Génesis 8:13-19

13-91 Al recibir la órden Noé abandona el arca.

Si queremos ver bien cómo son las cosas horizontalmente lo mejor que podemos hacer es, paradójicamente, dirigir la mirada hacia el Cielo. Para ello, Noé tuvo que, literalmente, remover una parte de la cubierta del barco. Tuvo que dar ese paso de fe en el que siempre hay que perder algo para ganar algo mejor. Por fin, llegó el momento de contemplar la promesa de Dios. Sus ojos, finalmente, verían cómo iba tomando forma la nueva Creación de Dios.

Cuántas veces impedimos el avance del Reino de los Cielos sólo porque no nos decidimos a romper aquello que, aun estando a oscuras, nos da seguridad. La oración, sin duda, tiene un papel crucial para dar el paso de salir a la luz. Porque, por ella, Dios no sólo nos provee, también vamos siendo transformados, y nuestros ojos son abiertos para ver la portentosa obra de Dios, aquella que anuncia su Palabra.

El texto recoge la edad de Noé, poniendo así fecha a este nuevo comienzo. La fórmula: “El día primero del mes primero” sugiere un nuevo comienzo. El día 27 del mes segundo (para los hebreos el mes empezaba con la luna nueva), después de más de un año solar metidos en el arca, la tierra ya estaba lo suficientemente seca como para habitarla. Llegó el momento en que la voz de Dios ordena a pasajeros y tripulación el abandono del Arca. La Salvación provista fue una salvación completa. El Señor selló la puerta de la nave, y el Señor la volvió a abrir. No hizo falta que Noé añadiese o quitase nada al plan de Dios.

Ahora, todo apunta a un nuevo comienzo. Las aguas se recogen como al principio. Todos los animales, cada uno y según su especie, deberán salir del arca y repoblar la Tierra. Todos son criaturas de Dios, ninguno es desechado, y todos se reproducirán como al comienzo siguiendo el mandato divino. Hay un claro contraste entre la situación previa al Diluvio en que la violencia y la muerte campaban a sus anchas por la Tierra, y este momento en que la vida vuelve a brotar por todas partes. Ahora, el barco ya es historia, porque algo totalmente nuevo está a punto de empezar.

En este nuevo episodio de la historia, Noé y los animales se enfrentarán a un mundo nuevo donde la longevidad va a verse drásticamente reducida; además, ahora la tierra va a estar sujeta a tormentas, sequías, inundaciones y, en definitiva, climas más severos, con calor abrasador, frío gélido, movimientos sísmicos y otros desastres naturales.

Existe cierto paralelismo entre la imagen de Dios llamando a Noé a salir del arca (8:15-20) y el llamado a Abraham a salir de Ur de los Caldeos (12:1-7). Tanto Noé como Abraham representan nuevos comienzos. Ambos recibieron la promesa de bendición de Dios y el don de su pacto.

Puesto que el diluvio es figura del bautismo cristiano (1 Pedro 3:20 – 21), la salida de Noé y de su familia del arca puede considerarse, metafóricamente hablando, como el salir de las aguas de la muerte y el entrar a una vida nueva. Ahora son figura de la nueva humanidad, aquella que prevalece sobre el mal y que volvemos a ver en el libro de Apocalipsis (21:7).

Noé es uno de los héroes de fe recogidos en la Carta a los hebreos capítulo 11. Tuvo fe para caminar con Dios mientras sus contemporáneos le ignoraban y menospreciaban. Tuvo fe para trabajar para Dios y dar testimonio de Él cuando la oposición a la verdad era generalizada. Cuando se trata de la fe que salva, cada uno de nosotros debe confiar en Jesucristo personalmente; no podemos ser salvos por la fe de otro. La esposa de Noé, sus tres hijos, y sus tres nueras también eran creyentes; dieron prueba de ello tanto apoyando a Noé mientras trabajaba y daba testimonio, como luego entrando en el Arca en obediencia al Señor.

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Mateo 3:4-6

4-6. Juan era, desde luego, un extravagante. No se podía pasar por alto su forma de vivir, comer o vestir. Sin duda, era un excéntrico, aunque en las Escrituras no es el único. Otros profetas, como Elías, también habían vestido anteriormente con piel de camello y cinto de cuero. Comer langostas silvestres entre aquellos que vivían en el desierto.

Así que, tanto Elías como Juan el Bautista tuvieron ministerios marcados por la austeridad en los que una vestimenta y una dieta austera enfatizaban su mensaje de condena a la idolatría y a la permisividad tanto física como espiritual de la época.

El mensaje que transmitía Juan era algo así como: “No des por sentado que tu forma de vivir agrada a Dios”. Sólo por que seas convencional, y te ajustas a los clichés de tu comunidad religiosa no eres más aceptable delante de Dios que otros. La sencillez de su vestimenta y lo rudimentario de su comida eran una forma de protesta contra la autoindulgencia y la injustica imperante de la época.

El mensaje de Juan era atrayente. Parece que el efecto de su palabra y carisma calaron hondo entre sus contemporáneos. Allí en el desierto, fuera de las sociedades que los acogían y encorsetaban, podían escuchar sin prejuicios ni distracciones. Según nos cuenta Mateo, el impacto fue mayúsculo a juzgar por el alcance del ministerio.

Muchos buscan diversas puertas de entrada al Reino de Dios, pero sólo hay una: La confesión de pecados y el arrepentimiento. Es lo que el Señor anhela ver en nuestros corazones. Proverbios nos dice que el que encubre su pecado no prosperará, y que la confesión y el arrepentimiento son la única forma de alcanzar misericordia. O tal como nos dirá más adelante el apóstol Juan: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad.

La confesión de pecado formaba parte de la Ley. No sólo era tarea de los sacerdotes (Lev 16:21), también era un mandamiento que debía cumplir todo israelita (Lev 5:5; 26:40; Núm. 5:6-7). Era una responsabilidad personal que nadie podía eludir. Porque nadie queda exento de cometer errores. En los mejores días de Israel la confesión y el arrepentimiento eran una práctica habitual. El Nuevo Testamento tampoco le resta importancia. Vemos como Juan insta a la gente a prepararse para la venida del Mesías mediante el arrepentimiento, y el bautismo. Huelga decir que el arrepentimiento siempre conlleva una firme voluntad de abandonar el pecado.

El verbo utilizado en el original griego (yādâ) para referirse a la confesión también significa “alabanza”. Implica tanto dar, como reconocer. Cuando llegue el día en que toda lengua “confiese” que Jesucristo es el Señor, la humanidad entera le estará adorando. Algo que nos habla acerca de cuál es la verdadera naturaleza de la adoración: Un corazón contrito y humillado.

Así que, para alcanzar el favor de Dios no es necesario ningún sacrificio en concreto, ni tampoco ningún ritual, no necesitamos demostrar nada a Dios. Él sólo espera un corazón quebrantado que busca el perdón y la ayuda de Dios para creer y no pecar más. Para alcanzar este perdón, el bautismo simboliza el sacrificio del cordero de Dios que quita el pecado del mundo. En la inmersión morimos con él, y emergiendo de las aguas resucitamos y vivimos con él. El bautismo era un rito que se practicaba con todos aquellos que se convertían al judaísmo, así que el mensaje que transmitía Juan no era otro que el de la necesidad de empezar de nuevo. Era necesario “convertirse” de nuevo. Porque esto es el bautismo: Empezar de 0. Juan llamaba a sus contemporáneos a volver al pacto y al Dios que habían abandonado.

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Mateo 3:3

3. Una vez más, el desierto es el altavoz de Dios. Antaño lo fue para Moisés, y en este episodio lo es para Juan el Bautista. En tan árido entorno, ambos siervos de Dios fueron sus portavoces escogidos.  

Los cuatro evangelios citan Isaías 40:3 para referirse a Juan el Bautista. Mateo sitúa entonces el profeta del desierto en un marco escatológico, y de cumplimiento profético relacionándolo con aquel que anunciaron tanto Isaías como el profeta Malaquías (Mal. 3:1). Su aparición resuena en las profecías judías que proclamaban el regreso de Elías para disponer el camino por el cual llegaría la retribución de Dios.  

Del mismo modo que los caminos eran reparados, alisados, enderezados y nivelados antes de que llegara un rey, Juan disponía de una calzada espiritual para recibir el Mesías. Justo lo que también hizo el profeta Isaías ante la necesidad de preparar una vía de regreso del cautiverio a su patria para los exiliados judíos. 

La noticia que proclama Juan el Bautista viene acompañada de un aire de premura. Esta vez no es un susurro al oído, si no un grito en medio de la soledad que demanda toda nuestra atención. De hecho, es un imperativo: “Preparad el camino del Señor, y haced derechas sus sendas”, que viene a ser lo mismo.  

Jesús mismo llegó a afirmar que este Juan era su predecesor. El mensajero que anuncia su llegada, y que irá con el espíritu y el poder de Elías para ser instrumento reconciliador, de guía, sabiduría, y justicia; con el propósito de dejar un pueblo preparado y dispuesto para recibir al Señor. Ecos de una misión que hoy tiene la iglesia respecto la segunda venida de Cristo. 

El mandato resulta un tanto paradójico. Es obvio que los caminos del Señor son rectos de por sí, y que han sido dispuestos por él desde antes de la fundación del mundo. Por lo tanto, esto no puede ser otra cosa que una apelación a nuestra responsabilidad de andar por ellos, y hacer notorio que nuestros pies llevan el polvo de las suelas de nuestro maestro. Es, de hecho, todo un desafío que interpela a todo aquel que dice llevar su nombre. 

Así que, el camino del Señor que se está «enderezando» (expresión metafórica que se usa en la construcción de caminos para referirse al arrepentimiento) en Mateo 3 es el camino de Jesús. Identificar al Señor con Jesús ocurre con frecuencia en el NT (ej.: Ex 13:21 y 1Co 10:4; Isa 6:1 y Ju 12:41). Para el apóstol Pablo la roca de la cual brotó agua en el éxodo es Cristo, y para el apóstol Juan, Jesús es el Señor excelso y sublime sentado en su trono de gloria que cita el profeta Isaías. 

Por lo tanto, Mateo confirma, sin lugar a dudas, que el Reino de Dios y el Reino de Jesús son lo mismo, validando así la deidad de Jesús. Juan el Bautista es el último eco profético que recorre todo el Antiguo Testamento anunciando la llegada de uno que es más grande que todos, alguien a quien haremos bien en seguir. 

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Mateo 3:1-2

1-2. Aquí tenemos a Juan el Bautista, el predecesor de Jesús. Hijo del sacerdote Zacarías y Elizabeth su mujer, pronto le fue designado el sobrenombre de “el Bautista”, porque el bautismo fue lo que más le caracterizó a lo largo de su ministerio.

Aunque parece ser que vivía por la zona. El hecho que “llegara” da a entender que también fue enviado. Por la referencia a “aquellos días” vemos también que el autor se está refiriendo a momento específico de la historia que los receptores del texto conocían. Porque Dios envía sus portavoces donde quiere y cuando quiere.

Sin duda, llama la atención no tanto lo que vino a hacer, predicar, sino dónde. Nada más y nada menos que al desierto de Judea. Una zona que se extendía unos 32 kilómetros desde la meseta de Jerusalén-Belén hasta el río Jordán y el Mar Muerto. Ningún asesor de comunicación e imagen utilizaría tan desolado paraje para promocionar a nadie. Sin embargo, este fue el plan de Dios para Juan. Y Juan acudió, sabiendo que Dios era poderoso para atraer, incluso al desierto, a todos aquellos que habían de escuchar el mensaje que le había sido encomendado. Además, para cualquier israelita, el desierto tenía claras connotaciones proféticas, porque fue en ese ámbito donde fue dada la ley.

El mensaje de Juan empieza con lo que hoy bien podríamos definir como un “Tweet”: “Arrepentíos porque el Reino de los Cielos se ha acercado”. No se puede ser más claro. Arrepentirse o no es lo que justamente va a determinar si vamos a entrar en el Reino de los Cielos o, por el contrario, vamos a tener que enfrentarnos a él y al juicio que conlleva.

El arrepentimiento no es un mero cambio de opinión, sino un cambio de vida radical que comprende, inevitablemente, abandonar el pecado y dar un giro de 180 grados para volver a Dios. Se trata de un cambio integral en que se ven afectadas nuestra mente y nuestras acciones, y que conlleva, irremediablemente, visos de dolor. Por supuesto, para arrepentirse, primero hay que asumir que nuestras obras son fundamentalmente erróneas, y segundo, que andamos perdidos y sin rumbo. Paradójicamente, es a los líderes religiosos de su tiempo a quienes Juan reclama, con especial vehemencia, este arrepentimiento (3:7-8).

Reino de los cielos. Esta expresión la encontramos sólo en Mateo, donde aparece 33 veces. Marcos y Lucas se refieren al mismo Reino como el «Reino de Dios», un término que Mateo sólo usa cuatro veces. La explicación más plausible es que Mateo evita mencionar el «reino de Dios» para evitar ofender innecesariamente a algunos judíos que fueran a leer su carta, ya que era habitual entre los hebreos utilizar “cielo” como circunloquio para referirse a Dios (Da 4:26) y así evitar pronunciar el nombre de Dios en vano. Pero, Mateo también puede estar anticipando sutilmente la extensión de la autoridad de Cristo después de la resurrección: O sea, la soberanía de Dios tanto en el cielo como en la tierra ejercida por él mismo (28:18).

El Reino que predicaba Juan «está cerca». La Edad Mesiánica ya está aquí, es el mismo mensaje que predicaron tanto Jesús (4:17) como sus discípulos (10:7). Según Mateo, el reino vino con Jesús, su predicación y milagros, así como con su muerte y resurrección, pero no será hasta el ocaso de esta era cuando será instaurado completamente.

La terminología que utiliza Juan el Bautista para referirse al Reino, aunque velada, tuvo que despertar una enorme expectación entre sus oyentes (v.5). No podía hablarles abiertamente ya que todo un elenco de expectativas apocalípticas y políticas de aquel entonces hubieran sido campo abonado para la tergiversación del Reino que predicaba. De hecho, incluso Jesús usó, deliberadamente, una terminología velada cuando trataba temas relacionados con él. Además, tal y como anunció el ángel a José, el principal propósito del nacimiento de Jesús fue salvar a su pueblo de sus pecados (1:21), así pues, el primer anuncio del reino se encuentra estrechamente relacionado con el arrepentimiento y la confesión de pecado (3:6). Temas que se entrelazan constantemente en el libro de Mateo.

El Reino de Dios/Cielos, pues, tiene su origen en Jesús mismo. Y viene a ser el establecimiento del gobierno de Dios en los corazones y las vidas de su pueblo, la victoria sobre todas las fuerzas del mal, la erradicación del mundo de todas las consecuencias del pecado -incluyendo la muerte y todo aquello que hace languidecer la vida- así como la creación de un nuevo orden mundial de justicia y paz. Todo el AT respira la creciente expectativa de una visita divina que establecerá la justicia, erradicará la opresión y traerá la renovación del mismísimo universo.

 La idea del reino de Dios es central en la enseñanza de Jesús y se menciona 50 veces solo en Mateo. Queda pues claro que el Reino de Dios se ha acercado, y su presencia y poder ya se pueden experimentar.

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Isaías 53:12

Para llevar a cabo su obra, Jesús tuvo que ser contado entre los malhechores. Tuvo que ponerse en nuestro lugar. Y tuvo que humillarse haciéndose el más pequeño de los hombres siendo Él Dios todo poderoso. Nadie le obligó, sino que lo hizo voluntariamente. Después de hacer suyo todo nuestro pecado la muerte no lo pudo retener. Y ahora, habiendo herido de muerte “la muerte”, aquellos que hemos puesto nuestra esperanza en Él esperamos el día de su venida y de nuestra resurrección. Mientras tanto, por sus heridas somos sanados, y por ellas morimos al pecado y vivimos a la justicia. Porque ahora. también hemos sido hechos siervos del gran Rey.

Como resultado de su portentosa obra. Dios ha puesto a Jesús por encima de todo dominio y toda potestad. Esta es la idea de “repartir despojos”, algo que sólo podían hacer los reyes. Ha conseguido arruinar la obra del Diablo, que no ha logrado su propósito sino justo lo contrario. Por la muerte de Jesús vino también su resurrección. Y ahora, un hombre como nosotros está sentado a la diestra del Padre.

Su sacrificio fue absoluto. Su vida fue derramada hasta la muerte. Llevó consigo toda la perversión, toda la maldad, y todo el pecado que tanto corrompe el corazón humano. Efectivamente, fue contado entre la peor calaña de este mundo porque hizo suyo nuestro pecado. Sus oraciones tuvieron su respuesta y Dios escuchó su clamor por ti, y por mí. Cuán agradecidos deberíamos estar por ello.

Toda la riqueza que Jesús ganó en la cruz es inagotable. La sabiduría y el conocimiento adquiridos son maravillosos. Todas las naciones querrán en un futuro escucharle y aprender de su consejo. Porque el deseo de Jesús es compartir sus dones con todos, pero para ello es necesario que caigamos rendidos a sus pies. Su vida fue derramada para que hoy podamos tomar de ella y ser transformados. Porque aquel que escucha a Jesús no puede evitar contagiarse de su gozo.

Desde que Jesucristo subió a los cielos no ha cesado un minuto en su labor de crear un solo pueblo. Porque la cruz tiene un magnetismo inevitable. Nos une irremediablemente. De todo linaje y nación está formando una familia en la que todos somos hermanos. Porque compartimos la salvación de una misma sangre. El resultado de su sufrimiento y su muerte en la cruz ha sido que hoy, sus redimidos, podemos llamarnos hermanos, habiendo recibido de él la dádiva de la vida eterna, y la esperanza de una nueva vida ya sin pecado. Este fue el resultado de su humillación, su obediencia, y su muerte en la cruz.

Pero no nos engañemos, la vida que nos ofrece Jesús fue la que él mismo vivió. Aquella por la cual venció. Una vida de entrega, sacrificio y servicio. Así que, si las oraciones de Jesús fueron contestadas mientras estuvo con nosotros, también lo serán las nuestras. Nunca dejemos de orar, porque no hay otra posibilidad de que su obra siga adelante. No hay otro nombre dado a los hombres en que podamos ser salvos. Sin Jesús no hay Evangelio. Si Jesús no hubiese rogado: “Padre, perdónalos”, Dios no lo hubiera hecho.

Así que, no perdamos el tiempo. Jesús puede salvarnos si nos acercamos a Dios a través de Él. Nos dice la Escritura que su intercesión al Padre por nosotros es continua. Y sabemos que Dios a Él sí le escucha. Jesucristo nos va a acompañar eternamente, por lo tanto, el pecado ya no se enseñoreará de nosotros nunca más. Ahora, en el mundo encontramos aflicción, pero tenemos con quien enfrentarla, a aquel que lo ha vencido. Su Reino ya ha sido inaugurado, aunque no haya sido aun plenamente establecido. Pero, ese día está cada vez más cerca ¡Cuán insondables son las riquezas de su gracia!

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Isaías 53:11

Grande fue el precio que tuvo que pagar el siervo de Dios. Fue afligido sobremanera porque nadie ha soportado nunca una carga tan grande. Pero obedecer a Dios, por duro que sea, nunca es en vano. El fruto de su angustia mereció la pena con creces.

El siervo de Dios aprendió obediencia mediante el sufrimiento. Al ocupar nuestro lugar en la Cruz, ha experimentado en sus propias carnes el pecado de la humanidad entera, aun siendo él santo y sin mancha. Ha conocido de primera mano la vida tal y como la experimentamos nosotros, en especial la vida de los más humildes. Conoce las dificultades que enfrentamos a diario, sufrió el rechazo de la sociedad, o incluso la persecución.

Por eso, ahora está en disposición de juzgarnos y perdonarnos a la vez. Porque ha demostrado su justicia, su honestidad, su inocencia, su sacrificio y obediencia. Por eso nos puede declarar justos, y sin mancha. Después de haber cargado con nuestra maldad, nuestro pecado, nuestra iniquidad, nuestra culpa.

En este versículo también avistamos la Resurrección. El fruto de la cruz. Su victoria sobre el pecado y la muerte. El mismo poder que lo sostuvo y lo mantuvo sin pecado mientras anduvo entre nosotros fue el que lo levantó de entre los muertos. Por fin un sacrificio expiatorio que satisface a Dios. Todos los demás fueron copias a escala que terminaron por hastiar a Dios a causa de la hipocresía de aquellos que los llevaban a cabo.

Sólo Jesucristo tiene el verdadero conocimiento, no sólo acerca del hombre, también de Dios y de la vida. Porque nadie conoce al Padre sino el Hijo. Por lo tanto, sólo podemos llegar al Padre mediante Jesucristo. Su pueblo podía tener mucho conocimiento acerca de la ley, los profetas o las tradiciones, pero no conocía a su Dios. Habían entendido apenas nada. Porque la verdad sólo nos puede venir de Él. El Conocimiento de Dios no se “compra” con esfuerzo, sólo nos puede venir dado por su soberana voluntad. Hay episodios en la Escritura en que es Dios mismo quien, premeditadamente, priva a su pueblo de discernimiento a causa de la dureza de su corazón.

No siempre su pueblo ha sabido estar a su altura. En muchas ocasiones el pueblo de Dios ha sido guiado por ciegos ignorantes. “Perros mudos” los llama Isaías, que ni tan solo pueden ladrar porque se pasan el día durmiendo. Porque se puede hablar mucho y no decir una sola palabra que venga de Dios, y uno se puede cubrir con un manto de religiosidad y a su vez vivir totalmente ajeno a la voluntad de Dios.

La promesa que Dios hizo a Abraham ha sido sin duda la que más repercusión ha tenido en su plan de Salvación. Dios mismo habla de Abraham como su amigo. Y por esa amistad, Dios se ha mantenido fiel a lo largo de tantos años, tantas generaciones y tantas vicisitudes.  Por esa amistad, y esta fidelidad, Dios ha tenido muchísima paciencia con un pueblo duro de cerviz como ha sido el Pueblo de Israel. Y a pesar de todo, Dios ha seguido cumpliendo sus propósitos a través de su pueblo. De hecho, de Israel nació el Salvador del hombre.

Pero, ahora Jesús nos es cercano mediante las Escrituras. Ahora somos testigos del siervo de Dios, su escogido. Ya no tenemos escusa, ahora podemos conocer a Dios a través de él.

A Dios sólo se le puede discernir espiritualmente. Las Escrituras nos dicen que el Espíritu de Dios reposaba sobre Jesús. Espíritu de sabiduría e inteligencia, de consejo y de poder, de conocimiento y de temor de Jehová.

Porque Jesucristo nos justifica. Toma nuestra culpa y nuestro pecado y los hace suyos. Sólo por esto nos puede declarar justos. Porque no hay otra forma perdonarnos sin que Dios deje de ser íntegro. Porque, así como por la desobediencia de Adán muchos fuimos constituidos pecadores, por la obediencia de Jesús, muchos también serán constituidos justos.

Él pasó por la oscuridad de este mundo. Sufrió nuestro dolor. Sufrió el asedio de nuestras tinieblas. Pero ellas no pudieron con él. Su luz admirable las venció, resplandeció el nuevo día que la Creación entera anhela. El velo que cubría la luz de su rostro fue para siempre quitado. Su obra fue llevada a cabo y completada a la perfección. Dios quedó plenamente satisfecho con él.

Grande es su conocimiento y sabiduría. A muchos asombrará. Quedarán maravillados de la belleza de su santidad. Porque la humanidad sólo tiene una necesidad. Y es acudir a los pies de Jesús.

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Isaías 53:10

10. El amor de Dios por nosotros excede realmente todo conocimiento ¿Cómo pudo Dios herir a su propio hijo, quien además no conoció pecado, y hacerlo además por amor a nosotros?

Todo el ceremonial del pentateuco apuntaba al sacrificio que debía sustituir todos los demás. El único camino de salvación para el hombre en el que la trinidad en su conjunto se vería involucrada: La cruz.

No será un sacrificio vano. La cruz, como árbol de vida, traerá una amplia descendencia de redimidos que trascenderá el tiempo y cubrirá la redondez de la Tierra.

El siervo sufriente que será sacrificado en ella traerá consigo una nueva vida mediante su resurrección. Con Él la vida cobra su verdadero valor. Porque en él no hay engaño, ni pecado, y la misma muerte no pudo con él.

El siervo sufriente será además instrumento poderoso en manos de Dios. Su voluntad agradará a Dios, y viceversa. Por ello, todo lo que emprenda será bendecido y prosperado sobremanera.

El sacrificio del Señor, pues, no fue un accidente. Fue predeterminado y con pleno conocimiento de Dios. Porque fue voluntad divina en primer lugar. Quienes decidieron darle muerte fueron su propio pueblo, y quienes lo ejecutaron fueron los gentiles. Gente inicua, como tú y yo, acostumbrados a la injusticia y a la perversión de una vida alejada de Dios y centrada en el hombre, y sus ídolos.

En las ofrendas por la culpa, o por el pecado del pentateuco, era necesario realizar una restitución, algo que se llevaba a cabo mediante el sacrificio de un carnero. No era sólo por determinados pecados que se debía ofrecer, sino por cualquier falta de respeto a Dios y todo aquello que Dios a santificado. Porque ninguno de nosotros da la talla delante de Él. Por otro lado, la restitución debía realizarse mediante un animal sano, joven, y sin defecto. Algo que suponía desprenderse de un bien muy preciado.

El resultado de la muerte del Señor no fue su aniquilación, por el contrario, la muerte no le pudo retener. La resurrección fue el fruto de su sacrificio. Hoy el Señor Jesucristo aún vive. Su botín fue la Vida Eterna. Y hoy le ha sido dada autoridad para darla a quien él disponga. Por ello, su descendencia es, en realidad, tan incontable como la arena del mar. Huelga decir que, en aquellos tiempos, dejar descendencia era considerado el mayor de los legados.

El Cristo resucitado ya está en disposición de establecer su Reino. Como un mar rebosante de Paz extenderá su dominio afianzado con derecho y justicia cual no ha habido ni habrá jamás. El Señor no se ha olvidado de nosotros. Todos aquellos que cuestionan la existencia de Dios, o le echan en cara todas las desgracias que ocurren, cubrirán sus rostros avergonzados al descubrir al Dios de los ejércitos. Aquel que tiene todo el poder y es tres veces santo.

La victoria está cantada, por su humillación será exaltado hasta lo sumo. Su gloria será notoria y la creación entera se postrará ante ella. Porque este Jesús es el siervo amado de Dios, su Hijo unigénito, aquel en quien se complace su alma, aquel en quien habita el Espíritu Santo, el Verbo encarnado. A lo largo de toda su vida, Jesús tuvo un entrañable apego con Dios padre. Obedeciéndole hasta el final, les unió un amor recíproco que los acompañó cada minuto de vida hasta la cruz.

En Jesús habita la plenitud de la deidad. Él es el Eterno, que no tiene principio ni fin de días, la misma Palabra de Dios encarnada. El que lo ha creado todo y por el cual todas las cosas subsisten. El Alpha y el Omega de todas las cosas.

Vino claramente con una misión encomendada por el Padre. Y por su obediencia todas las naciones de la Tierra son, han sido y serán bendecidas. Es el Rey de reyes y Señor de señores. Sus dominios abarcan la redondez de la Tierra. Humillará al altivo y exaltará al humilde. Implantará la justicia que tanto necesita la humanidad. Paz y sanidad serán repartidas sin mesura, nunca faltará la alabanza que merece su sagrado nombre. En Jerusalén establecerá su trono y este será el vínculo que unirá por fin todas las naciones.

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Isaías 53:9

Entre malvados fue puesta su tumba, porque ese es nuestro lugar. Entre ricos se dispuso su lugar, no sólo por su condición de Señor y Rey, también porque pagó por todo nuestro bienestar. Asumió la injusticia de nuestro expolio. Él pagó la cuenta.

Sabidos son los métodos que utilizan los seres humanos para enriquecerse: La violencia y/o el engaño. Pero, nada de eso tiene que ver con el siervo sufriente, porque sufrió en sus carnes nuestra vileza, a pesar de ser su camino la verdad y la paz.

Isaías asocia a los ricos con los malvados, como lo hacen muchos otros escritores del AT. Esto es porque adquirieron su riqueza por medios injustos y/o confiaron en su riqueza en lugar de en Dios (ver, por ejemplo, Sal 37:16, 35; Pr 18:23; 28:6,20; Jer 5:26-27; Mic 6:10,12).

La Palabra nos dice que es mejor la pobreza de un justo que la riqueza de muchos malvados. También nos advierte que la riqueza tiende a endurecernos, y a hacernos engreídos, y severos. Por el contrario, la pobreza nos ablanda, nos hace dependientes, nos humilla y nos vuelve condescendientes. La Palabra alaba la honradez, a sabiendas de que esta no nos va a hacer millonarios. Mas condena la perversión tan común en los acaudalados.

Vivimos en un mundo donde prácticamente toda forma de prosperidad pasa por la acumulación de riqueza. Sin embargo, la experiencia demuestra que el dinero no puede darnos la plenitud que tanto anhelamos. Qué duda cabe que la provisión diaria nos da tranquilidad, aun así, sólo hay una bendición que llena: La que viene de lo alto, y se cosecha solamente a través de la fidelidad al único Dios verdadero, padre de toda misericordia.

Lamentablemente, entre el pueblo de Dios siempre ha habido canallas, “cazadores de pájaros” los llama el profeta Jeremías, que con sus trampas atrapan personas. Son seres viles que prosperan y se enriquecen a costa del fraude y el engaño.

Profetas como Miqueas denuncian una y otra vez la iniquidad de su pueblo al enriquecerse mediante el abuso y la argucia.

 Según los Evangelios (Mt 27: 57-60 y paralelos), José de Arimatea, que era un hombre rico, honró a Jesús enterrando su cuerpo en su propia tumba. De este modo transcendió el cumplimiento de la profecía, porque, Jesús nunca fue violenta y en su boca nunca hubo engaño.

Jesús nos enseña que la mentira es un pecado que nace en el corazón, juntamente con el adulterio, la avaricia, la envidia, el orgullo y otros. No fue necesario que Natanael abriese su boca. Tan solo viéndolo acercarse, Jesús afirmó que en él no cabía el engaño. Los apóstoles Pablo y Pedro también incluyen en su lista de “vicios” la mentira (Rom 1:29; 1 Ped. 2:1). En ningún caso pues, el engaño y la mentira tiene justificación. Pablo tiene que convencer a Tesalonicenses y Corintios que él no tiene nada que ver con estas prácticas. Porque embaucadores y falsos maestros ha habido en la iglesia desde el principio.

Las riquezas no son repudiadas en las Escrituras, sólo es condenado el modo en que se obtienen, y las despoja de un valor que no deben tener. José de Arimatea es un buen ejemplo. Fue un seguidor discreto de Jesús, pero finalmente fue movido a honrarle a través de sus muchos bienes. Como dice la canción: “Fue algo tardío, pero fiel”.

Pedro animaba a los creyentes que sufrían injustamente recordándoles que Cristo no cometió pecado ni hubo mentira en sus labios (1Pe 2:22). Porque vivir piadosamente implica soportar la adversidad en un mundo que ama la mentira y adora la violencia.

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Isaías 53:8

8. Aquí, claramente entendemos que la cruz es el resultado de un juicio, y el cumplimiento de una condena. La vida de Jesús fue corta y fugaz. Todos le abandonaron mientras colgaba del ignominioso árbol. Allí arriba, la vida que él mismo nos había dado le fue negada. Fue cortado como una flor en su máximo esplendor. Todas sus heridas fueron causadas por nuestras rebeliones. Este versículo nos plantea abiertamente la cruz como un juicio en el que, paradójicamente, su pueblo es su peor enemigo.

Pero, en la cruz hizo suyas toda nuestra maldad, cada uno de nuestros pecados. Su sufrimiento fue físico y espiritual. Como toros desbocados, las fuerzas espirituales se abalanzaron sobre él. Sufrió la larga y lenta agonía de la cruz. Tuvo que ver como aquellos que profesaban ser su pueblo se congratulaban de verlo clavado en la cruz.

Los poderosos, tanto en el ámbito religioso como económico, le tenían puesto el ojo. La envidia, y el miedo a perder el poder o el statu quo no los dejó tranquilos en sus maquinaciones para terminar con su vida.

Aquel que era el Mesías anunciado en las Escrituras, descendiente de David por la parte de su madre María, e Hijo de Dios. Fue cercano a nosotros, nos hizo ver que haciendo la voluntad del Padre todos podíamos ser una sola familia.

Pero aquellas palabras que procedían de Dios sonaban a blasfemia a aquellos que, en apariencia más devotos, eran baluartes de la Palabra o a las tradiciones. Por eso, decidieron su muerte. Fue su pueblo convertido en turba quien gritaba con fuerza: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”.

Además, sus discípulos no entendieron lo que le estaba ocurriendo. No supieron estar con él sus últimas horas. Uno de ellos incluso le traicionó abriéndole las puertas de la cruz.

Jesús no fue comprendido ni entendido por sus contemporáneos. Para ellos, no era más que un hombre, de unos 30 años, carpintero y miembro de una familia, como todo hijo de vecino. Sin embargo, la realidad era muy diferente. Era el Hijo de Dios, enviado por Él mismo con un propósito. Jesús ponía en evidencia que a pesar de lo orgullosos que estaban de su genealogía, Jerusalén, y el templo no conocían al Dios verdadero.

Jesús y Dios padre estuvieron siempre juntos. Jesús pudo soportar, sobreponerse, y luchar hasta el final porque Dios estaba con él. Igualmente, hoy, nosotros, que somos sus seguidores, sólo podremos seguir adelante y mantener la fe en la medida que nos aferremos a Él, como Él se aferró al Padre.

El Señor no pasó por alto la justicia. No somos tampoco llamados a ello. Sólo que no se tomó la justicia por su cuenta, y esto sí lo hacemos nosotros con frecuencia. Su actitud y su comportamiento ejemplar fue fruto de una meditada y profunda conversación con Dios Padre. No ocultó la maldad de aquellos que lo mataron, quienes vivían y practicaban la opresión y la mentira. Por otro lado, el Señor se ofreció abiertamente al Padre, sin ocultar que su vida no albergaba pecado ni engaño alguno.

La frase «por opresión y juicio» consta de dos sustantivos que muestran aspectos análogos del mismo hecho. En realidad, la sentencia judicial fue utilizada como instrumento de opresión. Parecía como si el Siervo debía morir sin descendencia, algo que era considerado como una gran desgracia en aquella sociedad. La frase «cortado» sugiere con fuerza no solo una muerte violenta y prematura sino también el justo juicio de Dios.

Jesús sufrió la mayor de las injusticias, y le fue negado el bien que todo ser humano legítimamente puede desear. Le fue quitada hasta la dignidad. Colgado de la cruz, era como si incluso la misma tierra que pisó lo estaba rechazando. Era como si este maligno mundo no tuviese lugar para él.

Pero donde realmente no tuvo cabida fue en la tumba. La muerte no lo pudo retener. La semilla pereció, pero sólo para brotar, florecer y dar fruto con la resurrección. Nadie sospechaba que pudiese acabar así, porque una cosa es la perspectiva humana, siempre sesgada y engañosa, y otra la de Dios, completa y verdadera.

Como nos dice el apóstol Pedro, el justo murió una sola vez por los injustos. Para que nosotros, los injustos, pudiésemos acercarnos a Dios.

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Isaías 53:7

7. Toda la opresión, todo el sufrimiento que conlleva el pecado cayó sobre él. Y no protestó, no salió una palabra de queja de su boca. Con sólo levantar un dedo habría cesado tanto dolor, pero no lo hizo. Sumiso como un cordero, con una humildad encomiable, se sujetó a la voluntad del Padre y a la de aquellos que lo torturaron y le dieron muerte. No dudó en ofrecerse en sacrificio. Paradójicamente, fue la esperanza de un gozo prometido la que lo movió. Con una voluntad tan firme y sólida como su amor por nosotros tomó el camino de la cruz.

En esta profecía de la cruz, donde se nos narra con tanto detalle el sacrificio del Señor Jesucristo en tan ignominioso madero, empezamos a darnos cuenta de que la analogía del árbol cobra todo su sentido. Evoca inevitablemente el árbol de la vida que nos fue vetado tras la caída en el jardín del Edén. Él es el sacrificio del cordero sin mancha que quita el pecado del mundo. Él es la sangre del cordero pascual que hace pasar de largo el ángel de la muerte.

Él es el sacrificio de paz, el único que puede restablecer la relación entre Dios y el hombre. En la cruz vemos cuan necesitados estamos de salvación y de arrepentimiento para alcanzarla.

Todo el aislamiento que germina el pecado en el hombre fue absorbido por el Cordero de Dios. Se entregó a la ira de Dios sufriendo nuestro pecado mientras esperaba solamente en la voluntad del Padre.

Ahí está el Hijo de Dios. Tomando nuestro lugar en la cruz. Salvándonos de nuestra irremediable perdición. Cargó con nuestra culpa y con nuestra vergüenza. No abrió su boca, e hizo suyo todo nuestro pecado.

Paradójicamente, en los momentos que precedieron la cruz. Jesús, siendo justo y juez del mismo universo, ocupó el lugar de los culpables. Y no abrió su boca. No contestó todas aquellas acusaciones que caían sobre él. Sin embargo, los culpables no cesaban de incriminarle arrojando con ira toda clase de falsedades.

Así pues, en su humillación, Jesús tuvo que soportar, la ignominia de los golpes, la burla, o las falsas acusaciones. Nadie ha sido tratado más injustamente que Él. Su vida le fue quitada a muy temprana edad. Pero, pocos sospechaban que aquella muerte prematura resultaría en la mejor noticia que podía recibir la humanidad.

Jesús ha resultado ser el paradigma de las enseñanzas de su Reino. Porque cuando le ultrajaban, no respondía ultrajando. Cundo padecía injustamente no amenazaba, sino que se encomendaba a aquel que juzga con rectitud.

En este versículo se enfatiza la mansedumbre del cordero. Los israelitas estaban acostumbrados a la ganadería. Conocían perfectamente la naturaleza sumisa del cordero. Jesús, como el Cordero de Dios, en silencio se sometió hasta la muerte. Y no trató de detener a aquellos que se le oponían.

Pero aquel que moría no pudo ser retenido por la tumba. Por su humillación, Dios lo exaltó a lo sumo. Porque delante de él se doblará toda rodilla sin excepción. Y por su sangre derramada muchos verán sus nombres inscritos en el libro de la vida.

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