Génesis 15:5

05. Dicen que en una noche estrellada en oriente medio nuestros ojos podrían alcanzar a ver unas ocho mil estrellas. En este versículo, el Señor muestra a Abraham, de la manera más gráfica posible, cuál es la bendición que le espera. Nada como la creación para ilustrar las bendiciones que Dios ha prometido a aquellos que le aman. De vez en cuando, debemos salir de nuestros “habitáculos” y contemplar las señales de los Cielos, que tan bien nos hablan de la grandeza de nuestro Dios, que los creó, y de cuán grandes y firmes son sus promesas. Abraham mismo, probablemente no sabía en aquel entonces que el alcance de esa descendencia prometida nos llegaría incluso a nosotros. Efectivamente, la descendencia de Abraham sería incalculable…

Contemplar la grandeza de Dios nos hace sentir pequeños, de alguna manera nos pone en nuestro lugar, y a su vez, nos hace más conscientes de cuán incomprensibles son los caminos de Dios, y de cuán lejos estamos de comprenderlos por nosotros mismos ¡Cuántas veces las nubes de nuestra incredulidad no nos dejan ver la inmensidad y belleza de las promesas que nos aguardan! Cada una de estas estrellas que contemplaba Abraham tiene un nombre, y cada una de ellas tiene su propio fulgor, la gloria de un hijo de la promesa.

En Génesis, Abraham tuvo 3 “Mira” de parte de Dios:

  • Mira la tierra (Gen 13:14)
  • Hacia el Cielo (Gen 15:5)
  • Hacia el substituto (Gen 22:13)

Aunque Abraham no llegó a verlo, según fueron pasando los años, la promesa de Dios fue tomando forma, pues ya en el Éxodo de Egipto, la descendencia del patriarca, el pueblo de Israel, era tan numerosa “como estrellas hay en el cielo” (Deu. 1:10). Sin embargo, a día de hoy, la promesa hecha a Abraham sigue cumpliéndose. Pues, una gran nación, victoriosa, respetada, admirada, y que además será de bendición para toda la humanidad aportando luz y guía y el ministerio de la reconciliación con Dios sigue creciendo y formándose. Esta nación está formada por el verdadero linaje de Israel, y por aquellos que pertenecemos a Cristo tal como dice Gálatas 3:29 “Y si sois de Cristo, entonces son descendientes de Abraham y herederos de las promesas que Dios le hizo”. Cristo es, pues, la piedra angular de la promesa.

La grandeza de Abraham radica en la fortaleza de su fe. Cómo se mantuvo firme a pesar de todas las dificultades y contradicciones. Le fue prometido ser padre de muchas naciones, promesa que tuvo su clímax en el nacimiento y vida del Señor Jesucristo. Él fue la semilla prometida por la cual gente de todo linaje, raza y nación pasaría a formar parte de la descendencia de Abraham. El único requisito: Tener la fe que él tuvo.

Por lo cual también nació de uno (y éste casi muerto con respecto a esto) una descendencia COMO LAS ESTRELLAS DEL CIELO EN NUMERO, E INNUMERABLE COMO LA ARENA QUE ESTA A LA ORILLA DEL MAR. Hebreos 11:12

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Romanos 8:1

Por consiguiente, no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu. Romanos 8:1

01. Una vez tenemos conciencia de cuál es nuestro estado, es más fácil darse cuenta de cuán necesaria es la salvación en el ser humano ¡Cuán preciosa es nuestra fe, y que dichosos somos! ¡Qué grande es creer en el Señor Jesucristo! Pero creer en el Señor Jesucristo no significa, meramente, adoptar ciertos dogmas y cambiar ciertas costumbres. Creer en el Señor Jesucristo significa aferrarnos a Él, depositar toda nuestra confianza en Él, esperar en Él. Porque todo el que así hace no es juzgado ni condenado. Por el contrario, todo aquel que no hace así, dice la Escritura, ya ha sido juzgado y condenado por Dios. Porque fuera del unigénito Hijo de Dios, Jesucristo, no hay salvación.

Dios nunca ha dejado de tener piedad de la raza humana, su voluntad de hacer volver al hombre de su estado pecaminoso ha sido constante. Dios ha puesto, desde el Génesis hasta el día de hoy, su luz para salir de las tinieblas en las que nos hallamos sumidos. Esa luz admirable que ilumina toda la historia es Jesucristo.

Solo por la fe en el Señor Jesucristo y su Palabra podemos ser salvos. El más notable de los beneficios que nos otorga la Salvación es la Paz con Dios. Dejar de estar recibiendo su ira, poner freno a la maldición que conlleva nuestra existencia, y gozar ya de una relación para la cual fuimos creados en la que todo nuestro ser se humilla delante de su presencia, adora y alaba constantemente al Dios trino, tres veces Santo, y creador nuestro, y de los Cielos y la Tierra.

La luz nos incomoda, huimos de ella constantemente, porque ella pone de manifiesto nuestro pecado: Nuestra rebeldía contra Dios y nuestra consecuente maldad. Sin embargo, las tinieblas nos atraen ya que nos ofrecen todo lo necesario para seguir pecando sumidos en el más profundo de los engaños, porque, de hecho, ya hemos sido condenados.

Solo hay una manera de alcanzar esa salvación, y es escuchando la Palabra de Dios. Palabra enviada por Dios, humanada en Jesucristo y llevada a nosotros por el Espíritu Santo. Al creer la Palabra de Dios, al depositar nuestra fe en ella, al darle el valor que demanda la única verdad, entonces nos sobreviene el gozo de la vida eterna que nos ha sido dada por voluntad divina, deja de pesar sobre nosotros la condena que merecemos, y pasamos de muerte a vida. Jesucristo tomó la maldición de la ley y la hizo suya allí en la cruz.

En Cristo Jesús se produce una maravillosa unión con Él, en la que nosotros mismos somos parte de la relación divina. De repente tomamos conciencia de que Jesús vive en el Padre, nosotros en Jesús, y Jesús en nosotros.

Con la conversión nacemos de nuevo. Dios crea un nuevo ser en nosotros en Cristo Jesús. Ahora, ya no es necesario vivir otra vez bajo los rudimentos de nuestra vieja naturaleza, la que nos hace pecar una y otra vez. El apóstol Pablo nos anima a que miremos hacia delante, que observemos la nueva creación que Dios está realizando. En Cristo Jesús la perspectiva de la vida y la manera de vivir cambian radicalmente. Nada que ver con lo que dejamos atrás.

Existe un Cielo al que ahora pertenecemos. No debemos olvidar que esa es nuestra verdadera Tierra, nuestra patria de verdad. Nada de este mundo, por bello y maravilloso que sea es comparable a la nueva creación que el Señor está preparando.

En Cristo Jesús todos somos iguales. Somos como una sola raza. En Cristo Jesús tampoco hay ricos ni pobres. Tenemos que aprender a vivir sin poner nuestra confianza en el Dinero. En Cristo Jesús todos somos hermanos: hombres y mujeres. Somos una sola familia. Por último, si pertenecemos a Cristo somos descendientes de Abraham, tanto como el más ortodoxo de los judíos. Ya no somos extranjeros ni advenedizos. En Cristo somos el Pueblo de Dios.

No podemos con la carga de la ley, no podemos cumplirla por nuestras propias fuerzas, por mucho empeño o voluntad que pongamos. La ley, o bien hace germinar en nuestro corazón un espíritu de frustración y abandono, o bien un espíritu de hipocresía y orgullo. Solo en este espíritu de frustración y abandono podemos aferrarnos a la fe de Cristo. Santificados solo por su gracia, Dios nos perdona, por un lado, y nos regenera y capacita por otro para llevar a cabo las buenas obras que antes no podíamos. Es decir, Dios antaño escribió la ley en dos tablas de piedra, pero hoy la escribe en nuestros corazones.

Antes no nos quedaba más remedio que andar según la carne, hoy ya no tenemos por qué hacerlo si lo hacemos mediante el Espíritu. Las Escrituras identifican claramente los hijos de Dios; “Aquellos que andan conforme al Espíritu de Dios.

El Señor Jesucristo nos ha salvado de la condenación, pero también nos ha redimido de nuestra vana manera de vivir, y de toda iniquidad. Lo ha hecho para purificar un pueblo para sí celoso de buenas obras. Ese es nuestro sentido y nuestro propósito.

Todos los andan conforme el Espíritu no se han deshecho, de repente, de todo sentimiento que pueda provocar la carne, de tal modo que uno pueda vivir envuelto de perfección espiritual. El que anda en el Espíritu es más bien aquel que trabaja diligentemente para subyugar y mortificar la naturaleza carnal, de tal modo que el amor que pertenece a la verdadera religión parece reinar en ellos. Porque el verdadero temor de Dios siempre es vigoroso, de tal modo que consigue erradicar su soberanía, aunque no abolir su corrupción.

La victoria del creyente solo es posible mediante Jesucristo, nuestro salvador y Señor. Como creyentes también, ya tenemos una nueva “Vida en el Espíritu”. En ella vivimos y nos desenvolvemos. La nueva era de la “Redención” ya ha sido inaugurada en Jesucristo. Es ahora, que ya estamos en la presencia de Dios al estar unidos espiritualmente al Señor Jesucristo. Así que no hay condenación para los creyentes. Por lo tanto, tenemos “Paz para con Dios”. Dios ha condenado el pecado en la carne enviando a la cruz a su propio hijo. Nuestro pecado interior es ahora subyugado por el poder del Espíritu que habita en nosotros.

“Esencialmente, el contraste que Pablo destaca es entre la debilidad de la ley y el poder del Espíritu. Uno a favor, y otro en contra del pecado que mora en nosotros, porque la ley es incapaz de ayudarnos en nuestra lucha moral (7:17,20), Pablo ahora nos destaca el Espíritu que también mora en nosotros. Este, ahora, es tanto el que nos libra de la “Ley del pecado y de la muerte” (8:2) como la garantía de la resurrección y la gloria eterna al final de los tiempos (8:11,17,23)”. John R.W. Stott.

Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. Salmos 51:10

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Génesis 15:3

03. En este pasaje encontramos un Abraham que abre su corazón y muestra sin tapujos lo que piensa. Tenga razón o no, él se muestra tal cual es y dice al Señor lo que su corazón alberga desde hace ya algún tiempo.

Primero, echa en cara a Dios que no le ha dado ningún hijo, algo que le prometió, ya que ni Ismael ni Isaac habían nacido aún. Además, da por sentado que no tendrá descendencia propia cuando afirma que uno de sus criados será finalmente su heredero. Pues esta era la costumbre de las tribus nómadas de la época, que su siervo principal recibiera la herencia de su Señor, así como los honores de un hijo. Era una especie de adopción ¡Cómo debía sentirse Abraham! ¡qué distinto a lo que él tanto esperaba de Dios!

Qué cortos de vista podemos llegar a ser, y cómo ignoramos el poder y la sabiduría de Dios, mucho más grande y más alta que la nuestra. Sin embargo, la actitud de Abraham es el primer paso para que Dios nos dé lo que tanto nos hace falta: “Tener fe”.

Aunque, a veces, en nuestra arrogancia nos pensamos que podemos entender la mente de Dios, del mismo modo que Él entiende la nuestra. Haremos bien, como hace Abraham, en presentar delante de Dios nuestra confusión ¿Dónde está la bendición de Dios?  ¿Por qué me dijo que iba a hacer de mí una nación grande? ¿Cómo que mi descendencia iba a ser tan numerosa como el polvo que cubre la tierra? La única certeza que tenía Abraham entonces era que “La esperanza frustrada aflige el corazón” tal como dice Proverbios.

Eliezer, su siervo, podía ser un siervo fiel, pero no era su hijo. No podía sustituir en realidad, lo que Abraham y Sara tanto anhelaban. Mientras tanto Abraham veía como a tantos impíos se les concedía el don de la descendencia, algo que solo incrementaba su frustración y enojo. Notemos que Abraham no dice a Dios que sea injusto, pero no por ello deja de tener una conversación franca con Él. Abraham duda, pero no recrimina nada al Señor, solo quiere entender.

Por desgracia, podemos llegar a pasar por alto la injusticia. Nos conformamos a ella, nos da igual mientras no nos afecte. Pasamos, en alguna medida, de la injusticia social, la persecución de la iglesia, o aquellos que se pierden. Rehusamos un encuentro con el Señor en el que podamos abrir nuestro corazón y expresarle todo aquello que no entendemos, que nos parece injusto, y que está ocurriendo.

Nuestra fe es cada día más despreciada por nuestra sociedad. Sin embargo, la fe es de tremendo valor para Dios. Nuestra confianza en el Señor nos dignifica y no quedará sin recompensa, aunque la espera sea larga. Merece la pena mantener bien alto nuestro estandarte.

Tener fe nunca es una actitud pasiva. Siempre requiere perseverancia para cumplir la voluntad de Dios, y así esperar lo que el Señor nos ha prometido.

No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Hebreos 10:34-35

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Génesis 15:2

02. Tenemos que reconocer que, al igual que Abraham, nosotros también tenemos la vista “muy corta”. Medimos cualquier situación en la que nos encontramos únicamente por la perspectiva que nos ofrecen nuestros sentidos y nuestra capacidad de razonar. Pero no hay que acomplejarse por ello, Dios no se avergüenza de nuestra miopía, ni tampoco de nuestras quejas. Él sabe cuál es nuestra condición, y cuál es realmente nuestra situación.

Era evidente que Abraham no tenía hijos, ni los podía tener a su edad. Además, su heredero iba a ser un esclavo extranjero que nada tenía que ver con su estirpe. Textos antiguos de la época confirman que nombrar como heredero a un esclavo, en determinadas circunstancias, era una práctica habitual en aquel entonces. En este caso, el siervo heredero de Abraham era sirio procedente de Damasco y se llamaba Eliezer, cuyo nombre, paradójicamente, significa “Dios es ayuda”. Era lógico que Abraham, en su perplejidad, no entendiese, qué tenía que ver Eliezer con la descendencia que Dios le había prometido.

Abraham, a pesar de no entender su situación, sabiamente empieza reconociendo la soberanía y la autoridad de Dios sobre la vida, el término utilizado en este versículo: “Jehová Adonai” así lo demuestra. Poniendo a Dios en su lugar, Abraham tuvo libertad para explayarse manifestando su frustración y lamento ante el Altísimo. Porque Abraham no es ajeno al sufrimiento que produce ver el tiempo pasar y comprobar que las promesas del Todopoderoso parecen haber caído en saco roto. Abraham necesita salir del estado de duda y temor en que se encuentra. Porque Dios siempre lleva a cabo sus planes, pero no siempre como es de esperar. Abraham no podía sospechar que, en realidad, los planes de Dios eran mucho más grandes de lo que podía imaginar. El Señor (Adonai) le va a dar, efectivamente, una descendencia, pero a su manera. Abraham no vio a lo largo de sus días el fruto de todas las promesas que le fueron dadas, pero no por ello dejó de creerlas, y esto le fue contado como justicia. De hecho, es por la fe de Abraham que Dios está, aún hoy, formando un Pueblo de la descendencia de Isaac, el hijo que finalmente le fue dado. Porque es en Jesús, descendencia directa de Abraham, que hoy Dios está formando un pueblo para sí, cada vez más numeroso.

Las promesas de Dios son extraordinarias, maravillosas, firmes y fiables. Pero para que sean nuestras debemos creer en ellas, aunque para ello tengamos que aventurarnos a caminar una larga y extraña travesía de fe en la que no siempre sabremos cómo llegar a nuestro destino. Porque durante nuestro viaje no faltarán la fatiga, el desánimo, incluso la duda, pero no por ello se dejará de cumplir Su Palabra.

Tener hijos era, en aquellos tiempos, el gran don que la vida te podía ofrecer, y aún hoy lo es, aunque algunos no lo crean. Por eso, a lo largo de la Escritura se enfatiza en varias ocasiones que solo Dios puede conceder el fruto de la matriz en la mujer.

Un claro ejemplo de lo preciados que son los hijos lo encontramos en los grandes patriarcas. Isaac y Rebeca tuvieron que esperar y rogar mucho a Dios por Jacob y Esaú. Jacob y Raquel tuvieron que hacer lo mismo hasta que fueron padres de José y Benjamín.

En la esperanza de tener un hijo se hace muy evidente esa abrupta orografía en la que la voluntad humana encuentra sus límites tratando de escalar las altas cordilleras de la soberanía divina. Porque nada requiere más esfuerzo y fuerza de voluntad en esta vida que mantener viva la esperanza. Abram, Isaac, y Jacob, juntamente con sus esposas, tuvieron que aprender que la verdadera esperanza va más allá del gran don que supone tener descendencia, pues el gran don Dios es, en realidad, un nombre eterno que Dios ha prometidos a todos aquellos que le aman.

Somos por naturaleza hijos de una raza caída cuyas raíces se hallan en Adam y Noé. Abraham, sin embargo, es el Padre de una nueva raza que simboliza la futura resurrección.

Los que hemos creído en el Señor Jesucristo hemos sido hechos hijos de Dios, sin ser realmente del linaje de Abraham. Es más, aun siendo hombres y mujeres alejados de Dios, ajenos a sus promesas, y esclavos del pecado, el Señor Jesús, por su gracia, nos ha concedido ese gran don que es formar parte de la gran familia de Dios. Porque Jesucristo fue el auténtico Siervo Fiel que obedeció al Padre hasta el final. Porque por la vida, la muerte, y la resurrección de nuestro Salvador, hoy Dios no se avergüenza de llamarnos sus hijos, a pesar de nuestros muchos lamentos.

les daré en mi casa y en mis muros un lugar,
y un nombre mejor que el de hijos e hijas;
les daré nombre eterno que nunca será borrado. Isaías 56:5

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Génesis 15:1

01. Es la primera vez que aparece en las Escrituras la expresión “la Palabra del Señor”, y Abraham es el primero, de los 21 hombres que recibe una “visión” de Dios. Estas palabras abren el camino a una profecía. Nos encontramos pues con Abraham, el primer profeta reconocido en las Escrituras, tal como vemos en el capítulo 20. Ciertamente, en este versículo encontramos un fundamento sobre el cual se edificará en multitud de ocasiones a lo largo de todo el Antiguo Testamento: “El escudo y la recompensa”.

En este caso, la “recompensa de Dios” vendrá a Abraham después de que este haya rechazado la parte del botín de guerra que le ofreció el rey de Sodoma. Solo cuando rechazamos los incentivos de este mundo estamos en condiciones de recibir el galardón de Dios. La riqueza más valiosa de Abraham, siendo él un hombre rico, siempre fue el Señor mismo. En la expresión: “yo soy tu escudo” hay implícito un “yo soy tu rey”, una cosa no puede separarse nunca de la otra.

Abraham se encuentra en medio de una situación un tanto complicada y es humano como nosotros. Teme represalias por parte de sus enemigos, y es por eso Dios sale a su encuentro para consolarlo e infundirle aliento. El galardón que le ofrece Dios es de tipo militar. Algo, que animará a Abraham a no huir y seguir pelando la buena batalla.

La Palabra de Dios no puede salir de nosotros, debe venir a nosotros. Al acercarnos a las Escrituras debemos pues implorar que el Señor dirija nuestros pasos para que pueda darse ese encuentro en el que La Palabra de Dios viene a nosotros, no por nuestra voluntad, sino por la del Señor. Es por ello que la Palabra de Dios viene solo a su debido tiempo. En una época del año propicia se planta, y en otra se cosecha.

Qué duda cabe que responder al llamado de Dios nos da miedo. “No temas Abraham, yo soy tu escudo” es lo que necesita oír el siervo de Dios. Gran parte del corto trayecto de nuestra vida andamos cojeando por el miedo que nos produce andar por fe. Gran parte de nuestro aprendizaje existencial se reduce saber caminar sin miedo a la sombra del escudo de Dios.

Cuando obedecemos el llamado de Dios y emprendemos el camino de la fe, no podemos esperar que se cumplan todos nuestros deseos. El Señor no nos garantiza otra cosa que nuestro supremo premio, que es: “Él mismo”.  Lo más grande que el Señor nos puede conceder, ya lo ha hecho por su sola gracia: “Llamarnos y salvarnos”. Ahora, solo debemos emprender el camino que su Palabra ha puesto bajo nuestros pies: Las pisadas de nuestro Señor.

No importan las condiciones en que ese viaje se haga. Dios es el único que puede hacer milagros, el único que puede crear una descendencia a Abraham tan grande como las estrellas del firmamento, aun y a pesar de su vejez, y la esterilidad que ello implica. Pero él no debe preocuparse del “cómo”. Lo único que tiene que hacer es levantarse y empezar a andar.

El camino que emprenderá Abraham no será un camino de rosas, habrá tentaciones, crisis, y dificultades. Abraham cometerá incluso errores que tendrán consecuencias de por vida. Pero el llamado de Dios es firme, y Abraham no se detiene.

Aunque Abraham no obtuvo en vida todo aquello que le fue prometido, pero sí llegó a observarlo, aunque fuera de lejos, y no ceso su andadura, ni aminoró su marcha, porque sabía que su recompensa era el Señor mismo.

Mientras andamos por fe es normal temer. El piadoso anda como un cordero en medio de un bosque lleno de depredadores. Pero, ese cordero no anda solo. El Señor ha prometido, y Dios no puede mentir: Que, somos sus ovejas, y que Él mismo nos defenderá con brazo fuerte. Será Él quien destruya nuestros enemigos si hemos optado por temerle a Él antes que a los hombres.

Ciertamente, no somos un pueblo grande, ni poderoso, ni con muchos atributos o virtudes. Más bien todo lo contrario. Somos cual gusanos, dice el libro de Isaías. Además, nuestra única gloria es que estábamos perdidos y abandonados como José en la cisterna. Fue entonces cuando el Señor mismo nos redimió con su sangre y nos sacó del lodo cenagoso para limpiarnos y curarnos. Él es nuestra ayuda. Lo fue cuando nos salvó, lo es ahora, y lo será siempre. Como Pueblo, solo podemos aspirar a mostrar una santidad que solo pertenece a Él. Nuestras buenas obras solo limpian el espejo donde debemos reflejar a Cristo.

Sin embargo, seguimos siendo criaturas de poca fe. Titubeamos al primer contratiempo y somos muy olvidadizos. Por este motivo debemos perseverar en la lectura de las Escrituras, sus promesas se encuentran escritas aquí. De otro modo corremos el peligro de volver a nuestros ídolos. Si esto ocurre, en nuestro modo de vivir, ya no complacemos solo al Dios que hizo los Cielos y la Tierra. Nuestros ídolos también marcan la pauta de nuestra vida y nuestra conducta.

Conocer a Dios no es mero esfuerzo intelectual. Hay algo mucho más importante si queremos ser permeables a la sabiduría divina. Primero debemos ser humildes. Admitir que somos falibles en toda nuestra manera de vivir y de pensar. En segundo lugar, hay que gastar las rodillas orando, rogando por un conocimiento que solo puede llover del Cielo. Más importante que el conocimiento de Dios es su misma presencia, que es la única que puede dar vida a Su Palabra.

Lamentablemente, en nuestras ciudades, hemos perdido ese contacto con la naturaleza que tanto nos habla acerca de Dios y el cuidado que tiene por sus criaturas. Él es quien nos guarda y nos sostiene, nuestra vida es preciosa para Él, mucho más que la de tantos animales. No hay mejor forma de reconocer ese cuidado, ese sustento, y esa protección que, siendo agradecidos en oración, y en toda nuestra manera de vivir.

Dios también se vale de sus ángeles para llevar a cabo sus planes. Vemos como ellos aparecen en determinadas ocasiones para infundir aliento y esperanza en medio del temor. Ellos nos recuerdan que los planes de Dios siguen adelante a pesar de las dificultades. Ellos anunciaron que la resurrección de Jesús ya era un hecho, que su nacimiento iba acontecer a María, y que el Reino de Dios sería otorgado a su “manada pequeña”.

Por último, sabemos que Jesucristo es nuestro Alfa y Omega. Él es el principio, y el final de todo. En sus manos, su propósito será una realidad en nosotros.

Así que, como pueblo escogido de Dios, nos sobran los motivos para estar gozosos. Después de haber sido rescatados por Él. Ahora, Él es nuestro escudo y nuestra espada, así como nuestra victoria. Él no se avergüenza de nosotros, su sangre nos ha redimido del pecado y de toda culpa. Nos guía por caminos de justicia, y nos rodea con escudos de bondad. Hoy su palabra nos es camino de verdad, luz a nuestros pasos, y refugio en medio de la oscuridad.

CONCLUSIÓN

Antes de que Dios realizara su pacto con Abraham, quitó de en medio todo temor y duda mediante estas palabras de seguridad y confianza. No es malo, pues, tener conciencia de las limitaciones de uno, así como de los peligros que nos rodean. Determinadas situaciones pueden llevarnos a depender más de Dios, y a tenerle en mayor estima. Es también una oportunidad más para ejercer una relación más estrecha con nuestro Dios. Las palabras de Dios a Abraham le recuerdan que el fin de su vida no es la victoria en sí, sino Dios mismo. Él es su porción.

El temor forma parte de la vida, y hay temor que solo huirá a la voz de Dios. Hay malos deseos y pasiones que batallan contra nuestra alma que solo se apartarán cuando abracemos la Palabra de Dios. Ciertamente, hay una seguridad y una tranquilidad que solo pueden venir a medida que andamos por fe, por paradójico que parezca.

Entonces dirá el hombre: Ciertamente hay fruto para el justo; Ciertamente hay Dios que juzga en la tierra. Salmo 58:10 RV1909

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Salmo 3:6

06. Pero el salmista es consciente de cuál es su posición, del valor que tiene a los ojos de Dios, y que quien vencerá al final es su Salvador. El Señor no nos ha prometido una vida sin adversidades ni aflicción, pero sí nos ha prometido estar con nosotros hasta el fin del mundo.

Incluso cuando se acerque la hora de partir, incluso en el mismo momento de nuestra muerte, el Señor seguirá con nosotros. Porque Él nos ha librado también de la muerte y de la condenación eternas. Nos pueden hacer sufrir, pero no nos pueden hacer mal alguno, porque Él anda con nosotros.

Haya paz, o haya guerra, haya abundancia, o haya escasez, la protección de Dios continúa siendo la misma. Su mano no nos abandona, sean cuales sean las circunstancias que nos rodeen, o sean muchos y poderosos nuestros enemigos.

El Reino de Dios es atacado constantemente, si queremos vivir piadosamente seremos acosados por todos aquellos que adoran otros dioses y no viven conforme la Palabra de Dios.

Nos hallamos en medio de una guerra espiritual, y son muchas las huestes que luchan teniéndonos a nosotros como objetivo y campo de batalla a la vez. Las Escrituras nos enseñan que a pesar de que nos veamos en inferioridad de condiciones, las fuerzas espirituales que nos apoyan son más poderosas que todos los ejércitos del mundo.

En un mundo de oscuridad y tinieblas, el Señor mismo es nuestra luz. Con Él vemos lo suficiente para no tropezar, con Él tenemos la verdadera perspectiva de la vida. Con Él tenemos un sentido y un propósito, unas pisadas que seguir. Ya no tenemos que vivir amedrentados por la oscuridad que envuelve todo ser humano. Además, tenemos motivos para estar gozosos constantemente:

  • El Señor mismo es nuestra salvación.
  • Nos ha rescatado de la condenación que cuelga sobre nosotros.
  • Nos ha dado vida cuando estábamos muertos.
  • Su perdón no solo nos perdona, también nos corrige por amor de su nombre.

Ante una salvación tan grande ¿A qué o a quién temeremos? Como seres humanos somos frágiles, tremendamente vulnerables. Esto es fuente inagotable de ansiedad. Pero por fe, creemos y sabemos que el Señor que hizo los Cielos y la Tierra nos protege, nos rodea cual muralla, y por ello podemos vivir confiados.

Nuestras circunstancias pueden ser muy complicadas. Pueden venir tiempos duros, de persecución o de escasez. Pero sabemos que el Señor no nos dejará en ningún momento. No nos dejará sufrir más de lo que podamos soportar. Y todo repercutirá, finalmente, para nuestro beneficio y su gloria. La ira venidera, no está destinada para su pueblo, sino para un pueblo que, no solo rechaza a Dios, también lo maldice.

Nos encontramos en medio de una guerra espiritual de proporciones cósmicas en la que, parece ser que, las fuerzas del mal son más “visibles” que los ejércitos de Dios. Pero, tan reales son unos como los otros. Debemos orar, y levantar manos limpias de santidad para que Dios abra nuestros ojos y nos muestre todas las fuerzas espirituales que nos apoyan.

No caigamos, pues, en la desesperación, Dios hará cosas grandes aún de aparentes derrotas. Además, el sufrimiento no es vano, por él recibiremos nuestros galones en el Cielo. Durante la persecución, tampoco caigamos en el resentimiento, la venganza o el odio. Debemos perdonar porque hoy Dios hace salir el sol, y hace llover sobre justos e injustos, pero mañana este mismo Dios juzgará a todos.

Podemos recordar, juntamente con el apóstol Juan, las palabras de Jesús: “El perfecto amor echa fuera el temor”. Aunque miles estén en contra nuestro, no temeremos porque el perfecto amor está con nosotros.

¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Romanos 8:31

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Salmos 3:5

5. Uno de los problemas con los que más se lidia hoy en día es el insomnio. Es significativo que en un país como Finlandia donde el Estado del bienestar se encuentra al alcance de todos, un 30% de la población sufre de insomnio. De día, entre tanta distracción, conseguimos arrinconar, en algún lugar del subconsciente, multitud de preocupaciones que, lamentablemente, afloran sin poder evitarlo durante la noche. Sin embargo, aquí el salmista está pasando por una seria crisis mientras duerme a pierna suelta cada noche.

El Salmista, ahora mismo, no dispone de la paz que proveen fortalezas y ciudades amuralladas. Tiene que dormir a la intemperie, al igual que muchos refugiados hoy en día, pero no por ello deja de experimentar la compañía del Señor. Sabe que su Señor le librará de sus enemigos y de otros peligros, tal y como ha prometido. Es consciente que estas dificultades no irán más allá de los límites que el Señor mismo ha puesto, y que el que le guarda no descansa, ni tan solo de noche.

El principal ingrediente, el fundamental, si queremos tener una buena noche de sueño es la Esperanza. Sin esperanza no solo no se vive, tampoco se duerme. Debemos vivir, de noche y de día, alentados con grandes dosis de esperanza, la que nos ofrece la Palabra de Dios. Nada nos hará más dichosos, ni más capaces de servir al prójimo que un corazón lleno de esperanza.

Tenemos otros ejemplos de adversidad y de esperanza en las Escrituras. Vemos a Pedro en la prisión, encadenado y rodeado de soldados, justo la noche antes de ser recibido por Herodes, quien probablemente le condenará a muerte. Sin embargo, ahí se encuentra durmiendo plácidamente.

Solo el Señor puede crear una conciencia tranquila. Solo el Señor puede darnos esa paz que el mundo no puede dar, la harmonía y ese encajar en la vida que necesitamos. Tener una buena conciencia no significa no cometer errores. Significa ser conscientes de ellos, admitirlos, y destruirlos mediante nuestra confesión y arrepentimiento a los pies de la cruz

El Señor ha escogido al que es piadoso para sí. Aquel que le teme y le ama es suyo. Su sangre le ha santificado, y le ha apartado para sí. La Gracia le cubre y le protege. No debemos, pues, temer acercarnos a Él en oración. Él, ciertamente, nos escuchará.

Nuestra Salvación no se encuentra en nosotros mismos, se haya en Dios, quien es el autor y el consumador de la verdadera fe. La Salvación le pertenece. No podemos añadir ni quitar nada. Nuestra gloria le pertenece a Él. No podemos hacer nada que, por nosotros mismos, pueda agradarle. Sin embargo, sabemos que en sus manos tenemos una paz que el mundo no tiene, y que andamos por un camino que el mundo no conoce en el que vamos conociendo su Gloria. Gloria que se refleja en nosotros, porque Él es nuestra esperanza.

Hoy la luz de este mundo, el sol y la luna, nos impiden ver, de alguna manera, la luz de Dios. Pero llegará el día en que la luz que nos ilumine será otra, porque Dios ha puesto fecha de caducidad a este Sol, y a esta Luna. Llegará el día en que nuestra Luz será el Señor mismo, y entonces se verá quien es nuestra Gloria, nuestra gloria eterna.

El Señor Jesús recibe y recibirá toda la gloria. Un día se manifestará esa gloria que comparte con el Padre. Hoy podemos reflejarla poniendo toda nuestra confianza en Él y su Palabra.

A menudo, las Escrituras utilizan un tiempo pasado cuando en realidad están hablando del futuro. O sea, dan por acontecido algo que aún no ha ocurrido. David no lo estaba pasando bien, no tenía motivos “humanamente hablando” para estar tranquilo. Pero dormía tranquilo porque el lugar donde descansaba su cabeza era: Dios mismo.

Las circunstancias, las crisis y las dificultades no son consecuencia de un poder de Dios que fluctúa. Dios no varía ni cambia. En Él no hay sombra de variación, es estable, eterno e infinito, y nunca deja de estar con todos aquellos que le temen, le adoran y confían en Él.

Las palabras de David en este versículo forman parte de su propia experiencia. Siendo perseguido por Absalón su hijo, David experimentó el cuidado y la provisión de Dios en Mahanaim. David supo calmar su propio sentido de protección, y dejarlo en manos de Dios. Sabía que mientras él dormía, el mismo Señor velaba y vigilaba por Él, aun estando en medio de un campo de batalla, o en medio de una persecución. David supo vivir experimentando la comunión con el Señor, descargando sus angustias en oración y sacrificios de adoración y alabanza. Porque sabía que solo el Espíritu del Señor puede traer paz a nuestros corazones.

Entonces confiarás, porque hay esperanza,
mirarás alrededor y te acostarás seguro. Job 11:18

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SALMOS 3:4

4. Pocas cosas son tan desesperantes como el silencio. El silencio conlleva la ausencia de comunicación, el aislamiento, la apatía, etc. El silencio, además, suele cubrir nuestras vidas con un manto de indiferencia, poco a poco vamos perdiendo la virtud de una buena conversación, y sobretodo el dialogo. Con mi silencio envuelvo mi vida y el sentido de mi existencia ignorando a los demás y sus necesidades. Pero sobretodo, olvidándome de Dios, y mi relación con Él.

¿Quién quisiera recibir, aunque solo fuera, un “What’s up” de Dios? ¿Quién quiere recibir una respuesta, una prueba de la existencia de Dios? Dios, desde su trono de Santidad, desde el elevado monte de Dios, anhela responder las oraciones de los hombres. Se oyen quejas de los hombres, nos quejamos y renegamos de tantas cosas de Dios. Pero no somos capaces de mirarle a la cara, ni tan solo con los ojos cerrados. Si no hay un sincero clamor, sino rogamos conscientes de nuestra vulnerabilidad, Dios no puede respondernos. Pero si clamamos a Él, si le reconocemos como el único Dios, creador del Cielo y de la Tierra, entonces Él responderá desde su santidad. Él es el único que es tres veces santo, el que podrá guiarnos a buen puerto. No hay hombre que no padezca la enfermad del pecado, y no podemos escapar a su influencia, por lo tanto, necesitamos la perspectiva de Dios, la que está por encima de todas las cosas, y la que es más justa, santa y clara.

Sion, es la montaña sobre la que está fundada la ciudad del gran Rey. Jerusalén, la ciudad a la que acudirán todas las naciones. En ella esta puesta la esperanza de toda la humanidad. Esta es la ciudad que devolverá a este maltrecho mundo la paz y la justicia que anhela.

En este mundo, no importa lo protegidos que nos sintamos, no tenemos otra cobertura ante las fuerzas espirituales, y la maldad de los hombres, que nos acosan, que Dios mismo. Él espera escuchar nuestro clamor, y ver nuestras lágrimas para así poder socorrernos. Desde la arrogancia, la prepotencia, y el orgullo no esperemos recibir ayuda alguna por parte de Dios, porque Dios solo ayuda a los necesitados.

A veces, aún podemos llegar a tener el cinismo de decir que el Señor no nos responde cuando ni tan solo nos hemos tomado la molestia de buscarle ¿Cuánto tiempo dedicamos a orar? ¿Hay realmente un clamor en nuestra petición? ¿Es la lectura de la Palabra de Dios nuestro medio de búsqueda cotidiano? ¿Somos capaces de aislarnos de todas nuestras distracciones? ¿Hasta dónde llega nuestra perseverancia?

Me temo que muchas veces el problema es que no queremos confrontarnos con Dios. Nos da miedo saber lo que piensa. Si, le buscamos, Él ha prometido respondernos. No sabemos ni cómo, ni el qué nos dirá. Pero su respuesta vendrá, aunque esta solo sea un “bástate esperar en mi Gracia”. Porque el Señor no ha prometido que nos vaya a dar todo lo que le pidamos, pero sí podemos estar seguros de que nos librará de todos nuestros temores.

Otro gran obstáculo que se antepone entre nosotros y el Señor suele ser aquello que nos hace sentir tan orgullosos. Es nuestra fortaleza, nuestro poder económico, nuestra habilidad y destreza, o incluso nuestro conocimiento, aquello que impide que el Señor nos libre de nuestras aflicciones. Nada podría beneficiarnos tanto como el vernos tan vulnerables y pobres como somos en realidad. Sin humildad, el Señor no nos puede librar.

Adormecidos en medio de un mundo que nos seduce, podemos perder conciencia de la adversidad y la aflicción que nos rodea. Es fácil pasar por alto el amor que Dios ha derramado, y derrama constantemente sobre nosotros. Pero el mensaje del Señor es claro: Él nos ama sea cual sea nuestra situación. El Señor ve la adversidad y la aflicción que nos rodea en este mundo. Necesitamos que la salvación conseguida allí en la cruz nos alcance a cada instante. El poder que emana de la cruz es para nosotros, y no podemos vivir sin Él. Necesitamos respuestas a nuestras vidas. Respuestas que brotan del árbol que Dios maldijo, para que fuera de bendición para nosotros.

El tiempo de los verbos de este versículo bien podría haberse traducido en pasado, al parecer la traducción conlleva cierta complejidad.  El Salmista, ante las dificultades actuales recuerda las fidelidades pasadas de Dios. Al orar cobra ánimo mientras contempla la fidelidad de Dios en adversidades pasadas.

¿Cuál es nuestra necesidad más imperiosa? ¿Es la oración? ¿Vamos siempre con ella? ¿Ante las dificultades acudimos a ella porque recordamos las respuestas de Dios en otras ocasiones? El Salmista no ora con la boca “chica”. David ora con todas sus fuerzas, su clamor se oye de lejos. Muchas voces tienen sus razones, no falta quien piensa que si su propio hijo lo está persiguiendo por algo será. Ante las calamidades, cada uno tiene sus razones. Pero David hace que la voz de la oración suene más alta que todas las demás. En medio de la dificultad ¿Dónde acudimos? El Salmista tenía claro que Él debía acudir al Templo en su Santo Monte. Nosotros también deberíamos acudir allí donde se reúnen nuestros hermanos y adorar y alabar a Dios con ellos en Espíritu y en Verdad.

Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; tocad, y se os abrirá. Mateo 7:7

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SALMOS 3:3

3. El Señor no nos ha prometido una vida sin adversidades, pero sí nos ha prometido ser nuestro escudo, nuestra gloria, y el que nos levanta cuando caemos. Pero todo esto es así, o nos damos cuenta que es así, cuando dejamos de confiar solo en nosotros mismos, cuando dejamos de buscar nuestra propia gloria, y cuando dejamos de actuar movidos exclusivamente por nuestros propios intereses o razonamientos. En definitiva, para levantarnos primero debemos admitir que nos hemos caído.

¿A quién acudimos en el día de la adversidad? ¿Acudimos al Señor, o más bien nos parece una buena excusa para dejarlo? ¿Dónde hacemos nuestra fortaleza, en el Cielo, o en la Tierra? Los grandes hombres y mujeres de Dios lo fueron porque pusieron sus pies sobre la roca más alta, la inconmovible, la que llega al mismo trono de Dios.

Nuestra condición de hijos de Dios no debería alimentar nuestro orgullo, sino todo lo contrario, debería hacernos como niños. Niños dependientes de su Padre que viven tranquilos confiando en el cuidado, la guía y el favor de aquel que les ha dado la vida.

En este mundo necesitamos protección. Aquí no buscamos palacios ni mansiones sino un lugar donde cobijarnos, pues los días son cortos y malos. Y es que, la transitoriedad de la vida nos es más evidente a aquellos que creemos en la Eternidad. Necesitamos cobijo porque la adversidad tampoco nos es ajena, sin embargo nuestra protección no viene del hombre, sino de nuestro Señor y Salvador. En el transcurso de este corto camino que es la vida, la Palabra de Dios es fundamental. Forma parte de nuestra dieta. Es el alimento de nuestra Esperanza. Nuestra confianza está puesta en todo lo que ella afirma: Que Cristo nos sostiene y nos mueve.

Dios nos guarda y nos protege, nos colma de bendiciones, pero su amor va mucho más allá de lo que nos da. Su amor perdura, los bienes terrenales que nos otorga perecen. Su fidelidad no se mide por la abundancia material, pues es en los momentos de prueba, escasez y dificultad cuando la fidelidad de Dios se hace más evidente.

Las pruebas que podamos pasar pueden ser mayúsculas, lo suficientemente duras como para que nos hagan tambalear o incluso ponernos en rebeldía. Y es que el dolor no es amigo de nadie. El consuelo suaviza las heridas, pero la sanación solo la puede dar el Señor. En cualquier caso, sabemos que incluso las pruebas que pasamos glorifican a Dios, lo entendamos o no. Pues es la paciencia, la que siempre nos aporta una mayor madurez.

La felicidad debería ser la característica principal del pueblo de Dios ¡Qué poco exteriorizamos que somos un pueblo salvado por el mismo Señor que creó los Cielos y la Tierra y que nos perdonó dando su vida por nosotros en la cruz! Sin olvidar que además, nos sostiene, nos guarda, y nos cuida constantemente.

El Señor completará nuestra obra en nosotros. Él nos ha apartado y nos ha hecho un pueblo santo para Él. Por lo tanto, su oído siempre está presto a escuchar nuestras súplicas, por eso no debemos escatimar en dedicar tiempo a la oración.

Nuestra salvación no descansa en nosotros, ni tampoco en nuestras habilidades, ni en nuestro poder, sino en Dios. Él nos salva constantemente de peligros por doquier. No solo nos ha perdonado en Cristo Jesús, también nos ha dado su vida y su poder para seguir sus pasos. No hay lugar pues para ningún afán. El Señor es nuestra gloria, y un día esta se manifestará.

Aunque no nos damos cuenta, es la luz que recibimos del sol la que nos permite vivir y estar relativamente confiados en este mundo. Pero los que andamos por fe, debemos empezar a andar guiados por otra luz, aquella que venció las tinieblas allí en la cruz, aquella que ilumina nuestros corazones, y aquella que un día brillará más que el Sol en la Jerusalén celestial.

El Señor Jesús ha prometido vindicar a su Pueblo. Él no siempre va a impedir que tengamos enemigos, pero sí nos va a vindicar, tarde o temprano. En algún momento, Él levantará nuestra cabeza y todos lo verán. Su victoria sobre aquellos que nos persiguen será manifiesta. Que se oigan pues nuestras voces de júbilo y alabanza, y vivamos en constante acción de gracias.

Ante una situación tan antagónica como la que se encontraba el Rey David, siendo abandonado por todos y perseguido por su propio hijo. David encuentra alivio en el carácter de Dios. Usando la metáfora de “un escudo”. David no dudó en afirmar (a pesar de las burlas) que la verdadera fuente de su protección era Dios mismo. David tenía la esperanza de ser restaurado y de recuperar su posición y su dignidad. “Levantar la cabeza” es una expresión que nos habla precisamente esa restauración.

Por desgracia somos tremendamente olvidadizos. Y a menudo olvidamos todas las obras y proezas que Dios ha hecho con nosotros en el pasado. Cuando pasamos momentos de crisis y dificultad, es bueno traer a la memoria todas las bendiciones que Dios nos trajo en el pasado. Dios no ha cambiado, continua siendo el mismo, y su misericordia sigue siendo para siempre. Es en momentos de prueba cuando se hace más necesario que nunca andar por fe y no por vista.

Tú eres mi escondite y mi escudo; en tu palabra he puesto mi esperanza. Salmo 119:14

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SALMOS 3:2

La mayoría humana no puede con la minoría divina. Aun así, son muchos los hombres que no creen en el camino de la misericordia y de la justicia. Son muchos los que viven para juzgar, pero no para perdonar. Muchos no creen que el camino que trazó el cordero de Dios sea el camino por el cual se deba de andar. Muchos hablan piadosamente, pero siguen andando carnalmente. Muchos creen en el fondo: Solo el hombre puede salvar al hombre.

No hay hombre que no peque, y no hay hombre que no sufra las consecuencias del pecado. Por lo tanto, si Dios nos ama tendrá también que disciplinarnos.

El Señor nunca nos prometió una vida solo de color rosa.  Hay también trayectos en esta vida en los que Dios permanece oculto a nuestra percepción, pero no por eso deja de estar presente. En la oscuridad no le vemos, sin embargo, es en esos momentos cuando está más cerca de nosotros.

El Señor Jesús sufrió todo tipo de oprobio, es más, tuvo que llevar toda nuestra vergüenza, culpa y pecado sobre él. Fue el suyo un camino de aflicción, que en alguna medida, todos los que le seguimos debemos pisar.

El incrédulo constantemente desafía, cuestiona, tergiversa y engaña. Precisamente todo su afán es negar que Dios pueda salvar. El incrédulo puede llegar a tener fe, pero esta es solo una fe condicional, siempre hay un “si” delante. “Si baja de la cruz creeremos en él”. Son pocos los que creen de veras en un Dios hecho hombre,  crucificado y muriendo por nuestros pecados. Hoy en día se tiende a creer en un cristianismo sin cruz, sin necesidad de perdón y sin una contradicción tan grande como la del Dios humanado clavado en un madero. Muchos prefieren una fe humana no exenta de mérito personal o colectivo, donde el verdadero dios es el hombre.

Hoy nuestra sociedad, hedonista por excelencia, no cree que un camino de sufrimiento, como es el de la Cruz, pueda llevarnos a Dios y, encima, ser vindicados por Él. Para los tales, la Resurrección no es necesaria porque ya viven hoy su Cielo particular. Sin embargo, la Resurrección aguarda para aquellos cuyo gozo es la esperanza de ese gran día en que Cristo resucitó.

¿Dónde está puesta nuestra confianza? ¿A quién acudimos en tiempos de angustia? ¿Dónde está nuestro tiempo de oración, nuestro tiempo de clamor al Señor? ¿Cuándo entenderemos que la victoria solo viene del Señor, y que solo Él puede bendecir a su Pueblo?

Lamentablemente, nos preocupamos  más  por oportunidades y estrategias que por nuestro testimonio. Damos por sentado que vivimos honrando el nombre de Dios en todo momento ¿Cuántas veces arruinamos la reputación de nuestro Señor con nuestras vidas? ¿Cuántas veces nuestro orgullo se dedica a juzgar y acusar porque sabe que así oculta su propio pecado? ¿Cuántas veces nuestras palabras han hecho de la verdad mentira simplemente porque estas no corresponden a nuestra manera de vivir?
¿Y qué hay del enojo? Muchas veces actuamos movidos más por la ira que por la compasión. Contendemos en disputas de patio de colegio cuando deberíamos encomendar toda afrenta a Dios, callar y dejar que sea Él quien juzgue.

Llegará el día glorioso de nuestra esperanza. El día en que Dios transformará los desiertos  en vergeles porque pasará por ellos. Será el día en que su brillante esplendor llenará los cielos y la Tierra se llenará de alabanza. Vendrá el día que se hará justicia a este maltrecho mundo plagado de ignominia, calamidad, e injustica.
Vendrá el día en que Jehová rescatará su remanente fiel, aquellos que han sido santificados por la sangre de Cristo. Aquellos que han creído en él, le han esperado, y le han amado. Y castigará con severidad al impío, al incrédulo y al idólatra.

Nadie experimentó tanto este versículo de este Salmo como nuestro Señor Jesucristo. Todos acabaron abandonándole,  los más religiosos fueron los que menos creyeron en él, y aun estando en la cruz se mofaron de él y le pusieron a prueba. Cuántos hoy también sufren persecución a causa de su fe en Jesús. Y cuántos hoy afirman que el Dios de los cristianos no existe.

El hombre se encuentra perdido, por lo tanto vive con la imperiosa necesidad de ser rescatado. Vive entre el bien y el mal, la alegría y la tristeza, la compañía y la soledad, el odio y el amor. Despojado del Dios que lo creó a su imagen y semejanza, el hombre vive sintiendo la agonía de su  perdición ¿En quién podemos confiar entonces? ¿Quién es entonces nuestro salvador?

Quizá muchos hombres aprueban lo que hacemos, pero no por ello Dios también lo hace, necesariamente. David no solo fue destronado, también fue abandonado por casi todos mientras sus enemigos le acosaban por todas partes. El Señor volvía a ser su única esperanza.

Ciertamente no tenemos otra escapatoria ni otra solución a los múltiples temores que nos acechan que ponerlos todos en manos de nuestro Salvador y Señor Jesucristo. Lamentablemente, hay periodos, especialmente de bonanza, en los que nos olvidamos de aquel que nos lo da todo. Es por ello que a veces han de venir pruebas por las que nos sintamos obligados a poner de nuevo toda nuestra carga sobre Él. No hace falta decir que vivimos en un mundo que ridiculiza y rechaza de plano la fe y una plena confianza en el Señor Jesucristo.

Absalón, el perseguidor de David, ejemplifica la confianza en el hombre,  en su propia fuerza, en sus propios recursos, logros, y capacidades, mientras que David, el perseguido, simboliza la confianza en Dios a pesar del abandono de los hombres. A menudo, la persecución es sutil, a veces solo es necesario dar por sentado que “Dios no puede salvarnos”, porque todo el mundo sabe que solo “el hombre puede salvar al hombre”.

El término “salvar”, aquí y en todos los salmos suele referirse a una salvación integral, tanto del espíritu como del cuerpo.  David, ahora mismo, se encontraba experimentando una persecución “física” y “espiritual”.

A otros salvó; a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es; que baje ahora de la cruz, y creeremos en El. (Mat 27:42)

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