él. Y no sólo esto. Dios le concedió la victoria sobre la muerte, y hoy es el sumo sacerdote que intercede delante del Padre por sus redimidos.

Aparentemente, la muerte del Señor fue una derrota. Aún muchos pensaron que merecía lo que le estaba pasando. Pero, su posterior resurrección indica todo lo contrario. En la cruz queda inaugurado un periodo de salvación y esperanza. Los brazos de Jesús se abren para recibir a todo aquel que, arrepentido, creé en Él. Pero también abre un periodo de incertidumbre y de juicio para este mundo. Los tiempos irán de mal en peor hasta la consumación de los tiempos cuando por fin Cristo vuelva. Y sabemos que a su venida precederán periodos de guerras, hambrunas y calamidades.

Dios transformó la “derrota” de la cruz en el mayor acto de amor en favor del hombre de la historia. Allí estaba el Hijo de Dios tomando nuestro pecado y sanando nuestras enfermedades. Jesús no vino a ser servido, sino a servirnos a todos, y a darnos ejemplo. Ninguno de sus discípulos estuvo a la altura de las circunstancias. Todos flaquearon, y no supieron estar firmes en los momentos de mayor trascendencia. Jesús tuvo que soportar y llevar sobre él toda nuestra miseria. La justa ira de Dios cayó sobre Él sin contemplaciones. Soportó las torturas, la ignominia y las burlas de los hombres sólo por amor a nosotros.

Jesús fue tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Fue probado al extremo, pero el adversario no consiguió doblarlo. Él no sólo nos salvó, también nos proveyó para que pudiéramos luchar contra toda tentación. Rió y lloró con nosotros. En definitiva, experimentó la vida tal y como la vivimos hoy nosotros.

Tal es nuestra maldad, que fuimos capaces de tergiversar la misma ley que Él compuso para preservar la vida para darle muerte. Sin embargo, lo que realmente ocurrió, fue que Él tomó la maldición que dictaba esa misma ley en contra nuestra y la cargó en la cruz. Par poder expiar nuestro pecado debía ser igual que nosotros. Por eso puede socorrernos en toda tentación. Su resurrección y su próxima venida son las gloriosas esperanzas de aquellos que hemos muerto con Jesús en esa ignominiosa cruz.

La debilidad, el sufrimiento, y la deshonra que sufrió Cristo no fue gratuita. Hubo un motivo de peso: Hacer suyos nuestros pecados. Él es también nuestro sanador, aquel que nos cura tanto física como espiritualmente, porque la condición humana es débil y proclive al sufrimiento.

Muchas conjeturas se sacan hoy en día acerca de Jesús. Son pocos los que entienden que, en realidad, Jesucristo moría en la Cruz por nuestros pecados. Aun los que le veían morir pensaban que, en realidad, lo merecía. Hasta aquí puede llegar nuestra ingratitud ¿por qué muere Jesús en la cruz? Esta es una pregunta vital que todos deberemos responder ¿A quién juzga Dios, a él o a nosotros?

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Isaías 53:3

3. Si alguien ha sufrido el desprecio y el rechazo en este mundo ha sido el Señor Jesús. Él no sólo nos creó, también nos hizo a su imagen y semejanza, aun así, fuimos nosotros quienes le rechazamos. El pecado no tiene otro culpable que el hombre.

Nadie como Jesús conoce lo que es el sufrimiento. Su dolor no fue esporádico sino frecuente. Nadie como él ha empatizado con los que sufren. Todos huimos del dolor, pero Jesucristo se entregó a él como nadie lo ha hecho. Pero, sólo lo hizo por amor a nosotros. Para hacer suyos nuestra culpa y nuestro pecado.

Como cuando evitamos mirar una operación quirúrgica, o alguien a quien están torturando. Así, pasamos de largo sin prestar mayor al Jesús del madero. Nadie ha podido sufrir mayor menosprecio, porque Él no sólo es hombre, también es Dios mismo. Por lo tanto, nuestra ofensa es de dimensiones cósmicas.

La cruz pone en evidencia la maldad humana, en ella el Señor aguantó todo lo que sólo nosotros merecemos. Nos preocupamos mucho por los tiempos difíciles, pero deberíamos tener más cura de los fáciles. Porque es en la abundancia cuando nos empoderamos y tendemos a abandonarle y a desdeñar el Evangelio.

En el mundo hay muchas injusticias, las ha habido y las habrá. Pero, nada iguala al escarnio, la soledad y el dolor que tuvo que pasar nuestro Señor. Fue torturado, vejado e insultado como nadie. Pero la piedra que desecharon los constructores ha venido a ser la piedra angular. A pesar de todo, el Señor nunca dejó de poner su esperanza en su Padre. Allí estaba llevando nuestros pecados, sufriendo nuestra maldad, llevando todas nuestras miserias. Pero, su dolor no fue en vano, el día de la vindicación terminó llegando. Porque hoy está sentado a la diestra del Padre. Y pronto vendrá el día en que toda rodilla se doble delante de Él.

Muchos no entendieron a Jesús. Ni tan solo su propia familia, porque, en algún momento, pensaron incluso que había perdido el juicio. Fue piedra de tropiezo para muchos. Sabiendo que era hijo de José y María, y que tenía hermanos y hermanas, no entendían todo lo que afirmaba acerca de sí mismo.

Las palabras del profeta nos acercan a los sufrimientos de la pasión. Las terribles angustias que le sobrevinieron, las torturas que le hicieron. Y lo que es peor, el rechazo por parte de todos. Porque no le quisieron ni como profeta ni como rey. Prefiriendo las enseñanzas de los fariseos a las suyas escogieron a Barrabás, un asesino, antes que a Él.

Habiendo creado el mundo, este le dio la espalda. Su pueblo elegido tampoco le quiso, es más, lo mató porque no podían soportar lo que afirmaba de sí mismo. Aquellos que más debían saber de él, los estudiosos de las Escrituras, en este caso los fariseos, no supieron reconocerle. Afirmaban que ningún profeta podía venir de Galilea. Llegaron a decir de Él que era samaritano (impuro), incluso que estaba poseído por un demonio. Pensaban que era un hombre pecador simplemente porque ejercía la misericordia en sábado. Y lo tildaron hasta de loco.

Pero, quizá uno de los aspectos que más llama la atención de este pasaje es la humanidad de Jesús. Se nos dice que experimentó el dolor y el sufrimiento. El texto bíblico no esconde que Jesús era un hombre que lloraba. Un hombre pacífico que no era atractivo para las multitudes, siempre más proclives a los hombres poderosos en términos mundanos.

La Escritura deja claro que a Jesús sólo se le reconoce por la intervención del Espíritu Santo. Sólo Él nos puede dar a conocer la verdad, pero es tarea nuestra abrazarla o resistirla. El Evangelio dinamita nuestros cimientos, aquello en lo que descansa nuestra existencia. Es por ello, por lo que este siempre levanta oposición, porque todos hemos fabricado chabolas de mentira que nos hacen sentir protegidos. El Pueblo de Israel, y en especial su clase religiosa, siempre se opuso a la verdad. Todos aquellos profetas que hablaron claramente del Mesías fueron perseguidos

Pero Jesús ha venido a traernos libertad. A libertarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte. Hoy, Jesús, como Sumo Sacerdote, puede simpatizar con cada uno de nosotros, porque conoce la debilidad humana, porque fue tentado al igual que nosotros, aunque sin haber caído ni una sola vez en el pecado.

Por su humildad, reverencia y sujeción al Padre, Jesús fue escuchado en sus oraciones. Fue mediante el sufrimiento y el dolor que Jesús no sólo nos salvó, también puso en nosotros la fe que hoy tenemos y continúa perfeccionándola mientras está sentado a la diestra del Padre. Toda la hostilidad que él sufrió fue para que hoy nosotros fuésemos fortalecidos y motivados.

A menudo pasamos por alto que Jesús fue un hombre, no experimentado en placeres, sino en aflicción. El verbo utilizado para referirse al dolor no sólo indicaba la presencia de dolor físico, sino también de dolor psíquico o emocional.

No significa que no disfrutara también de los buenos momentos que da la vida, y que no gozara de la alegría y el deleite. Sólo que él conoce el dolor mejor que nadie, y justamente por ello es capaz de acompañarnos y consolarnos en cualquier situación.

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Isaías 53:2

2. Es difícil no pensar en la cruz al leer este versículo. Jesús, el hijo de Dios. Joven, inocente y sin pecado emerge de la tierra clavado en una cruz. Allí arriba, despojado de toda belleza y majestad, se hace casi insoportable observarlo en su agonía.

Jesús vivió entre nosotros como cualquier otro hombre. En una familia, tenía hermanos y hermanas. Tenía un oficio. Pero, tal como anunciaba la Escritura, vino a sufrir y a ser rechazado por su pueblo. Ya desde su mismo nacimiento la sociedad no quiso hacerle un lugar. Fue obediente desde su niñez, tanto a su padre (Dios) como a su madre (María). Y creció fuerte, y Dios lo hizo grande en sabiduría, de tal forma que fue de agrado, tanto a Dios como a los hombres.

Fue el más humilde de los hombres, no sólo abandonó toda su propia gloria como Dios, también rehusó toda la gloria de este mundo. Por no tener, no tuvo ni un lugar donde recostar la cabeza. Toda la Creación es obra suya: Árboles, plantas y animales, fueron formados por sus manos, además, todo le pertenece. Sin embargo, fueron pocos los que le conocieron, o reconocieron. Aún así, a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre.

Conocer a Jesús siempre va a requerir un esfuerzo por nuestra parte. Lo más difícil siempre será despojarnos de todo prejuicio. No juzgarle por las apariencias, más bien, escudriñar bien las Escrituras con humildad, porque ellas hablan de Él.

Pero, el Evangelio no sólo hay que escucharlo, también hay que creerlo. Jesús no puede dejarte indiferente. Bien sea que le buscamos sinceramente o con prejuicios. Con Jesús no van las tintas medias. O le somos seguidores incondicionales, o nos oponemos a Él frontalmente

Pero, Jesús no es atractivo para este mundo. Los hombres prefieren a tipos como Barrabás para que les salve. Hombres que abogan por la violencia para “arreglar las cosas”. Hombres que roban y se enriquecen injustamente a costa de los demás.

El versículo, nos transporta con maestría a la futura pasión de Cristo. Al escarnio que tuvo que soportar, a los latigazos que precedieron la cruz, y a la terrible muerte que le esperaba.

Dios fue a la yugular cuando envió a su hijo. No trato el problema desde la lejanía, o como si fuera un asunto de poca importancia. En su hijo Jesucristo, adoptó personalmente la condición humana. Y se introdujo en esta trastornada y caótica humanidad para enderezarla de una vez por todas. Algo que la ley nunca pudo conseguir debido a la fracturada naturaleza humana. Sin embargo, a diferencia de los hombres, no lo hizo a través de la imposición, ni el autoritarismo, sino mediante la humildad y la sencillez. De hecho, tal y como nos dice la carta a los Filipenses, prefirió adoptar el estatus de esclavo.

Cristo es el modelo que ha de seguir todo cristiano. Porque él se humanó totalmente, fue uno igual que nosotros. Hubo una integridad total entre todo aquello que decía y todo aquello que pensaba y hacía. Fue impecable por dentro y por fuera, porque espiritualmente también fue escudriñado y no le fue hallada falta alguna. El mismo Cielo lo estuvo observando cada día de su existencia entre nosotros. Aún hoy persiste su obra a través de la iglesia, no deja de ser proclamado en todo el mundo. Y hoy mismo se encuentra sentado a la diestra del Padre aguardando el momento de su manifestación. Él es la Piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa delante de Dios, tal y como nos dice el apóstol Pedro.

Aunque lamentando el hecho de que pocas personas creerán (v. 1), el remanente verá que nada en la apariencia del Siervo atraerá de inmediato a un gran número de seguidores (cf. v. 3). Creció… ante Dios como un brote tierno (es decir, vendrá de la descendencia de David; cf. 11: 1), y como una raíz en tierra seca, es decir, en un área árida (espiritualmente hablando) donde uno no esperaría que creciera una planta, y mucho menos grande. No tendrá apariencia de una persona de la realeza (en belleza y majestuosidad).

Sin embargo, crecerá ante él como un retoño. Este versículo se refiere a lo que se dijo anteriormente, que Cristo al principio no tendrá magnificencia o manifestación externa entre los hombres; pero que ante Dios será, sin embargo, grandemente exaltado, y tenido en gran estima. Por lo tanto, haremos bien en no juzgar la gloria de Cristo por la visión humana, sino en discernirla por fe a través de todo aquello que se nos enseña acerca de él en las Sagradas Escrituras; y por lo tanto la frase «delante de él», contrasta la percepción de Dios con la de los sentidos humanos, incapaces de comprender tan elevada grandeza. Casi la misma metáfora fue utilizada por el Profeta, (Isaías 11: 1) cuando dice: «Un retoño brotará de la estirpe de Isaí»; porque la casa de David era como una estirpe seca, en la que no se observaba ningún rigor o belleza, y por esa razón al tronco no lo llama casa real, sino «Isaí, » un nombre que no conlleva renombre alguno.

Este versículo profundiza en la naturaleza humilde de la persona y el ministerio del Siervo (cf. 52:14). En lugar de aparecer como un poderoso roble o un floreciente árbol frutal, el Siervo aparece ante el Señor como una hierba silvestre, un brote de una sola raíz, normalmente, no deseado (cf. 11: 1; 1 Sam. 16: 5-13). La palabra hebrea, yoneq, significa literalmente «amamantamiento», pero Isaías lo usó aquí alegóricamente en un sentido hortícola para describir a un tierno, dicho en otras palabras: un “chupón”.

Los jardineros generalmente cortan estos brotes tan pronto aparecen porque roban los nutrientes que necesitan las otras plantas. Otro paralelismo es el de una ramita que brota en un paraje estéril. Por lo general, estas pequeñas ramitas mueren rápidamente por falta de humedad. Estas figuras apuntan al origen aparentemente terrenal y natural del Siervo, con su árbol genealógico, y el medio espiritual árido en el que creció.

El Siervo, además, no tendría una apariencia vistosa que llamara la atención de la gente. No habría nada en Su apariencia o Su conducta que atrajera la gente a Él como una persona distinguida o singular (cf. David, 1 Sam. 16:18).

Los libertadores, por el contrario, son personas dominantes, contundentes y atractivas, que por su magnetismo personal atraen a las personas hacia sí mismas y las convencen para que hagan su voluntad. Las personas que se niegan a seguir su liderazgo con frecuencia son oprimidas o condenadas al ostracismo.

El hombre que nos describe Isaías no encaja en ese patrón en absoluto». Jesús entró en el mundo como un bebé, no como un rey. Nació en un establo, no en un palacio. Le pidió al gran predicador de su época que lo bautizara; Él no anunció el comienzo de Su ministerio públicamente ni convocó a todos para que presenciaran su bautismo. Ni tan solo Juan el Bautista llegó a reconocerle, primeramente; Se mezcló con la multitud y no destacó especialmente. Si bien hay otros pasajes de las Escrituras que ponen de manifiesto su poder para atraer a las personas, esta profecía deja en claro lo que algunos cristianos no han acabado de entender, que el Señor Jesucristo no tiene atractivo para el hombre natural. Si bien el poder de Su deidad fue en ocasiones evidente, y Su presencia era sin duda imponente. Aun así, “no había en Él nada para que le deseemos.”.

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Isaías 53:1

1. En este versículo se encuentran tanto la responsabilidad humana como la soberanía divina. Dios proclama su palabra por los medios que considera oportunos. Puede ser a través de la conciencia, la Creación, en su tiempo fueron los profetas, y hoy, mediante la predicación y el testimonio personal, pero sobre todo mediante su Palabra, las Escrituras, la Biblia.

Pero, es nuestra responsabilidad atender el llamado de Dios. Podemos recibir y leer el mensaje o dejarlo en el buzón. El mensaje salió de Dios, y si no hubiera salido de Él no tendríamos posibilidad alguna de recibirlo, escucharlo y creerlo.

Sólo a través de la oración podemos apelar a la Gracia divina para que actúe revelando el evangelio, bien a nosotros, o a otras personas.

A veces, es fácil preguntarse por qué Dios no responde, o por qué nos ha abandonado. Pero ¿no será que es Dios, precisamente quien se está haciendo estas preguntas? Porque, en realidad, no es tanto que Dios nos haya abandonado, sino que hemos sido nosotros los que le hemos dejado a Él.

Seamos conscientes o no, hay un cisma entre nosotros y Dios. Esta insalvable separación se llama pecado. Mientras exista este cisma, nuestro principal problema en la vida es restablecer el eslabón que nos unía a nuestro creador.

En su gracia, Dios ha permitido ciertos canales de comunicación. Los más importantes son la oración y el mensaje que encontramos en su Palabra. El abandono más grande que pueda sentir un ser humano, la soledad más absoluta que nadie pueda experimentar fue la que sufrió el Señor Jesucristo en la Cruz. Sin embargo, fue gracias a su sacrificio que hoy es posible acercarnos a Dios y comunicarnos con Él. Porque su sangre derramada en el monte Calvario quitó el pecado que impedía esa relación. Era él muriendo en nuestro lugar. Su sangre restablece el eslabón perdido.

La humildad es indispensable para absorber el mensaje del Evangelio. Cuanto más grueso es nuestro orgullo más difícil es escuchar a Dios. Jesús puso como ejemplo a imitar a los niños, como ellos debemos ser si de veras queremos entrar en el Reino de los Cielos. Porque, en el fondo, Dios sólo se revela a los que son como ellos.

En las Escrituras queda claro que sólo Dios puede darse a conocer al hombre. De nada sirve nuestro esfuerzo, o nuestra búsqueda si nuestro creador no toma la iniciativa. Él elige a quien revelarse, pero en su llamado Él no excluye a nadie. Él primero llama a todos, y luego escoge algunos.

Pero el Señor también se vale de personas como tú y como yo para darse a conocer. Nosotros también podemos preparar el camino para que Él se manifieste en los corazones de aquellos que nos rodean.

Cuando el Señor llama a nuestra puerta, en nuestras manos está recibirle. Si le aceptamos, si creemos en Él, el don que se nos otorga no es pequeño. Nada más y nada menos que ser hijos de Dios.

Pero, a veces, el mejor testimonio no da resultado, al menos a corto plazo. El apóstol Juan nos dice que los hermanos de Jesús no creían en Él. Y ¿quién pudo recibir mejor testimonio que ellos?

El problema con el mensaje del Evangelio nunca es que Dios no hable o no se manifieste. El problema es que el corazón del hombre es duro como una piedra. Siempre tardo para oír la voz de Dios. A veces, el Señor tiene que ironizar hablando de su pueblo preguntándose si realmente hay alguien que esté escuchando “¿Quién ha creído nuestro anuncio?”.

Pero el Evangelio sigue siendo poder de Dios. Poder para salvar a todo aquel que cree. Y siempre está a nuestro alcance. Por fe y para fe vendrá a nosotros en forma de justicia. Por ella somos declarados justos, y por ella andamos por caminos de equidad y rectitud.

No hay otra forma de alimentar nuestra fe que no sea a través de la absorción de la Palabra de Dios. La Palabra de la Cruz es locura para todos aquellos que se pierden, pero a los que se salvan es poder de Dios. Por la Palabra Jesucristo es una realidad en nuestras vidas. Poder y sabiduría de Dios.

Dios no ciega a nadie. Es el “dios” de este siglo quien ha ofuscado el entendimiento de los incrédulos. Por ello necesitamos su luz. Por ella son abiertos los ojos de nuestro entendimiento. Sólo en ella podremos disfrutar de las riquezas de su gloria, y la grandeza de su poder obrando en y a través nuestro.

Ciertamente, fueron pocos los que reconocieron a Jesús. Es por ello por lo que, por un lado, debemos estar gozosos y agradecidos, pero por otro, debemos estar alerta no sea que, también por nuestra incredulidad, lleguemos a olvidar su salvación, tal y como hizo Israel.

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Mateo 1:25

25. La fe de José no fue espontánea. Tuvo su continuidad en el tiempo. Supo esperar a que naciera Jesús para tener relaciones con su esposa. Y, tal y como le fue encomendado por el ángel, permitió poner por nombre Jesús al hijo de Dios. Jesús significa “Jehová salva”, aunque su título mesiánico era “Emmanuel”, esto es: “Dios con nosotros”. Mateo concluirá su Evangelio con este mismo tema al reproducir las palabras de Jesús: “Yo estoy con vosotros todos los días”.

No pasamos por alto el hecho que Jesús, siendo el primogénito de la familia, no sería hijo de José. En aquellos tiempos, el primogénito era una figura muy importante tanto en la ley como en la sociedad judía.

Tal y como encontramos en el libro de Éxodo, todo aquel que abre la matriz de una mujer es apartado para Dios. Y he aquí el primogénito de todos los primogénitos. Porque nadie como Jesús pertenece a Dios, y nadie como Él hizo su voluntad desde el primer momento.

Sus atributos divinos se hicieron manifiestos durante todo su ministerio. Él podía perdonar pecados porque siendo el Hijo de Dios, era Dios mismo. Sin embargo, fue un hombre como cualquier otro de su época. Soportando la dureza de la vida y disfrutando de ella igualmente. Trabajaba de carpintero, tenía padres, y hermanos, y antes de sus años de ministerio, su vida era tan cotidiana como la de cualquier otro israelita. No gozó de ningún privilegio por ser quien era, el Hijo de Dios. Era tal su humildad que incluso al nacer no hubo sitio para él en este mundo aparte de un establo con animales. Cumplió con la ley desde el principio, siendo circuncidado al octavo día.

Ahora, Jesús, es nuestra imagen. Como creyentes debemos seguir sus pisadas, él es el primogénito de una gran familia: Su familia somos aquellos que ha salvado muriendo en la cruz en nuestro lugar. Por esa muerte hemos sido redimidos, y por su resurrección hemos vuelto a nacer juntamente con él.

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Mateo 1:24

24. José, entonces, una vez recibió el mensaje de parte de Dios despertó. Justo lo que la Palabra de Dios debería producir en nosotros: “Despertar”. E inmediatamente asumió sus responsabilidades y obedeció. La sujeción que debemos a Dios nunca debe ser como la del trabajador con su capataz: Contractual y por pura conveniencia. Sino más bien como la del hijo con su Padre: Apasionada y desinteresada. José no podía asumir aquella responsabilidad a desgana ni a regañadientes. Tenía que hacerlo movido exclusivamente por el amor. El amor que Dios había puesto por su esposa, a pesar de lo extravagante de la situación.  

Los grandes cambios en la historia siempre han venido de la mano de la obediencia de hombres y mujeres de Dios. Fue por fe que Noe obedeció a Dios construyendo el arca que salvó su vida y la de su familia precipitando el justo juicio de Dios sobre la Tierra. Fue por la obediencia que Abraham validó su fe llevando a su querido hijo al monte Moriah. También por fe Moisés obedeció rechazando ser llamado hijo de Faraón prefiriendo pasar aflicción en el desierto con el pueblo de Dios. Por la fe, también Rahab la ramera fue justificada cuando obedeció recibiendo y protegiendo a los espías de Israel. 

Se nos dice que José fue despertado del sueño. Benditos somos cuando Dios nos levanta para hacer su voluntad. La rapidez y determinación de José, que aquí se describe, atestiguan la veracidad de la fe de José, así que sólo podemos elogiar su obediencia. Porque, si no  hubiera sido quitada toda objeción y no hubiera sido aplacada su conciencia, nunca habría procedido con tanta determinación, con un cambio de opinión tan radical. En aquella sociedad y aquellas circunstancias, seguir con su esposa era una insensatez que sólo podía contaminarlo. El sueño debe haber dejado en José la imprenta divina porque le quitó toda sombra de duda. Luego la fe tuvo en él su efecto. Habiendo aprendido la voluntad de Dios, no titubeó en prepararse para obedecer.  

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Mateo 1:20-23 (b)

21-23. El propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo no fue otro que el de servir y dar su vida en rescate por muchos. Un encuentro con Jesús no puede dejarnos indiferente. O lo rechazas de plano, o transforma totalmente tu vida. Porque no hay remisión de pecado en otro nombre. Toda la Escritura, de Génesis a Apocalipsis lo anuncia.

Jesús es la ofrenda expiatoria por el pecado que el Pueblo de Israel ejercía en el Antiguo Testamento a través del sacerdocio levítico. Vino a su debido tiempo para ocupar nuestro lugar en la cruz y para que seamos salvos de una generación malvada y perversa. En su sangre hay poder para perdonarnos, pero también para redargüirnos (corregirnos) y protegernos. Él nos ha trazado el camino del verdadero amor, el de la auténtica entrega y sacrificio. Aquel que de verdad agrada a Dios. Hoy, como comunidad, su iglesia tiene una oportunidad de oro para vivir el camino de amor que Jesús mismo trazó.

De Jesús, se nos dice en el libro de Apocalipsis que es el testigo fiel, aquel por el cual podemos conocer verdaderamente a Dios. El primero y único ser humano que ha vencido la muerte. El que gobernará todos los reinos de la tierra con justicia y equidad; Él es también el que ha redimido un pueblo con su sangre para compartir con él su Reino y su sacerdocio. Así que, en lo que refiere a los que le hemos creído, las buenas obras no son una opción, son el resultado de la expiación y la purificación que la sangre de Cristo ha hecho en nosotros.

El nombre de Jesús está relacionado con la salvación que vino a traernos. Porque Él, ciertamente es el autor de nuestra salvación. Vino a salvar su pueblo perdido. Muerto, en realidad, en sus delitos y pecados. Si Cristo es el salvador de la humanidad, fuera de él no tenemos esperanza alguna. De hecho, la muerte lo viene anunciando desde el principio. El juicio de Dios así lo ha decretado. No hay escapatoria. Porque el pecado es quien, en realidad, nos priva de la vida.

La declaración del ángel nos hace ver cuál es el nivel de nuestra corrupción. Que todos los hombres y mujeres somos menesterosos de la Gracia de Dios. Que somos esclavos del pecado. Y que en nosotros no existe nada que se parezca a la justicia verdadera.

Así que, Cristo es nuestra salvación: Por un lado, es nuestra expiación en términos absolutos. Nos trae un perdón totalmente gratuito que nos libra de nuestra condena: La muerte. Al mismo tiempo, nos reconcilia con Dios. Incluso nos libra de la tiranía de Satán para que vivamos a la justicia, tal y como nos dice el apóstol Pedro. Por lo tanto, nuestra confianza ya no está en nuestras obras, ni en nuestras capacidades, sino en el poder que emana de la cruz.

Es cierto que cuando el ángel dice “su Pueblo” se está refiriendo al Pueblo de Israel, pero no podemos perder de vista que pronto los gentiles iban a ser incorporados, según la promesa hecha a Abraham. Por lo tanto, la promesa de salvación alcanza indiscriminadamente a todos los que son incorporados por fe a “un solo pueblo”.

A veces, la grandeza de la Biblia no está en lo que entendemos, sino en lo que nos es velado. Qué claro estaba en las Escrituras que Dios se haría hombre naciendo de una virgen. Sin embargo, el Mesías sólo fue reconocido por unos pocos escogidos.

Las Escrituras son “el periódico” de Dios. En ellas sus “periodistas” nos hablan acerca de
Él, de la vida, y del hombre. En ella leemos acerca del pasado, el presente, y el futuro. “Dios con nosotros”. En estas pocas palabras encontramos la humanidad, la deidad, y el propósito de su venida: “Dios con nosotros”, este es Jesús.

Dios no ha dejado de transmitir su mensaje y sus intenciones a través de su Pueblo. El rey David tuvo una relación especialmente estrecha con el Señor. Dios siempre ha sido fiel a su Palabra y ha cumplido siempre sus promesas. De la descendencia de David vendría el Mesías, y así fue. Nadie a conseguido acallar la voz de sus profetas. Muchas otras profecías se cumplieron en Jesús. Como que vendría de Egipto tras refugiarse allí hasta la muerte del rey Herodes, o que viviría en Nazaret. En Jesús convergen la ley y los profetas. Él es el cumplimiento de la Palabra en todos los sentidos.

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Mateo 1:20-23 (a)

21-23 (a). Efectivamente, María tendrá un hijo, un varón al que llamarán Jesús. Porque Él salvará a su pueblo de sus pecados. El propósito de su nacimiento no será otro que culminar la salvación de su Pueblo. No sólo es una salvación expiatoria. El poder de esta salvación será tal que, por ella, Jesús formará un pueblo santificado, porque el pecado ya no se enseñoreará más de él. Sin duda, nos encontramos ante el anuncio más importante de la historia.

Muchos otros nacimientos milagrosos fueron necesarios para levantar hombres de Dios. Fueron figuras de este Jesús, o eslabones de su árbol genealógico. Algunos ejemplos son el nacimiento de Isaac, que fue de un vientre estéril como el de Sara. O la madre de Sansón, profeta escogido por Dios para librar a su pueblo del yugo filisteo, que también era estéril.

Así que, aquí nos encontramos a Jesús, nacido de mujer, bajo la ley, en el tiempo dispuesto por Dios. Él cumplirá la ley, y tomará nuestro lugar en la cruz para pagar todas nuestras transgresiones, delitos y pecados.

Como era tradición, el nombre del hijo lo designaba el padre, por eso el ángel (o enviado) de Dios anuncia su nombre: Jesús. Jesús y Josué son prácticamente el mismo nombre (Joshua, Jeshua). Ambos significan Jehová es mi ayuda o Jehová es mi salvación. A Oseas, hijo de Nun, Moisés le cambió el nombre y le puso Josué, quien más tarde sería su sucesor. Por otro lado, podemos añadir que tanto Jesús como Josué eran nombres comunes de la época y el lugar donde nació nuestro salvador.

La misericordia tan anunciada a lo largo de toda la Escritura está a punto de cumplirse. La tan deseada redención de nuestros pecados. Día de gozo y de canto. Día en que el enojo y la indignación de Dios se apartan para dar lugar a su consolación. Ya está aquí nuestra salvación. Estaremos seguros y confiados. No temeremos porque Él, ciertamente, es nuestra fortaleza. Porque en ningún otro hay salvación. Aquí está Jesús, y no hay otro a quien poder dirigir la mirada.

Él es la prometida salvación a Israel. Aquel que lo justifica, lo vindica y lo hace justo. Él será como agua purificadora. Limpiará a su pueblo de sus pecados.  Arrancará de raíz toda idolatría. El calendario de Dios se ha cumplido, y lo seguirá haciendo. El Rey prometido a Jerusalén ha llegado, y su Reino acaba de inaugurarse.

Aquel que ha venido a salvar lo que se había perdido. El cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dios entregando a su propio hijo para que podamos ser salvos. Porque en nadie más hay salvación. Sólo creyendo en él podemos ser salvos. Sólo por él podemos ser reconciliados con Dios.

Jesucristo vino a formar su iglesia y a amarla. Esa es la característica principal del Señor Jesucristo con su pueblo redimido. A los esposos nos es ejemplo de cómo debemos amar a nuestras mujeres. Ejemplo nos ha dado con su sacrificio, entrega, y cuidado. Cuán distinta sería la vida si tuviéramos consciencia del amor de Dios por nosotros, su iglesia.

La labor de Jesús también es de reconciliación. Allí donde Él está hay paz y concordia. Él crea la armonía necesaria entre Israel y nosotros los gentiles. De ambos pueblos hizo uno. Por su sangre ha reconciliado el Cielo y la Tierra.

Pero, ante todo, Jesús vino a salvar pecadores como tú y yo. Cuán glorioso fue el día en que nuestros ojos fueron abiertos para ver nuestro pecado y nuestra necesidad de Jesús. Él es ahora nuestra esperanza. Y su cometido es provocar una respuesta en nuestro ser que nos impulse a imitarle en sus obras.

En su luz tenemos comunión, nos podemos amar tal y como Él nos ama, y su sangre nos limpia de todo pecado. Él es nuestro abogado, el que, con su muerte, ha sido nuestro sacrificio expiatorio. A Él le ha sido dado toda autoridad. Él es el Rey de Reyes y Señor de Señores. Y reinará sobre toda la Tierra. Él está creando un Reino de sacerdotes para servir al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. En su sangre, todos nuestros pecados son quitados.

Si Dios dio a su propio hijo por nosotros ¿Cómo no nos dará también con Él todas las cosas? Él se hizo pecado ocupando nuestro lugar en la cruz para que nosotros fuéramos justicia de Dios. Gracia y Paz son el precioso legado de su primera venida ¿Cuál no será el de su segunda cuando venga en gloria y gran poder?

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