Dios interroga a Job sobre diversos animales (Job 39)

Una lección divina a través de la creación

En este pasaje, Jehová conduce a Job por un recorrido sorprendente a través de la fauna que él mismo ha creado y sostiene. El método escogido por el Señor para instruirlo no es una explicación abstracta, sino una especie de clase magistral de zoología: una contemplación de criaturas diversas, complejas y, en muchos casos, imposibles de dominar por el ser humano.

El conocimiento de Job sobre los animales palidece ante la omnisciencia divina. Cada criatura mencionada revela la sabiduría, el poder creador y la soberanía de Dios. Job debe trascender su perspectiva limitada y reconocer que su experiencia forma parte de un plan divino más amplio, que no puede comprender plenamente por sí mismo.

La cabra montesa: el misterio de la vida en las alturas

En las alturas, la cabra montesa era un enigma que cautivaba a los habitantes de la región. Su caza exigía gran habilidad, pues vivía en lugares escarpados e inaccesibles. Incluso las pinturas rupestres de Oriente Medio la presentan con un carácter casi sagrado.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿quién puso en su instinto la sabiduría para criar en lugares remotos? ¿Quién es el artífice de la vida? Ante este misterio, Job, aunque conocedor de los animales, queda invitado a maravillarse ante una sabiduría que lo supera.

El asno montés: libertad en la soledad

El Señor creó al asno montés para habitar en la soledad. No busca las multitudes ni la protección de las ciudades; es feliz en los páramos más inhóspitos. La esterilidad de la tierra no lo amedrenta, y su vida transcurre buscando vegetación comestible allí donde apenas parece haberla.

No está hecho para ser conducido ni domesticado. Su existencia plantea una pregunta provocadora: ¿tiene algo que envidiar a la ciudad orgullosa? No necesita su protección, porque Dios lo ha capacitado para vivir libremente en la soledad.

El búfalo: fuerza que no se deja dominar

El búfalo, criatura de gran poder que en aquellos tiempos habitaba la región, fue diseñado por el Señor para vivir en libertad. Su resistencia a ser domesticado refleja que la fuerza de la creación no está sometida al control humano, sino a la soberanía divina.

Al comparar la fuerza del búfalo con la condición humana, Jehová parece recordarle a Job que incluso el vigor más impresionante permanece sujeto a la voluntad del Creador. El mensaje es claro: la verdadera fortaleza no radica en las propias capacidades, sino en la sumisión confiada a Dios.

El pavo real y el avestruz: belleza, paradoja y sabiduría inesperada

El siguiente cuadro que presenta el Señor reúne al pavo real y al avestruz. En ellos aparecen rasgos que desconciertan: por un lado, la belleza exuberante de las plumas del pavo real y su exhibición llamativa; por otro, la conducta aparentemente insensata del avestruz, que abandona sus huevos a su suerte.

Sin embargo, el avestruz también es uno de los animales más veloces que pisan la tierra, capaz de superar al caballo y alcanzar velocidades cercanas a los 80 kilómetros por hora. Esta combinación de descuido y potencia nos deja perplejos y plantea una pregunta profunda: ¿cómo pudo el Señor crear un animal así?

La aparente contradicción del avestruz desafía una visión demasiado simple de la vida, como si todo pudiera explicarse mediante una lógica ordenada y retributiva. También nosotros somos seres complejos: nuestras actitudes, decisiones y temperamentos pueden generar situaciones paradójicas y difíciles de resolver. Y, aun así, seguimos siendo criaturas de Dios.

El caballo: valor y poder en la batalla

El caballo es el único animal de esta sección que llegó a ser adiestrado por el ser humano para la batalla. Algunos grabados asirios de la época muestran caballos desbocados en pleno enfrentamiento. La violencia del combate no los amedrentaba; al contrario, parecía enardecerlos aún más.

En el campo de batalla siempre podía llegar un momento en que el caballo escapara al control del guerrero. Por eso, ningún combatiente podía atribuirse por completo el mérito de la victoria: en buena medida, dependía también del poder, la velocidad y la valentía de aquel animal. También este ser bello, fuerte y temible procede de la mano creadora de Dios.

El gavilán y el águila: dominio del cielo

El gavilán es un ave rapaz de vuelo ágil y veloz, capaz de alternar rápidos aleteos con silenciosos planeos. Sabe dónde encontrar caza y dónde anidar. El águila, también rapaz, no construye su nido en árboles, sino en altas peñas, en lugares inaccesibles para el ser humano.

El águila se caracteriza por su majestuosidad y por una vista prodigiosa: divisa sus presas desde grandes alturas mientras planea. Ha sido símbolo de fuerza, libertad y visión. Paradójicamente, sus crías nacen ciegas y dependen de sus padres durante semanas.

Estas aves superan al ser humano en aspectos que este nunca ha podido alcanzar por sí mismo. No hemos sido capaces de volar como ellas; ha sido el Señor, y no nosotros, quien las ha capacitado. Una vez más, Dios pone ante Job un ecosistema complejo, delicado, asombroso y paradójico, que simboliza el misterio de la vida.

La lección para Job

Job debe entender que su conocimiento es limitado. Esa conciencia no busca humillarlo sin propósito, sino conducirlo a la confianza. El Señor sí conoce todas las respuestas, incluida la que corresponde a la terrible situación que Job está viviendo.

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Otras obras poderosas (Job 38:25-41)

Bright Pleiades star cluster glowing in a star-filled night sky above silhouetted mountains
The bright Pleiades star cluster shines over a dark mountainous horizon at night

La narrativa del texto bíblico sigue describiendo elementos de la naturaleza que están más allá del control humano. Aunque como seres humanos podamos progresar en conocimiento y sabiduría para comprender la ciencia que hay detrás de estos fenómenos, sabemos que nunca podremos dominarlos completamente, ya que, en última instancia, su origen es Dios mismo. 

Los aguaceros, cada vez más potentes, nos asombran con sus destellos eléctricos y su furia impredecible. La lluvia, fuente de vida y de caos, nos sostiene y nos derriba a la vez. Aunque conocemos su origen, sigue siendo una fuerza de la naturaleza que desafía nuestro control, decidiendo siempre aleatoriamente cuándo y dónde desatar su poder. 

¿Quién orquesta la lluvia tan necesaria para la vida y las cosechas, o el frío en invierno? Ambos son necesarios. Sin agua la vida, simplemente, no es posible. Las bajas temperaturas reducen significativamente muchas plagas y enfermedades que afectan a los cultivos durante las estaciones más cálidas. El frío actúa como un plaguicida natural, eliminando insectos, hongos y bacterias que hibernan o se vuelven menos activos durante el invierno. Mejora el suelo haciéndolo más fértil, facilitando la infiltración del agua y la asimilación de nutrientes. 

A continuación, Dios habla acerca del firmamento. De todo el orden y perfección que caracteriza la composición del cosmos. 

¡Las Pléyades son un espectáculo celestial que ha fascinado a la humanidad durante siglos! También son conocidas como las Siete Hermanas, son un cúmulo estelar abierto, es decir, un grupo de estrellas jóvenes y de muy altas temperaturas que nacieron juntas y se mantienen unidas por la gravedad. Se estima que el cúmulo contiene alrededor de 1000 estrellas, aunque solo las más brillantes son visibles a simple vista. Han servido como punto de referencia para navegantes y astrónomos durante milenios. Han sido representadas en el arte, la literatura y la música de diversas culturas a lo largo de la historia. 

La constelación de Orión es una de las más conocidas y admiradas del cielo nocturno. A menudo llamada «el cazador», es fácilmente reconocible por su forma distintiva y sus tres estrellas brillantes del centro. Es visible desde casi cualquier punto de la Tierra durante gran parte del año, lo que la convierte en una de las primeras constelaciones que aprendemos a identificar. 

La osa mayor es visible durante todo el año en el hemisferio norte y sirve como punto de referencia para encontrar otras estrellas y constelaciones, como la Estrella Polar. Al igual que Orión, es una constelación circumpolar en gran parte del hemisferio norte, lo que significa que nunca se oculta bajo el horizonte. Ha sido utilizada también por navegantes y exploradores durante siglos como guía para orientarse en el mar. 

Yahvé desafía, pues a Job inquiriendo, irónicamente, sobre su capacidad para dominar los fenómenos celestes, los cuales solían interpretarse como presagios dentro de la cosmovisión del antiguo Oriente Medio ¿Es Job capaz de dirigir los movimientos de las constelaciones de tal forma que pueda controlar el curso de la historia? ¿Puede él determinar las leyes que gobiernan los movimientos de los cuerpos celestiales? La respuesta negativa que llevan implícitas todas estas preguntas constata que las estrellas sólo se sujetan al poder de Jehová (Isaías 40:26). 

Job debió haberse sentido bien pequeño ante la majestuosidad, complejidad, inmensidad y belleza del Universo. Si una persona llega a entender algo de él, es gracias a la sabiduría y virtud que Dios le ha dado. Todo el conocimiento humano se debe a procesos de descubrimiento y aprendizaje. Pero la inteligencia no deja de ser obra de Dios (Isaías 55:8-9). 

Los propósitos del Señor (Jehová) para este singular planeta van más allá de todo aquello que nos pueda preocupar. Sus caminos son siempre más altos que los nuestros, y sus pensamientos trascienden los nuestros (Isaías 55:8-9). Desde la perspectiva del Señor, la Tierra le pertenece, y aunque Él es el causante de que realmente sea habitable por los seres humanos, el propósito de su existencia responde únicamente a su voluntad y sus designios (Salmos 24:1).  

Dios es el origen y el sostén de todo lo creado. Su cuidado abarca desde la más diminuta criatura hasta la más grande, aun y a pesar de las faltas y los excesos de la humanidad. Su amor es incondicional y su presencia en el universo, constante. 

Incluso los animales, en su instinto, reconocen que es al Señor a quien hay que acudir en momentos de dificultad. Dios les ha otorgado una sabiduría innata que pone de manifiesto la necedad humana. ¿Cómo es posible que nosotros, dotados de razón, confiemos más en nuestras limitadas capacidades que en el poder infinito y el amor incondicional de nuestro Creador?” 

La concepción antropocéntrica es una ilusión. El universo, en su infinita complejidad, no gira en torno a nosotros. Los diálogos iniciales del libro nos presentan una visión teocéntrica, donde la actividad divina, aunque se manifiesta en el mundo terrenal, tiene una dimensión trascendente que escapa a nuestra plena comprensión.

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Luz y oscuridad (Job 38:12-24) 

Sun rays piercing through dark stormy clouds above glowing volcanic rock and smoke
Sunlight breaks through dark clouds over a glowing volcanic terrain.

La luz, esa maravillosa creación divina, nos permite contemplar el universo y todo lo que en él habita. Su presencia constante nos recuerda que Dios ve todas las cosas. Como dice la Escritura, Él da discernimiento a los justos, pero envuelve en tinieblas a los impíos. 

«El relato de la Creación nos muestra el poder creador de Dios, quien con su palabra dio origen a la luz. Esta luz, símbolo de la verdad y la justicia, expone las obras de las tinieblas. Job, en su aflicción, no logra comprender los designios divinos y cuestiona el sentido de su vida, sin percatarse de que la vida es un don que Dios renueva cada día.» 

Al igual que el Seol en la Biblia, las profundidades oceánicas simbolizan lo desconocido, lo incognoscible. Estos abismos insondables, con sus miles de metros de oscuridad, recuerdan al hombre la limitación de su conocimiento. A pesar de nuestros avances, el más allá sigue siendo un misterio que desafía nuestra comprensión, tal como Jehová recuerda a Job. La muerte es el gran misterio insondable, su sombra nos acompaña a lo largo de toda nuestra existencia, por mucho que tratemos de ignorarla, ella siempre está allí.  

Los orígenes del universo son un enigma que ha fascinado a la humanidad desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, las fantasías de la pseudociencia, que buscan respuestas fáciles y definitivas, empañan la belleza de lo desconocido. Al igual que Job, debemos aceptar que hay preguntas que, por más que las investiguemos, permanecerán sin respuesta y ocultas tras un velo divino. 

Si hay un tabú en nuestra sociedad hoy en día es la muerte. Resulta entre triste y gracioso vernos pasar por este mundo como si en realidad nunca hubiéramos nacido, y nunca fuéramos a morir. Parece que nos preocupa poco el significado de nuestra existencia. Hemos olvidado que no somos eternos. Que nacemos y morimos con un propósito. Es sabio aquel que toma conciencia de la brevedad de la vida y administra adecuadamente cada minuto que pasa. 

La nieve es un fenómeno meteorológico fascinante y de gran belleza. Se forma cuando el vapor de agua de la atmósfera se congela en pequeños cristales de hielo, que luego se agrupan para formar los copos que conocemos. Los copos de nieve tienen gran variedad de formas debido a las distintas condiciones de temperatura y humedad que se van encontrando mientras se forman. De hecho, cada copo es único ¡como una huella digital! Y sólo miden entre uno y 10 milímetros de diámetro. 

Probablemente, el granizo es el fenómeno meteorológico más temido que existe debido a su gran capacidad destructora. Es claramente, un elemento de juicio. La luz y el viento también son misterios impenetrables. Lo que el Señor está tratando de hacer ver a Job es que apenas conoce nada de lo que realmente ocurre en la naturaleza y el Universo, Esto nos lleva a confiar en Dios tanto por lo que nos ha revelado, como por lo que aún mantiene oculto.

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Job 38:4-11

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Dios cuestiona a Job

La belleza de estos versículos es incuestionable y sus reflexiones continúan siendo relevantes en nuestra época, a pesar del paso del tiempo. 

La inaccesibilidad divina no implica lejanía o inexistencia. Resulta paradójico que una sociedad tan avanzada persista en teorías sobre el origen de nuestro planeta que excluyen la posibilidad de un Creador. Nuestra Tierra, finita en tiempo y espacio, nos sitúa como meros viajeros navegando en medio de un cosmos inmenso. La creación divina, anterior a la humanidad, nos invita a reflexionar sobre nuestro lugar en el universo y el sentido de nuestra existencia. 

La inteligencia y la fe cristiana no son conceptos opuestos, sino complementarios. Un Dios omnisciente y creador del universo es, por definición, infinitamente inteligente. Su obra, fruto de una profunda sabiduría y un diseño meticuloso, revela una lógica intrínseca que la ciencia se esfuerza por comprender. Cuanto más indagamos en el cosmos, más apreciamos la perfección y la complejidad de la creación divina. 

Tal y como encontramos en Proverbios 8:22-31, la sabiduría de Dios precede no sólo la Creación sino la misma existencia humana. Cuando Dios creaba la Tierra no había ningún ser humano presente, ni tan solo uno. 

El texto también da a entender que, realmente, no estamos solos en el Universo. Hubo gran gozo en el Cielo cuando se inauguró el planeta azul. Parece obvio que las huestes celestiales no sólo estaban al corriente de la gran obra de Dios, también estaban involucradas en ella.  

Ante las preguntas de Dios, Job se ve obligado a admitir su propia ignorancia, y a aceptar la soberanía divina. Jehová, en su infinita sabiduría, está a punto de revelar a Job verdades profundas que trascenderán cualquier conocimiento humano. 

El azul de nuestro planeta es un testimonio del inmenso poder del mar. Sus aguas, capaces de engullir continentes, son contenidas únicamente por la mano de Dios. Cada día en tierra firme es un regalo, un recordatorio de los límites divinos que preservan la vida. 

El antiguo Oriente Medio veía al mar como un símbolo del caos y la incertidumbre. Sin embargo, la Biblia nos revela un cuadro completamente distinto: un mar sometido al orden divino. Al compararlo con el nacimiento de un niño, Jehová nos muestra cómo Él ha impuesto su dominio sobre las fuerzas más poderosas de la naturaleza. 

Al inicio de la creación, en Génesis 1:2, el mar es la imagen misma del caos. En contraste, Apocalipsis 21:1 nos proyecta hacia un futuro donde este caos ha sido vencido. La ausencia del mar simboliza la consumación de los propósitos de Dios y el establecimiento de un reino eterno de paz. 

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Dios llama a Job para que responda (38:1-3).

La narrativa de Job en el torbellino es una de las más poderosas y simbólicas de la literatura bíblica. Representa un momento de gran significado teológico y literario, donde el caos y la destrucción del torbellino contrastan con la situación de Job. Este evento no solo rompe el silencio de Dios, sino que también reafirma la relación personal y directa entre Dios y Job, destacando la importancia de la fe y la confianza en medio de las pruebas. La presencia de Dios en el torbellino también puede interpretarse como una manifestación de su omnipotencia, capaz de controlar incluso los elementos más indomables de la naturaleza. Así, la historia de Job nos invita a reflexionar sobre la soberanía de Dios, la naturaleza del sufrimiento y la resiliencia del hombre de fe.

Job no ve el “esplendor de oro” ni la “majestad imponente” que supuestamente acompañan a Dios, según su amigo Eliú (37:22). Más bien asiste atónito a una tormenta descomunal, desde la que oye la voz de Yahvé. Nombre, que sólo aparece al principio del libro y ahora al final, en clara alusión al Dios de Israel. Ya que el término no significa “Dios” explícitamente, sino “Señor”.

Parece que el Señor, se ha tomado en serio las palabras de Job en 9:13-24 en la que nuestro protagonista se imagina a Dios en un torbellino desde el cual sería derribado si se atreviese a cuestionarlo. Por otro lado, parece que tampoco se va a cumplir el manifiesto optimismo de Job quien esperaba verse en la presencia de Dios como un príncipe (31:36-37). Sin embargo, en ningún caso, Dios condena a Job, tan solo lo pone en su sitio como criatura que es. Ahora Job deberá olvidar todos sus prejuicios, y confrontar a Dios, el único Dios verdadero, tal como es.

El formato que Dios escoge para su encuentro con Job es el de un examen sorpresa, tal y como haría un buen profesor con un estudiante presuntuoso. Curiosamente, Dios no menciona en ningún momento el sufrimiento de Job, ni aborda el problema de la teodicea *. Job no obtiene ni el acta de acusación, ni el veredicto de inocencia que deseaba. Tampoco se cumplen las declaraciones de sus amigos, porque Dios no humilla a Job con una lista de pecados imperdonables. Por tanto, se establece, por implicación, la inocencia de Job, como se declarará explícitamente más adelante en Job 42:7-8.

Las primeras palabras de Dios en el versículo 2 “¿Quién es ese?” Nos introducen al asunto principal de sus alocuciones. Jehová quiere que Job entienda quien es el Dios que manifiesta conocer, y por otro lado quien es Job en realidad. Job ha hablado más de la cuenta. Ha hablado acerca de cosas que desconoce. Porque Job es un ser finito. Su posición no le permite poder hablar adecuadamente de los planes que Dios tiene para el mundo mucho menos para él mismo. Los designios de Jehová van más allá de lo que Job pueda imaginar o describir.

En el capítulo 31 Job no para de afirmar “si yo hubiera cometido este pecado, o este otro todo esto que me ocurre tendría sentido”. Piensa que esa estrategia legal de confesión inversa pondrá a Dios contra las cuerdas obligándole a juzgarle y así, al menos indirectamente, declarar su inocencia. Pero, Jehová no se deja manipular tan fácilmente. Ahora es el Señor mismo quien toma la iniciativa planteando cuestiones que demandarán una respuesta por parte de Job. Mediante una rigurosa interrogación Jehová demostrará lo inadecuados que son los planteamientos de Job. Por supuesto que Jehová sabe ya de antemano todas las respuestas que obtendrá de Job. Solo se trata de hacer verle que, en realidad, Job no sabe nada.

Es importante que Job entienda que Dios no es su enemigo. También debe aprender que sólo Jehová es Dios, y que a pesar de su sufrimiento no tiene nada que temer, porque, en realidad, no ha hecho nada para merecerlo. Aún sin saber el motivo de su calamidad, Job debe aprender a aceptar a Dios por fe como su Creador, Salvador, Sustentador y amigo. Pero, para aprender esta lección debe despojarse de sus ideas preconcebidas, de sus “palabras sin conocimiento”, ceñirse a su propia humanidad, y disponer su corazón para aceptar a Dios a pesar de su ignorancia. Ahora, está a punto de hacerlo caminando con Él a través del universo de la Creación, tal y como lo haría un niño de la mano de su Padre. En la primera lección Dios pondrá en evidencia las limitaciones de Job como criatura en claro contraste con el poder, y la sabiduría de Dios que crearon y sostienen el universo. El discurso divino conducirá a Job hacia una fe total en la bondad de Dios, a pesar de no obtener explícitamente ninguna respuesta a todos sus planteamientos sobre la justicia divina.

No es cuando cuestionamos a Dios, es cuando Él nos cuestiona a nosotros cuando somos puestos realmente en vereda, aunque para ello sea necesario que nos zarandee con la fuerza de un torbellino. Porque es necesario que nos humillemos, nos postremos, y sintamos nuestra pequeñez ante el único Dios verdadero, el único que lo sabe todo, y sigue teniendo todo poder y autoridad. Porque la vida no va de interrogar a Dios, sino de responder preguntas que aún no conocemos porque llevamos demasiado tiempo dándole la espalda ¿De veras queremos escuchar sus preguntas?

* Teodicea: La teodicea es una rama de la teología que se centra en el problema del mal y busca proporcionar una explicación racional de por qué un Dios omnipotente y benevolente permite la existencia del mal en el mundo. El término proviene del griego “θεός” (dios) y “δίκη” (justicia)1.

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Job 2:11-13

Sus amigos vienen a consolarlo (11-13) 

Una de las situaciones más difíciles de sobrellevar es la soledad. Es en estos momentos cuando nos damos cuenta del gran valor que tiene la amistad. Aquí tenemos cuatro amigos de distintos lugares que mantenían una estrecha relación entre ellos a pesar del paso del tiempo y la distancia. El valor de esta buena amistad se pone de manifiesto cuando a ninguno de los tres amigos de Job les dejó indiferente saber de su delicado estado. Por lo tanto, no dudaron en acudir los tres juntos a condolerse, y consolarlo. A los tres les honra, desde el principio, esta noble motivación. 

Elifaz es un nombre edomita, por lo tanto, descendiente de Esaú, él es el único del que sabemos a ciencia cierta su procedencia: Temán, una ciudad de Edom con fama de albergar gran sabiduría situada al sur del Mar Muerto. Elifaz era el mayor de los 3 amigos. Bildad suhita era probablemente descendiente de Súa, el hijo más joven de Abraham y Cetura. Y, por último, Zofar naamita, descendiente de Naama, perteneciente a la genealogía de Caín. 

La llegada de los tres amigos de Job en 2:11-13 será el puente literario que nos llevará a la siguiente sección del libro, la mayor de todas ellas, que comprende los capítulos del 3 al 31. Es aquí donde se desarrollarán extensos diálogos entre los cuatro. 

 Mientras estos expertos en sabiduría se sientan con Job en silencio durante siete días, la tensión dramática irá en aumento hasta que, en el capítulo 3, Job romperá el silencio con el estruendo que produce el lamento de un corazón destrozado. Es obvio que el dolor de Job es espantoso (2:13). Este Job contrasta fuertemente con el del capítulo 1 verso 3, donde Job es descrito como el mayor de los hijos del Oriente. 

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Job 2:7-10

El sufrimiento de Job (7-10)

Es obvio que cuanto más lejos estamos de Dios, más cerca estamos del Diablo. Él habita en la oscuridad, en el mundo de lo oculto. Allí lleva a cabo sus planes, siempre mediante el engaño, y casi siempre, con violencia.

Este mundo de oscuridad lleva tiempo expandiéndose entre los hombres, nos va esclavizando mientras nos acomoda en sofisticadas redes de engaño y tentación. Mientras tanto, el Adversario aflige especialmente aquellos que han conseguido librarse de esta esclavitud del pecado por la Gracia de Dios viviendo justa y piadosamente. Sin embargo, a Job le fue quitada momentáneamente esa protección natural que Dios otorga a todos aquellos que andan con Él.  

Tal y como leemos, no hubo parte del cuerpo de Job que no quedase expuesta a las garras del Adversario. A través de una horrible enfermedad, le infringió todo el dolor que pudo. La escena de Job sentado en cenizas, símbolo de duelo y lamento, mientras busca alivio rascándose con un trozo de teja, ilustra perfectamente su lamentable estado.

Los síntomas de esa espantosa afección comprendían dolorosas úlceras supurantes por todo el cuerpo (7:5), pesadillas y alucinaciones (7:14), costras que una vez caídas dejaban la piel negra (30:28,30), deformaciones y un semblante repugnante (2:12; 19:19), halitosis (19:17), un cuerpo esquelético (17:7; 19:20) fiebres (30:30) y un dolor incesante día y noche (30:17), así como llagas, término que en hebreo se traduce como «hervores» (Ex 9:9; Lev 13:18; 2Re 20:7).

Es obvio que la esposa de Job no tenía ni la integridad ni la fortaleza de su marido. Pero, no caigamos en el error de estigmatizarla. Lo que tuvo que pasar fue durísimo, y en semejante situación uno no es necesariamente dueño de sus palabras. La esposa de Job sufría lo que en términos psicológicos se conoce como “trastorno de estrés postraumático” (TEPT). Algo que incluye creencias negativas persistentes sobre uno mismo u otros, sentimientos de culpa distorsionados, o sentimientos de desapego o alineación de los demás. En poco tiempo la vida le dio un vuelco de 180 grados. No es de extrañar que se viera sumida en lo más hondo del pozo de la desesperación. Acarreaba a sus espaldas con: La muerte de toda su descendencia, la ruina económica, y tener que presenciar la agonía de su marido mientras una cruel enfermedad lo torturaba.

La palabra “maldice a Dios”, en el original, se traduce como: «bendice a Dios”, y es obviamente un eufemismo. Al percibir la inminente muerte de su marido, lo incita a que provoque a Dios para que termine finalmente con su vida, y así evitar prolongar tanto sufrimiento, en fin, una especie de “eutanasia”. Parece conocer que todo aquel que maldice a Dios debe morir (Levítico 24:10-16).

Nadie discute que sus palabras no fueron acertadas, y que fueron otro duro golpe que Job tuvo que encajar. Queda claro que, en circunstancias de extremo dolor, el Enemigo puede tomar fácilmente las riendas de nuestra lengua.

Pese a todo, Job sigue siendo todo un ejemplo de integridad. En sus palabras hallamos amonestación, pero no juicio. No responde a la defensiva ni faltando al respeto. Trata de hacerle ver que no está siendo ella la que habla (Literalmente: “Como cualquier mujer necia has hablado” LBL). Le está diciendo que sus palabras no corresponden ni a su persona (asume que es una mujer prudente y sabia), ni a su posición como esposa. En definitiva, Job intenta, a pesar de su sufrimiento, hacer cambiar de actitud a su esposa de una forma sabia y respetuosa. Como bien concluye el versículo 10: “En todo esto, no pecó Job con su boca”.

A continuación, vienen las palabras de Job sobre las cuales girará casi todo el libro: “¿Aceptaremos de Dios el bien, y no el mal?”. Algo sobre lo cual todos debemos reflexionar. Las dificultades y el sufrimiento no son mera consecuencia del pecado; pueden ser pruebas, o actos de disciplina que redunden en ganancia espiritual.

Finalmente, la respuesta de Job a su esposa silencia al “Acusador”, del que ya no se vuelve a saber nada. Fiel a su palabra, Job se niega por completo a darle la espalda a Dios. Más adelante desafiará a Dios con preguntas, quejas, apelaciones e incluso acusaciones, pero a pesar de la afrenta, nunca, lo maldecirá.

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Job 2:1-6. 

Satanás obtiene permiso para seguir probando a Job (1-6). 

Estamos ante otro episodio de las altas esferas celestiales. El autor, al mencionar “Y sucedió que un día”, deja entrever la conexión que existe entre nuestro tiempo, el de la Tierra, y el del Cielo. Si “un día” sucedió este encuentro, podemos deducir que hoy mismo, se habrán tomado decisiones importantes en este consejo de tanta trascendental para nuestras vidas.

Igual que observamos en el capítulo 1. Los grandes “Generales” de Dios, llamados aquí “sus Hijos”, acuden al llamado de Dios para rendirle cuentas. En este capítulo, también volvemos a ver entre ellos un viejo conocido: Satanás, que, de algún modo, tampoco puede eludir su rendición de cuentas a su Hacedor.

La pregunta que Dios le hace no es una pregunta retórica. Si le dice “¿De dónde vienes?”, es porque debe declarar todo lo que ha estado haciendo, porque por sus palabras, y por sus hechos será juzgado. Obviamente, el Acusador es quien se dedica a merodear la Tierra, a ser tropiezo a los hombres, y a sujetar con lazo corto aquellos que ya han caído bajos sus garras.

En algún momento del encuentro, Dios, y no el Adversario, saca el tema de Job. Notemos, una vez más, que es Dios quien, tomando la iniciativa, decide seguir “la partida” que ha empezado con el Adversario. Satanás, humillado en gran manera tras su fracasado intento de hacer caer a Job, no parece tener mayor interés en este asunto que el que suscita Dios. De hecho, tiene que volver a escuchar de Dios los intactos atributos de Job. Ya es la tercera vez que tiene que oír que es, y sigue siendo, un hombre intachable, recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Por lo tanto, su integridad no se ha visto afectada, a pesar de los esfuerzos del Diablo por derrotar a ambos.

Las palabras de Dios “me incitaste contra él para que lo arruinara sin causa” son reveladoras. Job, realmente no hizo nada para merecer todo lo que le ocurrió. A pesar de que Dios afirma, refiriéndose al Diablo, “tú me incitaste”, está claro que nadie puede inducir a Dios a hacer cosas contra su voluntad. No está claro cómo, pero aquí vemos, una vez más, que todo lo que sucede en nuestras vidas termina formando parte de este basto y complejo mosaico que compone el designio divino.

Paradójicamente, incluso Satanás termina haciendo la voluntad de Dios, por antagónica que le sea. Ello nos lleva a pensar que, a pesar de las desgracias y males que hayan acontecido, al final se hará justicia, y aquellos que hayan sufrido injustamente serán finalmente vindicados por Dios mismo, quien fue, en última instancia, aquel que lo permitió. Al final, Satanás terminará siendo sólo un instrumento de los enigmáticos designios divinos. Algo que Job, todavía tiene que aprender.

A pesar de todo su empeño, el Diablo sigue sin poder demostrar que tanto la palabra de Dios como la fidelidad de Job son en vano. Aunque esta vez, la cornada de este temible toro llegará a penetrar el mismo cuerpo de Job. Porque, ahora va a ser su vida la que va a ser puesta en jaque a través de una cruel enfermedad. El propósito que buscará el Diablo será el mismo que la última vez: Escuchar cómo Job maldice a Dios.  Demostrar que Dios, en realidad, se equivoca. Que Job no pagará un precio tan alto. “Piel por piel” afirma, “quid pro quo” (“algo por algo”). El diablo sigue afirmando que la fe de Job es un mero trueque.

Dios sabe que ahora la apuesta es mucho más alta. Vuelve a haber mucho en juego, una vez más de la respuesta de Job depende la integridad de ambos. Esta vez el dolor llegará a la carne y a los huesos del creyente Job. Pero, igual que la primera vez, los límites los seguirá poniendo Dios. Su Redentor sabe perfectamente lo que está haciendo. No permitirá que Job sufra más de lo que pueda soportar. Job no morirá porque Dios mismo lo vindicará.

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Job 1:20-22

Su ejemplo en paciencia y piedad bajo esas circunstancias (20-22) 

Estos versículos son la culminación de este tremendo episodio de la vida de Job. Su respuesta demuestra su increíble madurez espiritual. Debemos admitir que, en tales circunstancias, cualquiera de nosotros se hubiera venido abajo, sin embargo, parece que cuanta más oscuridad hay, más brilla este hombre de Dios.  

Aun así, nos vemos un Job tan humano como nosotros, muy consciente de lo que está pasando, que ama a los suyos, y llora desconsoladamente, como no puede ser de otra forma. En las lágrimas del sufrimiento dejamos fluir el torrente de una aflicción que nos está ahogando. Las lágrimas del dolor por un ser querido son la unción que corona el afecto que sentimos por alguien amado. Son un acto de suprema nobleza y honor. Así que Job expone, tanto al Cielo como a la Tierra, un dolor sin complejos. En las Escrituras, el rasgarse las vestiduras, y el raparse el pelo son expresiones de denotan una gran desolación. La tristeza profunda no es algo ajeno a los hombres y mujeres de la Biblia. Es experimentado por hombres de Dios como el Rey David, quien clama en Salmos 42:3 “Mis lágrimas han sido mi alimento de día y de noche, mientras me dicen todo el día: ¿Dónde está tu Dios?” o en el Evangelio según San Juan 11:30-35 vemos al mismo Señor Jesús conmovido tras escuchar el lamento de su amiga María por su hermano Lázaro. Jesús mismo no puede contener sus lágrimas. 

Pero, no todo termina con el dolor de Job. Lo más paradójico de este texto es, sin duda, ver como en medio de esta situación, Job es capaz de arrodillarse y adorar a Dios.  

El cuarteto, o estrofa proverbial que vemos en el verso 21 nos introduce a un paralelismo poético que encontraremos luego en todos los discursos a partir del capítulo 3. Aunque ahora, la actitud que encontramos en Job, en contraste con la que desarrolla en los diálogos, es la de una fe férrea y una rendición total a la voluntad soberana de Dios. Job no entendía el porqué de todo aquello, sin embargo, tenía la certeza de que provenía de Dios. Desconocía por completo las decisiones tomadas en el concilio divino, por lo tanto, ignoraba el permiso que Dios había otorgado al Acusador, autor material de tan grandes desdichas. Pero, en última instancia, Job tenía razón, por paradójico que fuera, era el Señor quien lo había orquestado todo.  

En el verso 21, Job menciona una de las frases más célebres de las Escrituras: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a allí”. Sabia reflexión que nos habla de lo efímero de la existencia, y la vanidad que oculta todo lo que pueda albergar la vida. Cualquier bien que podamos recibir siempre será un don prestado de Dios. Asumir que todo le pertenece, nos dará una perspectiva de la vida más equilibrada y ajustada a la realidad. Job se conformaba con ser parte de los planes de Dios. Sabía que su voluntad es siempre lo mejor, por incomprensible que sea a veces. Fue tal su amor por el Señor que, no sólo no maldijo a Dios, le bendijo con todas sus fuerzas ¿Qué nos complace más en la vida? ¿Ser bendecidos por Dios, o bendecirle nosotros a él? 

Cuando Job exclama: «Bendito sea el nombre del Señor», está parafraseando, irónicamente, la respuesta que esperaba oír Satanás (versículo 11), pero en sentido opuesto. El juego de palabras pone de manifiesto cuan frustrados fueron los planes del Acusador. En lugar de maldecir a Dios en su cara, Job lo acabó adorando desde lo más íntimo. 

Para referirse a Dios, el autor del libro, al ser hebreo usa el nombre que le otorga el Pacto («Yahveh»). Sin embargo, en los diálogos siguientes, tanto Job como sus amigos, no siendo hebreos, utilizan otros epítetos para referirse al mismo Dios. Ahora, en el Prólogo del libro, el autor tiene especial cura en mostrar el contraste entre este Job de fe y sabiduría, y el de ulteriores capítulos, desafiante e inquisitivo. Aunque, su principal interés parece ser que es el hacernos ver que el único Dios verdadero, aquel que adoraban los hebreos, es el mismo Dios cargado de paradojas que iremos encontrando a lo largo del libro. 

Hasta aquí, aunque privado de familia y de bienes, Job no pecó con sus labios (22), y tampoco osó acusar a Dios de «mala praxis». A pesar de todos los duros golpes encajados, Satanás no se salió con la suya. Una vez más, brota la trascendencia de todo aquello que sale por nuestra boca. Porque de toda palabra que sale de nuestra boca, sea esta de bendición o de maldición, tendremos que rendir cuentas.  

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Job 1:18-19

La muerte de sus hijos (18-19) 

El pasaje de hoy nos habla del que fue, probablemente, el golpe más duro que tuvo que sufrir Job. La súbita e inesperada muerte de sus siete hijos. Aquí vemos la magnitud del problema del dolor, y el alcance del poder del maligno. Vemos lo impredecible que es la vida, y lo poco que son de fiar los buenos tiempos. Hoy hay alegría y celebración, mañana desolación y dolor. 

Comer y beber son las expresiones más obvias de un estado de complacencia y bienestar. Estar juntos en familia, aún para los que no creen, es uno de los máximos exponentes de felicidad. Pues bien, todo esto, fue arrebatado a Job mediante un huracanado viento del desierto, inhóspito lugar, amigo de nadie, y paradigma de la soledad. Habitad preferido del Diablo, es instrumento poderoso en sus manos para causar desastres naturales como el que acabó con toda la descendencia de Job. 

Aunque el poder de Dios es infinito, este no suele manifestarse mediante grandes exhibiciones de fuerza natural. No se encuentra en la fuerza del viento huracanado, ni en el poder destructor de los movimientos sísmicos. Más bien prefiere darse a conocer en el silbo apacible de la mañana. No ocurre así con el Diablo. 

El viento del Este es notorio en las Escrituras por su gran poder, y es utilizado con diferentes propósitos. Es conocido como el viento “Siroco”, es un viento abrasador, procede de Egipto y marchita la vegetación, seca fuentes y manantiales, tal y como recoge el profeta Oseas, y llega incluso a destruir casas tal y como vemos en esta narración. Era muy temido por los navegantes de aquellos tiempos, tal y como recogen algunos Salmos 1). También fue el viento que hizo naufragar a Jonás mientras huía de la voluntad divina. O el que hizo cambiar de rumbo el barco en que viajaba el apóstol Pablo (Hechos 27:14). Pero, también fue instrumento de Dios para separar el Mar Rojo abriendo camino al Pueblo de Israel. Un mismo elemento se usa como instrumento de provisión, juicio, y guía insondable. 

Pero, lo que más nos llama la atención del texto es el durísimo golpe que recibió Job. Terrible es la pérdida de un hijo, que es parte de ti, pero ¿cómo debe ser perderlos todos a la vez? No puede haber tragedia más grande. Estando, además, todos juntos, felices, celebrando el devenir de la vida. Con todo el tiempo que dedicaba Job a orar y hacer sacrificios por ellos ¿habría servido para algo? Es otra señal de advertencia que nos da las Escrituras. No sabemos lo que nos depara el día de mañana, de nada sirve preocuparse, de nada sirve gloriarse. Debemos, pues ver cómo andamos todos los días, porque el día del Señor vendrá como “ladrón en la noche”. No importa que celebremos, o que lloremos, Dios es, a fin de cuentas, lo único que tenemos. 

Aunque Dios no es el autor del mal, sabemos que puede permitirlo, y de hecho lo hace por misteriosos y providenciales motivos que ignoramos. Sin duda, permite que Satanás haga cosas terribles contra la humanidad, igual que contra Job. El Señor permite que el pecado y el mal sigan su curso, pero llegará el día en que ya no habrá lugar para ellos en Su universo. Dos cosas son ciertas: Ni Satanás es omnipotente; ni Dios deja de serlo sean cuales sean las circunstancias. En la providencia general del Señor, todo lo que ocurre tiene un propósito. Nada ocurre sin su conocimiento, ni su permiso, aunque nadie, desde una perspectiva humana pueda llegar a entenderlo. Sólo nos queda llenarnos de esperanza, la que provee la certeza de que un día todos los interrogantes tendrán una justa y adecuada respuesta. 

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