Génesis 15:2

02. Tenemos que reconocer que, al igual que Abraham, nosotros también tenemos la vista “muy corta”. Medimos cualquier situación en la que nos encontramos únicamente por la perspectiva que nos ofrecen nuestros sentidos y nuestra capacidad de razonar. Pero no hay que acomplejarse por ello, Dios no se avergüenza de nuestra miopía, ni tampoco de nuestras quejas. Él sabe cuál es nuestra condición, y cuál es realmente nuestra situación.

Era evidente que Abraham no tenía hijos, ni los podía tener a su edad. Además, su heredero iba a ser un esclavo extranjero que nada tenía que ver con su estirpe. Textos antiguos de la época confirman que nombrar como heredero a un esclavo, en determinadas circunstancias, era una práctica habitual en aquel entonces. En este caso, el siervo heredero de Abraham era sirio procedente de Damasco y se llamaba Eliezer, cuyo nombre, paradójicamente, significa “Dios es ayuda”. Era lógico que Abraham, en su perplejidad, no entendiese, qué tenía que ver Eliezer con la descendencia que Dios le había prometido.

Abraham, a pesar de no entender su situación, sabiamente empieza reconociendo la soberanía y la autoridad de Dios sobre la vida, el término utilizado en este versículo: “Jehová Adonai” así lo demuestra. Poniendo a Dios en su lugar, Abraham tuvo libertad para explayarse manifestando su frustración y lamento ante el Altísimo. Porque Abraham no es ajeno al sufrimiento que produce ver el tiempo pasar y comprobar que las promesas del Todopoderoso parecen haber caído en saco roto. Abraham necesita salir del estado de duda y temor en que se encuentra. Porque Dios siempre lleva a cabo sus planes, pero no siempre como es de esperar. Abraham no podía sospechar que, en realidad, los planes de Dios eran mucho más grandes de lo que podía imaginar. El Señor (Adonai) le va a dar, efectivamente, una descendencia, pero a su manera. Abraham no vio a lo largo de sus días el fruto de todas las promesas que le fueron dadas, pero no por ello dejó de creerlas, y esto le fue contado como justicia. De hecho, es por la fe de Abraham que Dios está, aún hoy, formando un Pueblo de la descendencia de Isaac, el hijo que finalmente le fue dado. Porque es en Jesús, descendencia directa de Abraham, que hoy Dios está formando un pueblo para sí, cada vez más numeroso.

Las promesas de Dios son extraordinarias, maravillosas, firmes y fiables. Pero para que sean nuestras debemos creer en ellas, aunque para ello tengamos que aventurarnos a caminar una larga y extraña travesía de fe en la que no siempre sabremos cómo llegar a nuestro destino. Porque durante nuestro viaje no faltarán la fatiga, el desánimo, incluso la duda, pero no por ello se dejará de cumplir Su Palabra.

Tener hijos era, en aquellos tiempos, el gran don que la vida te podía ofrecer, y aún hoy lo es, aunque algunos no lo crean. Por eso, a lo largo de la Escritura se enfatiza en varias ocasiones que solo Dios puede conceder el fruto de la matriz en la mujer.

Un claro ejemplo de lo preciados que son los hijos lo encontramos en los grandes patriarcas. Isaac y Rebeca tuvieron que esperar y rogar mucho a Dios por Jacob y Esaú. Jacob y Raquel tuvieron que hacer lo mismo hasta que fueron padres de José y Benjamín.

En la esperanza de tener un hijo se hace muy evidente esa abrupta orografía en la que la voluntad humana encuentra sus límites tratando de escalar las altas cordilleras de la soberanía divina. Porque nada requiere más esfuerzo y fuerza de voluntad en esta vida que mantener viva la esperanza. Abram, Isaac, y Jacob, juntamente con sus esposas, tuvieron que aprender que la verdadera esperanza va más allá del gran don que supone tener descendencia, pues el gran don Dios es, en realidad, un nombre eterno que Dios ha prometidos a todos aquellos que le aman.

Somos por naturaleza hijos de una raza caída cuyas raíces se hallan en Adam y Noé. Abraham, sin embargo, es el Padre de una nueva raza que simboliza la futura resurrección.

Los que hemos creído en el Señor Jesucristo hemos sido hechos hijos de Dios, sin ser realmente del linaje de Abraham. Es más, aun siendo hombres y mujeres alejados de Dios, ajenos a sus promesas, y esclavos del pecado, el Señor Jesús, por su gracia, nos ha concedido ese gran don que es formar parte de la gran familia de Dios. Porque Jesucristo fue el auténtico Siervo Fiel que obedeció al Padre hasta el final. Porque por la vida, la muerte, y la resurrección de nuestro Salvador, hoy Dios no se avergüenza de llamarnos sus hijos, a pesar de nuestros muchos lamentos.

les daré en mi casa y en mis muros un lugar,
y un nombre mejor que el de hijos e hijas;
les daré nombre eterno que nunca será borrado. Isaías 56:5

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