
1 Juan 4:3

Génesis 17:13
13. Así pues, esta señal en la carne será símbolo de la obra redentora de Dios con todo aquel que es de la fe de Abraham, y señal identificativa del pueblo de Dios, pero en ningún caso será señal de su raza. Porque el linaje de Abraham será el portador del mensaje de Dios al mundo. Y la señal en la carne será perenne. Recordatorio vitalicio del pacto unilateral de Dios con su Pueblo en Abraham. Pero el mensaje de redención y reconciliación del pacto será transmitido a todas las naciones.
La circuncisión en la carne simboliza la circuncisión en el corazón. De hecho, esta señal no es visible a los demás, sólo a uno mismo. Porque la marca que el Espíritu Santo hace en el corazón del creyente hace brotar un gozo inefable. Un gozo que quizá sólo uno entiende, pero que todo el mundo percibe. El creyente vive confiado en cuerpo y alma sin tener que mostrar señal externa que lo justifique. El gozo del Espíritu Santo es autosuficiente.
El Espíritu Santo da paz al corazón cuando lo gobierna, sin embargo, cuando los deseos de la carne nos dirigen, rápidamente brotan enemistades y conflictos entre nosotros, y entre nosotros y nuestro creador. La envidia es clara sintomatología de la influencia carnal en el ser humano.
La verdadera espiritualidad, contraria siempre a los deseos de la carne, se caracteriza por el verdadero amor fraternal, porque las promesas que el Señor nos ha concedido nos son comunes y eternas. Nos motivan a vivir apartándonos constantemente del pecado y todo aquello que pueda manchar nuestras vidas. Nos infunde un santo temor de Dios que nos motiva, y nos capacita para andar en santidad.
El gozo que da Dios en nuestro corazón es un gozo que nos mueve a expresar adoración y alabanza mediante nuestras voces. Una clara expresión en las Escrituras es el canto y la poesía que tanto encontramos en los Salmos y otros libros de la Biblia. El Gozo que produce el Espíritu Santo transforma nuestra cosmovisión de la vida. Nos hace vivir confiados en medio de distintas circunstancias. Nos muestra el cuidado del firme y constante amor de Dios.
Hay pactos como el de la circuncisión, o el del Arco iris, que son temporales para nosotros que somos criaturas mortales, pero para Dios siguen siendo eternos en valor y significado. Dios aún mira hoy el Arco iris y se acuerda del pacto que hizo con Noé de no volver a inundar la Tierra. En este pacto, que ha perdurado a través de las edades, dilucidamos el tremendo dolor que tuvo que pasar el Señor con el Diluvio para tener que constatar entre cielo y tierra que aquello no volvería a repetirse. Lo puso como una señal de esperanza para la humanidad, y un avance de la futura redención del hombre y la creación entera a través de la cruz.
Lo mismo ocurre con la circuncisión. Esta es una figura temporal del pacto eterno que Dios hace con Abraham y con toda su descendencia. En este símbolo queda establecido el pacto por el cual Jehová será su Dios, y ellos serán su pueblo, con lo que deberán honrarle, adorarle y obedecerle. Entonces Dios los bendecirá, los guiará en el camino de la vida, y hará que sean luz a las naciones.
Porque con la venida de Cristo, la circuncisión externa cesó para que quedara establecida la verdadera, la del corazón. Pablo lo deja bien claro en sus palabras; el apóstol no sólo nos enseña que por la muerte de Cristo estamos circuncidados espiritualmente, y no a través de la señal en la carne, también afirma que el bautismo sustituye la antigua circuncisión; (Colosenses 2:11-12;) porque, verdaderamente, el bautismo no podía triunfar sobre la circuncisión, sin antes quitarla. @carlesmile.
George Eliot

Génesis 17:12
17:12. A los 8 días será circuncidado todo varón. A través de todas las generaciones que vendrán después de Abraham, la circuncisión será una señal identitaria no solo de los miembros de su familia sino también de todos aquellos extranjeros que convivan con ellos, esclavos principalmente. Dando a entender así que la promesa de Abraham también alcanza a pueblos de otras razas y otras naciones, así como a los más desfavorecidos de la sociedad.
Efectivamente, esta señal en la carne perduró a lo largo de todas las generaciones que vinieron después del patriarca hasta Juan el Bautista y Jesús mismo. De hecho, podemos afirmar que la señal termina al octavo día del nacimiento del Salvador. Los 8 días que debían pasar desde el nacimiento de todo nacido entre el Pueblo de Dios eran considerados, según encontramos en las Escrituras, una señal de mayor arraigo, si cabe, dentro del pacto de la circuncisión.
Era tal la devoción que los fariseos contemporáneos de Jesús tenían por la circuncisión que no les importaba aplicarla incluso en sábado, aún si el octavo día caía en ese día de la semana. A pesar de lo intransigentes que eran con el cumplimiento del Sabbath. En su ciego legalismo, permitían el corte del prepucio, pero no toleraban la misericordia de Jesús si esta se llevaba a cabo el señalado día de descanso. En cambio, Jesús nos enseña que el amor y la misericordia van siempre por delante de cualquier forma de legalismo.
Ello nos lleva a las palabras de Pablo, quien afirma en su carta a los Romanos, que la verdadera circuncisión siempre es la del corazón, la que se hace en el espíritu, no en la letra, y aquella que recibe alabanza de Dios en detrimento de la alabanza de los hombres.
La circuncisión, desde su misma instauración no es, en ningún caso, una señal étnica o elitista. Paradójicamente, el primer circuncidado fue Ismael, hijo de Hagar, la esclava egipcia. Y los siguientes fueron todos los miembros de la casa, incluidos los siervos. Las instrucciones son claras en las Escrituras. Todo extranjero que conviva con el Pueblo de Dios y participe de sus fiestas y ritos debe circuncidarse primero. Y por esta señal en la carne, el extranjero será considerado como cualquier otro circunciso de nacimiento. Uno es el extranjero y otro el nacido en casa, pero ambos debían sujetarse a una misma ley. Por otro lado, tanto esclavos extranjeros, como libres nativos, debían también adorar al único Dios verdadero y abandonar los ídolos. Por desgracia, esto no siempre ocurría, y muchas veces eran los nativos quienes acababan adorando los ídolos extranjeros.
Cuando cualquier extranjero, de aquellos que vivían entre el Pueblo de Dios, abandonaba los ídolos y se circuncidaba, tenía pleno derecho a participar de toda la vida religiosa de la nación, incluidas todas fiestas conmemorativas. La salvación que Dios proveía para su Pueblo era también una puerta abierta a todas las naciones.
Otro aspecto que considerar acerca de la circuncisión es el efecto que tenía entre los padres del recién nacido. Con 8 días de edad, no sería fácil ceder un querido hijo a tan tierna edad para efectuarle semejante herida en el cuerpo, teniendo en cuenta que en aquellos tiempos era mucho más fácil poner en peligro la vida del pequeño.
Hay muchas teorías acerca del motivo por el cual Dios designa ocho días para la circuncisión. Una de ellas, quizá la más plausible, era dejar que el pequeño fuese lo suficientemente maduro como para afrontar la intervención con ciertas garantías. Sin embargo, siempre será mejor centrarnos el simbolismo que conlleva la pequeña sección en la carne: “La destrucción del viejo hombre; y a su vez la restauración que Dios hace del hombre volviéndolo a la vida”.
Sin duda, llama la atención el amor y la gracia que Dios tiene con Abraham y su familia. En la sociedad contemporánea del patriarca difícilmente se contaría un esclavo entre los miembros de la familia. Sin embargo, debido al favor concedido a su siervo Abraham, los esclavos llegan a ser adoptados como hijos en la fe de patriarca. Por lo tanto, el orgullo de la carne queda totalmente descartado; porque Dios, sin hacer distinción de personas, aglutina hombres libres y esclavos. Así que, en la persona de Abraham, Dios ha prescrito por ley que todos aquellos que están sujetos al patriarca den el paso y sean incorporados a la misma sociedad de fe de su Señor.
De ello deducimos que toda familia piadosa debería ser una iglesia en sí misma. Por lo tanto, si queremos probar nuestra fe, debemos trabajar para que nuestra casa se mantenga sujeta en obediencia a Dios.
Mateo 7:6

Salmo 8:6-8

todo lo has puesto bajo sus pies:
ovejas y bueyes, todos ellos,
y también las bestias del campo,
las aves de los cielos y los peces del mar,
cuanto atraviesa las sendas de los mares.
Génesis 17:11
11. La señal identitaria que Dios manda a su pueblo es una señal, sin duda, peculiar. Dejando de lado los reconocidos beneficios fisiológicos de la pequeña intervención quirúrgica tales como una mejora en la vida sexual tanto para el hombre como para la mujer, o la eficaz profilaxis que conlleva contra diversas enfermedades venéreas. La circuncisión era una señal realizada en el mismo cuerpo que recordaba al pueblo de Dios, entre otras cosas:
- Que el hombre posee una naturaleza carnal y pecaminosa que hay que desechar.
- Su necesidad de redención a través de la sangre, así como su incapacidad para producir la semilla redentora prometida por Dios para llevar acabo su expiación.
- Debían guardar fidelidad a Dios, que los había redimido, así como a la familia y al Pueblo al que pertenecían.
Pero también debían entender algo muy importante: La circuncisión verdadera siempre debe darse primeramente en el corazón, y siempre es obra del Espíritu Santo, por lo tanto, sólo Dios podía llevarla a cabo. Circuncidados pues de corazón, debían sujetarse a Dios y obedecer su Palabra con naturalidad en cada aspecto de la vida. El apóstol Pablo nos recordará más adelante que no es la circuncisión ni la incircuncisión lo que importa sino la fe que obra a través del amor.
La verdadera circuncisión nos lleva a alabar y adorar a Dios en el Espíritu Santo, y a su vez, nos glorifica en Cristo Jesús sin que la carne participe de manera alguna. Por lo tanto, “la circuncisión” hecha con manos humanas busca el reconocimiento y la alabanza del hombre, y la circuncisión que es fruto del Espíritu recibe el reconocimiento y la alabanza de Dios. La que es “humana” se queda con el símbolo y la señal externa, la “divina” busca guardar toda la Escritura empezando por el amor al prójimo y los mandamientos. La verdadera circuncisión implica un abandono de la idolatría con todas sus pasiones y rencillas.
Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados. Así debía de entenderlo el que se circuncidaba. Así como por la sangre derramada sobre los dinteles de las puertas de las casas de Egipto el ángel de la muerte pasaría de largo. Con la circuncisión también vendría la promesa de una redención que perdurará a través de las generaciones que seguirán a Abraham, Isaac, y Jacob.
Siglos más tarde, el apóstol Pablo hará mucho hincapié en el hecho que la promesa de la redención de Dios fue dada antes de establecerse esta señal en la carne, dando a entender que la justicia que es por la fe es para todos, circuncisos e incircuncisos. Porque sólo el Señor sabe los que son suyos. Y nuestro llamado, claramente, es a abstenernos de toda la maldad que emana de toda idolatría.
En este pacto de Dios con Abraham, Dios le promete: Justicia, salvación, y gozo. Por este pacto, Abraham y su descendencia se distinguirán de todas las naciones por la bendición y la santidad que han recibido del Él. Pero ¿quién razonablemente adoptaría la circuncisión y el misterio que la envuelve como señal de la promesa? Sin embargo, era necesario que Abraham se hiciera insensato y cometiera semejante locura como prueba de su obediencia a Dios. Así que, sabiamente obraremos sí, con sobriedad y reverencia, recibimos y obedecemos toda insensatez que nos encomiende Dios.
Con todo, no debemos dejar de inquirir en cualquier analogía que surja entre la señal visible y lo que verdaderamente significa. Porque las señales que Dios ha concebido para ayudarnos en nuestra fragilidad deben ajustarse también a la medida de nuestras capacidades, o no tendrán efecto alguno.
Por lo tanto, mediante la simbología de la circuncisión entendamos que todo lo que nace del hombre está contaminado; y que la salvación sólo puede venir de la bendita semilla de Abraham. Toda característica humana transmitida generación tras generación ya ha sido descartada por Dios; para que nuestra esperanza sólo pueda estar en Él.
Deducimos pues que la circuncisión era una señal de arrepentimiento, y al mismo tiempo, la marca y el testimonio de la bendición prometida en la semilla de Abraham. Así que, si a alguien le parece absurdo que la señal de un favor tan excelente y singular se dé en esa parte del cuerpo, que se avergüence también de su propia salvación, la que fluyó de los lomos de Abraham; porque ha complacido a Dios confundir así la sabiduría del mundo, humillando el orgullo de la carne. No nos será entonces difícil comprender cómo la reconciliación entre Dios y los hombres, exhibida en Cristo en la cruz, fue testificada ya por este signo. Una señal ya observada por Pablo como una analogía del sello de la justicia de la fe. @carlesmile
Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. (Romanos 4:11.).
Santa Catalina de Siena

Jean Pierre Camus

Bishop Jean Pierre Camus
Génesis 17:10
10. Dios va ampliando distintos aspectos del pacto, y ahora introduce una señal identificativa del mismo en la carne: La circuncisión, esta forma parte de ese pacto unilateral que Dios hace con Abraham, y su descendencia. A partir de ahora, todo varón de su linaje deberá circuncidarse. Y les será señal y recordatorio del pacto que Dios ha establecido con ellos.
Con esta singular señal en el cuerpo, fácilmente se podía recordar, no sólo el pacto de gracia que les hacía aceptos delante de Dios, sino también el origen y las consecuencias del pecado con toda su fuerza, y con todo su dolor. El corte del prepucio les recordaría su vulnerabilidad ante el pecado y las fatales consecuencias que acarrea la desobedecía.
Pero, guardar el pacto y seguir los decretos del Señor también tendrán su recompensa: Gustarán la fidelidad de Dios, serán partícipes de su amor, y conocerán la verdad. Necesidades vitales en todo ser humano.
Desde la eternidad y hacia la eternidad el amor divino se introduce en la vida de todo aquel que creé en el Dios de Abraham. Generación tras generación Dios traerá justicia a todos los que le temen. Por este pacto podrán agradar al Dios que lo ha establecido viviendo en su misma presencia. Además, ahora serán pueblo escogido, nación santa, linaje escogido. Dios los podrá llamar hijos, y ellos podrán llamarlo Padre.
Pero, la circuncisión física debía ser ante todo reflejo de la circuncisión del corazón. Era necesario entonces despojarse también de todo orgullo, terquedad y arrogancia. Por desgracia, la descendencia de Abraham se olvidó en muchas ocasiones de que esa era la verdadera circuncisión.
La circuncisión del corazón no se puede hacer por voluntad humana, sólo divina. Es cuando Dios circuncida nuestro corazón cuando somos capaces de amarle con todo nuestro ser. El llamado a circuncidar nuestro corazón se repite en diversas ocasiones a lo largo de las Escrituras. El humillarnos delante de él, confesar nuestro pecado y aferrarnos a su gracia redentora y salvadora son la única posibilidad que tenemos de librarnos de la ira de Dios. Es por ello por lo que no son tan importantes las señales “certificables” que Dios ha establecido como aquellas realidades espirituales a las que representan. De hecho, este tipo de señales “visibles” pueden volverse contra nosotros sino son reflejo de lo que Dios ha hecho en nuestro corazón. El profeta Jeremías llegó a anunciar el mismo castigo de Dios sobre aquellos que solamente se habían circuncidado en la carne olvidando la circuncisión del corazón. Según leemos en la carta del apóstol Pablo a los Romanos, el judío de verdad es aquel que lo es de corazón, porque la auténtica circuncisión es en realidad obra del Espíritu Santo.
La Palabra de Dios no solo debe afectar mi apariencia, sino también toda mi manera de entender la vida, llegando a afectar mi comportamiento, mis actitudes o mis decisiones.
La sangre vertida por el corte del prepucio recordaba el sacrificio necesario para la redención del pecado. Porque Dios mismo se presentó como sacrificio expiatorio mediante su sangre derramada. Es la fe en ese sacrificio la que pone de manifiesto su justicia y la remisión de nuestros pecados.
Este símbolo tuvo su importancia y su función en su día. Pero hoy ya no forma parte del distintivo del pueblo de Dios. Un corazón obediente es la señal por la cual tanto Dios como los hombres sabrán que somos hijos de Dios. Porque Dios está formando un nuevo pueblo sin distinciones ni exclusiones. De este Pueblo forman parte tanto judíos como gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres por igual. Ahora lo que cuenta en el pueblo de Dios es la fe, una fe activa por medio del amor.
En el Nuevo Testamento, la “nueva” circuncisión se identifica con la presencia y la guía del Espíritu Santo, por el cual adoramos a Dios, y nos gloriamos en Cristo Jesús sin poner nuestra confianza en las cosas externas. Porque la verdadera circuncisión representa para el creyente su unión con Cristo y haber sido despojado de su naturaleza pecaminosa.
La circuncisión, como señal, se aplicaba a todos aquellos varones que compartían la promesa hecha a Abraham. Pero, la circuncisión, como tal, ya era practicada por diversos pueblos de Oriente Medio. Sin embargo, ahora adquiría un nuevo significado. Para Abraham y su descendencia sería un recordatorio del pacto eterno (v. 13, 7, 19). Por este símbolo, Dios dejó en ellos la imprenta de la impureza de la naturaleza, y a su vez, la dependencia que tenían de Él como productor de toda vida.
Al considerar el símbolo de la circuncisión reconocerían y recordarían:
- La impureza original debía desecharse.
- La naturaleza humana es incapaz de producir la semilla prometida.
- Debían guardar fidelidad a su familia y al Pueblo al que pertenecían. Cualquier israelita que rehusara el corte físico sería “cortado” (separado) de su pueblo (v.14) a causa de su desobediencia al mandato divino.
Otros pasajes de la Escritura se refieren a la circuncisión como un símbolo de separación, pureza, y lealtad al pacto. Moisés afirmó que Dios circundaría los corazones de Su pueblo para que pudieran rendirle devoción (Deu. 30:6). Y Pablo escribió que la circuncisión de corazón (ser apartados interiormente “por el Espíritu”) evidencia la salvación, así como la comunión con Dios. (Rom. 2:28-29; cf. Rom. 4:11). Uno debe volverse en confianza a Dios y sus promesas, dejando de lado su fuerza natural. La incredulidad es también descrita en las Escrituras como tener un corazón incircunciso (Jer. 9:26; Ezek. 44:7-9).