Isaías 53:5

Una de las cosas más asombrosas de esta sombría humanidad es su incapacidad de percibir el pecado que envuelve todos nuestros actos y pensamientos. Nadie parece plantearse el origen de la manifiesta maldad humana, quizá por ello no acabamos de encontrar una solución.

Mientras tanto, allí estaba el Hijo de Dios muriendo lentamente en aquella afrentosa cruz. Precisamente, el único hombre que jamás cometió el más nimio pecado cuelga de una cruz pagando nuestras transgresiones. Todas aquellas heridas sufridas por los latigazos, los clavos y las espinas no tenían otro origen que nuestro pecado. Fueron nuestras transgresiones las que lo golpearon una y otra vez. La inmerecida paz que hemos cosechado de la cruz tiene un precio altísimo, un precio que sólo él pudo pagar.

Allí también estaba la serpiente del libro de Génesis hiriéndole el talón sin saber que con ello sería ella quien recibiría un golpe mortal en la cabeza. Allí estaba el creador sanando las enfermedades que merecemos. Cumpliendo la justicia que demanda la ley. Expiando nuestro propio pecado. Ciertamente, no podemos imaginar el dolor que él pasó. Pero, por su sacrificio fue prosperada la voluntad de Dios.

Hoy seguimos viviendo el tiempo de la gracia de Dios. Sigue siendo posible el arrepentimiento, porque por él el Señor toma nuestra iniquidad cual abono para que arraigados en Él seamos fecundos en misericordia y justicia. Para que Cristo no sólo sea nuestro salvador, sino también nuestro Señor. Él es todo un ejemplo para nosotros. Siendo quien era, no vino para que le sirvieran, sino para servirnos. Y para dar su vida en rescate.

Pero, el hombre prefiere los caminos de Barrabás. La violencia y el escarnio contra aquellos que creemos que son una amenaza. No fue menos con el Hijo de Dios. Pero, Jesús aguantó hasta el final por amor a nosotros. Sabía que su destino era la cruz, su decisión fue obedecer al Padre. Para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.

Quitarle la vida fue la respuesta que dimos a Jesús. Aquel que sólo vivió haciendo el bien, sanando con el poder de Dios a todos aquellos que vivían oprimidos por el diablo. Jesucristo fue también el sacrificio expiatorio al que apuntaba el ceremonial del Antiguo Testamento. Sin embargo, la muerte no lo pudo retener. Porque resucitó para nuestra justificación. Esta es la prueba de que su salvación es real. Por eso hoy es posible tener paz con Dios, y libre acceso a su gracia. Él se hizo a si mismo pecado y fue maldito para que fuésemos declarados salvos y justos.

Sí, el cuadro de la cruz no es atrayente. Todos le apartamos la mirada. Pero, la grandeza de la cruz radica en aquello que consiguió. Toda transgresión se desintegra cuando entendemos que por su muerte nuestros pecados son expiados y nuestra culpa quitada.

Ahora tenemos paz con Dios. Todas nuestras ofensas nos han sido perdonadas. Se acabó nuestra lucha con Dios. Esta es una paz conseguida en el espacio y el tiempo, pero de consecuencias eternas.

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