
Génesis 15:8
08. Solemos tener miedo a las dudas y a las cuestiones que nos las provocan. Abraham era hombre como nosotros y muy consciente de sus debilidades. No hizo nada osado ni indebido al poner de manifiesto la flaqueza de su fe a aquel que es todopoderoso.
En primer lugar, Abraham no duda de Dios, sino más bien de sí mismo. Su pregunta va precedida por un claro reconocimiento al Dios soberano. En las palabras del patriarca hay implícita adoración al único Dios todopoderoso. Abraham está extendiendo sus brazos de fe al “Señor Jehová” que lo va a sostener. Así que, el patriarca pide al Todopoderoso una señal a la cual pueda acudir en aquellos momentos en que su confianza empiece a tambalear. El dudar de la inmensa bondad de Dios, de su gracia y de su amor siempre nos ocurre en algún momento. La fe verdadera debe lidiar a diario con una naturaleza temerosa y desconfiada. Es en esos momentos cuando debemos clamar a Dios, el único que puede sostenernos.
En las Escrituras encontramos varios casos en los que una señal o prueba es requerida al Señor. Encontramos al siervo de Abraham pidiendo una señal que le indique si Rebeca es realmente la mujer que debe escoger para Isaac. Gedeón también pidió una prueba para saber si aquel con quien hablaba era el Ángel del Señor, para ello fue a llevarle una ofrenda que fue encendida al contacto de su vara. Sin conformarse con ello, Gedeón siguió pidiendo una prueba de que Israel sería salvo realmente por su mano pidiendo que solo un vellón de lana apareciese mojado por el rocío de la mañana.
No nos avergoncemos de pedir señales a nuestro Dios. Que Él se manifieste a nuestras vidas de tal modo que nosotros seamos los primeros convencidos de su persona y de sus obras. Hoy, más que nunca, son necesarios los creyentes “que crean”. Hay demasiada superficialidad, demasiada religiosidad vacía. Debemos salir de nuestra seguridad para arrojarnos a los brazos de su misericordia, de su ayuda y consuelo. Es necesario que la señal de la cruz y de la resurrección de Cristo traiga luz a nuestras vidas.
No recibimos más bendición del Señor, y las conversiones no abundan porque nosotros mismos nos hemos conformado con lo que tenemos. No profundizamos en las Escrituras, y nuestras rodillas no se gastan de orar pidiendo la santificación del nombre de Dios en nuestro vivir cotidiano. Hoy no alzamos los ojos a los montes como hacía el Salmista, preferimos ir postrados con la cabeza inclinada buscando entre nuestros recursos, artilugios, estratagemas, tradiciones, supersticiones, etc.
¿Será Dios capaz de darnos hijos a tan avanzada edad? Si nos creemos la Palabra de Dios ¿Nos hemos preguntado cómo será todo esto? Dios tiene interés en obrar milagros y proezas en nosotros ¿Lo tenemos nosotros?
¿Cómo vamos a probar a Dios? ¿Qué tal nuestro sacrificio por Él? Dios ha prometido bendecirnos si somos generosos con Él y con los demás ¿Cuánto de nuestro tiempo, y de nuestros bienes le estamos ofreciendo? ¿Hasta dónde llega nuestra misericordia por el prójimo? De todo esto depende que recibamos la bendición de Dios ¿Vamos a probar si es cierto?
No hay gozo en nuestras vidas porque vivimos ajenos a las promesas de Dios. Simplemente, las desconocemos, por lo tanto, no podemos creer en ellas. La Vida Eterna se manifiesta en nosotros en la medida que profundizamos en la Palabra de Dios. Difícilmente vamos a creer en el nombre de Cristo si apenas le conocemos de un modo personal
Si nos tomamos en serio a Dios vamos a pedir pruebas de las promesas que encontramos en su Palabra, tal y como hizo Abraham. Pero si no mostramos interés en saber si es cierto lo que Dios dice en las Escrituras, quizá sea Él quien se encargue de probar, no su Palabra, sino la nuestra.
Estas cosas he escrito á vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios.1 Juan 5:13
Génesis 15:7
7. Es el Señor es el principio y el final de nuestra salvación. La fe no tiene su origen en nosotros mismos sino en la obra salvífica de nuestro Dios. Él ha empezado la obra en nosotros, y Él la terminará. La fe son los pasos que nos llevan de Ur de los caldeos a la Tierra Prometida.
Emprender el camino de nuestra fe implica necesariamente deshacernos de algo. Las demandas del Reino de Dios no son compatibles con las demandas de este mundo. El Reino de Dios demanda nuestra preferencia. Nuestra fidelidad al Señor y a su Reino deben estar por encima de nuestros intereses personales, incluso de nuestros lazos familiares. El Reino de Dios solo pertenece a Dios, nunca a los hombres. Sólo Él, soberanamente, puede revelarlo, y hacernos sus ciudadanos.
Abram recibió un nuevo nombre al salir de su tierra natal. Su nuevo nombre “Padre de multitudes” nos habla de los grandes planes de Dios para el padre de nuestra fe. Cada uno de nosotros ha recibido un nuevo nombre en Cristo Jesús. Es el nombre que nos identifica en el Reino de los Cielos, el que define nuestro carácter y nuestro propósito en Cristo Jesús.
Abraham no emprendió semejante andadura por cualquier motivo. Fue la gloria de Dios la que le fue mostrada y la que le fue prometida. Solo cuando Dios nos muestra su gloria somos capaces de abandonar la gloria de este mundo para recibir la gloria de su Reino.
A Abraham no se le pidió otra cosa que no fuera confiar en las promesas del Señor: Una tierra prometida para su descendencia y para siempre, pero ¿Es Dios de fiar? ¿Tan grande es su fidelidad y su bondad? ¿Merece la pena negarse a sí mismo y seguirle?
El Señor tiene en gran estima nuestra fe. Nuestra fidelidad al Señor se ha visto recompensada con la promesa de la gracia divina, la promesa de nuestra Jerusalén celestial y el Reino de Dios.
Nuestra tierra prometida no es algo que nos hemos ganado a pulso. No ha sido cumpliendo determinadas normas sino creyendo en aquel que nos ha dado la gracia del perdón. Es viviendo ese don, perdonando y pidiendo perdón, que hemos dado validez a su salvación y la promesa de la vida eterna. En realidad, ha sido por el sacrificio del Señor Jesucristo en la cruz que hemos alcanzado esa salvación. Nuestra tierra prometida sólo es nuestra porque forma parte de la herencia que tenemos en Cristo Jesús. Porque Él es el primogénito en la resurrección. Primicia de la nueva creación de Dios.
Porque no por la ley fue dada a Abraham o a su descendencia la promesa de que sería heredero del mundo, sino por la justicia de la fe. Romanos 4:13
Génesis 15:6
06. En última instancia, los cristianos no creemos en dogmas, en personas, en libros o edificios. Creemos en el Señor Jesucristo. Pero esto no significa creer meramente en su existencia. Se trata también de abrazar todo aquello que fue y dijo de la vida y de sí mismo. Es nuestra actitud frente a todo esto lo que determinará la autenticidad de nuestra fe. Así fue con Abraham.
Abraham creyó las promesas del Señor, sin importarle las consecuencias. Él se mantuvo firme a pesar de sus flaquezas, dudas, y debilidades y fue lo suficientemente fuerte como para mantenerse firme en la dirección que Dios le pedía teniendo como única garantía su palabra. Fue por esa fe, que Abraham fue llamado: “Amigo de Dios”.
La fe de Abraham nos mueve porque sabemos que Dios proveerá durante toda nuestra travesía. No nos movemos por obligación, sino por un sentimiento de gratitud y de honra al autor de una salvación tan grande. Es en respuesta a unas promesas tan excelsas que seguimos caminando. La fe verdadera descansa en el poder de Dios, en que Dios es capaz de cumplir lo que ha dicho. Si Él ha dicho que nos resucitará de entre los muertos, no sabemos cómo ni cuándo, pero sabemos que lo hará, por lo tanto, confiamos en su palabra. Tener fe significa caminar en la presencia del Señor en medio de cada circunstancia. Fe es la respuesta que damos a la Palabra de Dios.
Así, que todo aquel que tiene fe es hijo de Abraham, tal y como nos dice la Escritura. Y esta fe nos es contada como justicia. Vivimos por ella, y por ella hemos recibido el Espíritu Santo que nos guía.
Toda la condenación que acarrea el incumplimiento de la ley cayó sobre Jesús en la cruz. Por este sacrificio, nosotros, los que compartimos la fe de Abraham, hemos sido llamados a salir hacia una novedad de vida según esperamos el regreso de nuestro salvador, que nos ha prometido ser parte de su Reino. Porque al igual que el patriarca, somos herederos de la Jerusalén celestial, juntamente con Cristo.
Abraham inicia una senda desconocida, pero sabe que el final de su destino será el Señor mismo y la promesa de una heredad eterna. Sabe que ese camino que ha emprendido es la verdad. Y que todo lo demás, a pesar de su apariencia, es mentira. En este largo viaje, no faltarán la escasez, y las dificultades, pero Abraham sabe quién es su ayudador, y su libertador.
La Promesa de Abraham no termina con él. Continuará generación tras generación, llegando incluso a nosotros mismos. Hoy, mediante el arrepentimiento, Dios también nos ofrece la oportunidad de abandonar nuestros caminos y volvernos a Él para así evitar el juicio que se avecina. Como hijos de la promesa somos preciosos a los ojos de nuestro Padre y nuestro Salvador. Aunque por ahora solo tengamos apariencia de meras vasijas de barro en manos del alfarero.
La señal que Dios puso a su pueblo para identificarlo y distinguirlo fue la de la circuncisión. Aunque solo era una alegoría de la verdadera circuncisión, aquella que se da en el corazón mediante la fe, aquella que cuenta como justicia, la misma fe de Abraham.
Es por nuestra fe en el Señor Jesucristo que hemos sido reconciliados, y nos ha sido dado el ministerio de la reconciliación con Dios. La fe del cristiano no es seguir unos preceptos a raja tabla, sino andar con Dios, tal y como hacía Noé antes del Diluvio. No hay otra forma de santificación. Imitar a nuestro Padre en todo lo que hace. Esto solo puede conseguirse en Cristo Jesús, amando su Palabra, tratando de cumplirla por amor a Él. Orando para recibir la guía necesaria en todo momento y circunstancia. Porque sin la ayuda del Señor la fuerza del pecado terminará arrastrándonos como a todos los demás. La riqueza del creyente no debe medirse por los bienes materiales que recibe, sino por las obras de justicia que hace. Solo en el camino de la justicia está la vida.
Pero el hombre es incapaz de ser justo por sí mismo. La verdadera justicia solo puede ser un don divino. Es por la Palabra de Dios que somos justificados, y es por la Palabra de Dios que somos justos, y ambas cosas deben ir siempre unidas. El Temor de Dios es la ventana abierta que deja entrar el Espíritu de Dios para que nos redarguya de pecado limpiándonos y llenándonos de frutos de justicia. En definitiva, solo hay una justicia: Cristo en nosotros.
porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree.Romanos 10:4
Génesis 15:5
05. Dicen que en una noche estrellada en oriente medio nuestros ojos podrían alcanzar a ver unas ocho mil estrellas. En este versículo, el Señor muestra a Abraham, de la manera más gráfica posible, cuál es la bendición que le espera. Nada como la creación para ilustrar las bendiciones que Dios ha prometido a aquellos que le aman. De vez en cuando, debemos salir de nuestros “habitáculos” y contemplar las señales de los Cielos, que tan bien nos hablan de la grandeza de nuestro Dios, que los creó, y de cuán grandes y firmes son sus promesas. Abraham mismo, probablemente no sabía en aquel entonces que el alcance de esa descendencia prometida nos llegaría incluso a nosotros. Efectivamente, la descendencia de Abraham sería incalculable…
Contemplar la grandeza de Dios nos hace sentir pequeños, de alguna manera nos pone en nuestro lugar, y a su vez, nos hace más conscientes de cuán incomprensibles son los caminos de Dios, y de cuán lejos estamos de comprenderlos por nosotros mismos ¡Cuántas veces las nubes de nuestra incredulidad no nos dejan ver la inmensidad y belleza de las promesas que nos aguardan! Cada una de estas estrellas que contemplaba Abraham tiene un nombre, y cada una de ellas tiene su propio fulgor, la gloria de un hijo de la promesa.
En Génesis, Abraham tuvo 3 “Mira” de parte de Dios:
- Mira la tierra (Gen 13:14)
- Hacia el Cielo (Gen 15:5)
- Hacia el substituto (Gen 22:13)
Aunque Abraham no llegó a verlo, según fueron pasando los años, la promesa de Dios fue tomando forma, pues ya en el Éxodo de Egipto, la descendencia del patriarca, el pueblo de Israel, era tan numerosa “como estrellas hay en el cielo” (Deu. 1:10). Sin embargo, a día de hoy, la promesa hecha a Abraham sigue cumpliéndose. Pues, una gran nación, victoriosa, respetada, admirada, y que además será de bendición para toda la humanidad aportando luz y guía y el ministerio de la reconciliación con Dios sigue creciendo y formándose. Esta nación está formada por el verdadero linaje de Israel, y por aquellos que pertenecemos a Cristo tal como dice Gálatas 3:29 “Y si sois de Cristo, entonces son descendientes de Abraham y herederos de las promesas que Dios le hizo”. Cristo es, pues, la piedra angular de la promesa.
La grandeza de Abraham radica en la fortaleza de su fe. Cómo se mantuvo firme a pesar de todas las dificultades y contradicciones. Le fue prometido ser padre de muchas naciones, promesa que tuvo su clímax en el nacimiento y vida del Señor Jesucristo. Él fue la semilla prometida por la cual gente de todo linaje, raza y nación pasaría a formar parte de la descendencia de Abraham. El único requisito: Tener la fe que él tuvo.
Por lo cual también nació de uno (y éste casi muerto con respecto a esto) una descendencia COMO LAS ESTRELLAS DEL CIELO EN NUMERO, E INNUMERABLE COMO LA ARENA QUE ESTA A LA ORILLA DEL MAR. Hebreos 11:12
Romanos 8:1
Por consiguiente, no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu. Romanos 8:1
01. Una vez tenemos conciencia de cuál es nuestro estado, es más fácil darse cuenta de cuán necesaria es la salvación en el ser humano ¡Cuán preciosa es nuestra fe, y que dichosos somos! ¡Qué grande es creer en el Señor Jesucristo! Pero creer en el Señor Jesucristo no significa, meramente, adoptar ciertos dogmas y cambiar ciertas costumbres. Creer en el Señor Jesucristo significa aferrarnos a Él, depositar toda nuestra confianza en Él, esperar en Él. Porque todo el que así hace no es juzgado ni condenado. Por el contrario, todo aquel que no hace así, dice la Escritura, ya ha sido juzgado y condenado por Dios. Porque fuera del unigénito Hijo de Dios, Jesucristo, no hay salvación.
Dios nunca ha dejado de tener piedad de la raza humana, su voluntad de hacer volver al hombre de su estado pecaminoso ha sido constante. Dios ha puesto, desde el Génesis hasta el día de hoy, su luz para salir de las tinieblas en las que nos hallamos sumidos. Esa luz admirable que ilumina toda la historia es Jesucristo.
Solo por la fe en el Señor Jesucristo y su Palabra podemos ser salvos. El más notable de los beneficios que nos otorga la Salvación es la Paz con Dios. Dejar de estar recibiendo su ira, poner freno a la maldición que conlleva nuestra existencia, y gozar ya de una relación para la cual fuimos creados en la que todo nuestro ser se humilla delante de su presencia, adora y alaba constantemente al Dios trino, tres veces Santo, y creador nuestro, y de los Cielos y la Tierra.
La luz nos incomoda, huimos de ella constantemente, porque ella pone de manifiesto nuestro pecado: Nuestra rebeldía contra Dios y nuestra consecuente maldad. Sin embargo, las tinieblas nos atraen ya que nos ofrecen todo lo necesario para seguir pecando sumidos en el más profundo de los engaños, porque, de hecho, ya hemos sido condenados.
Solo hay una manera de alcanzar esa salvación, y es escuchando la Palabra de Dios. Palabra enviada por Dios, humanada en Jesucristo y llevada a nosotros por el Espíritu Santo. Al creer la Palabra de Dios, al depositar nuestra fe en ella, al darle el valor que demanda la única verdad, entonces nos sobreviene el gozo de la vida eterna que nos ha sido dada por voluntad divina, deja de pesar sobre nosotros la condena que merecemos, y pasamos de muerte a vida. Jesucristo tomó la maldición de la ley y la hizo suya allí en la cruz.
En Cristo Jesús se produce una maravillosa unión con Él, en la que nosotros mismos somos parte de la relación divina. De repente tomamos conciencia de que Jesús vive en el Padre, nosotros en Jesús, y Jesús en nosotros.
Con la conversión nacemos de nuevo. Dios crea un nuevo ser en nosotros en Cristo Jesús. Ahora, ya no es necesario vivir otra vez bajo los rudimentos de nuestra vieja naturaleza, la que nos hace pecar una y otra vez. El apóstol Pablo nos anima a que miremos hacia delante, que observemos la nueva creación que Dios está realizando. En Cristo Jesús la perspectiva de la vida y la manera de vivir cambian radicalmente. Nada que ver con lo que dejamos atrás.
Existe un Cielo al que ahora pertenecemos. No debemos olvidar que esa es nuestra verdadera Tierra, nuestra patria de verdad. Nada de este mundo, por bello y maravilloso que sea es comparable a la nueva creación que el Señor está preparando.
En Cristo Jesús todos somos iguales. Somos como una sola raza. En Cristo Jesús tampoco hay ricos ni pobres. Tenemos que aprender a vivir sin poner nuestra confianza en el Dinero. En Cristo Jesús todos somos hermanos: hombres y mujeres. Somos una sola familia. Por último, si pertenecemos a Cristo somos descendientes de Abraham, tanto como el más ortodoxo de los judíos. Ya no somos extranjeros ni advenedizos. En Cristo somos el Pueblo de Dios.
No podemos con la carga de la ley, no podemos cumplirla por nuestras propias fuerzas, por mucho empeño o voluntad que pongamos. La ley, o bien hace germinar en nuestro corazón un espíritu de frustración y abandono, o bien un espíritu de hipocresía y orgullo. Solo en este espíritu de frustración y abandono podemos aferrarnos a la fe de Cristo. Santificados solo por su gracia, Dios nos perdona, por un lado, y nos regenera y capacita por otro para llevar a cabo las buenas obras que antes no podíamos. Es decir, Dios antaño escribió la ley en dos tablas de piedra, pero hoy la escribe en nuestros corazones.
Antes no nos quedaba más remedio que andar según la carne, hoy ya no tenemos por qué hacerlo si lo hacemos mediante el Espíritu. Las Escrituras identifican claramente los hijos de Dios; “Aquellos que andan conforme al Espíritu de Dios.
El Señor Jesucristo nos ha salvado de la condenación, pero también nos ha redimido de nuestra vana manera de vivir, y de toda iniquidad. Lo ha hecho para purificar un pueblo para sí celoso de buenas obras. Ese es nuestro sentido y nuestro propósito.
Todos los andan conforme el Espíritu no se han deshecho, de repente, de todo sentimiento que pueda provocar la carne, de tal modo que uno pueda vivir envuelto de perfección espiritual. El que anda en el Espíritu es más bien aquel que trabaja diligentemente para subyugar y mortificar la naturaleza carnal, de tal modo que el amor que pertenece a la verdadera religión parece reinar en ellos. Porque el verdadero temor de Dios siempre es vigoroso, de tal modo que consigue erradicar su soberanía, aunque no abolir su corrupción.
La victoria del creyente solo es posible mediante Jesucristo, nuestro salvador y Señor. Como creyentes también, ya tenemos una nueva “Vida en el Espíritu”. En ella vivimos y nos desenvolvemos. La nueva era de la “Redención” ya ha sido inaugurada en Jesucristo. Es ahora, que ya estamos en la presencia de Dios al estar unidos espiritualmente al Señor Jesucristo. Así que no hay condenación para los creyentes. Por lo tanto, tenemos “Paz para con Dios”. Dios ha condenado el pecado en la carne enviando a la cruz a su propio hijo. Nuestro pecado interior es ahora subyugado por el poder del Espíritu que habita en nosotros.
“Esencialmente, el contraste que Pablo destaca es entre la debilidad de la ley y el poder del Espíritu. Uno a favor, y otro en contra del pecado que mora en nosotros, porque la ley es incapaz de ayudarnos en nuestra lucha moral (7:17,20), Pablo ahora nos destaca el Espíritu que también mora en nosotros. Este, ahora, es tanto el que nos libra de la “Ley del pecado y de la muerte” (8:2) como la garantía de la resurrección y la gloria eterna al final de los tiempos (8:11,17,23)”. John R.W. Stott.
Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. Salmos 51:10
Génesis 15:3
03. En este pasaje encontramos un Abraham que abre su corazón y muestra sin tapujos lo que piensa. Tenga razón o no, él se muestra tal cual es y dice al Señor lo que su corazón alberga desde hace ya algún tiempo.
Primero, echa en cara a Dios que no le ha dado ningún hijo, algo que le prometió, ya que ni Ismael ni Isaac habían nacido aún. Además, da por sentado que no tendrá descendencia propia cuando afirma que uno de sus criados será finalmente su heredero. Pues esta era la costumbre de las tribus nómadas de la época, que su siervo principal recibiera la herencia de su Señor, así como los honores de un hijo. Era una especie de adopción ¡Cómo debía sentirse Abraham! ¡qué distinto a lo que él tanto esperaba de Dios!
Qué cortos de vista podemos llegar a ser, y cómo ignoramos el poder y la sabiduría de Dios, mucho más grande y más alta que la nuestra. Sin embargo, la actitud de Abraham es el primer paso para que Dios nos dé lo que tanto nos hace falta: “Tener fe”.
Aunque, a veces, en nuestra arrogancia nos pensamos que podemos entender la mente de Dios, del mismo modo que Él entiende la nuestra. Haremos bien, como hace Abraham, en presentar delante de Dios nuestra confusión ¿Dónde está la bendición de Dios? ¿Por qué me dijo que iba a hacer de mí una nación grande? ¿Cómo que mi descendencia iba a ser tan numerosa como el polvo que cubre la tierra? La única certeza que tenía Abraham entonces era que “La esperanza frustrada aflige el corazón” tal como dice Proverbios.
Eliezer, su siervo, podía ser un siervo fiel, pero no era su hijo. No podía sustituir en realidad, lo que Abraham y Sara tanto anhelaban. Mientras tanto Abraham veía como a tantos impíos se les concedía el don de la descendencia, algo que solo incrementaba su frustración y enojo. Notemos que Abraham no dice a Dios que sea injusto, pero no por ello deja de tener una conversación franca con Él. Abraham duda, pero no recrimina nada al Señor, solo quiere entender.
Por desgracia, podemos llegar a pasar por alto la injusticia. Nos conformamos a ella, nos da igual mientras no nos afecte. Pasamos, en alguna medida, de la injusticia social, la persecución de la iglesia, o aquellos que se pierden. Rehusamos un encuentro con el Señor en el que podamos abrir nuestro corazón y expresarle todo aquello que no entendemos, que nos parece injusto, y que está ocurriendo.
Nuestra fe es cada día más despreciada por nuestra sociedad. Sin embargo, la fe es de tremendo valor para Dios. Nuestra confianza en el Señor nos dignifica y no quedará sin recompensa, aunque la espera sea larga. Merece la pena mantener bien alto nuestro estandarte.
Tener fe nunca es una actitud pasiva. Siempre requiere perseverancia para cumplir la voluntad de Dios, y así esperar lo que el Señor nos ha prometido.
No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Hebreos 10:34-35
Génesis 15:2
02. Tenemos que reconocer que, al igual que Abraham, nosotros también tenemos la vista “muy corta”. Medimos cualquier situación en la que nos encontramos únicamente por la perspectiva que nos ofrecen nuestros sentidos y nuestra capacidad de razonar. Pero no hay que acomplejarse por ello, Dios no se avergüenza de nuestra miopía, ni tampoco de nuestras quejas. Él sabe cuál es nuestra condición, y cuál es realmente nuestra situación.
Era evidente que Abraham no tenía hijos, ni los podía tener a su edad. Además, su heredero iba a ser un esclavo extranjero que nada tenía que ver con su estirpe. Textos antiguos de la época confirman que nombrar como heredero a un esclavo, en determinadas circunstancias, era una práctica habitual en aquel entonces. En este caso, el siervo heredero de Abraham era sirio procedente de Damasco y se llamaba Eliezer, cuyo nombre, paradójicamente, significa “Dios es ayuda”. Era lógico que Abraham, en su perplejidad, no entendiese, qué tenía que ver Eliezer con la descendencia que Dios le había prometido.
Abraham, a pesar de no entender su situación, sabiamente empieza reconociendo la soberanía y la autoridad de Dios sobre la vida, el término utilizado en este versículo: “Jehová Adonai” así lo demuestra. Poniendo a Dios en su lugar, Abraham tuvo libertad para explayarse manifestando su frustración y lamento ante el Altísimo. Porque Abraham no es ajeno al sufrimiento que produce ver el tiempo pasar y comprobar que las promesas del Todopoderoso parecen haber caído en saco roto. Abraham necesita salir del estado de duda y temor en que se encuentra. Porque Dios siempre lleva a cabo sus planes, pero no siempre como es de esperar. Abraham no podía sospechar que, en realidad, los planes de Dios eran mucho más grandes de lo que podía imaginar. El Señor (Adonai) le va a dar, efectivamente, una descendencia, pero a su manera. Abraham no vio a lo largo de sus días el fruto de todas las promesas que le fueron dadas, pero no por ello dejó de creerlas, y esto le fue contado como justicia. De hecho, es por la fe de Abraham que Dios está, aún hoy, formando un Pueblo de la descendencia de Isaac, el hijo que finalmente le fue dado. Porque es en Jesús, descendencia directa de Abraham, que hoy Dios está formando un pueblo para sí, cada vez más numeroso.
Las promesas de Dios son extraordinarias, maravillosas, firmes y fiables. Pero para que sean nuestras debemos creer en ellas, aunque para ello tengamos que aventurarnos a caminar una larga y extraña travesía de fe en la que no siempre sabremos cómo llegar a nuestro destino. Porque durante nuestro viaje no faltarán la fatiga, el desánimo, incluso la duda, pero no por ello se dejará de cumplir Su Palabra.
Tener hijos era, en aquellos tiempos, el gran don que la vida te podía ofrecer, y aún hoy lo es, aunque algunos no lo crean. Por eso, a lo largo de la Escritura se enfatiza en varias ocasiones que solo Dios puede conceder el fruto de la matriz en la mujer.
Un claro ejemplo de lo preciados que son los hijos lo encontramos en los grandes patriarcas. Isaac y Rebeca tuvieron que esperar y rogar mucho a Dios por Jacob y Esaú. Jacob y Raquel tuvieron que hacer lo mismo hasta que fueron padres de José y Benjamín.
En la esperanza de tener un hijo se hace muy evidente esa abrupta orografía en la que la voluntad humana encuentra sus límites tratando de escalar las altas cordilleras de la soberanía divina. Porque nada requiere más esfuerzo y fuerza de voluntad en esta vida que mantener viva la esperanza. Abram, Isaac, y Jacob, juntamente con sus esposas, tuvieron que aprender que la verdadera esperanza va más allá del gran don que supone tener descendencia, pues el gran don Dios es, en realidad, un nombre eterno que Dios ha prometidos a todos aquellos que le aman.
Somos por naturaleza hijos de una raza caída cuyas raíces se hallan en Adam y Noé. Abraham, sin embargo, es el Padre de una nueva raza que simboliza la futura resurrección.
Los que hemos creído en el Señor Jesucristo hemos sido hechos hijos de Dios, sin ser realmente del linaje de Abraham. Es más, aun siendo hombres y mujeres alejados de Dios, ajenos a sus promesas, y esclavos del pecado, el Señor Jesús, por su gracia, nos ha concedido ese gran don que es formar parte de la gran familia de Dios. Porque Jesucristo fue el auténtico Siervo Fiel que obedeció al Padre hasta el final. Porque por la vida, la muerte, y la resurrección de nuestro Salvador, hoy Dios no se avergüenza de llamarnos sus hijos, a pesar de nuestros muchos lamentos.
les daré en mi casa y en mis muros un lugar,
y un nombre mejor que el de hijos e hijas;
les daré nombre eterno que nunca será borrado. Isaías 56:5
Génesis 15:1
01. Es la primera vez que aparece en las Escrituras la expresión “la Palabra del Señor”, y Abraham es el primero, de los 21 hombres que recibe una “visión” de Dios. Estas palabras abren el camino a una profecía. Nos encontramos pues con Abraham, el primer profeta reconocido en las Escrituras, tal como vemos en el capítulo 20. Ciertamente, en este versículo encontramos un fundamento sobre el cual se edificará en multitud de ocasiones a lo largo de todo el Antiguo Testamento: “El escudo y la recompensa”.
En este caso, la “recompensa de Dios” vendrá a Abraham después de que este haya rechazado la parte del botín de guerra que le ofreció el rey de Sodoma. Solo cuando rechazamos los incentivos de este mundo estamos en condiciones de recibir el galardón de Dios. La riqueza más valiosa de Abraham, siendo él un hombre rico, siempre fue el Señor mismo. En la expresión: “yo soy tu escudo” hay implícito un “yo soy tu rey”, una cosa no puede separarse nunca de la otra.
Abraham se encuentra en medio de una situación un tanto complicada y es humano como nosotros. Teme represalias por parte de sus enemigos, y es por eso Dios sale a su encuentro para consolarlo e infundirle aliento. El galardón que le ofrece Dios es de tipo militar. Algo, que animará a Abraham a no huir y seguir pelando la buena batalla.
La Palabra de Dios no puede salir de nosotros, debe venir a nosotros. Al acercarnos a las Escrituras debemos pues implorar que el Señor dirija nuestros pasos para que pueda darse ese encuentro en el que La Palabra de Dios viene a nosotros, no por nuestra voluntad, sino por la del Señor. Es por ello que la Palabra de Dios viene solo a su debido tiempo. En una época del año propicia se planta, y en otra se cosecha.
Qué duda cabe que responder al llamado de Dios nos da miedo. “No temas Abraham, yo soy tu escudo” es lo que necesita oír el siervo de Dios. Gran parte del corto trayecto de nuestra vida andamos cojeando por el miedo que nos produce andar por fe. Gran parte de nuestro aprendizaje existencial se reduce saber caminar sin miedo a la sombra del escudo de Dios.
Cuando obedecemos el llamado de Dios y emprendemos el camino de la fe, no podemos esperar que se cumplan todos nuestros deseos. El Señor no nos garantiza otra cosa que nuestro supremo premio, que es: “Él mismo”. Lo más grande que el Señor nos puede conceder, ya lo ha hecho por su sola gracia: “Llamarnos y salvarnos”. Ahora, solo debemos emprender el camino que su Palabra ha puesto bajo nuestros pies: Las pisadas de nuestro Señor.
No importan las condiciones en que ese viaje se haga. Dios es el único que puede hacer milagros, el único que puede crear una descendencia a Abraham tan grande como las estrellas del firmamento, aun y a pesar de su vejez, y la esterilidad que ello implica. Pero él no debe preocuparse del “cómo”. Lo único que tiene que hacer es levantarse y empezar a andar.
El camino que emprenderá Abraham no será un camino de rosas, habrá tentaciones, crisis, y dificultades. Abraham cometerá incluso errores que tendrán consecuencias de por vida. Pero el llamado de Dios es firme, y Abraham no se detiene.
Aunque Abraham no obtuvo en vida todo aquello que le fue prometido, pero sí llegó a observarlo, aunque fuera de lejos, y no ceso su andadura, ni aminoró su marcha, porque sabía que su recompensa era el Señor mismo.
Mientras andamos por fe es normal temer. El piadoso anda como un cordero en medio de un bosque lleno de depredadores. Pero, ese cordero no anda solo. El Señor ha prometido, y Dios no puede mentir: Que, somos sus ovejas, y que Él mismo nos defenderá con brazo fuerte. Será Él quien destruya nuestros enemigos si hemos optado por temerle a Él antes que a los hombres.
Ciertamente, no somos un pueblo grande, ni poderoso, ni con muchos atributos o virtudes. Más bien todo lo contrario. Somos cual gusanos, dice el libro de Isaías. Además, nuestra única gloria es que estábamos perdidos y abandonados como José en la cisterna. Fue entonces cuando el Señor mismo nos redimió con su sangre y nos sacó del lodo cenagoso para limpiarnos y curarnos. Él es nuestra ayuda. Lo fue cuando nos salvó, lo es ahora, y lo será siempre. Como Pueblo, solo podemos aspirar a mostrar una santidad que solo pertenece a Él. Nuestras buenas obras solo limpian el espejo donde debemos reflejar a Cristo.
Sin embargo, seguimos siendo criaturas de poca fe. Titubeamos al primer contratiempo y somos muy olvidadizos. Por este motivo debemos perseverar en la lectura de las Escrituras, sus promesas se encuentran escritas aquí. De otro modo corremos el peligro de volver a nuestros ídolos. Si esto ocurre, en nuestro modo de vivir, ya no complacemos solo al Dios que hizo los Cielos y la Tierra. Nuestros ídolos también marcan la pauta de nuestra vida y nuestra conducta.
Conocer a Dios no es mero esfuerzo intelectual. Hay algo mucho más importante si queremos ser permeables a la sabiduría divina. Primero debemos ser humildes. Admitir que somos falibles en toda nuestra manera de vivir y de pensar. En segundo lugar, hay que gastar las rodillas orando, rogando por un conocimiento que solo puede llover del Cielo. Más importante que el conocimiento de Dios es su misma presencia, que es la única que puede dar vida a Su Palabra.
Lamentablemente, en nuestras ciudades, hemos perdido ese contacto con la naturaleza que tanto nos habla acerca de Dios y el cuidado que tiene por sus criaturas. Él es quien nos guarda y nos sostiene, nuestra vida es preciosa para Él, mucho más que la de tantos animales. No hay mejor forma de reconocer ese cuidado, ese sustento, y esa protección que, siendo agradecidos en oración, y en toda nuestra manera de vivir.
Dios también se vale de sus ángeles para llevar a cabo sus planes. Vemos como ellos aparecen en determinadas ocasiones para infundir aliento y esperanza en medio del temor. Ellos nos recuerdan que los planes de Dios siguen adelante a pesar de las dificultades. Ellos anunciaron que la resurrección de Jesús ya era un hecho, que su nacimiento iba acontecer a María, y que el Reino de Dios sería otorgado a su “manada pequeña”.
Por último, sabemos que Jesucristo es nuestro Alfa y Omega. Él es el principio, y el final de todo. En sus manos, su propósito será una realidad en nosotros.
Así que, como pueblo escogido de Dios, nos sobran los motivos para estar gozosos. Después de haber sido rescatados por Él. Ahora, Él es nuestro escudo y nuestra espada, así como nuestra victoria. Él no se avergüenza de nosotros, su sangre nos ha redimido del pecado y de toda culpa. Nos guía por caminos de justicia, y nos rodea con escudos de bondad. Hoy su palabra nos es camino de verdad, luz a nuestros pasos, y refugio en medio de la oscuridad.
CONCLUSIÓN
Antes de que Dios realizara su pacto con Abraham, quitó de en medio todo temor y duda mediante estas palabras de seguridad y confianza. No es malo, pues, tener conciencia de las limitaciones de uno, así como de los peligros que nos rodean. Determinadas situaciones pueden llevarnos a depender más de Dios, y a tenerle en mayor estima. Es también una oportunidad más para ejercer una relación más estrecha con nuestro Dios. Las palabras de Dios a Abraham le recuerdan que el fin de su vida no es la victoria en sí, sino Dios mismo. Él es su porción.
El temor forma parte de la vida, y hay temor que solo huirá a la voz de Dios. Hay malos deseos y pasiones que batallan contra nuestra alma que solo se apartarán cuando abracemos la Palabra de Dios. Ciertamente, hay una seguridad y una tranquilidad que solo pueden venir a medida que andamos por fe, por paradójico que parezca.
Entonces dirá el hombre: Ciertamente hay fruto para el justo; Ciertamente hay Dios que juzga en la tierra. Salmo 58:10 RV1909
