Job 2:11-13

Sus amigos vienen a consolarlo (11-13) 

Una de las situaciones más difíciles de sobrellevar es la soledad. Es en estos momentos cuando nos damos cuenta del gran valor que tiene la amistad. Aquí tenemos cuatro amigos de distintos lugares que mantenían una estrecha relación entre ellos a pesar del paso del tiempo y la distancia. El valor de esta buena amistad se pone de manifiesto cuando a ninguno de los tres amigos de Job les dejó indiferente saber de su delicado estado. Por lo tanto, no dudaron en acudir los tres juntos a condolerse, y consolarlo. A los tres les honra, desde el principio, esta noble motivación. 

Elifaz es un nombre edomita, por lo tanto, descendiente de Esaú, él es el único del que sabemos a ciencia cierta su procedencia: Temán, una ciudad de Edom con fama de albergar gran sabiduría situada al sur del Mar Muerto. Elifaz era el mayor de los 3 amigos. Bildad suhita era probablemente descendiente de Súa, el hijo más joven de Abraham y Cetura. Y, por último, Zofar naamita, descendiente de Naama, perteneciente a la genealogía de Caín. 

La llegada de los tres amigos de Job en 2:11-13 será el puente literario que nos llevará a la siguiente sección del libro, la mayor de todas ellas, que comprende los capítulos del 3 al 31. Es aquí donde se desarrollarán extensos diálogos entre los cuatro. 

 Mientras estos expertos en sabiduría se sientan con Job en silencio durante siete días, la tensión dramática irá en aumento hasta que, en el capítulo 3, Job romperá el silencio con el estruendo que produce el lamento de un corazón destrozado. Es obvio que el dolor de Job es espantoso (2:13). Este Job contrasta fuertemente con el del capítulo 1 verso 3, donde Job es descrito como el mayor de los hijos del Oriente. 

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Job 2:7-10

El sufrimiento de Job (7-10)

Es obvio que cuanto más lejos estamos de Dios, más cerca estamos del Diablo. Él habita en la oscuridad, en el mundo de lo oculto. Allí lleva a cabo sus planes, siempre mediante el engaño, y casi siempre, con violencia.

Este mundo de oscuridad lleva tiempo expandiéndose entre los hombres, nos va esclavizando mientras nos acomoda en sofisticadas redes de engaño y tentación. Mientras tanto, el Adversario aflige especialmente aquellos que han conseguido librarse de esta esclavitud del pecado por la Gracia de Dios viviendo justa y piadosamente. Sin embargo, a Job le fue quitada momentáneamente esa protección natural que Dios otorga a todos aquellos que andan con Él.  

Tal y como leemos, no hubo parte del cuerpo de Job que no quedase expuesta a las garras del Adversario. A través de una horrible enfermedad, le infringió todo el dolor que pudo. La escena de Job sentado en cenizas, símbolo de duelo y lamento, mientras busca alivio rascándose con un trozo de teja, ilustra perfectamente su lamentable estado.

Los síntomas de esa espantosa afección comprendían dolorosas úlceras supurantes por todo el cuerpo (7:5), pesadillas y alucinaciones (7:14), costras que una vez caídas dejaban la piel negra (30:28,30), deformaciones y un semblante repugnante (2:12; 19:19), halitosis (19:17), un cuerpo esquelético (17:7; 19:20) fiebres (30:30) y un dolor incesante día y noche (30:17), así como llagas, término que en hebreo se traduce como «hervores» (Ex 9:9; Lev 13:18; 2Re 20:7).

Es obvio que la esposa de Job no tenía ni la integridad ni la fortaleza de su marido. Pero, no caigamos en el error de estigmatizarla. Lo que tuvo que pasar fue durísimo, y en semejante situación uno no es necesariamente dueño de sus palabras. La esposa de Job sufría lo que en términos psicológicos se conoce como “trastorno de estrés postraumático” (TEPT). Algo que incluye creencias negativas persistentes sobre uno mismo u otros, sentimientos de culpa distorsionados, o sentimientos de desapego o alineación de los demás. En poco tiempo la vida le dio un vuelco de 180 grados. No es de extrañar que se viera sumida en lo más hondo del pozo de la desesperación. Acarreaba a sus espaldas con: La muerte de toda su descendencia, la ruina económica, y tener que presenciar la agonía de su marido mientras una cruel enfermedad lo torturaba.

La palabra “maldice a Dios”, en el original, se traduce como: «bendice a Dios”, y es obviamente un eufemismo. Al percibir la inminente muerte de su marido, lo incita a que provoque a Dios para que termine finalmente con su vida, y así evitar prolongar tanto sufrimiento, en fin, una especie de “eutanasia”. Parece conocer que todo aquel que maldice a Dios debe morir (Levítico 24:10-16).

Nadie discute que sus palabras no fueron acertadas, y que fueron otro duro golpe que Job tuvo que encajar. Queda claro que, en circunstancias de extremo dolor, el Enemigo puede tomar fácilmente las riendas de nuestra lengua.

Pese a todo, Job sigue siendo todo un ejemplo de integridad. En sus palabras hallamos amonestación, pero no juicio. No responde a la defensiva ni faltando al respeto. Trata de hacerle ver que no está siendo ella la que habla (Literalmente: “Como cualquier mujer necia has hablado” LBL). Le está diciendo que sus palabras no corresponden ni a su persona (asume que es una mujer prudente y sabia), ni a su posición como esposa. En definitiva, Job intenta, a pesar de su sufrimiento, hacer cambiar de actitud a su esposa de una forma sabia y respetuosa. Como bien concluye el versículo 10: “En todo esto, no pecó Job con su boca”.

A continuación, vienen las palabras de Job sobre las cuales girará casi todo el libro: “¿Aceptaremos de Dios el bien, y no el mal?”. Algo sobre lo cual todos debemos reflexionar. Las dificultades y el sufrimiento no son mera consecuencia del pecado; pueden ser pruebas, o actos de disciplina que redunden en ganancia espiritual.

Finalmente, la respuesta de Job a su esposa silencia al “Acusador”, del que ya no se vuelve a saber nada. Fiel a su palabra, Job se niega por completo a darle la espalda a Dios. Más adelante desafiará a Dios con preguntas, quejas, apelaciones e incluso acusaciones, pero a pesar de la afrenta, nunca, lo maldecirá.

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Job 2:1-6. 

Satanás obtiene permiso para seguir probando a Job (1-6). 

Estamos ante otro episodio de las altas esferas celestiales. El autor, al mencionar “Y sucedió que un día”, deja entrever la conexión que existe entre nuestro tiempo, el de la Tierra, y el del Cielo. Si “un día” sucedió este encuentro, podemos deducir que hoy mismo, se habrán tomado decisiones importantes en este consejo de tanta trascendental para nuestras vidas.

Igual que observamos en el capítulo 1. Los grandes “Generales” de Dios, llamados aquí “sus Hijos”, acuden al llamado de Dios para rendirle cuentas. En este capítulo, también volvemos a ver entre ellos un viejo conocido: Satanás, que, de algún modo, tampoco puede eludir su rendición de cuentas a su Hacedor.

La pregunta que Dios le hace no es una pregunta retórica. Si le dice “¿De dónde vienes?”, es porque debe declarar todo lo que ha estado haciendo, porque por sus palabras, y por sus hechos será juzgado. Obviamente, el Acusador es quien se dedica a merodear la Tierra, a ser tropiezo a los hombres, y a sujetar con lazo corto aquellos que ya han caído bajos sus garras.

En algún momento del encuentro, Dios, y no el Adversario, saca el tema de Job. Notemos, una vez más, que es Dios quien, tomando la iniciativa, decide seguir “la partida” que ha empezado con el Adversario. Satanás, humillado en gran manera tras su fracasado intento de hacer caer a Job, no parece tener mayor interés en este asunto que el que suscita Dios. De hecho, tiene que volver a escuchar de Dios los intactos atributos de Job. Ya es la tercera vez que tiene que oír que es, y sigue siendo, un hombre intachable, recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Por lo tanto, su integridad no se ha visto afectada, a pesar de los esfuerzos del Diablo por derrotar a ambos.

Las palabras de Dios “me incitaste contra él para que lo arruinara sin causa” son reveladoras. Job, realmente no hizo nada para merecer todo lo que le ocurrió. A pesar de que Dios afirma, refiriéndose al Diablo, “tú me incitaste”, está claro que nadie puede inducir a Dios a hacer cosas contra su voluntad. No está claro cómo, pero aquí vemos, una vez más, que todo lo que sucede en nuestras vidas termina formando parte de este basto y complejo mosaico que compone el designio divino.

Paradójicamente, incluso Satanás termina haciendo la voluntad de Dios, por antagónica que le sea. Ello nos lleva a pensar que, a pesar de las desgracias y males que hayan acontecido, al final se hará justicia, y aquellos que hayan sufrido injustamente serán finalmente vindicados por Dios mismo, quien fue, en última instancia, aquel que lo permitió. Al final, Satanás terminará siendo sólo un instrumento de los enigmáticos designios divinos. Algo que Job, todavía tiene que aprender.

A pesar de todo su empeño, el Diablo sigue sin poder demostrar que tanto la palabra de Dios como la fidelidad de Job son en vano. Aunque esta vez, la cornada de este temible toro llegará a penetrar el mismo cuerpo de Job. Porque, ahora va a ser su vida la que va a ser puesta en jaque a través de una cruel enfermedad. El propósito que buscará el Diablo será el mismo que la última vez: Escuchar cómo Job maldice a Dios.  Demostrar que Dios, en realidad, se equivoca. Que Job no pagará un precio tan alto. “Piel por piel” afirma, “quid pro quo” (“algo por algo”). El diablo sigue afirmando que la fe de Job es un mero trueque.

Dios sabe que ahora la apuesta es mucho más alta. Vuelve a haber mucho en juego, una vez más de la respuesta de Job depende la integridad de ambos. Esta vez el dolor llegará a la carne y a los huesos del creyente Job. Pero, igual que la primera vez, los límites los seguirá poniendo Dios. Su Redentor sabe perfectamente lo que está haciendo. No permitirá que Job sufra más de lo que pueda soportar. Job no morirá porque Dios mismo lo vindicará.

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Job 1:20-22

Su ejemplo en paciencia y piedad bajo esas circunstancias (20-22) 

Estos versículos son la culminación de este tremendo episodio de la vida de Job. Su respuesta demuestra su increíble madurez espiritual. Debemos admitir que, en tales circunstancias, cualquiera de nosotros se hubiera venido abajo, sin embargo, parece que cuanta más oscuridad hay, más brilla este hombre de Dios.  

Aun así, nos vemos un Job tan humano como nosotros, muy consciente de lo que está pasando, que ama a los suyos, y llora desconsoladamente, como no puede ser de otra forma. En las lágrimas del sufrimiento dejamos fluir el torrente de una aflicción que nos está ahogando. Las lágrimas del dolor por un ser querido son la unción que corona el afecto que sentimos por alguien amado. Son un acto de suprema nobleza y honor. Así que Job expone, tanto al Cielo como a la Tierra, un dolor sin complejos. En las Escrituras, el rasgarse las vestiduras, y el raparse el pelo son expresiones de denotan una gran desolación. La tristeza profunda no es algo ajeno a los hombres y mujeres de la Biblia. Es experimentado por hombres de Dios como el Rey David, quien clama en Salmos 42:3 “Mis lágrimas han sido mi alimento de día y de noche, mientras me dicen todo el día: ¿Dónde está tu Dios?” o en el Evangelio según San Juan 11:30-35 vemos al mismo Señor Jesús conmovido tras escuchar el lamento de su amiga María por su hermano Lázaro. Jesús mismo no puede contener sus lágrimas. 

Pero, no todo termina con el dolor de Job. Lo más paradójico de este texto es, sin duda, ver como en medio de esta situación, Job es capaz de arrodillarse y adorar a Dios.  

El cuarteto, o estrofa proverbial que vemos en el verso 21 nos introduce a un paralelismo poético que encontraremos luego en todos los discursos a partir del capítulo 3. Aunque ahora, la actitud que encontramos en Job, en contraste con la que desarrolla en los diálogos, es la de una fe férrea y una rendición total a la voluntad soberana de Dios. Job no entendía el porqué de todo aquello, sin embargo, tenía la certeza de que provenía de Dios. Desconocía por completo las decisiones tomadas en el concilio divino, por lo tanto, ignoraba el permiso que Dios había otorgado al Acusador, autor material de tan grandes desdichas. Pero, en última instancia, Job tenía razón, por paradójico que fuera, era el Señor quien lo había orquestado todo.  

En el verso 21, Job menciona una de las frases más célebres de las Escrituras: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a allí”. Sabia reflexión que nos habla de lo efímero de la existencia, y la vanidad que oculta todo lo que pueda albergar la vida. Cualquier bien que podamos recibir siempre será un don prestado de Dios. Asumir que todo le pertenece, nos dará una perspectiva de la vida más equilibrada y ajustada a la realidad. Job se conformaba con ser parte de los planes de Dios. Sabía que su voluntad es siempre lo mejor, por incomprensible que sea a veces. Fue tal su amor por el Señor que, no sólo no maldijo a Dios, le bendijo con todas sus fuerzas ¿Qué nos complace más en la vida? ¿Ser bendecidos por Dios, o bendecirle nosotros a él? 

Cuando Job exclama: «Bendito sea el nombre del Señor», está parafraseando, irónicamente, la respuesta que esperaba oír Satanás (versículo 11), pero en sentido opuesto. El juego de palabras pone de manifiesto cuan frustrados fueron los planes del Acusador. En lugar de maldecir a Dios en su cara, Job lo acabó adorando desde lo más íntimo. 

Para referirse a Dios, el autor del libro, al ser hebreo usa el nombre que le otorga el Pacto («Yahveh»). Sin embargo, en los diálogos siguientes, tanto Job como sus amigos, no siendo hebreos, utilizan otros epítetos para referirse al mismo Dios. Ahora, en el Prólogo del libro, el autor tiene especial cura en mostrar el contraste entre este Job de fe y sabiduría, y el de ulteriores capítulos, desafiante e inquisitivo. Aunque, su principal interés parece ser que es el hacernos ver que el único Dios verdadero, aquel que adoraban los hebreos, es el mismo Dios cargado de paradojas que iremos encontrando a lo largo del libro. 

Hasta aquí, aunque privado de familia y de bienes, Job no pecó con sus labios (22), y tampoco osó acusar a Dios de «mala praxis». A pesar de todos los duros golpes encajados, Satanás no se salió con la suya. Una vez más, brota la trascendencia de todo aquello que sale por nuestra boca. Porque de toda palabra que sale de nuestra boca, sea esta de bendición o de maldición, tendremos que rendir cuentas.  

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Job 1:18-19

La muerte de sus hijos (18-19) 

El pasaje de hoy nos habla del que fue, probablemente, el golpe más duro que tuvo que sufrir Job. La súbita e inesperada muerte de sus siete hijos. Aquí vemos la magnitud del problema del dolor, y el alcance del poder del maligno. Vemos lo impredecible que es la vida, y lo poco que son de fiar los buenos tiempos. Hoy hay alegría y celebración, mañana desolación y dolor. 

Comer y beber son las expresiones más obvias de un estado de complacencia y bienestar. Estar juntos en familia, aún para los que no creen, es uno de los máximos exponentes de felicidad. Pues bien, todo esto, fue arrebatado a Job mediante un huracanado viento del desierto, inhóspito lugar, amigo de nadie, y paradigma de la soledad. Habitad preferido del Diablo, es instrumento poderoso en sus manos para causar desastres naturales como el que acabó con toda la descendencia de Job. 

Aunque el poder de Dios es infinito, este no suele manifestarse mediante grandes exhibiciones de fuerza natural. No se encuentra en la fuerza del viento huracanado, ni en el poder destructor de los movimientos sísmicos. Más bien prefiere darse a conocer en el silbo apacible de la mañana. No ocurre así con el Diablo. 

El viento del Este es notorio en las Escrituras por su gran poder, y es utilizado con diferentes propósitos. Es conocido como el viento “Siroco”, es un viento abrasador, procede de Egipto y marchita la vegetación, seca fuentes y manantiales, tal y como recoge el profeta Oseas, y llega incluso a destruir casas tal y como vemos en esta narración. Era muy temido por los navegantes de aquellos tiempos, tal y como recogen algunos Salmos 1). También fue el viento que hizo naufragar a Jonás mientras huía de la voluntad divina. O el que hizo cambiar de rumbo el barco en que viajaba el apóstol Pablo (Hechos 27:14). Pero, también fue instrumento de Dios para separar el Mar Rojo abriendo camino al Pueblo de Israel. Un mismo elemento se usa como instrumento de provisión, juicio, y guía insondable. 

Pero, lo que más nos llama la atención del texto es el durísimo golpe que recibió Job. Terrible es la pérdida de un hijo, que es parte de ti, pero ¿cómo debe ser perderlos todos a la vez? No puede haber tragedia más grande. Estando, además, todos juntos, felices, celebrando el devenir de la vida. Con todo el tiempo que dedicaba Job a orar y hacer sacrificios por ellos ¿habría servido para algo? Es otra señal de advertencia que nos da las Escrituras. No sabemos lo que nos depara el día de mañana, de nada sirve preocuparse, de nada sirve gloriarse. Debemos, pues ver cómo andamos todos los días, porque el día del Señor vendrá como “ladrón en la noche”. No importa que celebremos, o que lloremos, Dios es, a fin de cuentas, lo único que tenemos. 

Aunque Dios no es el autor del mal, sabemos que puede permitirlo, y de hecho lo hace por misteriosos y providenciales motivos que ignoramos. Sin duda, permite que Satanás haga cosas terribles contra la humanidad, igual que contra Job. El Señor permite que el pecado y el mal sigan su curso, pero llegará el día en que ya no habrá lugar para ellos en Su universo. Dos cosas son ciertas: Ni Satanás es omnipotente; ni Dios deja de serlo sean cuales sean las circunstancias. En la providencia general del Señor, todo lo que ocurre tiene un propósito. Nada ocurre sin su conocimiento, ni su permiso, aunque nadie, desde una perspectiva humana pueda llegar a entenderlo. Sólo nos queda llenarnos de esperanza, la que provee la certeza de que un día todos los interrogantes tendrán una justa y adecuada respuesta. 

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Job 1:13-17

Los sorprendentes problemas que le sobrevinieron y la ruina de su hacienda. (13-17).

Dos rasgos de las calamidades son: Siempre vienen cuando menos te lo esperas, y nunca vienen solas. Si los hijos de Job se reunían a festejar los cumpleaños por todo lo alto, es de suponer, que, en aquella ocasión, siendo el cumpleaños del primogénito, la fiesta sería especialmente opulenta. Nadie esperaba, entonces, todo lo que iba a acontecer.

Así que, aquí están las calamidades anunciadas en las altas esferas celestiales. Job se queda sin su principal activo, el ganado. Los medios utilizados por su adversario, el diablo, nos resultarán familiares, nada nuevo que no haya acontecido antes:

  • Una horda de salvajes, los sabeos procedentes del sur (Saba, actual Yemen probablemente), ebrios de codicia y de odio expolian a Job buena parte de su hacienda llevándose todos sus bueyes, y asnos, y matando, además a los fieles siervos que los cuidaban. Los sabeos eran una tribu nómada beduina, y eran conocidos por su adicción a la traición y a la crueldad. A menudo saqueaban a otros pueblos como medio de supervivencia.
  • Un desastre natural. Probablemente, feroces tormentas eléctricas procedentes del Mediterráneo por el oeste, más fuertes y secos vientos del desierto por el este, provocaron diversos incendios que se propagaron a gran velocidad para terminar con todas sus ovejas. El fuego caído del cielo era considerado una forma de juicio de Dios para los hebreos u otras deidades de pueblos paganos.
  • Tres escuadrones más de expoliadores, en este caso Caldeos, procedentes del norte, roban el único ganado que le quedaba a Job, en este caso, camellos, matando también a todos siervos que los cuidaban. Los caldeos, en aquella época, eran conocidos por ser una banda de nómadas. Fue más adelante cuando conquistaron Babilonia.

 A veces podemos llegar a vernos atrapados en acontecimientos que escapan a nuestro control, sucesos ligados a maniobras de Dios o de Satanás. Podemos sentirnos forzados a vivir situaciones que nunca hubiéramos escogido. Desde luego parece injusto, sin embargo, hay una forma más elevada de interpretar las circunstancias de la vida. Podemos verlas como oportunidades dadas por Dios para cooperar con Él y así ser parte de sus planes y propósitos, que siempre trascienden los nuestros. Somos algo más que peones en una partida de ajedrez. Se nos ha concedido honrar a Dios Todopoderoso por la forma en que vivimos y morimos.

En cualquier caso, aún quedan muchas preguntas sin respuesta. Sólo Dios sabe por qué decenas de inocentes tuvieron que morir en este drama entre Satanás y Dios. Por muchas vueltas que le damos, no entendemos por qué algunos justos tienen vidas tan cortas como trágicas, mientras que otros, siendo tan malvados, disfrutan de abundantes riquezas y de largas vidas. Sin embargo, hay algo que podemos afirmar sin dudar: aquellos que sufrieron injusticias en esta vida, serán vindicados mañana en la eternidad. Allí toda paradoja será disuelta, y toda pregunta tendrá una respuesta.

Dios ha concedido a Satanás ciertas libertades. Satanás es llamado en las Escrituras el príncipe de este mundo (Juan 14:30) y el gobernante del Reino del aire (Efesios 2:2), como adversario nuestro utiliza enfermedades, plagas, gente malvada e incluso las fuerzas de la naturaleza para llevar a cabo sus propósitos. Aunque Dios asestó un golpe mortal a Satanás con la muerte y resurrección de Jesús, Satanás continúa luchando hoy contra Dios y lo hará hasta el final (Ro 16:20).

El sufrimiento de los justos tiene dos vertientes: la terrenal y la celestial. El apóstol Pablo conocía la tensión que supone vivir en un mundo corrupto. Por ello, puso su confianza en Dios y en las cosas eternas (la justicia, la misericordia y el amor de Dios), en lugar de ponerla en las cosas temporales de este mundo (el éxito, la riqueza y el prestigio). Pablo supo ver que nuestra lucha no es contra carne y sangre (Efesios 6:12) y cobraba animó al recordar que nuestra ciudadanía no está aquí, sino en el Cielo (Fil 3:20).

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Job 1:9-12

La malicia de Satanás contra Job, y el permiso que obtuvo para ponerlo a prueba (Parte II)

Job es honrado por Dios, lo aprueba y reconoce como siervo verdadero y fiel, es decir, como alguien que basa su vida en la alianza que sustenta su relación con Dios. Por la fe, Job no sólo es salvo por gracia, también es un hombre justo y obediente. Dios dará prueba de ello, de hecho, es Él, y no Satanás, quien escoge a Job a sabiendas que esto significaba probar su fe. 

La filosofía que viene propagando Satanás por toda la Tierra es muy clara: “Nadie hace nada a cambio de nada” ¿Acaso hay alguien que incumpla esta norma? ¿Acaso Job no vive también bajo los dominios del Adversario?  

Satanás echa en cara a Dios: “¿No es acaso Job beneficiario de tu protección? Has prosperado todo lo que han tocado sus manos. Tiene todo lo que un ser humano puede esperar de la vida. Sin embargo, su lealtad tiene un precio. Job no te ama en balde”. 

Llega un momento en que ni siquiera el propio Diablo puede ocultar sus verdaderas intenciones. Tarde o temprano, cede a su naturaleza y deja entrever sus colmillos. Le encanta sofocar la verdad arrojando mentiras, convencido de que nadie puede escapar de sus designios. Afirma con total certeza que Job acabará maldiciendo a Dios en su rostro si es privado de toda bendición. ¿Pero cómo es posible? Si Job se mostraba tan cuidadoso ante la posibilidad de que sus hijos ofendieran a Dios, ¿será ahora él mismo quien peque de esa manera? 

Satanás no cuestiona la evaluación que Dios hace de Job, pero sí cuestiona la motivación de éste.  Por lo tanto, si como siervos de Dios, nuestra motivación es la correcta, casi con toda seguridad seremos probados, si, por el contrario, es la equivocada, difícilmente viviremos una historia como la de Job. 

Varias cosas deducimos de la respuesta de Dios: Primero, Job contaba con una protección especial. No porque fuera un privilegiado, o un preferido de Dios, sino porque vivir con temor de Dios tiene siempre su recompensa. Segundo, Satanás puede alardear de su poder, y puede lavarnos el cerebro con sus mentiras, pero no tiene todo el poder. Dios le ha puesto límites que de ningún modo puede traspasar. Tercero, en medio de una lucha espiritual de dimensiones cósmicas, por motivos que no alcanzamos, Dios ha de probar nuestra fe despojándonos de una parte de esa protección que nos ha concedido. Pero sólo para mostrar ante todo reino y principado la gloria que emana de nuestra fe, en medio de un mundo sumido en densa oscuridad. Cuarto: Jamás seremos probados más de lo que podamos resistir, ello debe alentarnos y llenarnos de esperanza. 

Satanás afirma que un verdadero creyente sólo es fiel mientras prospera. Si le es quitado el bienestar obtenido, rechazará sin remedio a Dios. Su intención es demostrar que la salvación no es tal en determinadas circunstancias, que la fe es un contrato que se puede romper, que hasta un creyente puede escupir a Dios en la cara. Pero, el Antiguo Testamento alberga muchas promesas en las que Dios se compromete a sostener la fe de sus hijos. Como: 

Porque Jehová ama la rectitud, 

Y no desampara a sus santos. 

Para siempre serán guardados; 

Salmos 37:28 

O el Nuevo Testamento: 

31 Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; 32 pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos. Lucas 22:31-32 

Nos aporta una gran dosis de esperanza saber que cualquier cosa que pueda ocurrir en nuestra vida pasa primero por las manos de Dios. Aún las crisis más inesperadas. 

Las calamidades que sufriría Job iban a probar si su fe era superficial, basada tan solo en las bendiciones recibidas de Dios, o arraigada en la gracia Divina.  

La restricción divina pone de manifiesto que aquella no sería una batalla entre iguales. Dios traza líneas donde Satanás debe detenerse; queda constatada la autoridad que mantiene sobre el maligno. Por ahora, sólo su familia y sus bienes se verán afectados. En su gracia, Dios limita las pruebas que han de pasar sus hijos. El objetivo de Dios era purificar y santificar a Job, no acabar con él. 

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Job 1:6-8

La malicia de Satanás contra Job, y el permiso que obtuvo para ponerlo a prueba (Parte I)

Una de las grandes aportaciones del libro de Job, es toda la información que desvela sobre las altas esferas celestiales. Aunque sea por unos pocos minutos, se abre la puerta del “Consejo de Administración” de Dios. Lo primero que llama la atención es ver los “altos mandos” del ejército de Dios presentándose delante del Altísimo para rendirle cuentas. Es importante entender que durante todo el libro de Job ni Job ni sus amigos tuvieron conocimiento de este encuentro.

Más sorprendente aun, es encontrarnos con la presencia de Satán (o el Adversario) entre los llamados “Hijos de Dios”. El último y mayor enemigo de Dios, aquel cuyo nombre es “difamador”, y que no se cansa de acusar a los justos de día y de noche. Sorprende que tenga acceso a este Consejo de altas instancias siendo quien es. Es obvio que Dios se lo permite, y también que Satanás aún conserva cierto Estatus Quo en los altos estamentos celestiales.

En cualquier caso, el texto deja claro que el Señor (Jehová) está muy por encima de todos los convocados, y que todos le deben sumo respeto, incluido su Adversario (“Dios es muy temido en la congregación de los santos, e imponente sobre todos los que están a su alrededor. Salmos 89:7). A lo largo del singular encuentro, El único que formula preguntas es el Señor. Los demás todos callan, y sólo hablan cuando el Señor lo permite. Todo el formato es el de una especie de juicio en el que Satanás es el acusador.

Dios es luz, y por ello, nada puede quedar oculto delante de su presencia. Las cuestiones que plantea el Señor siempre tienen este propósito: Traer a la luz aquello que permanece en la oscuridad ¿De dónde vienes y qué has estado haciendo? Ahora le toca responder a su adversario.

A diferencia de Dios, Satanás no es omnipresente, por lo que debe ingeniárselas para extender su dominio por toda la Tierra. Se ve obligado a tejer complejas redes para ejercer su poder, y nadie duda de que su influencia se extiende por todo el globo. El Señor Jesús a veces se refiere a él como el «Príncipe de este mundo». El apóstol Pedro ilustra su modus operandi en la Tierra como el de un león hambriento y rugiente que busca a quien devorar.

No hay duda de que detrás de la respuesta de Satanás hay toda una exhibición de logros. Trofeos de miseria y maldad llevados a cabo por hombres rendidos a sus pies.

Acto seguido. El Señor saca a la luz algo que Satanás ha pasado por alto intencionadamente. En la Tierra existe una resistencia que no ha mencionado. Notemos que es Dios quien saca a la luz el nombre de Job, nuestro protagonista, no Satanás. Ese inesperado movimiento del Señor deja en jaque a Satanás.

La luz siempre vence las tinieblas, por pequeña que esta sea.  Sólo un hombre como Job bastará para estropear los planes del diablo. Lo notable de los calificativos de Job es quien los menciona. Los hombres tenemos siempre una visión limitada y sesgada de la realidad. Pero, Dios no es así. Dios sólo puede decir la verdad en mayúsculas. Lo que probablemente molestó al Adversario fue el conocimiento de que era el Señor quien destacaba los atributos de Job.

Job, efectivamente, era un hombre intachable, término que también podemos traducir por “íntegro”. Job no era perfecto, humanamente hablando, tenía también sus lados oscuros, como todo ser humano, pero no había contradicción entre aquello que creía, y aquello que vivía. Sus obras predecían sus palabras. Porque su confianza, estaba puesta en Dios solamente.

Sin el conocimiento de la Palabra de Dios, difícilmente llegaremos a encontrar el camino de la verdad. La rectitud de Job corresponde a la de aquel hombre que busca primero el Reino de Dios, a sabiendas de que todas las demás cosas le serán añadidas.

Job era un hombre que temía a Dios. Principio de toda sabiduría. Porque un hombre no puede alcanzar sabiduría, por muchas letras que almacene su cabeza, si no empieza temiendo a Dios de corazón. No hay mejor remedio para el pecado que tomarse muy en serio el nombre de Dios.

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Job 1:2-5

Su gran prosperidad (2-5). 

Job disfrutaba de toda la prosperidad que se puede esperar en la vida. Tenía 7 hijos y 3 hijas. Una gran familia siempre es uno de los mejores legados que un hombre puede dejar. Además, Job era rico, poseía ganado en abundancia. Las cantidades de cabezas de ganado son astronómicas. Tenía gran cantidad de siervos. Debían de ser muchos para poder cuidar una hacienda tan espléndida. Era el hombre más pudiente de Oriente, nos dice el texto.  

Cada año que pasaba era un motivo de celebración. Y la familia crecía, y había armonía entre los hermanos. Además, el gozo y el bienestar eran compartidos. Celebraban juntos en familia el paso del tiempo con abundancia de comida y bebida. Y, tal y como vemos, ningún miembro familiar quedaba excluido. 

En la Biblia, el número siete es el número ideal. Denota integridad y perfección. Se repite un par de veces. Primero para indicarnos que tenía siete hijos, varones. Y luego para decirnos que tenía siete mil ovejas. El número «siete» aparece con frecuencia en la literatura del Próximo Oriente; y era considerado el número ideal de hijos (1 Samuel 2:5, Rut 4:15). De hecho, cuando Job sea restaurado, más adelante, volverá a tener 7 hijos más (Job 42:13). 

Pero, notemos que no era rico en tierras, sino en ganado. Al igual que Abraham y Isaac. En aquellos tiempos, la riqueza se medía principalmente en cabezas de ganado y número de siervos. Job poseía camellos. La arqueología ha demostrado que fue en la época patriarcal cuando se empezaron a domesticar. Algo que podría corroborar que fue en aquel tiempo cuando vivió Job. El texto menciona sólo las asnas que tenía (femenino) obviando los machos. Probablemente, porque Las hembras eran mucho más valiosas que los machos por su potencial fecundidad.   

Abundancia de posesiones valiosas  

La riqueza puede tener su origen en labores pecaminosas. En Hechos 19:25 se nos habla de Demetrio, un platero que se lucraba mediante la elaboración artesanal de pequeños templos de la diosa Artemisa. Desde sus comienzos, Dios enseñó a su pueblo Israel que sólo Él era el dador de toda riqueza (Deuteronomio 8:18). Pero, también les enseñó a ser generosos: «El que da, gana; el que retiene, empobrece» (Prov. 11:24). La enseñanza del NT aún va más lejos: «Nadie debe buscar su propio bien, sino el bien de los demás» (1 Corintios. 10:24). Algunos pasajes del AT dan la impresión de que la riqueza siempre va unida a la piedad. Dice Salmos 112:3 hablando del que teme a Dios, “en su casa habrá abundantes riquezas”, o que la pobreza es para los malvados (Proverbios 13:18), pero otros pasajes nos alejan de tal interpretación. Porque esto no siempre es así. Salmos 73:3-5 dice: “Porque tuve envidia de los arrogantes, al ver la prosperidad de los impíos. 4 Porque no hay dolores en su muerte, y su cuerpo es robusto[a].5 No sufren penalidades como los mortales[b], ni son azotados como[c] los demás hombres.”. O Lucas 6:20 que va mucho más lejos hablando de los pobres hablando de ellos como aquellos que heredaran el Reino de Dios. O 1 Corintios 1:26-28, que nos dice que Dios no ha escogido a gente de noble cuna, ni poderosos, para formar su pueblo, sino a lo más bajo y despreciado, aquellos que no tienen lugar en la sociedad. 

Así que, la riqueza puede ser un don de Dios, pero no es, en ningún caso, el mejor de ellos. Los mejores dones de Dios son espirituales y se manifiestan en una transformación integral del ser humano en la que el amor es, infinitamente superior a todo bien que hayamos podido recibir. Y este es siempre paciente, bondadoso, no tiene envidia, no es jactancioso ni orgulloso. No es mal educado ni egoísta. No guarda rencor ni se enoja fácilmente, no se deleita en la maldad más se regocija en la verdad, pide perdón y perdona, tiene un fe razonada y razonable, pero no por ello pequeña, grande es su esperanza, y tiene una gran resiliencia capaz de soportar cosas inimaginables. Y en esto, Job demostró que era rico sobremanera. Porque Job era más rico para con Dios que para con los hombres. 

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Job 1

INTRODUCCIÓN 

El libro de Job, como otros libros de la Biblia, lleva el nombre de su protagonista. Se desconoce quién lo escribió y el texto no lo revela. Dado que incluye el relato de la muerte de Job (42:17) y narra hechos que él desconocía, es evidente que no pudo ser escrito íntegramente por él. 

El autor relata un episodio de la vida de Job en la que él es probado, y el carácter de Dios revelado. Pablo cita a Job en el Nuevo Testamento dos veces. Una en Romanos 11:35 (“¿o quién le ha dado a Él primero para que se le tenga que recompensar?”) y en 1 Corintios 3:19 (“Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. Pues escrito está: Él es el que prende a los sabios en su propia astucia.”). Y por otro lado tanto Ezequiel como Santiago mencionan el nombre de Job, dando a entender que fue un personaje histórico. Algunos eruditos han situado los acontecimientos de este libro en el período patriarcal, alegando la ausencia de referencias al pacto de la Alianza o a la Ley. Dos hechos corroborarían la teoría de que de que el libro precede la época de Moisés: El ministerio de Job como sacerdote familiar y la falta de referencias al tabernáculo, el templo o la ley. En contra de tal deducción, sólo podemos señalar que Job no era israelita (era de la tierra de Uz). Por tanto, no cabría esperar referencia alguna al pacto de la Alianza, la Ley, el sacerdocio, o el templo. Se dice que Job, Noé y Daniel fueron los tres hombres más justos de todos los tiempos (Ezequiel 14:14, 20). 

La fecha de composición del texto es objeto de considerable debate. Si los eventos tuvieron lugar durante el período patriarcal es probable que el libro se escribiera poco después para preservar la historia. Por otro lado, durante el reinado de Salomón se produjo un notable auge de la literatura sapiencial, por lo que no hay que descartar que el Libro de Job forme parte de estas obras literarias. 

El género literario del libro es la literatura sapiencial, aunque carece de aforismos sapienciales, como Proverbios y Eclesiastés. Sin embargo, puede considerarse una pieza única de la poesía didáctica basada en hechos históricos. El autor no pretendía que el libro fuera una transcripción, al estilo periodístico de lo que ocurrió o se dijo. Más bien, emplea un estilo dramático y poético que, de forma literaria, expone aquello que ocurrió en la vida real. Parece obvio, que el estilo poético del libro ha resultado ser la mejor forma de preservar su mensaje. 

Aunque un texto tan largo y complejo como el de Job probablemente alberga más de un propósito, el mensaje general del libro da a entender que la razón del hombre no puede explicar el sufrimiento humano. El texto pone de manifiesto que el misterio de la voluntad divina no contradice ni la bondad ni la soberanía de Dios, sin embargo, sigue siendo inalcanzable para el ser humano. El libro deja un final abierto que da pie a que sus lectores saquen varias conclusiones: Primero, que Dios nunca prometió que este mundo sería un lugar seguro, ni uno en el que siempre se va a bendecir materialmente a los justos. En segundo lugar, Job nos hace ver que lo limitado de nuestra experiencia no nos sitúa en una posición privilegiada para cuestionar a Dios (aunque Él acoge con agrado nuestras preguntas). En tercer lugar, que nuestras perspectivas limitadas y terrenales tienden a magnificar nuestro sufrimiento, mientras que la perspectiva eterna y trascendente de Dios nos aporta claridad, aunque no la suficiente, al menos mientras vivamos aquí en la Tierra. Y, por último, que debemos resignarnos a poner nuestra confianza en la siempre mayor sabiduría de Dios, como concluye Job en el capítulo 42. 

La gran piedad de Job (1). 

Nos encontramos ante la definición de un hombre piadoso por antonomasia. No es un “héroe” inventado. Fue un hombre oriundo de su propia tierra: Uz. Cuya ubicación exacta es incierta, aunque suele asociarse con Edom al sur (cf. Lamentaciones 4:21). Uno de los amigos de Job, Elifaz, era de Temán, una conocida ciudad edomita. Y Aram al norte (Génesis 10:23).  

Job vivía en una gran ciudad amurallada y era uno de los mayores ganaderos de oriente. Tenía 7 hijos y 3 hijas, era Anciano y participaba en el gobierno de su ciudad, siendo respetado por todos. La Biblia lo describe como un hombre intachable, justo, temeroso de Dios y apartado del mal. Job era un hombre íntegro, en el que no había contradicciones entre su fe y su vida cotidiana. Su reputación no pasaba desapercibida ni en la Tierra ni en el Cielo. En el versículo 8, Dios mismo afirma: “No hay nadie como él en la Tierra, varón perfecto, recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (1:8). 

Sin embargo, la perfección de Job no es la que nos imaginamos. En Job 7:21 dice de sí mismo: “¿Y por qué no quitas mi rebelión, y perdonas mi iniquidad?”, o en Job 9:20 “Si yo me justificaré, me condenaría mi boca; Si me dijere perfecto eso me haría inicuo”. Por lo tanto, se desprende de su lenguaje que Job había puesto su confianza en Dios, y en la redención que tanto necesitaba. La fidelidad de Job radica en su sinceridad, y coherencia. Por estos rasgos honraba a Dios, tanto en lo familiar y personal como en lo público (1:4-5). 

Nuestro comportamiento es importante. Los que estamos en Cristo debemos aprender a ceder “terreno” al Espíritu Santo, para que nuestras vidas sean cada vez más agradables a Dios mientras nos alejamos paulatinamente del mal. Y para ello, sin duda, hará falta más conciencia de pecado, más arrepentimiento, y más santificación. 

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