Salmo 8:6-8

Tú le haces señorear sobre las obras de tus manos;
todo lo has puesto bajo sus pies:
ovejas y bueyes, todos ellos,
y también las bestias del campo,
las aves de los cielos y los peces del mar,
cuanto atraviesa las sendas de los mares.
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Génesis 17:11

11. La señal identitaria que Dios manda a su pueblo es una señal, sin duda, peculiar. Dejando de lado los reconocidos beneficios fisiológicos de la pequeña intervención quirúrgica tales como una mejora en la vida sexual tanto para el hombre como para la mujer, o la eficaz profilaxis que conlleva contra diversas enfermedades venéreas. La circuncisión era una señal realizada en el mismo cuerpo que recordaba al pueblo de Dios, entre otras cosas:

  • Que el hombre posee una naturaleza carnal y pecaminosa que hay que desechar.
  • Su necesidad de redención a través de la sangre, así como su incapacidad para producir la semilla redentora prometida por Dios para llevar acabo su expiación.
  • Debían guardar fidelidad a Dios, que los había redimido, así como a la familia y al Pueblo al que pertenecían.

Pero también debían entender algo muy importante: La circuncisión verdadera siempre debe darse primeramente en el corazón, y siempre es obra del Espíritu Santo, por lo tanto, sólo Dios podía llevarla a cabo. Circuncidados pues de corazón, debían sujetarse a Dios y obedecer su Palabra con naturalidad en cada aspecto de la vida. El apóstol Pablo nos recordará más adelante que no es la circuncisión ni la incircuncisión lo que importa sino la fe que obra a través del amor.

La verdadera circuncisión nos lleva a alabar y adorar a Dios en el Espíritu Santo, y a su vez, nos glorifica en Cristo Jesús sin que la carne participe de manera alguna. Por lo tanto, “la circuncisión” hecha con manos humanas busca el reconocimiento y la alabanza del hombre, y la circuncisión que es fruto del Espíritu recibe el reconocimiento y la alabanza de Dios. La que es “humana” se queda con el símbolo y la señal externa, la “divina” busca guardar toda la Escritura empezando por el amor al prójimo y los mandamientos. La verdadera circuncisión implica un abandono de la idolatría con todas sus pasiones y rencillas.

Sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados. Así debía de entenderlo el que se circuncidaba. Así como por la sangre derramada sobre los dinteles de las puertas de las casas de Egipto el ángel de la muerte pasaría de largo. Con la circuncisión también vendría la promesa de una redención que perdurará a través de las generaciones que seguirán a Abraham, Isaac, y Jacob.

Siglos más tarde, el apóstol Pablo hará mucho hincapié en el hecho que la promesa de la redención de Dios fue dada antes de establecerse esta señal en la carne, dando a entender que la justicia que es por la fe es para todos, circuncisos e incircuncisos. Porque sólo el Señor sabe los que son suyos. Y nuestro llamado, claramente, es a abstenernos de toda la maldad que emana de toda idolatría.

En este pacto de Dios con Abraham, Dios le promete: Justicia, salvación, y gozo. Por este pacto, Abraham y su descendencia se distinguirán de todas las naciones por la bendición y la santidad que han recibido del Él. Pero ¿quién razonablemente adoptaría la circuncisión y el misterio que la envuelve como señal de la promesa? Sin embargo, era necesario que Abraham se hiciera insensato y cometiera semejante locura como prueba de su obediencia a Dios. Así que, sabiamente obraremos sí, con sobriedad y reverencia, recibimos y obedecemos toda insensatez que nos encomiende Dios.

Con todo, no debemos dejar de inquirir en cualquier analogía que surja entre la señal visible y lo que verdaderamente significa. Porque las señales que Dios ha concebido para ayudarnos en nuestra fragilidad deben ajustarse también a la medida de nuestras capacidades, o no tendrán efecto alguno.

Por lo tanto, mediante la simbología de la circuncisión entendamos que todo lo que nace del hombre está contaminado; y que la salvación sólo puede venir de la bendita semilla de Abraham. Toda característica humana transmitida generación tras generación ya ha sido descartada por Dios; para que nuestra esperanza sólo pueda estar en Él.

Deducimos pues que la circuncisión era una señal de arrepentimiento, y al mismo tiempo, la marca y el testimonio de la bendición prometida en la semilla de Abraham. Así que, si a alguien le parece absurdo que la señal de un favor tan excelente y singular se dé en esa parte del cuerpo, que se avergüence también de su propia salvación, la que fluyó de los lomos de Abraham; porque ha complacido a Dios confundir así la sabiduría del mundo, humillando el orgullo de la carne. No nos será entonces difícil comprender cómo la reconciliación entre Dios y los hombres, exhibida en Cristo en la cruz, fue testificada ya por este signo. Una señal ya observada por Pablo como una analogía del sello de la justicia de la fe. @carlesmile

Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. (Romanos 4:11.).

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Santa Catalina de Siena

No hay pecado o mal en esta vida que anticipe tanto el Infierno al hombre como la ira o la impaciencia. Santa Catalina de Siena
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Jean Pierre Camus

La ira se aplaca con una palabra amable del mismo modo que el fuego se apaga con agua.
Bishop Jean Pierre Camus
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Génesis 17:10

10. Dios va ampliando distintos aspectos del pacto, y ahora introduce una señal identificativa del mismo en la carne: La circuncisión, esta forma parte de ese pacto unilateral que Dios hace con Abraham, y su descendencia. A partir de ahora, todo varón de su linaje deberá circuncidarse. Y les será señal y recordatorio del pacto que Dios ha establecido con ellos.

Con esta singular señal en el cuerpo, fácilmente se podía recordar, no sólo el pacto de gracia que les hacía aceptos delante de Dios, sino también el origen y las consecuencias del pecado con toda su fuerza, y con todo su dolor. El corte del prepucio les recordaría su vulnerabilidad ante el pecado y las fatales consecuencias que acarrea la desobedecía.

Pero, guardar el pacto y seguir los decretos del Señor también tendrán su recompensa: Gustarán la fidelidad de Dios, serán partícipes de su amor, y conocerán la verdad. Necesidades vitales en todo ser humano.

Desde la eternidad y hacia la eternidad el amor divino se introduce en la vida de todo aquel que creé en el Dios de Abraham. Generación tras generación Dios traerá justicia a todos los que le temen. Por este pacto podrán agradar al Dios que lo ha establecido viviendo en su misma presencia. Además, ahora serán pueblo escogido, nación santa, linaje escogido. Dios los podrá llamar hijos, y ellos podrán llamarlo Padre.

Pero, la circuncisión física debía ser ante todo reflejo de la circuncisión del corazón. Era necesario entonces despojarse también de todo orgullo, terquedad y arrogancia. Por desgracia, la descendencia de Abraham se olvidó en muchas ocasiones de que esa era la verdadera circuncisión.

La circuncisión del corazón no se puede hacer por voluntad humana, sólo divina. Es cuando Dios circuncida nuestro corazón cuando somos capaces de amarle con todo nuestro ser. El llamado a circuncidar nuestro corazón se repite en diversas ocasiones a lo largo de las Escrituras. El humillarnos delante de él, confesar nuestro pecado y aferrarnos a su gracia redentora y salvadora son la única posibilidad que tenemos de librarnos de la ira de Dios. Es por ello por lo que no son tan importantes las señales “certificables” que Dios ha establecido como aquellas realidades espirituales a las que representan. De hecho, este tipo de señales “visibles” pueden volverse contra nosotros sino son reflejo de lo que Dios ha hecho en nuestro corazón. El profeta Jeremías llegó a anunciar el mismo castigo de Dios sobre aquellos que solamente se habían circuncidado en la carne olvidando la circuncisión del corazón. Según leemos en la carta del apóstol Pablo a los Romanos, el judío de verdad es aquel que lo es de corazón, porque la auténtica circuncisión es en realidad obra del Espíritu Santo.

La Palabra de Dios no solo debe afectar mi apariencia, sino también toda mi manera de entender la vida, llegando a afectar mi comportamiento, mis actitudes o mis decisiones. 

La sangre vertida por el corte del prepucio recordaba el sacrificio necesario para la redención del pecado.  Porque Dios mismo se presentó como sacrificio expiatorio mediante su sangre derramada. Es la fe en ese sacrificio la que pone de manifiesto su justicia y la remisión de nuestros pecados.

Este símbolo tuvo su importancia y su función en su día. Pero hoy ya no forma parte del distintivo del pueblo de Dios. Un corazón obediente es la señal por la cual tanto Dios como los hombres sabrán que somos hijos de Dios. Porque Dios está formando un nuevo pueblo sin distinciones ni exclusiones. De este Pueblo forman parte tanto judíos como gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres por igual. Ahora lo que cuenta en el pueblo de Dios es la fe, una fe activa por medio del amor.

En el Nuevo Testamento, la “nueva” circuncisión se identifica con la presencia y la guía del Espíritu Santo, por el cual adoramos a Dios, y nos gloriamos en Cristo Jesús sin poner nuestra confianza en las cosas externas. Porque la verdadera circuncisión representa para el creyente su unión con Cristo y haber sido despojado de su naturaleza pecaminosa.

La circuncisión, como señal, se aplicaba a todos aquellos varones que compartían la promesa hecha a Abraham. Pero, la circuncisión, como tal, ya era practicada por diversos pueblos de Oriente Medio. Sin embargo, ahora adquiría un nuevo significado. Para Abraham y su descendencia sería un recordatorio del pacto eterno (v. 13, 7, 19). Por este símbolo, Dios dejó en ellos la imprenta de la impureza de la naturaleza, y a su vez, la dependencia que tenían de Él como productor de toda vida.

Al considerar el símbolo de la circuncisión reconocerían y recordarían:

  1. La impureza original debía desecharse.
  2. La naturaleza humana es incapaz de producir la semilla prometida.
  3. Debían guardar fidelidad a su familia y al Pueblo al que pertenecían. Cualquier israelita que rehusara el corte físico sería “cortado” (separado) de su pueblo (v.14) a causa de su desobediencia al mandato divino.

Otros pasajes de la Escritura se refieren a la circuncisión como un símbolo de separación, pureza, y lealtad al pacto. Moisés afirmó que Dios circundaría los corazones de Su pueblo para que pudieran rendirle devoción (Deu. 30:6). Y Pablo escribió que la circuncisión de corazón (ser apartados interiormente “por el Espíritu”) evidencia la salvación, así como la comunión con Dios. (Rom. 2:28-29; cf. Rom. 4:11). Uno debe volverse en confianza a Dios y sus promesas, dejando de lado su fuerza natural. La incredulidad es también descrita en las Escrituras como tener un corazón incircunciso (Jer. 9:26; Ezek. 44:7-9).

@carlesmile

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Génesis 17:7

7. Una vez más encontramos que el pacto con Abraham es establecido por Dios, y no por ningún hombre. Es un pacto personal, entre Abraham y su descendencia, por un lado, y Dios mismo por el otro. Pero, ahora el texto añade un matiz importante. Que este es un pacto eterno. No tiene fin. Es más, se refiere a Abraham y todas las generaciones que han de sucederle como una sola persona. Por lo tanto, la resurrección de Abraham y su descendencia queda explícita y se hace más notoria que nunca.

Este es el pacto que Dios recordará durante mil generaciones. Pacto perpetuo con Israel, y con él, la promesa de la tierra de Canaán. La verdad y la misericordia les seguirán todos los días de sus vidas hasta que den como fruto el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Por este pacto, el Señor ha salvado a su pueblo, para que le sirva sin temor, en santidad y justicia para siempre. Este pueblo estará formado por multitud de generaciones que vivirán como nómadas en el desierto, y que pasarán periodos de opresión y sufrimiento, pero que serán partícipes de esta promesa como hijos de ella.

El pacto de Dios con la descendencia de Abraham es unilateral y eterno. La tierra de Canaán será como unas arras para esta relación entre Dios y su pueblo. La fidelidad y el amor de Dios alimentarán esta relación, aunque ello no evitará que, en ocasiones, la infidelidad del pueblo caiga sobre sus cabezas en forma de calamidades y guerras. Aun así, la misericordia de Dios siempre estará dispuesta a escuchar el clamor y el arrepentimiento de su pueblo escogido.

El resultado de la fidelidad del pueblo es siempre el mismo: Dios concede a su pueblo la capacidad de obrar en santidad, y justicia viviendo en su misma presencia. No son hijos porque pertenezcan a una raza en concreto, sino porque son hijos de la promesa de Dios. La promesa de Dios vino mucho antes que su ley, 430 años, por lo tanto, la ley no puede anularla. La aceptación de los ritos que Dios les mandará responde a la memoria de su perdón y su misericordia. El cumplimiento de la ley no conlleva la obtención de privilegios, sino una sincera demostración de gratitud a Dios por su redención.

Tres atributos de Dios recorren toda la Escritura: El Señor es bueno, algo que ningún hombre puede afirmar acerca de sí mismo; Su amor es eterno, cruza la historia de eternidad a eternidad; y su fidelidad no tiene fin, sus promesas siempre se han cumplido, se cumplen y se cumplirán.

De la descendencia de Abraham surgirá el pueblo que será portador de la Palabra de Dios. Proclamarla y vivirla será señal para las naciones. De esta descendencia surgirá un día la Jerusalén celestial. Una misma ciudad que, cuando aparezca, será cantos de alegría y felicidad eterna para aquellos que han sido redimidos, y terror y destrucción eternas para los impíos, aquellos que la han querido dirimir.

En este versículo encontramos la promesa de gozo, paz, y esperanza que espera toda la humanidad. Porque, aunque esta bendición de Dios es para Israel, pero es en Israel que serán benditas todas las naciones.

La tribulación tiene en la Escritura un efecto purificador. Es temporal, y con ella el impío es quitado. Contrasta con la eternidad del amor, la bondad, y la misericordia de Dios, incluidas en su pacto. Pero para el creyente, escuchar a Dios y su Palabra es vivificador. Siempre es preferible a tener que pasar por el lagar de la ira de Dios.

Este pacto de Dios con Abraham nos lleva a Jesucristo y por Él, todas las cosas son y serán transformadas. El convierte nuestra maldición en bendición, por él la misma creación será liberada y transformada. Todo es temporal, pero el nombre de Dios es eterno. Por esta promesa hecha a Abraham la gloria de Dios llegará un día a cubrir la Tierra. El Señor mismo será su gloria y su belleza. Su luz eterna eclipsará el sol y la luna. En la cruz, Jesucristo transforma la vergüenza de nuestra existencia en gozo eterno.

El mismo pueblo de la promesa, del cual ahora formamos parte, es templo del Dios viviente, Él habita dentro nuestro, y camina a nuestro lado, Por esto nos pertenecemos mutuamente. Por eso podemos escuchar su Palabra y seguir sus pisadas. Ahora le pertenecemos a Él, a su Reino y a su Jerusalén celestial. Esa es nuestra verdadera identidad nacional.

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Santiago 1:20

Santiago 1:20
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Efésios 4:26

airáos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo. Efésios 4:26
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Proverbios 14:21

El que tarda en airarse es grande de entendimiento; Mas el que es impaciente de espíritu enaltece la necedad. Proverbios 14:29
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Martín Lutero

Un ángel es un ser espiritual sin cuerpo creado por Dios para servir a la Cristiandad y a la Iglesia. Martín Lutero
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