Salmo 3:6

06. Pero el salmista es consciente de cuál es su posición, del valor que tiene a los ojos de Dios, y que quien vencerá al final es su Salvador. El Señor no nos ha prometido una vida sin adversidades ni aflicción, pero sí nos ha prometido estar con nosotros hasta el fin del mundo.

Incluso cuando se acerque la hora de partir, incluso en el mismo momento de nuestra muerte, el Señor seguirá con nosotros. Porque Él nos ha librado también de la muerte y de la condenación eternas. Nos pueden hacer sufrir, pero no nos pueden hacer mal alguno, porque Él anda con nosotros.

Haya paz, o haya guerra, haya abundancia, o haya escasez, la protección de Dios continúa siendo la misma. Su mano no nos abandona, sean cuales sean las circunstancias que nos rodeen, o sean muchos y poderosos nuestros enemigos.

El Reino de Dios es atacado constantemente, si queremos vivir piadosamente seremos acosados por todos aquellos que adoran otros dioses y no viven conforme la Palabra de Dios.

Nos hallamos en medio de una guerra espiritual, y son muchas las huestes que luchan teniéndonos a nosotros como objetivo y campo de batalla a la vez. Las Escrituras nos enseñan que a pesar de que nos veamos en inferioridad de condiciones, las fuerzas espirituales que nos apoyan son más poderosas que todos los ejércitos del mundo.

En un mundo de oscuridad y tinieblas, el Señor mismo es nuestra luz. Con Él vemos lo suficiente para no tropezar, con Él tenemos la verdadera perspectiva de la vida. Con Él tenemos un sentido y un propósito, unas pisadas que seguir. Ya no tenemos que vivir amedrentados por la oscuridad que envuelve todo ser humano. Además, tenemos motivos para estar gozosos constantemente:

  • El Señor mismo es nuestra salvación.
  • Nos ha rescatado de la condenación que cuelga sobre nosotros.
  • Nos ha dado vida cuando estábamos muertos.
  • Su perdón no solo nos perdona, también nos corrige por amor de su nombre.

Ante una salvación tan grande ¿A qué o a quién temeremos? Como seres humanos somos frágiles, tremendamente vulnerables. Esto es fuente inagotable de ansiedad. Pero por fe, creemos y sabemos que el Señor que hizo los Cielos y la Tierra nos protege, nos rodea cual muralla, y por ello podemos vivir confiados.

Nuestras circunstancias pueden ser muy complicadas. Pueden venir tiempos duros, de persecución o de escasez. Pero sabemos que el Señor no nos dejará en ningún momento. No nos dejará sufrir más de lo que podamos soportar. Y todo repercutirá, finalmente, para nuestro beneficio y su gloria. La ira venidera, no está destinada para su pueblo, sino para un pueblo que, no solo rechaza a Dios, también lo maldice.

Nos encontramos en medio de una guerra espiritual de proporciones cósmicas en la que, parece ser que, las fuerzas del mal son más “visibles” que los ejércitos de Dios. Pero, tan reales son unos como los otros. Debemos orar, y levantar manos limpias de santidad para que Dios abra nuestros ojos y nos muestre todas las fuerzas espirituales que nos apoyan.

No caigamos, pues, en la desesperación, Dios hará cosas grandes aún de aparentes derrotas. Además, el sufrimiento no es vano, por él recibiremos nuestros galones en el Cielo. Durante la persecución, tampoco caigamos en el resentimiento, la venganza o el odio. Debemos perdonar porque hoy Dios hace salir el sol, y hace llover sobre justos e injustos, pero mañana este mismo Dios juzgará a todos.

Podemos recordar, juntamente con el apóstol Juan, las palabras de Jesús: “El perfecto amor echa fuera el temor”. Aunque miles estén en contra nuestro, no temeremos porque el perfecto amor está con nosotros.

¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Romanos 8:31

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Salmos 3:5

5. Uno de los problemas con los que más se lidia hoy en día es el insomnio. Es significativo que en un país como Finlandia donde el Estado del bienestar se encuentra al alcance de todos, un 30% de la población sufre de insomnio. De día, entre tanta distracción, conseguimos arrinconar, en algún lugar del subconsciente, multitud de preocupaciones que, lamentablemente, afloran sin poder evitarlo durante la noche. Sin embargo, aquí el salmista está pasando por una seria crisis mientras duerme a pierna suelta cada noche.

El Salmista, ahora mismo, no dispone de la paz que proveen fortalezas y ciudades amuralladas. Tiene que dormir a la intemperie, al igual que muchos refugiados hoy en día, pero no por ello deja de experimentar la compañía del Señor. Sabe que su Señor le librará de sus enemigos y de otros peligros, tal y como ha prometido. Es consciente que estas dificultades no irán más allá de los límites que el Señor mismo ha puesto, y que el que le guarda no descansa, ni tan solo de noche.

El principal ingrediente, el fundamental, si queremos tener una buena noche de sueño es la Esperanza. Sin esperanza no solo no se vive, tampoco se duerme. Debemos vivir, de noche y de día, alentados con grandes dosis de esperanza, la que nos ofrece la Palabra de Dios. Nada nos hará más dichosos, ni más capaces de servir al prójimo que un corazón lleno de esperanza.

Tenemos otros ejemplos de adversidad y de esperanza en las Escrituras. Vemos a Pedro en la prisión, encadenado y rodeado de soldados, justo la noche antes de ser recibido por Herodes, quien probablemente le condenará a muerte. Sin embargo, ahí se encuentra durmiendo plácidamente.

Solo el Señor puede crear una conciencia tranquila. Solo el Señor puede darnos esa paz que el mundo no puede dar, la harmonía y ese encajar en la vida que necesitamos. Tener una buena conciencia no significa no cometer errores. Significa ser conscientes de ellos, admitirlos, y destruirlos mediante nuestra confesión y arrepentimiento a los pies de la cruz

El Señor ha escogido al que es piadoso para sí. Aquel que le teme y le ama es suyo. Su sangre le ha santificado, y le ha apartado para sí. La Gracia le cubre y le protege. No debemos, pues, temer acercarnos a Él en oración. Él, ciertamente, nos escuchará.

Nuestra Salvación no se encuentra en nosotros mismos, se haya en Dios, quien es el autor y el consumador de la verdadera fe. La Salvación le pertenece. No podemos añadir ni quitar nada. Nuestra gloria le pertenece a Él. No podemos hacer nada que, por nosotros mismos, pueda agradarle. Sin embargo, sabemos que en sus manos tenemos una paz que el mundo no tiene, y que andamos por un camino que el mundo no conoce en el que vamos conociendo su Gloria. Gloria que se refleja en nosotros, porque Él es nuestra esperanza.

Hoy la luz de este mundo, el sol y la luna, nos impiden ver, de alguna manera, la luz de Dios. Pero llegará el día en que la luz que nos ilumine será otra, porque Dios ha puesto fecha de caducidad a este Sol, y a esta Luna. Llegará el día en que nuestra Luz será el Señor mismo, y entonces se verá quien es nuestra Gloria, nuestra gloria eterna.

El Señor Jesús recibe y recibirá toda la gloria. Un día se manifestará esa gloria que comparte con el Padre. Hoy podemos reflejarla poniendo toda nuestra confianza en Él y su Palabra.

A menudo, las Escrituras utilizan un tiempo pasado cuando en realidad están hablando del futuro. O sea, dan por acontecido algo que aún no ha ocurrido. David no lo estaba pasando bien, no tenía motivos “humanamente hablando” para estar tranquilo. Pero dormía tranquilo porque el lugar donde descansaba su cabeza era: Dios mismo.

Las circunstancias, las crisis y las dificultades no son consecuencia de un poder de Dios que fluctúa. Dios no varía ni cambia. En Él no hay sombra de variación, es estable, eterno e infinito, y nunca deja de estar con todos aquellos que le temen, le adoran y confían en Él.

Las palabras de David en este versículo forman parte de su propia experiencia. Siendo perseguido por Absalón su hijo, David experimentó el cuidado y la provisión de Dios en Mahanaim. David supo calmar su propio sentido de protección, y dejarlo en manos de Dios. Sabía que mientras él dormía, el mismo Señor velaba y vigilaba por Él, aun estando en medio de un campo de batalla, o en medio de una persecución. David supo vivir experimentando la comunión con el Señor, descargando sus angustias en oración y sacrificios de adoración y alabanza. Porque sabía que solo el Espíritu del Señor puede traer paz a nuestros corazones.

Entonces confiarás, porque hay esperanza,
mirarás alrededor y te acostarás seguro. Job 11:18

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SALMOS 3:4

4. Pocas cosas son tan desesperantes como el silencio. El silencio conlleva la ausencia de comunicación, el aislamiento, la apatía, etc. El silencio, además, suele cubrir nuestras vidas con un manto de indiferencia, poco a poco vamos perdiendo la virtud de una buena conversación, y sobretodo el dialogo. Con mi silencio envuelvo mi vida y el sentido de mi existencia ignorando a los demás y sus necesidades. Pero sobretodo, olvidándome de Dios, y mi relación con Él.

¿Quién quisiera recibir, aunque solo fuera, un “What’s up” de Dios? ¿Quién quiere recibir una respuesta, una prueba de la existencia de Dios? Dios, desde su trono de Santidad, desde el elevado monte de Dios, anhela responder las oraciones de los hombres. Se oyen quejas de los hombres, nos quejamos y renegamos de tantas cosas de Dios. Pero no somos capaces de mirarle a la cara, ni tan solo con los ojos cerrados. Si no hay un sincero clamor, sino rogamos conscientes de nuestra vulnerabilidad, Dios no puede respondernos. Pero si clamamos a Él, si le reconocemos como el único Dios, creador del Cielo y de la Tierra, entonces Él responderá desde su santidad. Él es el único que es tres veces santo, el que podrá guiarnos a buen puerto. No hay hombre que no padezca la enfermad del pecado, y no podemos escapar a su influencia, por lo tanto, necesitamos la perspectiva de Dios, la que está por encima de todas las cosas, y la que es más justa, santa y clara.

Sion, es la montaña sobre la que está fundada la ciudad del gran Rey. Jerusalén, la ciudad a la que acudirán todas las naciones. En ella esta puesta la esperanza de toda la humanidad. Esta es la ciudad que devolverá a este maltrecho mundo la paz y la justicia que anhela.

En este mundo, no importa lo protegidos que nos sintamos, no tenemos otra cobertura ante las fuerzas espirituales, y la maldad de los hombres, que nos acosan, que Dios mismo. Él espera escuchar nuestro clamor, y ver nuestras lágrimas para así poder socorrernos. Desde la arrogancia, la prepotencia, y el orgullo no esperemos recibir ayuda alguna por parte de Dios, porque Dios solo ayuda a los necesitados.

A veces, aún podemos llegar a tener el cinismo de decir que el Señor no nos responde cuando ni tan solo nos hemos tomado la molestia de buscarle ¿Cuánto tiempo dedicamos a orar? ¿Hay realmente un clamor en nuestra petición? ¿Es la lectura de la Palabra de Dios nuestro medio de búsqueda cotidiano? ¿Somos capaces de aislarnos de todas nuestras distracciones? ¿Hasta dónde llega nuestra perseverancia?

Me temo que muchas veces el problema es que no queremos confrontarnos con Dios. Nos da miedo saber lo que piensa. Si, le buscamos, Él ha prometido respondernos. No sabemos ni cómo, ni el qué nos dirá. Pero su respuesta vendrá, aunque esta solo sea un “bástate esperar en mi Gracia”. Porque el Señor no ha prometido que nos vaya a dar todo lo que le pidamos, pero sí podemos estar seguros de que nos librará de todos nuestros temores.

Otro gran obstáculo que se antepone entre nosotros y el Señor suele ser aquello que nos hace sentir tan orgullosos. Es nuestra fortaleza, nuestro poder económico, nuestra habilidad y destreza, o incluso nuestro conocimiento, aquello que impide que el Señor nos libre de nuestras aflicciones. Nada podría beneficiarnos tanto como el vernos tan vulnerables y pobres como somos en realidad. Sin humildad, el Señor no nos puede librar.

Adormecidos en medio de un mundo que nos seduce, podemos perder conciencia de la adversidad y la aflicción que nos rodea. Es fácil pasar por alto el amor que Dios ha derramado, y derrama constantemente sobre nosotros. Pero el mensaje del Señor es claro: Él nos ama sea cual sea nuestra situación. El Señor ve la adversidad y la aflicción que nos rodea en este mundo. Necesitamos que la salvación conseguida allí en la cruz nos alcance a cada instante. El poder que emana de la cruz es para nosotros, y no podemos vivir sin Él. Necesitamos respuestas a nuestras vidas. Respuestas que brotan del árbol que Dios maldijo, para que fuera de bendición para nosotros.

El tiempo de los verbos de este versículo bien podría haberse traducido en pasado, al parecer la traducción conlleva cierta complejidad.  El Salmista, ante las dificultades actuales recuerda las fidelidades pasadas de Dios. Al orar cobra ánimo mientras contempla la fidelidad de Dios en adversidades pasadas.

¿Cuál es nuestra necesidad más imperiosa? ¿Es la oración? ¿Vamos siempre con ella? ¿Ante las dificultades acudimos a ella porque recordamos las respuestas de Dios en otras ocasiones? El Salmista no ora con la boca “chica”. David ora con todas sus fuerzas, su clamor se oye de lejos. Muchas voces tienen sus razones, no falta quien piensa que si su propio hijo lo está persiguiendo por algo será. Ante las calamidades, cada uno tiene sus razones. Pero David hace que la voz de la oración suene más alta que todas las demás. En medio de la dificultad ¿Dónde acudimos? El Salmista tenía claro que Él debía acudir al Templo en su Santo Monte. Nosotros también deberíamos acudir allí donde se reúnen nuestros hermanos y adorar y alabar a Dios con ellos en Espíritu y en Verdad.

Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; tocad, y se os abrirá. Mateo 7:7

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SALMOS 3:3

3. El Señor no nos ha prometido una vida sin adversidades, pero sí nos ha prometido ser nuestro escudo, nuestra gloria, y el que nos levanta cuando caemos. Pero todo esto es así, o nos damos cuenta que es así, cuando dejamos de confiar solo en nosotros mismos, cuando dejamos de buscar nuestra propia gloria, y cuando dejamos de actuar movidos exclusivamente por nuestros propios intereses o razonamientos. En definitiva, para levantarnos primero debemos admitir que nos hemos caído.

¿A quién acudimos en el día de la adversidad? ¿Acudimos al Señor, o más bien nos parece una buena excusa para dejarlo? ¿Dónde hacemos nuestra fortaleza, en el Cielo, o en la Tierra? Los grandes hombres y mujeres de Dios lo fueron porque pusieron sus pies sobre la roca más alta, la inconmovible, la que llega al mismo trono de Dios.

Nuestra condición de hijos de Dios no debería alimentar nuestro orgullo, sino todo lo contrario, debería hacernos como niños. Niños dependientes de su Padre que viven tranquilos confiando en el cuidado, la guía y el favor de aquel que les ha dado la vida.

En este mundo necesitamos protección. Aquí no buscamos palacios ni mansiones sino un lugar donde cobijarnos, pues los días son cortos y malos. Y es que, la transitoriedad de la vida nos es más evidente a aquellos que creemos en la Eternidad. Necesitamos cobijo porque la adversidad tampoco nos es ajena, sin embargo nuestra protección no viene del hombre, sino de nuestro Señor y Salvador. En el transcurso de este corto camino que es la vida, la Palabra de Dios es fundamental. Forma parte de nuestra dieta. Es el alimento de nuestra Esperanza. Nuestra confianza está puesta en todo lo que ella afirma: Que Cristo nos sostiene y nos mueve.

Dios nos guarda y nos protege, nos colma de bendiciones, pero su amor va mucho más allá de lo que nos da. Su amor perdura, los bienes terrenales que nos otorga perecen. Su fidelidad no se mide por la abundancia material, pues es en los momentos de prueba, escasez y dificultad cuando la fidelidad de Dios se hace más evidente.

Las pruebas que podamos pasar pueden ser mayúsculas, lo suficientemente duras como para que nos hagan tambalear o incluso ponernos en rebeldía. Y es que el dolor no es amigo de nadie. El consuelo suaviza las heridas, pero la sanación solo la puede dar el Señor. En cualquier caso, sabemos que incluso las pruebas que pasamos glorifican a Dios, lo entendamos o no. Pues es la paciencia, la que siempre nos aporta una mayor madurez.

La felicidad debería ser la característica principal del pueblo de Dios ¡Qué poco exteriorizamos que somos un pueblo salvado por el mismo Señor que creó los Cielos y la Tierra y que nos perdonó dando su vida por nosotros en la cruz! Sin olvidar que además, nos sostiene, nos guarda, y nos cuida constantemente.

El Señor completará nuestra obra en nosotros. Él nos ha apartado y nos ha hecho un pueblo santo para Él. Por lo tanto, su oído siempre está presto a escuchar nuestras súplicas, por eso no debemos escatimar en dedicar tiempo a la oración.

Nuestra salvación no descansa en nosotros, ni tampoco en nuestras habilidades, ni en nuestro poder, sino en Dios. Él nos salva constantemente de peligros por doquier. No solo nos ha perdonado en Cristo Jesús, también nos ha dado su vida y su poder para seguir sus pasos. No hay lugar pues para ningún afán. El Señor es nuestra gloria, y un día esta se manifestará.

Aunque no nos damos cuenta, es la luz que recibimos del sol la que nos permite vivir y estar relativamente confiados en este mundo. Pero los que andamos por fe, debemos empezar a andar guiados por otra luz, aquella que venció las tinieblas allí en la cruz, aquella que ilumina nuestros corazones, y aquella que un día brillará más que el Sol en la Jerusalén celestial.

El Señor Jesús ha prometido vindicar a su Pueblo. Él no siempre va a impedir que tengamos enemigos, pero sí nos va a vindicar, tarde o temprano. En algún momento, Él levantará nuestra cabeza y todos lo verán. Su victoria sobre aquellos que nos persiguen será manifiesta. Que se oigan pues nuestras voces de júbilo y alabanza, y vivamos en constante acción de gracias.

Ante una situación tan antagónica como la que se encontraba el Rey David, siendo abandonado por todos y perseguido por su propio hijo. David encuentra alivio en el carácter de Dios. Usando la metáfora de “un escudo”. David no dudó en afirmar (a pesar de las burlas) que la verdadera fuente de su protección era Dios mismo. David tenía la esperanza de ser restaurado y de recuperar su posición y su dignidad. “Levantar la cabeza” es una expresión que nos habla precisamente esa restauración.

Por desgracia somos tremendamente olvidadizos. Y a menudo olvidamos todas las obras y proezas que Dios ha hecho con nosotros en el pasado. Cuando pasamos momentos de crisis y dificultad, es bueno traer a la memoria todas las bendiciones que Dios nos trajo en el pasado. Dios no ha cambiado, continua siendo el mismo, y su misericordia sigue siendo para siempre. Es en momentos de prueba cuando se hace más necesario que nunca andar por fe y no por vista.

Tú eres mi escondite y mi escudo; en tu palabra he puesto mi esperanza. Salmo 119:14

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SALMOS 3:2

La mayoría humana no puede con la minoría divina. Aun así, son muchos los hombres que no creen en el camino de la misericordia y de la justicia. Son muchos los que viven para juzgar, pero no para perdonar. Muchos no creen que el camino que trazó el cordero de Dios sea el camino por el cual se deba de andar. Muchos hablan piadosamente, pero siguen andando carnalmente. Muchos creen en el fondo: Solo el hombre puede salvar al hombre.

No hay hombre que no peque, y no hay hombre que no sufra las consecuencias del pecado. Por lo tanto, si Dios nos ama tendrá también que disciplinarnos.

El Señor nunca nos prometió una vida solo de color rosa.  Hay también trayectos en esta vida en los que Dios permanece oculto a nuestra percepción, pero no por eso deja de estar presente. En la oscuridad no le vemos, sin embargo, es en esos momentos cuando está más cerca de nosotros.

El Señor Jesús sufrió todo tipo de oprobio, es más, tuvo que llevar toda nuestra vergüenza, culpa y pecado sobre él. Fue el suyo un camino de aflicción, que en alguna medida, todos los que le seguimos debemos pisar.

El incrédulo constantemente desafía, cuestiona, tergiversa y engaña. Precisamente todo su afán es negar que Dios pueda salvar. El incrédulo puede llegar a tener fe, pero esta es solo una fe condicional, siempre hay un “si” delante. “Si baja de la cruz creeremos en él”. Son pocos los que creen de veras en un Dios hecho hombre,  crucificado y muriendo por nuestros pecados. Hoy en día se tiende a creer en un cristianismo sin cruz, sin necesidad de perdón y sin una contradicción tan grande como la del Dios humanado clavado en un madero. Muchos prefieren una fe humana no exenta de mérito personal o colectivo, donde el verdadero dios es el hombre.

Hoy nuestra sociedad, hedonista por excelencia, no cree que un camino de sufrimiento, como es el de la Cruz, pueda llevarnos a Dios y, encima, ser vindicados por Él. Para los tales, la Resurrección no es necesaria porque ya viven hoy su Cielo particular. Sin embargo, la Resurrección aguarda para aquellos cuyo gozo es la esperanza de ese gran día en que Cristo resucitó.

¿Dónde está puesta nuestra confianza? ¿A quién acudimos en tiempos de angustia? ¿Dónde está nuestro tiempo de oración, nuestro tiempo de clamor al Señor? ¿Cuándo entenderemos que la victoria solo viene del Señor, y que solo Él puede bendecir a su Pueblo?

Lamentablemente, nos preocupamos  más  por oportunidades y estrategias que por nuestro testimonio. Damos por sentado que vivimos honrando el nombre de Dios en todo momento ¿Cuántas veces arruinamos la reputación de nuestro Señor con nuestras vidas? ¿Cuántas veces nuestro orgullo se dedica a juzgar y acusar porque sabe que así oculta su propio pecado? ¿Cuántas veces nuestras palabras han hecho de la verdad mentira simplemente porque estas no corresponden a nuestra manera de vivir?
¿Y qué hay del enojo? Muchas veces actuamos movidos más por la ira que por la compasión. Contendemos en disputas de patio de colegio cuando deberíamos encomendar toda afrenta a Dios, callar y dejar que sea Él quien juzgue.

Llegará el día glorioso de nuestra esperanza. El día en que Dios transformará los desiertos  en vergeles porque pasará por ellos. Será el día en que su brillante esplendor llenará los cielos y la Tierra se llenará de alabanza. Vendrá el día que se hará justicia a este maltrecho mundo plagado de ignominia, calamidad, e injustica.
Vendrá el día en que Jehová rescatará su remanente fiel, aquellos que han sido santificados por la sangre de Cristo. Aquellos que han creído en él, le han esperado, y le han amado. Y castigará con severidad al impío, al incrédulo y al idólatra.

Nadie experimentó tanto este versículo de este Salmo como nuestro Señor Jesucristo. Todos acabaron abandonándole,  los más religiosos fueron los que menos creyeron en él, y aun estando en la cruz se mofaron de él y le pusieron a prueba. Cuántos hoy también sufren persecución a causa de su fe en Jesús. Y cuántos hoy afirman que el Dios de los cristianos no existe.

El hombre se encuentra perdido, por lo tanto vive con la imperiosa necesidad de ser rescatado. Vive entre el bien y el mal, la alegría y la tristeza, la compañía y la soledad, el odio y el amor. Despojado del Dios que lo creó a su imagen y semejanza, el hombre vive sintiendo la agonía de su  perdición ¿En quién podemos confiar entonces? ¿Quién es entonces nuestro salvador?

Quizá muchos hombres aprueban lo que hacemos, pero no por ello Dios también lo hace, necesariamente. David no solo fue destronado, también fue abandonado por casi todos mientras sus enemigos le acosaban por todas partes. El Señor volvía a ser su única esperanza.

Ciertamente no tenemos otra escapatoria ni otra solución a los múltiples temores que nos acechan que ponerlos todos en manos de nuestro Salvador y Señor Jesucristo. Lamentablemente, hay periodos, especialmente de bonanza, en los que nos olvidamos de aquel que nos lo da todo. Es por ello que a veces han de venir pruebas por las que nos sintamos obligados a poner de nuevo toda nuestra carga sobre Él. No hace falta decir que vivimos en un mundo que ridiculiza y rechaza de plano la fe y una plena confianza en el Señor Jesucristo.

Absalón, el perseguidor de David, ejemplifica la confianza en el hombre,  en su propia fuerza, en sus propios recursos, logros, y capacidades, mientras que David, el perseguido, simboliza la confianza en Dios a pesar del abandono de los hombres. A menudo, la persecución es sutil, a veces solo es necesario dar por sentado que “Dios no puede salvarnos”, porque todo el mundo sabe que solo “el hombre puede salvar al hombre”.

El término “salvar”, aquí y en todos los salmos suele referirse a una salvación integral, tanto del espíritu como del cuerpo.  David, ahora mismo, se encontraba experimentando una persecución “física” y “espiritual”.

A otros salvó; a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es; que baje ahora de la cruz, y creeremos en El. (Mat 27:42)

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SALMOS 3:1

Salmos 3:1. Tener enemigos por causa del Evangelio es lo normal, no la excepción. Vivir íntegramente, piadosamente, con temor de Dios puede producir cualquier cosa excepto la indiferencia entre aquellos que nos rodean. Así que juntamente con aquellos que nos aman, también emergen aquellos que nos odian.

La indignación en el corazón del creyente no debería ser la constante, pero no podemos vivir constantemente sin experimentar la ira eventualmente. Podemos airarnos, el mismo Señor Jesús lo hacía, pero la indignación debe durar un tiempo muy limitado, y en ningún caso debemos utilizar la ira como una palanca para pecar. Aquí, lo realmente difícil para nosotros es airarnos sin pecar.

Nuestros enemigos pueden aparecer de todas partes, principalmente de entre las personas más cercanas. Absalón era hijo de David, Absalón ofrecía incluso sacrificios a Dios mientras conspiraba contra su padre. El rey del pueblo de Dios.

No siempre la mayoría tiene la razón. A los habitantes de Jerusalén se les dio a escoger entre Jesús y Barrabás, y no dudaron en clamar: “Libera a Barrabás”, y en cuanto a Jesús, “Crucifícale. Caiga su sangre sobre nosotros, y nuestros hijos”. Hoy en día, por desgracia, se sigue teniendo una fe ciega en el hombre y en lo que opine la mayoría, algo positivo, pero no infalible, pues no siempre se escoge correctamente.

Tampoco son los lazos familiares garantizan la sintonía con la voluntad de Dios. En los últimos tiempos, a causa del Evangelio del Reino de Dios se nos dice: “El hermano entregará al hermano a la muerte, el Padre al hijo, y los hijos contra los Padres”.

Grandes enseñanzas de este Salmo:
•    David, aun siendo perseguido y abandonado por todos,  no dejó de tener esperanza en Dios. Sabiendo que de algún modo sería librado.
•     Por otro lado, también aprendemos que no hay mejor defensa para el creyente que la oración. Y que Dios no solo se preocupa de nuestro espíritu sino también de toda nuestra integridad física.
•    Nuestros enemigos solo son nuestros enemigos si lo son también del Señor.

Y respondiendo todo el pueblo, dijo: ¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!  (Mat 27:25)

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JOSUÉ 6:21

Josué 6:21. El panorama que nos describe este versículo es desolador. Sería esa escena de la película que hace que el largometraje sea para mayores de 18 años. Hay dos aspectos a tener en cuenta que deberían impedir que frivolicemos acerca de este espantoso acontecimiento:

  • El primero es que debemos tener en cuenta quien da la orden de realizar esta destrucción: Dios mismo. Nosotros solo vemos de puertas afuera, pero Dios tiene una visión de más de 360 grados. Él no solo veía la maldad que ocurría dentro de la ciudad. También era testigo de lo que ocurría en el corazón de cada ciudadano de Jericó. Las obras de aquellos ciudadanos con toda seguridad eran deplorables. Dios es justo, y tres veces santo, por lo tanto no dejará a nadie impune, y cada uno recibirá su justa retribución.
  • El segundo aspecto a tener en cuenta es la dimensión y las consecuencias del pecado. Estas se nos escapan. Nosotros apenas conocemos los niveles de pecado y de maldad que albergan nuestros corazones, y desde luego, no podemos saber, en toda su magnitud, cuáles serán las consecuencias de nuestro pecado. Dios no solo ve la maldad del pasado y del presente, también ve la del futuro.

El juicio sobre la tierra de Canaán era un acontecimiento anunciado con anterioridad. Ya desde el comienzo de la salida de Egipto el pueblo de Israel sabía que, tarde o temprano, deberían enfrentarse a los cananitas.
No debemos confundirnos, no es que Dios haga favoritismos, y de repente decida hacer sitio a Israel en la tierra prometida a base de genocidios. Lo que ocurrió fue que, Dios, en sus designios, decidió utilizar al pueblo de Israel como instrumento de juicio sobre los habitantes de aquella tierra. Además era necesario erradicar un pecado y una maldad que, sin duda, acabaría contagiando al pueblo de Dios.

Entonces un ángel poderoso tomó una piedra, como una gran piedra de molino, y la arrojó al mar, diciendo: Así será derribada con violencia Babilonia, la gran ciudad, y nunca más será hallada.  (Apo 18:21)

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JOSUÉ 6:20

20. Dios ha preparado un día para sí mismo en el que vamos a poder dar rienda suelta a nuestro gozo. Habrá un día en que el pueblo de Dios será vindicado, vamos a poder gritar porque por fin el Reino de Dios vendrá y los reinos de este mundo serán conmovidos. Será día terrible de justicia. Todo este mundo tan injusto se derrumbará al sonar de las trompetas, y cada uno recibirá su merecido.
Nuestro último enemigo, la muerte, será derrotado. La Resurrección es nuestra esperanza por excelencia. La sangre derramada allí en la cruz dará su fruto a su debido tiempo. Los que hemos sido redimidos por su sangre hemos muerto con Jesús en la cruz, pero también hemos resucitado con Él, y juzgaremos con Él porque también hemos sufrido con y por Él.
Una vez más el poder de la fe se pone de manifiesto. La fe del creyente es mucho más preciosa que el oro, porque por ella vencemos al mundo.
Nos encontramos en el momento en el que el Pueblo de Israel es vindicado por Dios por su fe y obediencia. Al mismo tiempo nos encontramos ante el apogeo de la celebración por la fidelidad de Dios. Son gritos de alegría que dan a conocer que su trabajo no ha sido en vano.
El día de la expiación, el pueblo de Israel hacía sonar sus trompetas por toda la tierra (Lev 25:9). Debemos llevar el Evangelio allí donde estemos. Es el calzado que nos sostiene y nos mueve. Y todo el mundo debe oír el sonido de la trompeta que proclama nuestra salvación.
En el Espíritu Santo somos revestidos de Cristo Jesús, solo entonces las proezas y las grandes obras nos siguen. Solo cuando suenan las trompetas del Cielo, la Palabra de Dios suena con todo poder. Necesitamos estudiar y leer más las Escrituras, pero también necesitamos sabiduría y poder de lo alto para que nuestra “espada” no “arañe”  sino “corte” y llegue a lo más profundo de nuestras entrañas. No luchamos contra “sangre y carne” sino contra fortalezas espirituales, contra huestes invisibles de maldad. Sin el poder de Dios somos los seres más vulnerables de la Tierra. Solo en el poder de Cristo podemos rebatir todo argumento que se levanta contra el conocimiento de Dios.
El Señor Jesucristo viene, y viene con gran poder y gloria a juzgar la Tierra. Nuestras vidas deberían ser la señal que necesita ver este maltrecho mundo. En nosotros debería verse la cruz que se alzó en el monte Calvario. Porque las trompetas de su juicio no tardarán en sonar. Viene el día en que los pobres y los desamparados acudirán a Jerusalén a adorar al Rey de Reyes y Señor de Señores. Ese día reinará la Paz y la Justicia como nunca antes ha acontecido. Habrá un día en que el hambre y las enfermedades terminarán. Habrá un día en que la Tierra ya no será un lugar de tránsito, sino un lugar donde habitar. Pero antes es necesario que haya juicio, y día terrible es el día del Señor.

Por la fé cayeron los muros de Jericó después de rodearlos siete días. Hebreos 11:30

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Josué 6:19

19. ¿De qué es digno nuestro Señor? Los que servimos en su obra ¿qué parte del fruto la rendimos al Señor de la mies, y qué parte nos la quedamos nosotros? ¿Quién decide lo que es Santo, Dios o nosotros? ¿Atesoramos en la Tierra o en el Reino de los Cielos? ¿Es nuestra obra hojarasca que arde enseguida, o es material que puede ser probado y perfeccionado por el fuego?

Después de la toma de cualquier ciudad, ciertamente el ejército vencedor despojaría la ciudad derrotada de todo metal noble. Y el Rey vencedor se lo quedaría casi todo. Así que en nuestra peculiar batalla también será así ¿Pero quién es el Rey conquistador aquí? ¿Josué? No. Para el Pueblo de Dios el Rey vencedor es el Señor mismo. Por ello debía quedarse con toda la plata y el oro.

No solo el oro y la plata deben ser apartados para Dios, siendo nosotros mismos administradores de las riquezas divinas, Dios también nos ha santificado a nosotros, nos ha apartado como utensilios de gran valor dispuestos a ser usados en sus manos, o dicho de otro modo, prestos a servir a los demás.

Y Salomón trajo las cosas consagradas por su padre David, es decir, la plata, el oro y los utensilios, y los puso en los tesoros de la casa del SEÑOR. (1Re 7:51)

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Josué 6:18

18. Este mundo en el que vivimos no es el paraíso. Es un mundo que se haya bajo la ira de Dios, en él encontramos tanto lo que es santo: Lo que Dios se ha apartado para salvación, como lo que no es santo: Aquello que Dios ha apartado para destrucción. Cuidémonos, pues,  de no desear aquello que es pecado, porque Dios lo destruirá, y a nosotros también por haber sido partícipes.

El breve paso por este mundo es de suma importancia porque implica también todo lo que vamos a dejar atrás. O vivimos para ser bendición a otras personas, o vivimos para serles maldición. Debemos pues vivir tal y como nos pide el apóstol Pablo, amando lo que es genuino, porque todo lo demás es mentira, aborreciendo el mal, y aferrándonos a lo que es bueno.

Las obras de las tinieblas están aquí con nosotros y con los que nos rodean, nuestro trabajo empieza con ponerlas en evidencia, porque nos son ocultas tanto a nosotros como a ellos que las practican, y luego abandonarlas.

La verdadera religión, aquella pura y sin mancha. es aquella nos mueve a preocuparnos por los más necesitados (los huérfanos y las viudas), y a su vez, nos aleja de las pasiones y deseos de este mundo. O lo que es lo mismo: Nos aleja de la idolatría imperante donde quiera que estemos. Porque si la obra de Dios no prospera hoy, es a causa de nuestra propia infidelidad. Porque cuando no adoramos a Dios, inevitablemente adoramos “otros dioses”.

Lo que no debía hacer el pueblo de Israel era muy simple: No quedarse con plata, oro, vasijas de cobre o hierro alguno que pudieran encontrar a su paso en la conquista de la ciudad, porque todo aquel botín pertenecía al Señor.

Nuestro pecado hoy es, simplemente, que nos estamos quedando aquello que pertenece al Señor. Lamentablemente, solemos quedarnos siempre lo mejor de la obra, y las sobras se las damos al Señor de la obra. Pero Dios no hace acepción de personas, y la advertencia es clara. Si el pueblo de Israel desobedece, Dios no solo destruirá las murallas, también destruirá aquellos que profanen sus ruinas.

El amor sea sin hipocresía; aborreciendo lo malo, aplicándoos a lo bueno.
(Rom 12:9)

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