Salmos 26:02

2. ¿Quién se atreve a hacer tal proposición a Dios? Ser juzgado por el único Dios tras veces santo ¿Quién se atreve a ser examinado por el gran médico? Teniendo en cuenta que habrá que hacerse pruebas ¿Quién se ofrece para ser psicoanalizado por el gran psiquiatra? Aquí encontramos un salmista que clama a Dios por ello.

En la vida hemos de pasar por diversas pruebas y circunstancias en las que el concepto que tenemos de nosotros mismos, de Dios, y de la vida es puesto en entredicho. Cuando esto es así, simplemente no entendemos lo que nos pasa. En tales circunstancias, lo primero que solemos preguntar a Dios, igual que hizo Job, es: ¿Dónde está mi rebelión? ¿Dónde está mi pecado? Ese es un buen lugar donde empezar porque, aunque no todas las vicisitudes de la vida son causa del pecado, sin duda hay pecado en nosotros que nos es oculto.

Lo que más desconcierta a Job es que, hasta el momento en que le llegaron las tribulaciones, pensaba que estaba viviendo de forma totalmente transparente con Dios. El piensa que ha estado viviendo delante de su presencia en todo momento. Sus pensamientos y sus intenciones no han sido ocultas delante de Él. Y ha puesto la Palabra y la voluntad de Dios por delante de cualquier decisión.

Porque de nada sirve ocultar a Dios lo que cuece nuestro corazón. Nada permanece oculto ante el escrutinio de aquel que todo lo ve. El salmista es consciente de la intimidad que tiene con el Señor. Incluso le pide que “audite” sus pensamientos, todo aquello que pasa por su cabeza, todo aquello que le acongoja.

A menudo se produce un silencio insoportable entre Dios y sus hijos. Es entonces cuando Dios tiene que hacernos pasar por el fuego purificador. Un fuego que nos refina como el oro y que hace que nuestras oraciones suban al Cielo. Porque estas oraciones son las que suelen llamar a Dios por su nombre, y las que provocan la amorosa respuesta divina

Constantemente estamos siendo probados en nuestras obras, nuestras palabras, nuestras actitudes. Y de todo ello debemos rendir cuentas a Dios y al prójimo.

Pero, no es fácil, porque son muchas nuestras vergüenzas y muchas las hojas de higuera que nos cubren. Hará falta coraje para enfrentar nuestra desnudez delante de Dios, porque sólo Él puede proveer de las pieles necesarias para cubrirla.

David sufría las calumnias de sus adversarios. Algo que en un momento u otro en la vida sufrirá todo aquel que procura de corazón agradar a Dios andando en sus caminos. Cuantos más ataques recibía David, más se veía impelido a aseverar su rectitud. No sólo se mostraba libre de pecados externos; también se gloriaba en su rectitud de corazón, y la pureza de sus sentimientos, comparándose tácitamente con aquellos que le acusaban. Burdos hipócritas difamadores que con orgullo alardeaban de su piedad. Sin embargo, David pone en evidencia su cinismo, descaro y osadía.

Esta declaración de David nos muestra también el íntimo y profundo conocimiento que tenía de sí mismo. Así como su coraje al dejar que Dios examinarse los recovecos más escondidos de su corazón. El salmista contrasta la maldad de sus enemigos y su disposición a ser probado.

Probablemente, si no hubiera sido acusado tan cruel e injustamente, no se hubiera expuesto a Dios como lo hizo, porque David sabía bien que su vida era cualquier cosa menos perfecta.

David era consciente que la mera apariencia de inocencia no tiene valor alguno en un juicio justo. Por lo tanto, deducimos que lo que de verdad importa ante el juicio divino es, no la apariencia, sino lo que alberga el corazón. Los sentimientos más arraigados, y las riendas que lidian con nuestra sensualidad, y nuestras pasiones, aquellas que son más vulgares y toscas, sutiles y discretas, aunque no por ello menos perversas.

Los hebreos sabían perfectamente que las riendas del corazón no son tan fáciles de controlar. Que los lugares más ocultos del corazón también son los más peligrosos. Es por ello por lo que David, seguro de su inocencia, se abre totalmente delante de Dios. No negligentemente, no con necedad, no como aquellos que se adulan a sí mismo pensando que pueden engañar a Dios con sus pretensiones. Por el contrario, David ya se había escudriñado a sí mismo previamente con total honestidad antes de presentarse delante de Dios con absoluta confianza. Aquella que sólo puede ofrecer Su amorosa Gracia.

@carlesmile

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1 Pedro 5:7

echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros. 1 Pedro 5:7

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Salmos 26:01

1.  Hay una relación entre la petición de justicia al Señor del salmista, la integridad en que ha andado y la confianza o fe depositada en Él. Podemos decir que: Justificación, integridad y fe son tres miembros de un mismo cuerpo. Porque el Pueblo de Dios es justificado mediante la confesión de sus pecados, anda íntegramente tras haberse arrepentido, y afronta el angosto camino de la vida por fe.

Uno de los grandes errores en los que puede caer el creyente es el de juzgar a los hombres, en especial a aquellos que comparten su misma fe. Debemos y podemos juzgar las obras, empezando por las nuestras, y siempre teniendo en cuenta nuestro propio estado pecaminoso, pero nunca debemos alzarnos como jueces instructores de primera instancia de nadie, porque Juez de la humanidad entera sólo hay uno. Y a este, todos tendremos que rendir cuentas, de nuestras obras y de nuestras palabras. Por ello estamos obligados a presentar toda causa al Gran Juez del Cielo y de la Tierra.

Porque Él pondrá de manifiesto lo más profundo de nuestros corazones. Así que no debemos preocuparnos tanto por los juicios humanos como por el de Dios, porque Él sí conoce la verdad. Ningún ser humano debería pasar por la vida sin antes prepararse para rendir cuentas a Dios, porque nadie podrá evitar este juicio.

A lo largo de las Escrituras encontramos abundantes apelaciones a la justicia que emana de una comunión sincera y estrecha con Dios. De un espíritu humilde, y arrepentido que clama por una misericordia y una redención inmerecidas, pero legítimas por la sola Gracia Divina.

El Salmista, en numerosas ocasiones no teme el juicio de Dios. Se enfrenta a Él apelando la obra redentora y restauradora de Dios en Él. Pide que su testimonio no sea motivo de escarnio por parte de sus enemigos. De aquellos que rechazan a Dios y su pacto.

El salmista sabe que vivir piadosamente tiene un precio. Sabe que por su manera de vivir será difamado y tratado injustamente. Será incluso llevado a juicio por falsos testigos, y falsas acusaciones. Pero en el nombre de Dios está la salvación de quien confía en Él.

El corazón arrepentido y humillado es el mejor testimonio que podemos dar al juez de nuestras vidas. Dios no rechaza nuestras peticiones cuando estas van acompañadas de transparencia y sinceridad. Si somos humildes y honestos declararemos nuestro fragrante fracaso al intentar vivir justa y piadosamente delante de Él. Pero a su vez, Dios valorará nuestra sincera vocación hacía Él y sus preceptos, además siempre estará presto a ayudarnos en nuestro cometido en favor de la integridad y la bondad. Porque la integridad, la rectitud y la verdad son los baluartes de todo aquel que ama a Dios, de todo aquel que busca su redención.

Vivir íntegramente no es algo sofisticado, no es preciso tener titulación académica, ni estudios teológicos. Cualquiera puede andar en la Gracia de Dios. Pero, ello nos obliga a tener total transparencia con Dios. Mostrarnos diariamente delante de Él tal y como somos. Porque, en definitiva, se trata de ser cartas abiertas dónde Dios escriba su mensaje de amor a la humanidad.

Vivir en medio de la comunión que ofrece la iglesia, la comunidad de aquellos que creen en el Señor Jesucristo, puede ayudarnos a vivir justa y devotamente delante de Dios. Porque a todos nos es común un mismo Espíritu Santo.

Cuanto más profundizamos en el conocimiento de Dios, más llenos somos de su paz y su amor. Más libera nuestros corazones de nuestro egoísmo y más nos vemos impelidos a desprotegernos y a sacrificar nuestras vidas por amor a otros. Porque confiamos en el único Dios verdadero. Nuestra fortaleza y nuestro protector.

Vivir alejados de Dios siempre nos acaba afectando. Nos hace malvados y nos despoja de toda compasión. Vivir así nos llena de temor, y el miedo siempre termina poniéndonos trampas donde quiera que vayamos. Nos aísla y nos hace suspicaces. Algo que no ocurre con aquel que ha puesto toda su confianza en el Dios de la Biblia. Este no teme porque Dios mismo ha puesto su Palabra en su corazón. Él le protege de sus enemigos, lo guarda de todo tropiezo y le sostiene en cualquier circunstancia.

Porque sólo Dios puede protegernos realmente del mal. En última instancia, sólo su mano protectora puede preservar nuestra vida ahora y más allá de la muerte. Por fe andamos, y por ella también somos levantados cuando tropezamos. Es la “línea de vida” que nos protege en caso de caída mientras escalamos los montes de esta vida.

En definitiva, hay un reconocimiento de la autoridad y la justicia divina por parte del salmista. Luego se expone a ella, y pide a Dios que actúe conforme a la integridad de su fe.

@carlesmile

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Filipenses 4:6

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Mateo 6:34

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Salmo 94:19

Cuando mis inquietudes se multiplican dentro de mí, tus consuelos deleitan mi alma. Salmo 94:19
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Malcolm Muggeridge

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Juan Calvino

El término Anticristo no se designa a un único individuo, sino a un solo reino, que abarca muchas generaciones.
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Apocalipsis 13:1

Me paré sobre la arena del mar, y vi subir del mar una bestia.Apocalipsis 13:1
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Génesis 17:14

14. El pacto de la circuncisión servía para distinguir aquellos que aceptaban el pacto unilateral de Dios y aquellos que no. Queda claro que no era la señal en la carne en sí el motivo de la expulsión, sino el rechazo espiritual que suponía no hacerse la marca en la carne.

El hombre conforma una unidad indisoluble. Es un error pensar, como profesaba el gnosticismo, que el espíritu es puro, y el cuerpo pecaminoso.  El hombre es pecador “de pies a cabeza”. Así que, el hombre que rechazaba cortarse el prepucio de su cuerpo sería también “cortado” del Pueblo de Dios. Dios salva o condena al hombre integralmente, no lo “secciona” quedándose sólo aquello que tiene mejor aspecto.

Rechazar el pacto de la gracia de Dios tiene consecuencias funestas. Porque el alejamiento de Dios provoca un abismo insalvable. No hay una parte del cuerpo que sea más pecadora que otra. Si una mano roba, no arreglamos nada cortando la mano. El pecado alcanza lo más profundo del alma. Sólo hay dos posibilidades para el hombre pecador:  Entrar al Pueblo de Dios aceptando el pacto de la gracia, o ser excluido de él a causa de nuestro rechazo.

Pero, la gracia divina no sólo tiene poder salvífico, también tiene poder sanador y restaurador. Con lo que formar parte del Pueblo de Dios tenía consecuencias inmediatas que afectaban la manera de vivir en su conjunto. No podía seguir practicando obras abominables de consecuencias funestas no sólo para el que las practicaba, también para la comunidad entera. Porque rechazar la Gracia de Dios y querer ser parte de su pueblo es una profanación del nombre de Dios en toda regla.

El pacto era tan válido y aplicable para aquellos que eran linaje de Abraham como para los extranjeros que convivían con ellos. La Gracia de Dios nos une en un solo pueblo redimido por Él, nos restaura y evita que el pecado ejerza su señorío sobre nosotros.

Con aquella señal en la carne quedaba también establecido que la herencia de la redención divina no pasaba de padres a hijos, sino que cada generación debía renovarla. Por eso era necesario que los descendientes de Abraham también fuesen circuncidados como señal de aceptación del pacto.

Con la circuncisión también quedaba manifiesto que todos eran igualmente pecadores. No había nadie que no necesitara la expiación de sus pecados. La circuncisión debía extirpar cualquier brote de orgullo o de arrogancia entre el Pueblo de Dios. Así como abolir toda murmuración o crítica contra cualquiera que pecare, porque quedaba establecido que todos eran culpables sin excepción.

La circuncisión es una clara figura del sacrificio en la cruz. Nuestro Salvador fue herido por nuestras transgresiones, fue cortado de la tierra de los vivientes, cortado de entre su pueblo a causa de nuestra maldad.

El pacto de Dios con su Pueblo era tan fuerte, tan estrecho, tan íntimo e inquebrantable que en las Escrituras se le compara repetidas veces con un enlace matrimonial. Hoy, acostumbrados a los casos de infidelidad, no le damos tanta importancia. Pero en aquellos tiempos un caso de infidelidad tenía repercusiones muy serias. No es casualidad entonces que la señal fuera en el miembro viril. Porque la unión con Dios elevaba el grado de compromiso, amor y fidelidad del pacto al de un matrimonio.

La infidelidad del Pueblo de Dios tendría consecuencias nefastas. Empezando por el medio ambiente, o el entorno natural. La misma tierra sería profanada al traspasar las leyes, violar los estatutos, o quebrantar el pacto eterno de Dios. El odio entre los hombres, la promiscuidad sexual o simplemente sustituir el pacto de la gracia por otras formas de idolatría son síntomas de una infidelidad que afectará al mismo ecosistema en el que ha de vivir la descendencia de Abraham. Desastres naturales, sequías, hambrunas y otras calamidades serán sólo una parte de las terribles consecuencias de la infidelidad espiritual.

El pecado nos perjudica en muchos sentidos. Uno de ellos es el de nuestra relación con los demás. Nos afecta aislándonos los unos de los otros. Crea islas de temor, prejuicio, y suspicacia. Quebrantar el pacto supondrá volver a incubar el odio en cada corazón. Porque el pecado nunca te afecta solamente a ti. @carlesmile

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