Mateo 1:20-23 (a)

21-23 (a). Efectivamente, María tendrá un hijo, un varón al que llamarán Jesús. Porque Él salvará a su pueblo de sus pecados. El propósito de su nacimiento no será otro que culminar la salvación de su Pueblo. No sólo es una salvación expiatoria. El poder de esta salvación será tal que, por ella, Jesús formará un pueblo santificado, porque el pecado ya no se enseñoreará más de él. Sin duda, nos encontramos ante el anuncio más importante de la historia.

Muchos otros nacimientos milagrosos fueron necesarios para levantar hombres de Dios. Fueron figuras de este Jesús, o eslabones de su árbol genealógico. Algunos ejemplos son el nacimiento de Isaac, que fue de un vientre estéril como el de Sara. O la madre de Sansón, profeta escogido por Dios para librar a su pueblo del yugo filisteo, que también era estéril.

Así que, aquí nos encontramos a Jesús, nacido de mujer, bajo la ley, en el tiempo dispuesto por Dios. Él cumplirá la ley, y tomará nuestro lugar en la cruz para pagar todas nuestras transgresiones, delitos y pecados.

Como era tradición, el nombre del hijo lo designaba el padre, por eso el ángel (o enviado) de Dios anuncia su nombre: Jesús. Jesús y Josué son prácticamente el mismo nombre (Joshua, Jeshua). Ambos significan Jehová es mi ayuda o Jehová es mi salvación. A Oseas, hijo de Nun, Moisés le cambió el nombre y le puso Josué, quien más tarde sería su sucesor. Por otro lado, podemos añadir que tanto Jesús como Josué eran nombres comunes de la época y el lugar donde nació nuestro salvador.

La misericordia tan anunciada a lo largo de toda la Escritura está a punto de cumplirse. La tan deseada redención de nuestros pecados. Día de gozo y de canto. Día en que el enojo y la indignación de Dios se apartan para dar lugar a su consolación. Ya está aquí nuestra salvación. Estaremos seguros y confiados. No temeremos porque Él, ciertamente, es nuestra fortaleza. Porque en ningún otro hay salvación. Aquí está Jesús, y no hay otro a quien poder dirigir la mirada.

Él es la prometida salvación a Israel. Aquel que lo justifica, lo vindica y lo hace justo. Él será como agua purificadora. Limpiará a su pueblo de sus pecados.  Arrancará de raíz toda idolatría. El calendario de Dios se ha cumplido, y lo seguirá haciendo. El Rey prometido a Jerusalén ha llegado, y su Reino acaba de inaugurarse.

Aquel que ha venido a salvar lo que se había perdido. El cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dios entregando a su propio hijo para que podamos ser salvos. Porque en nadie más hay salvación. Sólo creyendo en él podemos ser salvos. Sólo por él podemos ser reconciliados con Dios.

Jesucristo vino a formar su iglesia y a amarla. Esa es la característica principal del Señor Jesucristo con su pueblo redimido. A los esposos nos es ejemplo de cómo debemos amar a nuestras mujeres. Ejemplo nos ha dado con su sacrificio, entrega, y cuidado. Cuán distinta sería la vida si tuviéramos consciencia del amor de Dios por nosotros, su iglesia.

La labor de Jesús también es de reconciliación. Allí donde Él está hay paz y concordia. Él crea la armonía necesaria entre Israel y nosotros los gentiles. De ambos pueblos hizo uno. Por su sangre ha reconciliado el Cielo y la Tierra.

Pero, ante todo, Jesús vino a salvar pecadores como tú y yo. Cuán glorioso fue el día en que nuestros ojos fueron abiertos para ver nuestro pecado y nuestra necesidad de Jesús. Él es ahora nuestra esperanza. Y su cometido es provocar una respuesta en nuestro ser que nos impulse a imitarle en sus obras.

En su luz tenemos comunión, nos podemos amar tal y como Él nos ama, y su sangre nos limpia de todo pecado. Él es nuestro abogado, el que, con su muerte, ha sido nuestro sacrificio expiatorio. A Él le ha sido dado toda autoridad. Él es el Rey de Reyes y Señor de Señores. Y reinará sobre toda la Tierra. Él está creando un Reino de sacerdotes para servir al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. En su sangre, todos nuestros pecados son quitados.

Si Dios dio a su propio hijo por nosotros ¿Cómo no nos dará también con Él todas las cosas? Él se hizo pecado ocupando nuestro lugar en la cruz para que nosotros fuéramos justicia de Dios. Gracia y Paz son el precioso legado de su primera venida ¿Cuál no será el de su segunda cuando venga en gloria y gran poder?

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Mateo 1:20

20. Después de que José tomara la decisión de separarse de María. En medio del sueño de la noche, Dios interviene con la aparición de un ángel. Resulta reconfortante ver cómo Dios interviene cuando ya hemos llegado al límite de nuestra incomprensión para hacernos ver las cosas tal como son.

Una vez más, la irrupción del Espíritu Santo nos hace ver que Él no ha dejado de observar e intervenir en la historia, especialmente en aquellos momentos en los que se inicia un nuevo episodio de la humanidad.

Dios habla, a veces, a través de sueños. No son sueños comunes, fruto de nuestras experiencias cotidianas, o de nuestro temperamento, o de cualquier indisposición fisiológica. Se tratan de revelaciones inequívocas de Dios que no dan lugar a dudas.

El Señor se compromete a guardar y guiar al justo. Incluso a través de caminos tortuosos y de perplejidad. Él es el bálsamo de las quemaduras que nos produce el sol, nuestro consuelo en medio de la angustia. A quien podemos acudir cada mañana en busca de auxilio y dirección.

Los creyentes, también podemos pasar por situaciones de incertidumbre y desconcierto. De repente, la vida de José se viene abajo ante la, aparente, evidencia de adulterio de su desposada. Pero Dios, a través del ángel, elimina cualquier sospecha de culpa. Le asegura la inocencia de María, y reitera la validez de su compromiso. Una vez limpia su conciencia, el ángel le hace ver su elevada posición al recordarle cuál es su ascendencia: El mismo “Rey David”. Con ello, José podía entender que él mismo era un importante eslabón de una genealogía por la cual vendrá la salvación del mundo y la instauración del Reino de Dios.

La vida del creyente no es tanto confiar en su propia prudencia, sino más bien ir deshaciéndose de ella para confiar en el Señor completamente. Reconociéndole, el Señor va dando luz a cada paso que damos. Aquel que confía en el Señor duerme tranquilo, el que es justo es recompensado con sensatez. La guía de Dios no le faltará, porque sabe que su voluntad es siempre agradable y perfecta.

La labor de los ángeles se hace manifiesta a lo largo de toda la Escritura, del mismo modo Dios habla en sueños transmitiendo instrucciones a sus escogidos. También hoy ordena nuestra mente y la prepara para todo lo que tenemos que afrontar. En las Escrituras, el descanso mesurado está relacionado con la comunión con Dios. Es cuando nos prepara y nos da instrucciones. De ahí, la santidad del Sabat y de las fiestas que Dios establece en el Antiguo Testamento.

El único Dios verdadero ha permanecido fiel a su pueblo y a sus propósitos desde el comienzo. Él ha guiado a su Pueblo desde Abraham. Paradójicamente, igual que con su antecesor “José” hijo de Jacob, una nación pagana como Egipto será refugio donde guarecerse de su propio pueblo.

El mensaje a José es claro. No tengas miedo. Aquellos que por la gracia de Dios formamos parte de su pueblo no debemos tener miedo. Porque la salvación de Dios vendrá en el momento adecuado. Nuestra fe, y nuestra esperanza es probada constantemente. Aunque no lo entendamos, Dios tiene que conducirnos muchas veces por senderos extraños que no hemos escogido. A veces, es necesario el exilio. Egipto y Babilonia son claros ejemplos en la Escritura. En ocasiones, vivir en tierra extraña y servir a paganos forma parte de la estrategia divina en medio de un mundo caído y enrevesado. Así que, no temamos, porque nosotros, al igual que María, también hemos hallado gracia delante de Dios, y la esperanza de la Resurrección descansa en el hecho que Él, ya no está entre los muertos.

Nos hallamos ante un hecho único en la historia de trascendencia universal. Dios escoge a María para concebir su hijo. El Dios eterno se humana, y se hace como uno de nosotros. Su madre será María, y su Padre será el Altísimo. El único Dios, que creó los Cielos y la Tierra. Él es el que vencerá al mundo. Él es nuestro Salvador. Su victoria es también la nuestra por la fe que hemos depositado en Él.

Jesús fue concebido como el último eslabón de una genealogía que empieza en Adán, pasando por Abraham, Isaac, Jacob y Judá. No fue concebido por voluntad de varón, sino de Dios mismo, su Padre. Al ser su madre María, no sólo es completamente Dios, también es totalmente hombre. Quien reconoce a Jesús, reconoce a su Padre. Él es su unigénito, por lo tanto, no hay otra forma de llegar a Dios. Además, Jesucristo ha vencido la muerte. Su resurrección en las Escrituras es comparada con un segundo nacimiento.

Por el Evangelio, hemos nacido de nuevo, y podemos hacer, por el mismo poder del Espíritu Santo, que otros también nazcan. Creyendo, no sólo nacemos de nuevo, también somos engendrados de Dios, pasando a ser también sus hijos.

El ser hijos de Dios no sólo nos justifica, también nos hace justos (por sus frutos los conoceréis), e impide que el pecado vuelva a anidar en nuestras vidas. Otra característica fundamental del Hijo de Dios es el amor, porque Dios es amor. Porque hemos sido engendrados por él, hemos vencido al mundo por medio de la fe. Siendo quien es nuestro Padre, ahora el maligno no nos puede tocar, porque Dios mismo, nos ha capacitado para no pecar.

Aunque, según nuestra percepción, la situación sea complicada y no veamos una salida. Sabemos que, a pesar del silencio de Dios, Él sigue teniendo todo bajo control. Hay ocasiones en que Él pone a prueba nuestra paciencia, pues en su sabiduría, ha designado unos tiempos que no son necesariamente los nuestros. Su tardanza, aunque no lo creamos, es para nuestro beneficio.

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Mateo 1:19

19. Sorprenden, en este pasaje, la bondad de José. A pesar de lo incomprensible de la situación, y de la lógica decepción que tuvo que pasar. Aun así, quiso dar un voto de confianza a María, evitando ningún tipo de juicio o condena sobre ella.

Se nos dice que José era justo, y sin embargo quiso evitar males mayores divorciándose de ella. No se dejó llevar por el enojo, ni quiso lapidarla con todo el peso de la ley como muchos hubieran hecho. Su gentileza le llevó a adoptar un método más moderado, fruto del amor y la mansedumbre.

Su decisión fue dejarla en secreto e irse algún lugar distante, ello se ajustaba a la ley. Y con ello conseguía atenuar la condena que hubiera caído sobre su desposada. Pero, gracias a la intervención de Dios mediante revelación angelical, José fue preservado de peligros inminentes que sin duda les hubieran acontecido.

Una vez más Dios obra sus planes a través de la confusión y el caos. Tanto José como María vieron sus vidas trastornadas. José no podía dar crédito a lo que oía, y María se vio envuelta en un lío descomunal que, por otro lado, ella no había buscado. En definitiva, la fe en ambos fue puesta a prueba. Si bien todo aquello lo había encendido Dios mismo según su providencia, también es cierto que fue Dios quien impidió que ninguno de los dos se perdiera o sufriera daño alguno. Al contrario, gracias al caos inicial, las vidas de ambos fueron reconducidas con un glorioso propósito.

La familia de Jesús pasó la prueba antes de formarse. Una vez más el Señor se manifiesta a personas débiles, frágiles, comunes incluso ignorantes y falibles, pero fieles.

Una vez más vemos como el justo y el fiel, a veces tienen que pasar por tenebrosos parajes. Pero, incluso allí no se apaga la luz que los guía y los ilumina. Porque José, demostró ser compasivo y misericordioso. Supo compaginar la Justicia y la Gracia, que es el verdadero espíritu de la Escritura.

José es reconocido por su ascendencia, ya que pertenece a la genealogía de David. Aquí se demuestra que él es también parte de la promesa, y tiene un papel crucial en el nacimiento de Jesús. José fue un hombre de fe. Creyó al ángel cuando le dijo que María estaba embarazada del Espíritu Santo. Y no dudó en actuar en consecuencia.

Estos son los hombres y mujeres que Dios utiliza a lo largo de toda la Escritura: Fieles, justos, compasivos y temerosos de Dios.

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Mateo 1:18

18. El origen de Jesús fue este: María. Resulta difícil no evocar el libro de Génesis y la promesa que Dios hizo a Eva. El texto también deja claro que Jesús era como nosotros. “Un hombre hecho y derecho”. Nacido de mujer, tenía un cuerpo como el nuestro y era totalmente humano como nosotros. Prueba de ello podía dar su madre.

Jesús es un “skandalon” (escándalo, ofensa, tropiezo) desde el primer momento. Si no, que se lo digan a José. Después de desposarse con María, tiene que encajar que su desposada, sin haberle sido infiel, está embarazada, y presuntamente, del Espíritu Santo.

José tuvo que creer algo tan inaudito como que el mismo Espíritu Santo fuera el padre biológico del hijo que esperaba María. Madre del Mesías prometido, el nuevo Adán que tiene que dar comienzo a una nueva humanidad ya sin pecado.

Era costumbre que los matrimonios hebreos fueran acordados por los padres. Las condiciones de este eran negociadas por ellos. Una vez se alcanzaba un acuerdo, ambos contrayentes eran considerados marido y mujer. A partir de aquí se iniciaba un periodo de espera de un año, llamado desposorio, en el que ambos conyugues, aun siendo marido y mujer, vivían por separado cada uno en su casa sin llegar a consumar el matrimonio.

Este periodo de aguardo era para demostrar la veracidad de la promesa de pureza de la novia. Era obvio que, si era hallada en estado durante este periodo, se haría notoria su infidelidad. En ese caso, el matrimonio podía darse por anulado.  Por el contrario, si durante este tiempo la novia conservaba su castidad, el novio, finalmente, iría en solemne y festiva procesión a casa de sus suegros para tomarla y llevársela a su propia casa para consumar el matrimonio, esta vez físicamente y con todas las de la ley.

Así que, ahí estaba el descendiente de David del que tanto hablan las Escrituras. El tiempo se ha cumplido, ya está aquí el Salvador de este mundo.

La señal era clara desde el profeta Isaías. Una virgen concebirá. Tendrá un hijo, y su nombre será Emmanuel, o Dios con nosotros. Lucas nos traza la genealogía de José hasta Adán. Dando a entender el propósito de Dios de traer un nuevo Adán. Uno sin pecado que sustituya el primer hombre. Dios ha preparado un nuevo comienzo para la humanidad. El Eterno se hace hombre, y viene a nacer de forma milagrosa en el momento adecuado. El unigénito Hijo de Dios, llevaba la imprenta de su Padre en el rostro. Aquellos que lo vieron, vieron al Creador de los Cielos y la Tierra. Nacido de Mujer, bajo la ley. Totalmente hombre, y totalmente Dios. Vivió sin pecado cada minuto de su vida. Con su venida, empiezan los últimos tiempos. Puntual vino, y puntual pronto volverá.

Esta será una concepción única. No ha ocurrido nada parecido antes. Que del Espíritu Santo y una Virgen nazca un ser humano. Hijo de Dios e hijo de mujer. Resulta difícil guardar un sano equilibrio para entender la completa humanidad de Dios (Jesús se formó en el útero de su madre como cualquier otro bebé antes de nacer). Pero, a su vez debemos entender que Jesús no se dejó por el camino un ápice de su deidad. Nunca dejó de ser completamente Dios. Por ello, no ha habido, de los nacidos entre mujer, hombre más justo, puro, y santo.

LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO

El Espíritu Santo tiene un papel preeminente en toda la obra de Dios, pero especialmente en estos últimos tiempos. Él siempre es sinónimo de fecundidad y poder. Por Él concibió María a Jesús, por el somos bautizados, alabamos y bendecimos a Dios. Jesús mismo fue llevado y dirigido por Él. Es considerado por Jesús como el don más grande que nos puede dar Dios el Padre.

El Espíritu Santo está presente constantemente tutelando los planes de Dios Padre y Dios hijo. Por Él es concebido Jesús. Él fue entregado por Jesús a sus discípulos. Y de los discípulos se ha ido pasando generación tras generación. Él es el transmisor de los planes de Dios. Él es el que capacita y dirige a su Pueblo. Es nuestra responsabilidad que hoy otros lo reciban también a través nuestro. No tenemos otra forma de enfrentarnos al maligno. Él está asociado a la bondad, a la fe, y al gozo. Por Él, se hace manifiesta tanto la Gloria de Dios como la podredumbre y la miseria humana. Él es el pegamento que hace posible que la esperanza se adhiera en nuestros corazones y nos llene de ilusión. Él desatasca nuestras arterias bloqueadas por el pecado para que el Amor de Dios fluya con total libertad. Él es el tutor de nuestra conciencia, mostrándonos lo que nos gusta, y lo que no nos gusta ver. Él es el que nos hace vivir en el Reino de Dios ya aquí en la Tierra mostrándonos caminos de justicia, gozo, y paz.

Hoy, el Espíritu Santo habita en nuestros corazones. Nuestro cuerpo es su templo. Y ya no somos nuestros. Sólo por Él podemos proclamar: ‘Jesús es el Señor’. Su presencia debe ser notoria a todos aquellos que nos observan.

Es por la humanidad de Jesús, que nosotros, los que hemos creído, hemos sido adoptados. Nuestras palabras por sí solas no pueden tener efecto alguno en aquellos que nos rodean si el Espíritu Santo no las usa con poder. El Espíritu Santo hace posible que el Señor se manifieste en nuestras vidas. Él custodia nuestra salvación, y la verdad que nos ha sido encomendada. Él nos renueva cada día. Su efecto regenerador es continuo. Él es soberano y se manifiesta cuando Él quiere. No hay otra forma de predicar el Evangelio si no es a través de él. Sólo por él nos puede llegar la Palabra de Dios, y sólo él puede abrir nuestros oídos. Sólo por Él es posible orar, y que Dios nos escuche.

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Salmo 26:10

10. Como vimos en el versículo anterior. El engaño y la violencia van siempre de la mano. La corrupción característica de nuestros tiempos es fruto de las artimañas y sobornos que obedecen a la codicia del ser humano. Ningún tipo de religiosidad puede justificar este tipo de comportamiento.

La cobardía característica de aquel que practica el engaño le obliga a granjearse individuos de su mismo perfil. Saben que obrando en manada tienen más posibilidades de llevar a cabo sus planes.

Vivimos, y siempre ha sido así, en un mundo lleno de injusticia, donde el pobre es oprimido y el poderoso hace su voluntad sin preocuparle si está bien o está mal. Pero, las Escrituras están llenas de advertencias anunciando que al final Dios hará justicia. Y que dará a cada uno conforme a sus obras.

El malvado lo es constantemente, incluso cuando duerme. Tiene la capacidad de camuflarse y siempre se caracteriza por un desenfreno desmedido para satisfacer sus caprichos.

Otra característica del malvado es la labia. Utiliza con destreza la lengua, pero para engañar, herir, y causar confusión.

Las grandes ciudades que hoy se yerguen desafiantes al cielo con sus altos edificios son criaderos de violencia y rencillas alimentados por la codicia. Por sus calles se pasea, a sus anchas, la iniquidad y la maldad, el fraude y el engaño.

La codicia lleva al hombre inexorablemente a la violencia. Porque nada detiene su afán de acumular riqueza a costa de quien sea. No les importa la justicia, tan solo satisfacer su ávido estómago.

Si nos apartamos de la verdad, inevitablemente acabaremos matándola. Fueron el engaño y la mentira las armas que utilizaron los escribas y sacerdotes para matar a Jesús. Debemos tener cuidado con todo aquello que hablamos o acordamos, porque la mentira no descansa hasta que asesina la verdad.

Como cristianos no debemos caer en la trampa de la codicia. Nunca debemos anteponer nuestro beneficio a la justicia. Debemos huir de toda forma de soborno, o acepción de personas. La codicia va actuando soterradamente en nuestro corazón. Lentamente va cegando nuestros ojos impidiéndonos adquirir sabiduría, pervierte además nuestras palabras alejándonos de la rectitud y el verdadero sentido común. La corrupción recorre nuestro ser impregnando cada rincón de nuestra alma. Sin darnos cuenta, terminamos dando más valor a los bienes materiales que a la dignidad de las personas.

Participar del gozo que Dios tiene sus condicionantes. Requiere andar por caminos de justicia, no negar la verdad a nadie, no participar del abuso o la explotación, desechar cualquier ganancia deshonesta, sacudirnos las manos de toda forma de corrupción, apartarnos de cualquier tipo de violencia, y cerrar los ojos a cualquier forma de perversión.

Si nos olvidamos de Dios, si no dejamos que nos gobierne, con toda probabilidad caeremos en el lazo de las ganancias deshonestas. Priorizaremos el rédito y la usura a la humanidad y al respeto que merece todo ser humano. Pero, no nos olvidemos, de todo ello rendiremos cuentas ante un Dios justo y tres veces santo.

Los grandes pecados de la Biblia tienen que ver básicamente con la desatención del prójimo. Cada vez que nos olvidamos de amar, aunque podamos ser “fieles” en tantas otras cosas, nos estamos rebelando contra Dios. A cambio de un poco más de “bienestar”, o de “tranquilidad” económica negamos la existencia al menesteroso y torpedeamos la causa del justo.

Nos encanta presumir de nuestra “moralidad” prefabricada mientras pasamos por alto el abuso y la corrupción del poder. Terminamos admirando y sometiéndonos al poder económico. Él siempre tiene la última palabra, y nadie se la discute.

SUMARIO

“Porque en sus manos hay mal”. La palabra hebrea para “mal”: “zimmah” significa “estratagema por dentro”.  Porque lo que David trata de decirnos es que aquellos malvados, no solo tramaban engaños en lo secreto, también los ejecutaban vigorosamente con sus propias manos.

De la afirmación que aparece más adelante: “sus manos están llenas de soborno” deducimos, que se está refiriendo a la corrupción de los nobles y poderosos. Aquellos que sustentaban el poder económico, jurídico o político. Es cierto que cualquier persona de la clase obrera puede ser sobornada para que no cumpla con sus obligaciones. Pero debemos admitir, que a quienes se suele sobornar son a los jueces, u otros poderosos.

Quedamos advertidos, pues, por esta expresión, que todos aquellos que se deleitan en recibir regalos difícilmente resistirán venderse a la iniquidad. No en vano, Dios mismo declara que: “no tomes soborno, porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos”. (Deu. 16:19).

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Salmo 26:9

9. Este versículo nos habla acerca de la fuerza de atracción que tiene el pecado. Si uno se encuentra frente a un torrente de agua que baja con toda su fuerza, no puede que la corriente no lo arrastre.

El pecado es como una enfermedad que se contagia rápidamente. El ser humano es un ser mimético. Por lo tanto, no podemos evitar imitar a los que nos rodean, entre otras cosas, para no ser excluidos del “rebaño”. Así que sortear el pecado es siempre algo, como poco, complicado.

Uno de los síntomas del pecado es su virulencia. No sólo se contagia exponencialmente, también nos pone en estado de alarma constantemente. El pecado nos hace agresivos, implacables, severos, incluso crueles. Hace que pensemos con el estómago. Cualquier injusticia nos parecerá razonable, con tal de satisfacernos o proteger lo que es nuestro. Y quien perturbe nuestra paz de cartón piedra, lo pagará caro. Porque el pecado termina sujetándonos irremisiblemente a la ley de la selva.

En contraste, el Señor ha prometido protección y defensa contra los enemigos de aquellos que viven en su presencia. Son muchas las dificultades y peligros que aguardan aquellos que siguen los pasos de Jesús, pero Dios, nuestra roca, siempre está a una oración de distancia.

Ciertamente, sólo hay una forma de andar por caminos de justicia y no de iniquidad, sirviendo al único Dios verdadero. Solamente el Señor puede darnos luz para ver y discernir correctamente entre el bien y el mal. No es sabio confiar exclusivamente en nuestros razonamientos. El asunto es más complejo de lo que parece. El bien y el mal se entremezclan y a menudo es muy difícil discernirlos. De esto nos habla la parábola del trigo y la cizaña. Hay que esperar a que el bien y el mal se desarrollen y que cada uno siga su curso. Sólo entonces, cuando ambos están lo suficientemente maduros, se puede intervenir. Así será al final de los tiempos.

Deberíamos cuidarnos mucho de caer en la hipocresía. Nada es condenado por Jesús con más vehemencia. La hipocresía es altamente contaminante, porque el nombre de Dios es el primero en quedar maltrecho, y además, es piedra de tropiezo seguro para todos aquellos que quieren entrar al Reino de Dios.

Si hay algo que queda claro en las Escrituras acerca de los últimos tiempos es que. Nada es lo que parece. Sólo Dios parece distinguir las ovejas de los cabritos. Aquellos que son condenados no salen de su asombro y consternación, mientras la sentencia del Señor es de una severidad implacable. El Señor vincula la hipocresía directamente con Satanás y el mismo infierno.

Hoy estamos a tiempo de abrazar la Gracia, aunque esta sea una cruel Cruz a la que tengamos que aferrarnos. Es la única puerta de entrada a la gloria eterna y sólo se abre a través del arrepentimiento, que siempre pasa por desnudarnos de toda apariencia de justicia.

La mentira es la negación de la verdad con todo lo que ello implica. No es posible tener un pie en cada lado. Y manifiestas son las obras de aquellos que tienen, aunque sólo sea un pie, en ella: superstición y ocultismo, inmoralidad sexual, odio e idolatría. Ninguna de estas cosas habrá en la Jerusalén Celestial. Porque la verdad ya habrá abolido la mentira.

Aquellos que aman la mentira desprecian la vida humana. Porque es su estómago quien les gobierna, por lo tanto, todo aquello que se antepone a su deseo les estorba y debe ser quitado, sea como sea. Muchos inocentes han muerto a causa de su fe.  Porque aquellos que aman la mentira no soportan a los que no se sujetan a ella. Los hijos de la mentira son siempre motivo de tropiezo. Provocan ellos mismos conflictos donde no los hay, y luego vienen a “salvarnos”. Pues allí donde prevalece la mentira allí hay conflicto. Son mentirosos compulsivos porque es su alimento día y noche.

Por ajena que pueda parecernos la mentira y el odio que la acompaña. Nadie tiene las manos limpias de ella. Todos necesitamos levantarlas implorando perdón al único Dios verdadero, padre de toda misericordia. Porque quien no lo haga, ciertamente acarreará las consecuencias, y no entrará en la vida eterna.

SUMARIO

Habiendo sido justificados por la fe, y, por lo tanto, teniendo paz con Dios. Podemos satisfacer nuestra necesidad imperiosa de hablar con Él. De levantar nuestras oraciones delante de su presencia.  Podemos pedir su vindicación, podemos pedir su protección. Porque ahora, ya no somos contados entre los malhechores.

Ahora podemos derramar toda nuestra ansiedad sobre Él, y superar todos nuestros miedos con Él. Porque ahora estamos en disposición de enfrentar su juicio sabiendo que ya hemos sido justificados por la sangre de Cristo. Ahora ya no tenemos nada que ocultar. Ya no estamos enredados entre el bien y el mal, engañando y siendo engañados

Algún comentarista sugiere que este “no juntes” en realidad se refiere a “no me apiles”, en clara referencia a un montón de cadáveres, porque el verbo empleado también significa “destruir”. David es consciente del justo juicio de Dios que tarde o temprano pasaremos todos.

La violencia, el odio y la crueldad se cuecen a fuego lento. Hoy podemos vernos como personas que nunca pueden caer en estos graves pecados, pero el proceso de transformación suele ser lento y gradual. No hace falta mirar el pasado reciente, incluso hoy vemos reacciones violentas en sociedades donde hace poco era impensable. A Satanás no le gusta la cocina rápida, le gusta tomarse el tiempo que haga falta para conseguir lo que quiere.

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Salmo 26:8

8. El salmista ha encontrado aquello que de verdad deleita su alma. Es un gozo profundo y santo: Disfrutar de la presencia de Dios ¿Y dónde podrá encontrarla? En Su casa.

Pero la realidad es que, Dios habita en corazones humanos. Es en nuestro interior donde su fuego, no sólo inflama nuestras vidas, sino también todo lo que nos rodea. Por lo tanto, el Espíritu Santo, no sólo habita en mi corazón, también lo hace en los de todo su Pueblo. Por lo tanto, es un fuego que para mantenerse necesita de contacto. La comunión de los santos en la casa de Dios es el horno de su Gloria. Es allí donde el gozo se multiplica exponencialmente. Es allí donde Dios se hace tangible en su cuerpo, que es su iglesia.

Sin duda, un claro indicador de la salud de la iglesia es nuestro compromiso con la comunidad. Ojalá, Dios ponga en nosotros aquel ferviente deseo que David tenía por su casa. El anhelo de habitar en la casa del Señor todos los días. De disfrutar de su belleza y su presencia. De buscarle allí donde puede ser hallado. David, consciente de su vulnerabilidad, sabe que necesita el cobijo y la protección que ofrece vivir al abrigo del altísimo.

El templo de Dios es aquel lugar donde podemos encontrar a Dios para expresarle todo nuestro agradecimiento por sus victorias en favor nuestro.

Cuando nos reunimos a celebrar a nuestro Dios sólo podemos cosechar gozo. Todos los que nos reunimos en su nombre recordamos los buenos momentos que hemos vivido juntos como una familia que se ama en el Señor. Es, sin duda, una experiencia transformadora “¡Cuán amables son tus moradas!” dice el Salmista. Ciertamente, ninguna muestra de afecto, hecha en el nombre del Señor, es en vano. Porque Dios no es un ser solitario. Él es el Señor de las multitudes, o de los ejércitos, ese es su nombre ¿Se deshace nuestra alma anhelando la comunión de los Santos? Porque allí es donde habita el Señor, en medio de la alabanza de su pueblo.

El salmista ha descubierto el gozo de estar en la presencia de Dios. Afirma que es mejor un día en los atrios del templo que mil fuera de ellos. Es ciertamente un mandamiento de Dios acudir a la reunión que Él mismo ha convocado, pero más que una convocatoria, es un solo gozo compartido con todo su pueblo. Para el salmista es un verdadero acicate, afirma que le motiva a buscar su voluntad y a servirle, “buscaré tu bien” afirma.

Cuanto más valoremos nuestra salvación, más grande será nuestro gozo, y nuestras ganas de cantar y gozarnos en el Señor. El deseo natural del creyente, al contemplar su salvación, es cantar y bailar al son de la música.

El templo de Dios es también el entorno donde recibimos su Palabra. Es la esfera donde manifestamos nuestras inquietudes, donde Dios nos escucha, y donde Dios nos responde. Cuando Jesús, con sólo trece años, se “perdió” en el templo durante 3 días, no sólo les estuvo enseñando, también escuchaba a sus oyentes, y les respondía en función de su necesidad.

El lugar de reunión, aquel donde el Señor nos ha convocado, es el lugar donde se tratan los asuntos de la vida que realmente importan. No hay agenda más importante que la del creador del Cielo y de la Tierra. De Él nos viene la verdad, acerca de lo que ya ocurrió, de lo que está pasando, y de lo que acontecerá. Es nuestra obligación acudir a su llamado. Porque cada uno de nosotros tiene una labor asignada en la agenda de Dios.

Pero, lamentablemente, el templo de Dios también se corrompe fácilmente. En un santiamén se convierte en un lugar de “trapicheo”. Un juego de poderes donde se comercia con lo santo. Cuando los hombres suplantamos a Dios, sólo podemos esperar corrupción, y la temible ira de Dios. Por ello, es sumamente importante que la oración y la Palabra de Dios nunca dejen de tener la preeminencia en la Casa de Dios. Nunca deberíamos acercarnos su casa sin temor ni temblor. Porque grande es allí el celo de Dios.

La Casa de Dios también es también el lugar donde nos contagiamos de su Gloria. Es habitación de recogimiento y de intimidad con el Altísimo. Es el hábitat natural donde nuestras vidas se equilibran y donde las cosas se ven tal como son. Allí vemos que su misericordia es mejor que la vida, allí es donde nuestros labios se desatan para alabarle.

En definitiva. Se trata de estar en la misma presencia de Dios. Y:

  • Dios habita allí donde es tenida en cuenta su Palabra.
  • Dios sólo puede habitar entre su Pueblo si este se arrepiente y hace sacrificios de acción de gracias. Sólo por la sangre del cordero de Dios podemos habitar en su presencia.
  • Los símbolos nos acercan a realidades espirituales eternas, como la Gracia de Dios, o a su misma presencia en medio de las multitudes celestiales.
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Salmo 26:7

26:7. Es lógico estar perdido en un mundo extraviado. Ciertamente nada podemos hacer en un mundo caído, de personas caídas, que además se haya cautivo por unas fuerzas del mal bien orquestadas por el diablo ¿Qué otra cosa podemos hacer que no sea suplicar misericordia y apelar al amor de Dios para ser librados? ¿Qué orgullo podemos abrazar que no sea tener un corazón agradecido y lleno de alabanza por todas sus bondades? Necesitamos ser más conscientes de todas sus obras. Enumerarlas, recordarlas y vivir agradecidos constantemente. Será muy fácil entonces proclamarle. Porque no habrá gozo mayor en nuestras vidas.

Sin duda, el valor de nuestra salvación se manifestará mediante un espíritu sincero de gratitud. Cuanta más gratitud, más humillación, pero también más gozo, y más adoración. Dios no quiere una alabanza abstracta. Él quiere oír de nuestros labios los motivos que nos mueven. Él ama la adoración sincera que nace de lo más profundo del corazón.

Cuando dejamos en manos de Dios todas nuestras cuitas. Abrimos camino para que Él obre. El gozo de Dios en nosotros no puede venir por lo que nosotros hacemos, sino por lo que le dejamos hacer. El gozo que nos hace cantar es aquel que celebra el nombre de Dios y sus obras ¿Cuántas veces no nos ha librado el Señor? ¿Y cuántas más no lo hará? Aprendamos a contar sus obras.

Hay muchas razones por las cuales los cristianos nos congregamos. Sin duda, es uno de los rasgos que caracterizan al creyente. A lo largo de toda la Escritura encontramos la costumbre de reunirse para ofrecer sacrificios de alabanza a Dios por sus obras, y para manifestar agradecimiento a Dios en medio de su pueblo. El texto bíblico nos dice que una vez en el templo, la perspectiva de la vida cambia totalmente. Dios ofrece a su pueblo la luz suficiente para entender el sentido y el propósito de todo lo que ocurre. Y, sobre todo, cuál será el final de todas las cosas.

“Jehová es bueno, y para siempre es su misericordia”. Es algo que no cambia en función de las circunstancias. No depende de nosotros, sólo de Él. Ahora bien, es nuestra responsabilidad creerlo o no. Hoy mi situación puede ser crítica, preocupante o incierta. Sin embargo, creemos que estas palabras son totalmente ciertas, porque provienen de Dios. Con estas palabras, el Señor nos revela cual es el final de nuestra historia. Un final en el que repetiremos con gozo estas palabras.

“Y su verdad por todas las generaciones” dicen las Escrituras. La verdad es atemporal, aplicables a todos los tiempos y a todas las edades. Nosotros pasaremos, pero la Verdad de Dios permanecerá inconmovible hasta el final. Hay una roca fuerte sobre la cual podemos construir nuestra vida.

¿Qué podremos hacer para pagar todas las bendiciones que Dios nos ha dado? ¿Cómo devolveremos a Dios tanta bendición a lo largo de los años? Él sólo nos pide que le seamos agradecidos, que no nos avergoncemos de su salvación, que nuestra adoración y alabanza fluyan de continuo de nuestra boca y que nos regocijemos por formar parte de un pueblo que le honra. Es en medio de la comunidad que Él ha redimido donde Dios se da a conocer a un mundo perdido.

Es importante que demos un lugar importante al congregarnos como pueblo de Dios. Porque Él es justo y juzgará rectamente. Él ha abierto nuestros ojos, nos ha hecho ver nuestro pecado y su salvación ganada en la Cruz. Levantemos nuestras manos hacia su santuario y alabémosle.

Como seres humanos, y más como cristianos, necesitamos que nos enseñen, que nos formen, que nos moldeen. Necesitamos conocer el camino de la vida. Si queremos proclamar el Evangelio, primero debemos empaparnos de la Palabra de Dios, y no valen los cursos intensivos. Hay que tomarla como el “maná”, y hay que hacerlo todos los días hasta el ocaso de nuestra vida. Que será nuestro principio.

Cualquier transmisión de la verdad, de la Palabra de Dios debe hacerse desde el gozo y desde la experiencia personal. El mensaje de Dios siempre ha ido acompañado de expresiones como el canto. La música siempre ha acompañado un mensaje que no puede esconder el gozo que conlleva.

Cuán bueno es observar y deleitarse en su obra. Inspirarnos en ella, descubrir a nuestro creador en las obras de sus manos. Que nuestras canciones, y alabanzas sean fruto de nuestro deleite en sus obras.

Hoy podemos deleitarnos además en la portentosa obra de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Nos ha dejado el legado de su obra en los Evangelios. Él es nuestra redención y nuestra reconciliación con Dios. El Rey que está sentado la diestra de Dios, y a quien se le ha dado todo el poder ¿Cómo vamos a callar? Si lo hacemos, ciertamente las piedras hablarán.

Existe una adoración, y una proclamación de la Palabra que pretende ser de Dios, pero que en realidad sólo es pura apariencia. Es la alabanza que es un fin en sí mismo. Es la palabra que sale de nuestra boca para no volver jamás, porque su recorrido es tan corto como el tamaño de nuestra lengua.

Sin embargo, David ha descubierto cual es la fuente de la Palabra de Dios, y cuál es el objeto de la verdadera adoración. David ha creído y ha experimentado la Palabra de Dios. Conoce por ella al Dios que la da a conocer. Recuerda los milagros y proezas que Dios ha hecho en su vida. Por eso el gozo que emana su corazón no puede contenerse. Porque de todos los males le libró el Altísimo. Porque David conoce el camino de la fe, del arrepentimiento, y del gozo supremo que fluye de la copa de su salvación.

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Salmo 26:6

6. “Lavaré mis manos en inocencia”. Resulta un tanto paradójica esta afirmación. Si uno es inocente, no necesita lavarse las manos. Pero, cualquier creyente, cualquier hijo de Dios, se mancha constantemente con el pecado. Debemos admitir que, aunque el pecado no es nuestro deleite, pecamos. Algunas veces conscientemente, y otras sin serlo.

El salmista es consciente de su propia necesidad de redención. Sabe que es necesario que toda su vida gire alrededor del altar donde su culpa ha sido expiada, y su pecado perdonado. No se trata de ir “empapados” constantemente de religiosidad, ni de enclaustrarnos en la iglesia, sino de que todo lo que hagamos cotidianamente, todas nuestras decisiones, actitudes, obras y pensamientos giren alrededor de la cruz de nuestra redención.

El ritual del lavamiento era habitual y simbolizaba la necesidad de la santificación antes de acercarse a lo santo. Así lo hacían Aaron y sus descendientes. Lo tenían que hacer antes de entrar en el Tabernáculo, para ministrar en el altar, o al quemar las ofrendas, so pena de muerte. Lamentablemente, hoy en día, hay poca preocupación por la santidad, por parte de muchos que ministran nuestras congregaciones. Sin santidad, cualquier don del Espíritu Santo queda automáticamente inhibido. A partir de este momento, no sólo quedará constatada la futilidad de todo ministerio, sino que también quedaremos expuestos al Dios vivo.

El que tiene las manos limpias es porque se las lava. El que camina en la verdad va tomando conciencia de su pecado, va elevando su alma a Dios, se arrepiente y es transformado por la Gracia Divina. No necesita representar ningún “papel” porque ya ha tomado el camino de la Verdad.

Pero, el caminar en la verdad no nos exime de pasar por lugares angostos y difíciles. No somos inmunes a las pruebas, el sufrimiento y las crisis, o a los tropiezos. Precisamente porque el camino de la santidad es sumamente angosto.

Tengamos en cuenta que el peor pecado de todos siempre es el nuestro, porque en cierta medida suele quedar oculto a nuestra conciencia. Para un buen diagnóstico:

  • Siempre vamos a necesitar la guía al Espíritu Santo para conocer la verdadera magnitud de nuestra naturaleza pecaminosa.
  • Con la ayuda del “Parakletos” tendremos que escudriñar las Escrituras, porque ellas son el patrón que necesitamos, y la forma racional más fiable de conocer la verdad.
  • También será necesario escuchar y aprender de aquellos que nos son ejemplo de madurez espiritual. Porque sus vidas y sus obras también ponen de manifiesto nuestras manchas.

Quizá nuestros pecados no sean grandes deslices, más bien son cosas a las que estamos tan habituados como: La poca paciencia, el orgullo, la soberbia, el menosprecio, el prejuicio, la falta de respeto o el rencor. Pero, no por ello carecen de gravedad.

El arrepentimiento no es tanto una confesión esporádica como una actitud humilde constante en la que no sólo reconocemos nuestro pecado y nuestra maldad, también manifestamos nuestro rechazo y nuestro decidido empeño a abandonarlos. El arrepentimiento es como el aseo. Uno no queda limpio por ducharse una sola vez. Para permanecer aseado, hay que arrepentirse con frecuencia.

Una vez hemos cesado de hacer el mal ya estamos en disposición de aprender a hacer el bien, a buscar la justicia, a reprender al opresor, y a defender al necesitado, abogar al indefenso, y sobre todo, a perdonar a los demás.

La remisión de pecado no es un mero trámite administrativo. La ofensa es en primer lugar a Dios. El agravio producido tendrá consecuencias impredecibles. El pecado siempre es un asunto serio y grave. Pero hay solución, y la solución no es una simple estampa de sangre sobre nuestro pasaporte espiritual. “Venid ahora y razonemos – dice el Señor”. Para que la sangre que fluye del Calvario alcance nuestro corazón, primeramente, debemos tener una buena conversación con Él. La fe verdadera es en primer lugar razonada. Son muchas las cosas que han de salir a la luz. La intención no es obtener un certificado, sino transformar nuestras vidas, aunque para ello debamos derramar alguna lágrima.

En el bautismo simbolizamos el lavamiento del pecado que obtenemos a partir del arrepentimiento y de invocar el nombre del Señor Jesús por su obra en la cruz. El Espíritu Santo está plenamente involucrado en esta labor que no sólo es higiénica, también conlleva una monumental obra regenerativa y renovadora.

Por este lavamiento, y esta purificación obtenida por la sangre de Cristo tenemos plena libertad para entrar en el lugar santísimo. La cruz nos ha abierto una vía nueva por la cual tenemos acceso a nuestro gran sacerdote con corazones limpios y conciencias tranquilas.

Una de las características que nos distingue a los seres humanos es nuestro gran potencial con las manos. Con ellas hacemos cosas que ninguna otra especie puede hacer.  Las necesitamos para casi todo.

Por ellas podemos hacer mucho bien, pero también mucho mal. Precisamente por esto, es muy importante que estén siempre limpias, tanto física, como metafóricamente hablando. Por lo que hayan hecho recibiremos nuestra recompensa de parte de Dios, sea para bien o para mal. A lo largo de la Escritura, encontramos numerosos pasajes en los que Dios presta especial atención a ellas. Porque por ellas llevamos a cabo todas nuestras obras.

Dios tiende su mano a todo aquel que las levanta implorando perdón. Y Dios no las rechaza por sucias que estén. La confesión y el arrepentimiento son el único jabón que las puede limpiar.

Cuando nos acercamos al altar de Dios, nuestro corazón sólo puede germinar un gozo supremo. Porque es en el altar de la Gracia donde recibimos el perdón. Y donde fluye una sincera entrega a la adoración y la alabanza.

Así que ¿cómo nos acercamos al altar de Dios? ¿Ha habido confesión de pecado y arrepentimiento? ¿o seguimos viéndonos a través de las lentes del orgullo? ¿Es consecuente nuestra religiosidad con nuestra piedad? Si nuestra fidelidad al Señor brilla por su ausencia no habrá gozo en nuestras vidas cuando nos reunamos para celebrar la mesa de nuestra salvación.

¿Cómo está nuestra relación con el prójimo? Concretamente con nuestros hermanos ¿fluye el amor de Dios en las cuatro direcciones? No sólo verticalmente, sino también horizontalmente. No esperemos bendición alguna si venimos ante Dios manchados de rencillas, enojo u odio.

Sólo somos salvos porque en Jesucristo hemos sido injertados al Pueblo de Dios: Israel. Debemos amar al pueblo escogido de Dios y orar por su conversión. Para que vuelvan y reconozcan que Jesucristo es el Cristo (Adonai, el Señor). Dicho esto, debemos huir de toda idealización del pueblo de Israel de nuestros días. Tenemos muchas cosas que aprender de ellos, pero no podemos pasarles por alto todo sólo porque son el pueblo escogido de Dios. Dios no obra así con ellos. El pueblo de Judá del que habla Malaquías era un pueblo traicionero, idólatra, y que ha dado la espalda a su Rey, Señor y Salvador.

Pero, aun así, ellos son la única esperanza que tiene la humanidad. Gracias a su rebeldía hoy nosotros gozamos de nuestra salvación. Pero por su conversión todas las naciones serán bendecidas un día. Es por ello por lo que nunca debemos dejar de orar por su conversión y amarlos como hermanos, aunque ellos aún no nos reconozcan.

La mesa en la que celebramos la comunión del Señor es lo más parecido que tenemos al altar que encontramos en este pasaje. No podemos participar de los símbolos sin antes estar reconciliados con Dios y entre nosotros. Sabemos que participar de ella sin haber arreglado nuestras rencillas acarrea juicio.

Por último, la obra de Dios nunca prosperará mientras tengamos las manos manchadas de pecado sin arrepentimiento. Ninguna oración llegará al Cielo sin antes habernos examinado y haber arreglado nuestra situación con el Señor.

En el fondo, la verdadera adoración siempre viene de un corazón sincero. No importan las apariencias de religiosidad si antes no estamos en paz con Dios en lo más íntimo. David podía entrar en el altar, pero sólo porque antes se había purificado en arrepentimiento.

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Salmos 26:5

5. Dios puede perdonar a todos sus enemigos. No importa cuán grande sea la distancia que el pecado haya provocado entre ambos. Pero hay algo que Dios no puede tolerar: Disfrazar la maldad de uno con su santo nombre. No quedarán sin su justa retribución todos aquellos que así viven del engaño. Estos exigen a los fieles una piedad que ni siquiera conocen. Imponen pesadas cargas que de ninguna forma son capaces de sobrellevar, ni tampoco quieren. Tienen apariencia de espiritualidad, pero en realidad sólo la carne los mueve.

La oración es la mejor arma contra aquellos que pervierten lo que es bueno con orgullo. Porque invocando la presencia del Señor, todo orgullo se deshace. El temor de Jehová es la mejor brújula para la vida. Por el temor de Dios sabemos encontrar la dirección a seguir que nos marca la Palabra de Dios.

Una característica del inicuo es que sus ataques son preparados y llevados a cabo en lo secreto. Nadie sospechará de él. De su lengua salen falsas acusaciones. Prepara el corazón de aquellos que le rodean para llevar a cabo sus agresiones contra el justo. Otro rasgo es el orgullo, la altivez de espíritu, el complejo de superioridad, un alto concepto de sí mismo que lo lleva a menospreciar a los demás. La tercera particularidad es el engaño. Se nutre de él. Lo esparce por todas partes. Nada le ofende más que la verdad, por eso se aparta constantemente de ella.

Difícilmente puedo llegar a odiar a un perfecto desconocido. Para odiar y o para querer a alguien es necesario haberle conocido previamente. El conocimiento, nos lleva inevitablemente hacia una dirección o hacia otra. Deducimos pues, según corroboran también los evangelios, que aquellos que pueden “odiar a Dios” en propiedad son aquellos que mejor “le conocen”. A Jesús le mató el estamento religioso de su época. Aquellos que, teóricamente, deberían haber sido los primeros en reconocerle.

Hay un celo que es propio de la obra de Dios y que actúa contra todos aquellos que usurpan lo sagrado, véase: Se asignan el nombre de Dios cuando no les corresponde, piensan que pueden conocerle por sí mismos, y confunden sus propios ídolos con el único Dios verdadero a quien todos debemos temer y obedecer.

No somos llamados a vivir fuera del mundo sino dentro de él. Y vivir piadosamente en él no va a ser fácil. Hay una corriente muy poderosa que nos arrastrará sino estamos bien cimentados en el Señor y en su Palabra. Para ello será necesario tener nuestro tiempo de comunión con nuestros hermanos, meditar las Escrituras, orar y participar en la adoración y alabanza que nos corresponde como hijos redimidos. Ir contra corriente no es fácil, pero tiene su recompensa. Porque el gozo y la paz que nos da el Señor no tiene parangón.

No sin antes ser llenos del Espíritu Santo debemos estar entre aquellos que la sociedad desprecia y rechaza, incluso a causa del pecado. Jesucristo no vino a salvar a justos, sino a pecadores, y debemos ir a ellos para que puedan ser alcanzados por el Evangelio.

Las buenas nuevas de Dios son para todos sin excepción. Sin embargo, el Señor sí nos pide que nos apartemos de algunos. Concretamente, de aquellos que profesando ser hijos de Dios, viven entregados a la idolatría, la promiscuidad sexual, la avaricia o el hurto. A estos debemos dejarlos porque hay un juicio severo de parte de Dios hacia este colectivo, y el Señor no quiere que lleguemos a ser como ellos.

Cuando David dice que los “odia”. No se está equivocando en el uso de este verbo en particular. Rechaza tanto lo que son como lo que hacen. Sabe que ir con ellos supondría participar de sus mismas obras. Es notorio que el rechazo sin paliativos no es al individuo en sí, sino a los que así obran en su conjunto. Sólo hay una cosa que mantiene a David a salvo y alejado de aquellos que utilizan el nombre de Dios para cubrir sus maldades: Su estrecha comunión con Dios.

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