Job 1:2-5

Su gran prosperidad (2-5). 

Job disfrutaba de toda la prosperidad que se puede esperar en la vida. Tenía 7 hijos y 3 hijas. Una gran familia siempre es uno de los mejores legados que un hombre puede dejar. Además, Job era rico, poseía ganado en abundancia. Las cantidades de cabezas de ganado son astronómicas. Tenía gran cantidad de siervos. Debían de ser muchos para poder cuidar una hacienda tan espléndida. Era el hombre más pudiente de Oriente, nos dice el texto.  

Cada año que pasaba era un motivo de celebración. Y la familia crecía, y había armonía entre los hermanos. Además, el gozo y el bienestar eran compartidos. Celebraban juntos en familia el paso del tiempo con abundancia de comida y bebida. Y, tal y como vemos, ningún miembro familiar quedaba excluido. 

En la Biblia, el número siete es el número ideal. Denota integridad y perfección. Se repite un par de veces. Primero para indicarnos que tenía siete hijos, varones. Y luego para decirnos que tenía siete mil ovejas. El número «siete» aparece con frecuencia en la literatura del Próximo Oriente; y era considerado el número ideal de hijos (1 Samuel 2:5, Rut 4:15). De hecho, cuando Job sea restaurado, más adelante, volverá a tener 7 hijos más (Job 42:13). 

Pero, notemos que no era rico en tierras, sino en ganado. Al igual que Abraham y Isaac. En aquellos tiempos, la riqueza se medía principalmente en cabezas de ganado y número de siervos. Job poseía camellos. La arqueología ha demostrado que fue en la época patriarcal cuando se empezaron a domesticar. Algo que podría corroborar que fue en aquel tiempo cuando vivió Job. El texto menciona sólo las asnas que tenía (femenino) obviando los machos. Probablemente, porque Las hembras eran mucho más valiosas que los machos por su potencial fecundidad.   

Abundancia de posesiones valiosas  

La riqueza puede tener su origen en labores pecaminosas. En Hechos 19:25 se nos habla de Demetrio, un platero que se lucraba mediante la elaboración artesanal de pequeños templos de la diosa Artemisa. Desde sus comienzos, Dios enseñó a su pueblo Israel que sólo Él era el dador de toda riqueza (Deuteronomio 8:18). Pero, también les enseñó a ser generosos: «El que da, gana; el que retiene, empobrece» (Prov. 11:24). La enseñanza del NT aún va más lejos: «Nadie debe buscar su propio bien, sino el bien de los demás» (1 Corintios. 10:24). Algunos pasajes del AT dan la impresión de que la riqueza siempre va unida a la piedad. Dice Salmos 112:3 hablando del que teme a Dios, “en su casa habrá abundantes riquezas”, o que la pobreza es para los malvados (Proverbios 13:18), pero otros pasajes nos alejan de tal interpretación. Porque esto no siempre es así. Salmos 73:3-5 dice: “Porque tuve envidia de los arrogantes, al ver la prosperidad de los impíos. 4 Porque no hay dolores en su muerte, y su cuerpo es robusto[a].5 No sufren penalidades como los mortales[b], ni son azotados como[c] los demás hombres.”. O Lucas 6:20 que va mucho más lejos hablando de los pobres hablando de ellos como aquellos que heredaran el Reino de Dios. O 1 Corintios 1:26-28, que nos dice que Dios no ha escogido a gente de noble cuna, ni poderosos, para formar su pueblo, sino a lo más bajo y despreciado, aquellos que no tienen lugar en la sociedad. 

Así que, la riqueza puede ser un don de Dios, pero no es, en ningún caso, el mejor de ellos. Los mejores dones de Dios son espirituales y se manifiestan en una transformación integral del ser humano en la que el amor es, infinitamente superior a todo bien que hayamos podido recibir. Y este es siempre paciente, bondadoso, no tiene envidia, no es jactancioso ni orgulloso. No es mal educado ni egoísta. No guarda rencor ni se enoja fácilmente, no se deleita en la maldad más se regocija en la verdad, pide perdón y perdona, tiene un fe razonada y razonable, pero no por ello pequeña, grande es su esperanza, y tiene una gran resiliencia capaz de soportar cosas inimaginables. Y en esto, Job demostró que era rico sobremanera. Porque Job era más rico para con Dios que para con los hombres. 

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Job 1

INTRODUCCIÓN 

El libro de Job, como otros libros de la Biblia, lleva el nombre de su protagonista. Se desconoce quién lo escribió y el texto no lo revela. Dado que incluye el relato de la muerte de Job (42:17) y narra hechos que él desconocía, es evidente que no pudo ser escrito íntegramente por él. 

El autor relata un episodio de la vida de Job en la que él es probado, y el carácter de Dios revelado. Pablo cita a Job en el Nuevo Testamento dos veces. Una en Romanos 11:35 (“¿o quién le ha dado a Él primero para que se le tenga que recompensar?”) y en 1 Corintios 3:19 (“Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. Pues escrito está: Él es el que prende a los sabios en su propia astucia.”). Y por otro lado tanto Ezequiel como Santiago mencionan el nombre de Job, dando a entender que fue un personaje histórico. Algunos eruditos han situado los acontecimientos de este libro en el período patriarcal, alegando la ausencia de referencias al pacto de la Alianza o a la Ley. Dos hechos corroborarían la teoría de que de que el libro precede la época de Moisés: El ministerio de Job como sacerdote familiar y la falta de referencias al tabernáculo, el templo o la ley. En contra de tal deducción, sólo podemos señalar que Job no era israelita (era de la tierra de Uz). Por tanto, no cabría esperar referencia alguna al pacto de la Alianza, la Ley, el sacerdocio, o el templo. Se dice que Job, Noé y Daniel fueron los tres hombres más justos de todos los tiempos (Ezequiel 14:14, 20). 

La fecha de composición del texto es objeto de considerable debate. Si los eventos tuvieron lugar durante el período patriarcal es probable que el libro se escribiera poco después para preservar la historia. Por otro lado, durante el reinado de Salomón se produjo un notable auge de la literatura sapiencial, por lo que no hay que descartar que el Libro de Job forme parte de estas obras literarias. 

El género literario del libro es la literatura sapiencial, aunque carece de aforismos sapienciales, como Proverbios y Eclesiastés. Sin embargo, puede considerarse una pieza única de la poesía didáctica basada en hechos históricos. El autor no pretendía que el libro fuera una transcripción, al estilo periodístico de lo que ocurrió o se dijo. Más bien, emplea un estilo dramático y poético que, de forma literaria, expone aquello que ocurrió en la vida real. Parece obvio, que el estilo poético del libro ha resultado ser la mejor forma de preservar su mensaje. 

Aunque un texto tan largo y complejo como el de Job probablemente alberga más de un propósito, el mensaje general del libro da a entender que la razón del hombre no puede explicar el sufrimiento humano. El texto pone de manifiesto que el misterio de la voluntad divina no contradice ni la bondad ni la soberanía de Dios, sin embargo, sigue siendo inalcanzable para el ser humano. El libro deja un final abierto que da pie a que sus lectores saquen varias conclusiones: Primero, que Dios nunca prometió que este mundo sería un lugar seguro, ni uno en el que siempre se va a bendecir materialmente a los justos. En segundo lugar, Job nos hace ver que lo limitado de nuestra experiencia no nos sitúa en una posición privilegiada para cuestionar a Dios (aunque Él acoge con agrado nuestras preguntas). En tercer lugar, que nuestras perspectivas limitadas y terrenales tienden a magnificar nuestro sufrimiento, mientras que la perspectiva eterna y trascendente de Dios nos aporta claridad, aunque no la suficiente, al menos mientras vivamos aquí en la Tierra. Y, por último, que debemos resignarnos a poner nuestra confianza en la siempre mayor sabiduría de Dios, como concluye Job en el capítulo 42. 

La gran piedad de Job (1). 

Nos encontramos ante la definición de un hombre piadoso por antonomasia. No es un “héroe” inventado. Fue un hombre oriundo de su propia tierra: Uz. Cuya ubicación exacta es incierta, aunque suele asociarse con Edom al sur (cf. Lamentaciones 4:21). Uno de los amigos de Job, Elifaz, era de Temán, una conocida ciudad edomita. Y Aram al norte (Génesis 10:23).  

Job vivía en una gran ciudad amurallada y era uno de los mayores ganaderos de oriente. Tenía 7 hijos y 3 hijas, era Anciano y participaba en el gobierno de su ciudad, siendo respetado por todos. La Biblia lo describe como un hombre intachable, justo, temeroso de Dios y apartado del mal. Job era un hombre íntegro, en el que no había contradicciones entre su fe y su vida cotidiana. Su reputación no pasaba desapercibida ni en la Tierra ni en el Cielo. En el versículo 8, Dios mismo afirma: “No hay nadie como él en la Tierra, varón perfecto, recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (1:8). 

Sin embargo, la perfección de Job no es la que nos imaginamos. En Job 7:21 dice de sí mismo: “¿Y por qué no quitas mi rebelión, y perdonas mi iniquidad?”, o en Job 9:20 “Si yo me justificaré, me condenaría mi boca; Si me dijere perfecto eso me haría inicuo”. Por lo tanto, se desprende de su lenguaje que Job había puesto su confianza en Dios, y en la redención que tanto necesitaba. La fidelidad de Job radica en su sinceridad, y coherencia. Por estos rasgos honraba a Dios, tanto en lo familiar y personal como en lo público (1:4-5). 

Nuestro comportamiento es importante. Los que estamos en Cristo debemos aprender a ceder “terreno” al Espíritu Santo, para que nuestras vidas sean cada vez más agradables a Dios mientras nos alejamos paulatinamente del mal. Y para ello, sin duda, hará falta más conciencia de pecado, más arrepentimiento, y más santificación. 

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Génesis 9:24-29

La maldición de Noé: Un análisis crítico

La historia de la maldición de Noé, narrada en Génesis 9, ha sido objeto de diversas interpretaciones a lo largo de la historia. Este pasaje bíblico, a primera vista, presenta una imagen de un Dios castigador que condena a un linaje entero por la falta de un solo individuo. Sin embargo, un análisis más profundo revela una complejidad que trasciende la simple venganza divina.

El pecado de Cam, al burlarse de la desnudez de su padre, desencadena una reacción de Noé que culmina en la maldición de Canaán, hijo de Cam. Esta maldición profetiza una servidumbre perpetua para los descendientes de Canaán. Sin embargo, es crucial destacar que la Biblia no justifica la esclavitud ni la discriminación racial. El contexto histórico y cultural en el que se escribió este relato es fundamental para comprender su significado original.

A lo largo de la historia, la maldición de Noé ha sido utilizada de manera perversa para justificar acciones como la esclavitud y el racismo. Grupos supremacistas han recurrido a este pasaje para legitimar sus prejuicios, asociando erróneamente a los descendientes de Cam con razas específicas. Sin embargo, tal interpretación no sólo es anacrónica, también contradice el mensaje universal de amor y justicia presente en la Biblia.

Es importante destacar que la maldición de Noé no se limita a Canaán, sino que tiene implicaciones más amplias. La bendición de Sem y Jafet establece una jerarquía entre los pueblos, con Sem como el linaje a través del cual vendrá la salvación. Esta jerarquía, sin embargo, no debe interpretarse en términos raciales, sino más bien como una expresión de la promesa divina de redimir a toda la humanidad.

La historia de la maldición de Noé también sirve como un recordatorio de las consecuencias del pecado. El pecado no solo afecta al individuo, sino que tiene un impacto en las generaciones futuras. Al mismo tiempo, esta historia nos muestra la gracia de Dios, que se manifiesta incluso en medio del juicio. La salvación de Rahab y la alianza de Hiram con Israel son ejemplos de cómo Dios puede redimir a aquellos que se apartan de sus caminos.

En conclusión, la maldición de Noé es un pasaje complejo que ha sido objeto de diversas interpretaciones. Si bien es importante reconocer el contexto histórico y cultural en el que se escribió, también es fundamental leer este pasaje a la luz de la revelación completa de Dios en la Biblia. La maldición de Noé no debe ser utilizada para justificar el odio o la discriminación, sino más bien como un recordatorio de la necesidad de la gracia de Dios en nuestras vidas.

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Génesis 9:18-23

Noé planta una viña, se emborracha y es burlado por Cam (18-23)

El futuro de la humanidad recae en los tres hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet. De ellos surgirán todas las naciones y razas. En el capítulo 10 se detallan los descendientes de cada uno, demostrando que Dios valora tanto la diversidad como la unidad entre los pueblos. Cada grupo humano tiene su propia identidad, y las acciones de un individuo pueden marcar el destino de toda una comunidad

La historia del Diluvio culmina con el relato de la embriaguez de Noé. Este episodio, aunque breve, resulta crucial al identificar a Canaán como hijo de Cam. Esta revelación sienta las bases para futuras narrativas y conexiones temáticas.

El ciclo de la desobediencia se repite. Del Edén al post-diluvio, la humanidad demuestra su incapacidad para disfrutar plenamente de los dones divinos. La embriaguez de Noé, al igual que la transgresión de Adán, revela una profunda herida en la naturaleza humana. La desnudez, en ambos casos, simboliza la pérdida de la inocencia y la separación de Dios

Siguiendo los pasos de su padre Lamec, Noé se dedicó a la agricultura, plantando una viña. La embriaguez que sobrevino tras la primera cosecha lo llevó a una situación humillante. La reacción de Cam, al burlarse de su padre ebrio, fue aún más reprochable que el pecado de Noé, desencadenando una serie de eventos desafortunados.

Noé, el hombre que había encontrado gracia ante los ojos de Dios, sucumbió a la debilidad de la carne. Su hijo Cam, en lugar de mostrar compasión, aprovechó su vulnerabilidad para burlarse de él. Este episodio revela un contraste marcado entre la piedad de Noé y la deslealtad de Cam.

Mientras Cam se burlaba de su padre, Sem y Jafet actuaron con reverencia y compasión. Al cubrir a Noé con un manto, demostraron un profundo respeto que contrasta con la deslealtad de su hermano. Este episodio bíblico subraya la importancia del quinto mandamiento y revela cómo las acciones, tanto buenas como malas, tienen consecuencias duraderas en las generaciones futuras.

Especulaciones acerca de la naturaleza del pecado de Cam aparte, lo que el autor, aparentemente, quiere mostrarnos es, simplemente, la diferencia entre las obras de Cam, y las de Sem y Jafet. Este contraste será la base sobre la cual vendrán maldición para uno, y bendición para los otros. Esta misma disparidad de obras entre los hijos de Noé es la que vemos en el relato de la Caída del capítulo 3. Cubriendo la desnudez de su padre, Sem y Jafet actuaron tal y como Adán y Eva (3:7), y Dios posteriormente (3:21), hicieron con la desnudez humana: Cubrirla en lugar de mirarla. Sin embargo, Cam no siguió ese camino. Sus obras tienen más que ver con la advertencia dada por Dios más adelante en la Torá “de no subir por las gradas al altar para que no quede expuesta nuestra desnudez” ante Dios y los demás (cf. Ex 20:26). Hay quien se avergüenza de su pecado y lo reconoce, primer paso para cubrirse con la misericordia de Dios, y hay quien es incapaz de percibir su propio pecado.

Los hijos de Noé pertenecen a dos grupos de seres humanos, por un lado, los que como Adán y Eva ocultan la vergüenza de su desnudez, y por otro, los que, como Cam, o más bien los cananeos, no perciben su propia vergüenza ante Dios. Para un grupo, la línea de Sem, habrá bendición (v.26); pero para el otro, los cananeos, solo puede haber maldición. Estos tres hijos -como más tarde la «simiente de Abraham», y las «naciones»- representan dos respuestas distintas a la culpa y a la desobediencia humana. Es en función a esa respuesta que vendrá la bendición de Dios, y no por pertenecer a determinada línea familiar.

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Génesis 9:8-17

El pacto de Dios y la señal del arco iris (8-17)

Dios se dispone ahora a ratificar el pacto que anunció a Noé en Génesis 6:18. Este pacto no es sólo con Noé, sino con la Creación entera. El termino empleado en hebreo da a entender que Dios está restableciendo el antiguo pacto que tuvo su origen en la creación y que luego fue quebrantado por el hombre. La diferencia es que, ahora viene con una peculiar señal: El Arco Iris. Que es, por así decirlo, el tratado de desarme unilateral de Dios. El arco es un arma de guerra que Dios desecha. El juicio del diluvio ha terminado para no repetirse jamás. Dios se compromete a no utilizar el arma del diluvio para destruir la Tierra y sus habitantes mientras esta exista.

En este restablecimiento del pacto de Dios con el hombre, este deberá volver a ejercer de representante de Dios sobre la Tierra como su mayordomo. Su imagen y semejanza con Él le otorga este especial rol, así como el de mantener una constante adoración al único Dios verdadero.

El pecado del hombre alteró holísticamente la naturaleza de esta labor, pero no le fue quitada del todo. El hombre mantiene sus responsabilidades incluso después de haber hecho “lamentar” a Dios su propia obra (Ge 6:6). Porque ahora, a todos es sabido hasta dónde puede llegar una naturaleza pecaminosa, ya endémica en el hombre. Por eso Dios acabó juzgando la humanidad, aunque salvando también del diluvio un remanente escogido. Después de su rescate en el arca, ahora Dios restablece sus propósitos mediante Noé y su familia (Ge 9:1). Ahora deben volver a multiplicarse y llenar la tierra, una tarea que sólo es posible por la gracia de Dios.

Dios afirmó su identidad como aquel que creó los Cielos y la Tierra, el único Dios verdadero y su salvador, a través de este pacto. En aquellos tiempos ancestrales, los pactos se usaban a menudo para representar la relación de un rey con sus súbditos. En el pacto, quedaba representada la naturaleza de la relación que debía reflejarse en la obediencia de los súbditos y en su forma de vivir como integrantes del reino. Así ocurrió también con Noé.

Los pilares del pacto de Dios con Noé y su familia fueron la gracia y la misericordia. Los llamó, los protegió y les prometió fidelidad. La muerte de Jesús cumplió el pacto de Dios con Noé. La puntiaguda lanza de aquel soldado romano que atravesó el costado de Jesús mientras colgaba de su ignominiosa cruz, certificó que la ira de Dios fue dirigida contra el único Hijo de Dios (Juan 19:34). En la culminación de aquel momento, la ira y la gracia de Dios se encontraron, mientras todas las promesas de Dios se cumplían en Jesús (2Co 1:20).

Normalmente, un pacto es un acuerdo entre dos partes que contiene estipulaciones para una de ellas o para ambas. En este caso, Dios asume el cumplimiento de las condiciones del contrato, en lugar de imponerlas a Noé. Cada vez que… aparezca el Arco… lo veré y me acordaré del pacto (9:14-15). Para los oídos modernos, la noción de Dios «recordando» algo puede sonar un tanto extraño. ¿Cómo puede un Dios omnisciente olvidar algo? Más bien, el texto señala que Dios va a recordar consistentemente las promesas del pacto, incluso en medio de la rebeldía endémica de su pueblo. Dios cumple sus promesas incondicionalmente, a pesar de nuestro propio pecado. Mediante el Arco Iris, Dios crea una señal tangible de su promesa y su pacto. Contemplar el Arco, pues, debe producir en nosotros una catarsis de esperanza al comprobar que Dios no ha olvidado sus promesas.

Más adelante vendrán otros pactos con sus propias certificaciones visuales. La circuncisión fue la señal del pacto de Dios con Abraham (17:11), el sábado sería la señal del pacto que Dios estableció con Israel en el Sinaí (Ex 31:16-17), y la Cena del Señor para el nuevo pacto sellado con la sangre de Cristo (Lucas 22;20).

Hasta hoy, la señal del Arco Iris sigue teniendo vigencia. Generación tras generación y en todo lugar, esta peculiar firma celestial, anuncia la abolición de los diluvios universales. Y, si somos capaces de leer “entre líneas”, veremos que las nubes que sostienen el puente de luz y color también anuncian el plan de Dios para salvar a la humanidad de la muerte y el pecado. El Arco Iris es el texto legal que anuncia el compromiso de Dios con la Tierra. Seguirá habiendo tormentas, pero después de ellas habrá siempre un Arco Iris.

Esas mismas nubes que sostienen el Arco Iris traerán un día aquel que tiene poder para salvar y juzgar la humanidad, pero esta vez para siempre. La palabra para referirse a “nube” (ʿānān) se suele utilizar en las Escrituras para referirse a las nubes de lluvia, pero también al humo del incienso (Lev 16:13), pero donde más se utiliza es para referirse a la columna de humo que guio al pueblo de Dios a través del desierto (Éxodo 33:9–10Nehemías 9:1219), o la nube que más adelante descendió sobre el templo  (2 Crónicas 5:13–14) cuando este fue dedicado. Algunos de los profetas usan también esta palabra como uno de los principales elementos que describen el día del Señor (Ezequías 30:3Joel 2:2Sofonías 1:15).

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Génesis 9:4-7

La prohibición del homicidio 9:4-7

En las Escrituras existe una conexión simbólica, y una estrecha relación entre la sangre y la vida, algo básico para entender el sistema sacrificial que nos será expuesto más adelante en Levítico (17:11) y que servirá de hilo conductor hacia la obra expiatoria de Cristo (Hebreos 9:14, 22). La expresión “derramamiento de sangre” es, por lo tanto, sinónimo de quitar la vida, vida que pertenece a Dios. El Antiguo Testamento proscribe en repetidas ocasiones alimentarse de sangre de animales sacrificados.

La vida es el más precioso y misterioso don de Dios. Algo que sólo pertenece a Él, por lo tanto, resulta inútil cualquier intento de querer prolongarla “artificialmente”. Este es el mensaje que transmite la prohibición de comer la “vida” que está «en la sangre» (Levítico 17:11). Muchos pueblos paganos a través de la historia han bebido el líquido rojo pensando que así prolongaban su vida o adquirían más vigor.

Nadie ha defendido la vida del hombre más que Dios. No hay nada más precioso ante sus ojos, porque todo ser humano ha sido creado a su imagen (v. 6), y porque somos sus representantes terrenales, así como el foco principal del Reino de Dios. En la teocracia de la Torá establecida en el Sinaí (constitución del Pueblo de Dios), un animal doméstico que terminaba con una vida humana debía ser lapidado hasta morir (ver Éxodo 21:28-32), o un hombre declarado culpable de homicidio debía pagar con su vida porque a imagen de Dios se ha creado todo hombre, por lo tanto, cualquier homicidio es una afrenta a Dios.

Pero, sacrificar un animal tampoco es baladí. Si bien Dios permite el sacrificio de animales para nuestro sustento, ello no nos da carta blanca para disponer de su vida a nuestro antojo. Así que, Dios mismo demandará igualmente del hombre la sangre de todo animal que se haya vertido fuera de los límites que Él, como Dios soberano, ha establecido. Si somos representaciones a escala de Dios, entonces matar a un ser humano es “a escala” un intento de “deicidio”.

La sangre, en las Escrituras, es también sinónimo de juicio. La violencia nunca resuelve las cosas. Un conflicto bélico no es un juego de ajedrez o de pelota en que perder o ganar no tiene mayor trascendencia. Las guerras han demostrado siempre su avidez de sangre en ambas partes enfrentadas. Porque la vida de un hombre, siempre con otra vida humana se paga, no importa cuales sean las circunstancias. Así lo ha decretado Dios. Tal y como recuerda Jesucristo al apóstol Pedro: “El que mate a espada, a espada morirá”.

La venganza queda, pues, expresamente prohibida por Dios. En el Pentateuco, Dios dispondrá de todo un sistema de leyes para juzgar cualquier tipo de homicidio en sus distintos grados.

Por otro lado, el Señor mismo nos hace ver que, aunque no haya derramamiento de sangre, tratar a alguien con rencor o malicia es igualmente una ofensa grave a Dios (Mateo 5:22).

En contraste, Dios nos invita a ser fecundos, a sacrificarnos por amor a los demás, a ser generosos como es él, a demostrar, en definitiva, que llevamos su imagen favoreciendo y preservando la vida. Algo que conlleva, necesariamente, cuidar los más vulnerables, el medioambiente, y de todos los animales.

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Génesis 9:1-3

Dios bendice Noé y le concede provisión para subsistir (1-3).

Cuántas veces buscamos nuestro propio beneficio ignorando a Dios que es el único dador de todo bien cuya bendición es todo lo que necesitamos. Si le amamos, le adoramos, y le somos agradecidos, él nos bendecirá porque está deseando hacerlo. Esta es la tercera vez que Dios bendice la humanidad. La primera fue cuando el Señor nos dio autoridad en Adán sobre todos los animales, y la segunda fue cuando Dios instituyó la humanidad y la familia a través del hombre y la mujer.

Así que Dios concede una segunda oportunidad a la humanidad con un llamado a la fecundidad como ocurrió al principio. Dios proveerá la bendición de los hijos y nos recuerda que lo mejor que podemos hacer en esta vida no es tanto disfrutarla como dejar nuestra imprenta ella.

La bendición de Dios conlleva su sonrisa, su complacencia y agrado, tal y como ocurrió en anteriores bendiciones con Adán y Eva, u ocurrirá más adelante con Abraham (Génesis 1:22, 28; 2:3; 12:2, 3). Porque en cierto modo, Noé es un segundo Adán, nos hallamos ante un nuevo comienzo.

Por fe, Noé y su familia fueron preservados. El Señor tuvo especial cuidado de ellos, porque de esta familia pendía todo el plan de salvación del hombre. Toda la descendencia de Noé era importante para Dios, pero en especial el linaje de Sem. Porque de este linaje nacería Abraham, el hombre escogido de Dios para ser padre de la nación de Israel. Nación de la cual vendría el Redentor, aquel que pisará la cabeza de la serpiente, tal y como le fue prometido a Eva en Génesis 3:15.

Dios también restituye el dominio sobre la fauna al hombre, no lo perdió después del diluvio, sin embargo, en esta nueva etapa de la humanidad todo será muy distinto. Habrá una rivalidad, y un recelo latente entre el ser humano y el resto de las criaturas que antes no había. Los animales, como conscientes de nuestra potencial maldad huirán de nosotros.

Antes teníamos una relación cordial y harmoniosa con el reino animal. Se sujetaban a nuestra voluntad con agrado, pero ahora que es notoria nuestra oposición a Dios, Creador de todas las cosas, rápidamente nos veremos impelidos a explotar y subyugar los animales con brazo de hierro sólo para satisfacer una codicia sin fin.

El texto da a entender que antes del diluvio los hombres eran vegetarianos. Sin embargo, ahora se nos da autoridad para matar animales para nuestro sustento. Más adelante Dios establecerá en la ley límites al consumo de carne, prohibiendo la ingesta de sangre porque en ella está la vida. La idea es que la vida merece siempre respeto, y aunque podemos ser carnívoros, toda vida pertenece, y siempre pertenecerá, a Dios.  

Pero, esta nueva licencia apunta también a un trato exquisito por parte de Dios. Hoy estamos habituados a comer carne asiduamente. Pero antaño, la carne era un lujo que no todo el mundo se podía permitir. En la misma Escritura, comer carne se asocia siempre con actos de culto y celebración. El Señor invita, pues, a Noé y su familia a celebrar esta nueva humanidad.

Dios da un valor especial a la vida del ser humano (Ge 1, 26-27; Sal 8, 4-6). La vida humana es sagrada porque solo el hombre y la mujer fueron creados a imagen de Dios, por este motivo Dios protege especialmente los seres humanos. Lo veremos también más adelante cuando Dios manda a su pueblo a proteger y defender la vida del inocente (Ezequiel 16, 20-21,36,38), del pobre, del extranjero y de la viuda. Bajo la Ley Mosaica, el asesinato de otra persona merecía pena de muerte debido al valor intrínseco de la vida del fallecido (Ge 9:6; Ex 20:13).

Este es un pasaje donde, una vez más, vemos el derroche de amor y cuidado que el único Dios verdadero, justo y misericordioso, creador de los Cielos y la Tierra derrama sobre todos nosotros. Porque si bien en Adán estábamos todos, ahora en Noé, también.

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Mateo 3:9

9. Respecto a Dios, no es bueno dar nada por sentado. Dios siempre es fiel, pero nosotros no. Somos presa fácil de: El orgullo, que nunca nos acerca a Dios, siempre nos aleja de él. O la autosugestión, y la arrogancia que, en el fondo, son una extendida forma de engaño socialmente aceptado.  Tengamos siempre presente que, cualquier don espiritual que Dios nos haya concedido nos ha sido dado por su gracia y no por mérito alguno. Por lo tanto, en el Reino de Dios no hay oposiciones. Todo es por el poder y la gracia soberana de Dios. Nosotros no somos quienes decidimos quien entra en el Reino de los Cielos.

La salvación de Dios no la da un certificado de nacimiento, ni se puede heredar. Ni siquiera los judíos, siendo linaje escogido de Dios, pueden reclamarla. Jesús les dijo en cierta ocasión: “si sois hijos de Abraham, haced también sus obras”. La única forma de obtener esta salvación es a través de la fe en Cristo Jesús (Ro 2:28–29,; Gal 3:7, 9,29). El verdadero linaje del pueblo de Dios se da en el corazón, y no en la carne. Para ser del linaje de “Abraham” no valen los árboles genealógicos, sino el compartir la misma fe que tuvo el patriarca. Siendo de Cristo seremos descendientes de Abraham, pero nunca al revés.

Aunque ser judío conlleva los privilegios propios del pacto, tales como la promulgación de la ley, el culto y las promesas (Rom. 9:4, 5), los verdaderos hijos de Dios son aquellos que lo son en virtud de la obra redentora de Dios. Solo Él puede limpiar con agua de vida nuestros corazones de piedra, y cambiarlos por otros de carne (Ez. 36:25, 26). Ni el linaje judío, ni el apellido cristiano pueden librarnos del juicio de Dios. Como buen juez, a Dios sólo le vale la obra que evidencia la existencia de arrepentimiento y fe.

Muchos judíos creían que Israel en su conjunto sería salvo tan solo porque fueron elegidos en Abraham. Sin embargo, los profetas, en repetidas ocasiones, pusieron entredicho esa confianza (Am 3:2; 9:7). Ignoraban que, precisamente por esa elección, recibirían mayor disciplina, y que la verdadera circuncisión no es la de la carne sino la del corazón.

“Piedras”, o “hijos”, son términos usados con frecuencia en el Antiguo Testamento para referirse a las 12 tribus de Israel (Ex 28:21; Jos 4:8; 1Ki 18:31). En hebreo y arameo ambos términos suenan de forma parecida, algo que en algunas ocasiones fue utilizado por los profetas para hacer juegos de palabras.

Era innegable que carnalmente eran descendientes de Abraham, y por ello podían sentirse dichosos por todas las promesas que Dios hizo al patriarca y su descendencia. Sin embargo, la dicha derivó en orgullo, y con ello arruinaron ese privilegio. Porque para Dios, no es hijo de Abraham aquel que puede justificar su ascendencia, sino aquel que le rinde honor viviendo como él anduvo.

El orgullo tiene su efecto inmediato en la ceguera. Nos impide ver más allá de nosotros mismos. Y esto dificulta enormemente el arrepentimiento necesario para volver a Dios, quien, aunque cercano, nos pasa totalmente desapercibido.

Así que, si de veras eran hijos de Abraham, debían manifestarlo haciendo sus obras:

  • Obediencia: Dejó casa y amigos obedeciendo el llamado divino (Gen. 12:4).
  • Generosidad: Dejó escoger la tierra primero a Lot (Gen. 13:9).
  • Valentía: Persiguió con sus hombres y derrotó al rey que secuestró a Lot (Gen. 14:14).
  • Benevolencia: Dio el diezmo a Melquisedec el sacerdote, en respuesta a su bendición (Gen. 14:20).
  • Incorruptibilidad: Se negó a recibir bienes del rey de Sodoma por los servicios prestados (Gen. 14:23).
  • Poderoso en oración. Gen. 18:23-33.
  • Magnífico en fe. Estuvo dispuesto a ofrecer en sacrificio a su único hijo Isaac (Hebreos 11:17).
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Génesis 8:20-22

Noé ofrece sacrificios. Dios promete que no volverá a destruir toda criatura.

(20-22) Después de lo ocurrido, Noé se ve impelido a hacer lo correcto: Adorar a Dios, y ofrendar sacrificios de gratitud y alabanza. Qué menos, después de haber sido partícipe de las promesas de Dios, y de haber recibido una salvación tan grande. La nueva humanidad no podía empezar de mejor manera. Porque no hay nada más importante en la vida que agradar a Dios mediante sacrificios de acción de gracias.  Uno no puede edificar este altar sin antes haber experimentado al Señor en su diario caminar. Porque la adoración siempre es algo personal que nace de lo más profundo del corazón. Si de veras queremos crecer en nuestra relación con el Señor, debemos poner siempre la adoración a su persona en primer lugar.

El Sacrificio de Noé sube como aroma agradable a Dios. Un “dulce sabor” o, más literalmente, “un olor gratificante” (un término que aparece en Lev. 1:9, 13, 17; 2:2, 9; 3:5, 16, donde se habla de ofrendas voluntarias de consagración). En definitiva, es una forma figurada de decir que Dios se agradó de la actitud de Noé. Por lo tanto, hay adoración que a Dios le deleita, y otra que le resulta indiferente, o incluso repulsiva. El libro de Efesios (5:2) nos dice que la adoración agradable a Dios siempre está ligada a “andar en amor”, siguiendo el ejemplo del Señor Jesucristo y su sacrificio por nosotros. En Filipenses (4:18) volvemos a encontrar este fragante aroma en el sostenimiento que recibía Pablo de Epafrodito.

Pero, si el sacrificio de alabanza de Noé resultó sumamente aromático al Señor fue, sin duda, porque era figura del sacrificio que había de cumplirse en Jesucristo muchos años después. Sin duda Dios percibió en aquel momento el gozo de la salvación del hombre, y el camino de redención y esperanza que seguía abriéndose camino.

De hecho, el agradable aroma movió a Dios a establecer el primer pacto de una sucesión de ellos que iremos viendo a lo largo de la Escritura. Porque Dios pacta con aquellas personas que ama. Notemos que, mientras que otros pactos en la Biblia se aplican en concreto a los israelitas, éste abarca toda criatura viviente.

Aunque seguimos llevando la imagen y semejanza de Dios, y seguimos siendo de incalculable valor para Él, el texto deja claro que aún no se ha erradicado la maldad del corazón humano, el diagnóstico del Señor es claro: Los pensamientos del corazón del hombre siguen siendo malvados desde temprana edad. Tal y como dice el salmista: “en pecado me concibió mi madre”.

Por otro lado, Dios no está revertiendo la maldición que pesa sobre la Tierra, aquella que recibió Adán. Sólo está declarando que no volverá a hacer pasar la creación entera por otro “mal trago” semejante al Diluvio. Pero, esto no significa que Dios no vaya a seguir juzgando al ser humano conforme a sus obras. Sin embargo, Dios mismo deja entrever que llegará un día en que la humanidad volverá a vivir sin pecado en un futuro Reino.

En esta nueva etapa, Dios establece también un nuevo patrón que regirá el clima de la Tierra: El invierno y el verano. Habrá un tiempo para la siembra, y otro para la cosecha. Ahora, las temperaturas serán más dispares. Habrá climas duros de sobrellevar. Pero, las palabras del Señor también nos recuerdan que, pase lo que pase, todo está bajo su control, nada ocurre por casualidad, y siempre podemos fiarnos de su Palabra. Ahora, el calendario de Dios, y su plan de salvación eterna seguirán cumpliéndose a través de los días y sus respectivas noches. La promesa de no volver a juzgar la humanidad con otro diluvio va acompañada de la esperanza de su provisión. Enseguida la humanidad verá de cerca la implicación de Dios para resolver el problema del pecado. Pronto le veremos actuando según su hoja de ruta en la Torre de Babel, o en el llamamiento de Abraham. La redención del hombre está en camino.

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Mateo 3:7-8

7-8. Siempre ha habido impostores entre el pueblo de Dios. Gente ambiciosa que ha instrumentalizado la fe con engaño para manipular y ejercer dominio sobre sus prosélitos. Estos son personajes depredadores por naturaleza, cuya motivación es su estómago, y cuyo hábitat es una petulante religiosidad.

Fariseos y saduceos pertenecían a la caterva religiosa de la época. Los fariseos eran un grupo separatista muy focalizado en la ley y su interpretación. Se veían a sí mismos como guardianes tanto de la ley de Moisés como de la «tradición no escrita de los ancianos» (Codificada en la Mishná y el Talmud). Los saduceos, sin embargo, profesaban una fe más orientada a la política. Manifiestas eran sus discrepancias teológicas con los fariseos al negar la resurrección, y la existencia de los ángeles incluso de los espíritus (Hechos 23:8).

Así que, allí estaban ambas facciones husmeando, atraídos sin duda por el gran éxito de aquel Juan que cautivaba multitudes haciéndolas bajar a las aguas del bautismo del arrepentimiento.

Uno de los mayores peligros de la fe es pensar que esta es un fin en sí mismo. Hay personas que consideran el ser religioso un estatus de superioridad moral porque, en definitiva, tienen una concepción totalitaria de la fe. El mensaje viene a ser: “Es más importante ser religioso que la regeneración de la vida por fe con todo lo que conlleva”.

Lamentablemente, estas personas no tienen interés alguno en transformar su propio corazón, prefieren vestirlo de religiosidad, y dan por sentado que de eso se trata. Aquellos Fariseos y Saduceos, representantes del Sanedrín, no pensaban, ni por asomo, que su primera necesidad era el arrepentimiento. Sin embargo, el mensaje de Juan era de una claridad diáfana: Ante la inminente llegada del Mesías sólo hay dos opciones: Arrepentimiento o juicio.

Juan el Bautista, cargado de ironía, no se muerde la lengua cuando los ve tratando de colarse por la puerta de atrás. Los tilda de generación de víboras. Porque es obvio que forman parte de un colectivo de manifiesta complicidad cuya simbiosis los aglutinaba, sostenía y motivaba.

El profeta también pone en evidencia que, en realidad, todo ese camuflaje de piedad no es más que otra forma de huir la ira de Dios. Porque tarde o temprano tendrán que lidiar con ella.

Juan el Bautista se aferra a la tradición profética como hicieron sus antecesores, una tradición en la cual el Día del Señor depara más oscuridad que luz a todos aquellos que dan por sentado que no pecan (Amos 2:4-8; 6:1-7). Por otro lado, el término “Generación de víboras” también es heredado, en este caso del profeta Isaías (Isaías 14:29; 30:6).

Pero, notemos que Juan en ningún momento cierra la puerta de la salvación a aquella “generación de víboras”. Su intención es, más bien, hacerles ver que necesitan del arrepentimiento igual que los demás, y con este, sus frutos, porque si no hay evidencia de arrepentimiento, este, simplemente, no existe. Nuestro estilo de vida debe ir acorde con nuestra profesión verbal. Craso error pensar que Dios concede “bulas” como hacían los Papas antaño. El colectivo evangélico hoy parece concederse ciertas “bulas” o “licencias” escudándose en una supuesta gracia divina. En muchos círculos damos licencias a la avaricia, la mentira, el odio e incluso la promiscuidad, escudándonos en una supuesta “gracia” que lo perdona todo. Pero, no nos engañemos, hoy el mensaje del Reino de los Cielos, y el de Juan el Bautista siguen siendo el mismo: ¿Arrepentidos? ¡Dad frutos de arrepentimiento!

El arrepentimiento denota un cambio radical tras sustituir el pecado por una nueva forma de vida acorde a la voluntad de Dios. Pedro reprende a Simón el hechicero en Hechos 8:22, con un «Arrepiéntete de tu maldad.» El verdadero arrepentimiento es confirmado por las obras y una vida fecunda (Mt 3, 8; Hechos 26, 20). Pablo expresa una profunda inquietud por aquellos que aun siendo parte de la iglesia corintia aún no se han arrepentido de sus antiguos pecados (2 Co 12:21). En el libro de Apocalipsis, son los que rehúsan arrepentirse y dar gloria a Dios los que sufren la plaga de fuego (Apocalipsis 16:9).

El arrepentimiento es la respuesta apropiada a la demanda de la inminente llegada del Reino de Dios. Juan el Bautista insta a la gente a «arrepentirse porque el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 3, 2). Después de anunciar la llegada del Reino, Jesús clama: «Arrepentíos y creed en el evangelio» (Mc 1, 15). La predicación apostólica que hallamos en el libro de Hechos insta a la gente al arrepentimiento como respuesta a la muerte y resurrección de Jesús, y lo asocia a su vez con el sacramento del bautismo (Hechos 2:38).

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