George Müller

El principio y el final de la ansiedad
El principio de la ansiedad es el final de la fe, y el principio de la verdadera fe es el final de la ansiedad. George Müller
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William Ralph Inge

La ansiedad es el interés que se paga por las preocupaciones antes de su vencimiento.
William Ralph Inge

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Salmos 26:03

3. No hay otra puerta de entrada a la presencia de Dios que no sea su misericordia. Sólo ella permite que andemos en integridad delante de Él. Ese amor que permite una santa comunión con el Señor es el mismo que dirige nuestros pasos durante el transcurso de nuestra vida. Nosotros podemos fallar, podemos tropezar y caer. Pero el camino sigue ahí, y su mano continúa tendida para levantarnos de nuevo. La experiencia del salmista confirma sus palabras. Él es conocedor de esa misericordia, la ha experimentado, sabe que es verdad. La vida y la Palabra de Dios se corresponden mutuamente. Cielo y Tierra pasarán, pero la Palabra de Dios permanece para siempre. El salmista lo sabe.

Cuanto más poderosos nos vemos, más nos jactamos de nuestras obras, por malas y perversas que puedan ser. Desde nuestro complejo de superioridad no necesitamos la misericordia de Dios, sin embargo, desde nuestra situación de escasez, o de remordimiento de conciencia, no nos queda otra que clamar por la continua misericordia de Dios.

No podemos encontrar un mejor ejemplo de amor incondicional y eterno que la persona del Señor Jesucristo. El Hijo de Dios muriendo en una cruz llevando consigo el pecado de los hombres.  Tomando la metáfora del salmista, de la unión del amor y la verdad vino Jesús a este mundo nacido de mujer, del beso de la paz y la justicia, vivió entre nosotros, y de la verdad y la misericordia tomó nuestro pecado para pagar nuestra deuda y nuestra culpa.

El Sermón del monte no fueron meras palabras. Sabemos que son ciertas, que corresponden a la vida porque Jesucristo las vivió. Él amó a sus enemigos, oró por aquellos que le torturaron y le persiguieron. Porque Él nos amó a nosotros, y nos sigue amando. Sin importar nuestra condición, ni tan sólo nuestras malas obras.  El amor de Dios sale como un bumerán. Sale de Dios y vuelve a Él salvándonos y transformándonos otra vez a su imagen y semejanza. Porque nada caracteriza mejor a Dios que su amor eterno.

Dios es misericordioso por naturaleza, y así son sus hijos. Nunca debemos olvidar esto. Esta es su gloria, y la ha compartido con nosotros. En la Cruz, Jesucristo murió por nosotros, luego también nosotros hemos muerto en ella. Por lo tanto, también hemos resucitado con él, para servirle mientras su vida se manifiesta en nosotros.

Es por ello por lo que no puede entenderse un cristiano que no es capaz de perdonar a otro, habiendo sido receptor de tanta misericordia por parte de Dios. La vida en comunión dentro de la iglesia es, entre otras cosas, un banco de pruebas donde probamos y experimentamos el amor que tanto nos debemos.

El amor forma parte de la misma esencia de Dios hasta tal punto que solo puede amar verdaderamente aquel que le conoce. Así que, todo aquel que no es capaz de amar a su hermano o hermana en la fe, simplemente no conoce, ni puede conocer a Dios. Y si dice que le conoce es un farsante, un mentiroso.

Para andar por fe debemos tener esa transparencia y esa dependencia de Dios tan necesaria para seguir el angosto camino de la verdad. Porque no es un camino fácil, necesitamos Su guía y sostén a cada paso que damos. Porque, a fin de cuentas, la verdad es un sustento vital que debemos tomar todos los días. Y ese alimento sólo puede venir de la Palabra de Dios. El creyente ha sido salvo porque Él mismo lo ha declarado, y Dios no puede mentir. El camino que se nos ha puesto delante es, por tanto, un camino de esperanza, porque esta fundado en las promesas que se define a sí mismo como “la verdad”.

El camino de la integridad es un camino delicado al que hay que prestar atención constantemente. Si no lo hacemos terminaremos viviendo una doble vida que, en definitiva, sólo será una burda falsificación de la verdad que lo único que pondrá de manifiesto es nuestro autoengaño.

La verdadera justicia trasciende cualquier límite en la vida. Todo ha de perecer, lo que tenemos y lo que somos ¡porque incluso nuestras vidas tienen fecha de caducidad! Sin embargo, todo aquello que es justo, entendiendo por justo aquello que Dios ha declarado, tiene repercusiones eternas. Así que, sabemos que la Palabra de Dios es verdadera porque trasciende toda temporalidad.

Fuera de la presencia del Señor todo son tinieblas. Es por ello por lo que tenemos la necesidad de caminar en su presencia constantemente. Porque sólo por la Palabra de Dios vendrá esa luz tan necesaria en nuestras vidas. No podemos alejarnos de ella porque cuanto más lejos, mayor es la oscuridad.

Tener un encuentro personal con Cristo nos lleva inevitablemente a una transformación radical de nuestro ser. Porque tenemos una “vieja manera de vivir” de la cual hay que deshacerse. Pero todavía estamos en ello. Este viejo “Yo”, que sigue con nosotros, está corrompido, lleno de deseos engañosos que nunca llegan a satisfacernos. Sin embargo, ahora “estamos en un proceso de reconstrucción”. Estamos siendo “reconstruidos”, “renovados” en el espíritu, y en la mente de Cristo. Según su misma naturaleza. Adoptando su amor, justicia y verdad cada día.

@carlesmile

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Billy Graham

La ansiedad es el resultado natural de poner nuestras esperanzas en cualquier cosa menos en Dios y su voluntad para nosotros. Billy Graham.
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John Edmund Haggai

La preocupación es una intrusión en la providencia de Dios.
John Edmund Haggai
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Salmos 26:02

2. ¿Quién se atreve a hacer tal proposición a Dios? Ser juzgado por el único Dios tras veces santo ¿Quién se atreve a ser examinado por el gran médico? Teniendo en cuenta que habrá que hacerse pruebas ¿Quién se ofrece para ser psicoanalizado por el gran psiquiatra? Aquí encontramos un salmista que clama a Dios por ello.

En la vida hemos de pasar por diversas pruebas y circunstancias en las que el concepto que tenemos de nosotros mismos, de Dios, y de la vida es puesto en entredicho. Cuando esto es así, simplemente no entendemos lo que nos pasa. En tales circunstancias, lo primero que solemos preguntar a Dios, igual que hizo Job, es: ¿Dónde está mi rebelión? ¿Dónde está mi pecado? Ese es un buen lugar donde empezar porque, aunque no todas las vicisitudes de la vida son causa del pecado, sin duda hay pecado en nosotros que nos es oculto.

Lo que más desconcierta a Job es que, hasta el momento en que le llegaron las tribulaciones, pensaba que estaba viviendo de forma totalmente transparente con Dios. El piensa que ha estado viviendo delante de su presencia en todo momento. Sus pensamientos y sus intenciones no han sido ocultas delante de Él. Y ha puesto la Palabra y la voluntad de Dios por delante de cualquier decisión.

Porque de nada sirve ocultar a Dios lo que cuece nuestro corazón. Nada permanece oculto ante el escrutinio de aquel que todo lo ve. El salmista es consciente de la intimidad que tiene con el Señor. Incluso le pide que “audite” sus pensamientos, todo aquello que pasa por su cabeza, todo aquello que le acongoja.

A menudo se produce un silencio insoportable entre Dios y sus hijos. Es entonces cuando Dios tiene que hacernos pasar por el fuego purificador. Un fuego que nos refina como el oro y que hace que nuestras oraciones suban al Cielo. Porque estas oraciones son las que suelen llamar a Dios por su nombre, y las que provocan la amorosa respuesta divina

Constantemente estamos siendo probados en nuestras obras, nuestras palabras, nuestras actitudes. Y de todo ello debemos rendir cuentas a Dios y al prójimo.

Pero, no es fácil, porque son muchas nuestras vergüenzas y muchas las hojas de higuera que nos cubren. Hará falta coraje para enfrentar nuestra desnudez delante de Dios, porque sólo Él puede proveer de las pieles necesarias para cubrirla.

David sufría las calumnias de sus adversarios. Algo que en un momento u otro en la vida sufrirá todo aquel que procura de corazón agradar a Dios andando en sus caminos. Cuantos más ataques recibía David, más se veía impelido a aseverar su rectitud. No sólo se mostraba libre de pecados externos; también se gloriaba en su rectitud de corazón, y la pureza de sus sentimientos, comparándose tácitamente con aquellos que le acusaban. Burdos hipócritas difamadores que con orgullo alardeaban de su piedad. Sin embargo, David pone en evidencia su cinismo, descaro y osadía.

Esta declaración de David nos muestra también el íntimo y profundo conocimiento que tenía de sí mismo. Así como su coraje al dejar que Dios examinarse los recovecos más escondidos de su corazón. El salmista contrasta la maldad de sus enemigos y su disposición a ser probado.

Probablemente, si no hubiera sido acusado tan cruel e injustamente, no se hubiera expuesto a Dios como lo hizo, porque David sabía bien que su vida era cualquier cosa menos perfecta.

David era consciente que la mera apariencia de inocencia no tiene valor alguno en un juicio justo. Por lo tanto, deducimos que lo que de verdad importa ante el juicio divino es, no la apariencia, sino lo que alberga el corazón. Los sentimientos más arraigados, y las riendas que lidian con nuestra sensualidad, y nuestras pasiones, aquellas que son más vulgares y toscas, sutiles y discretas, aunque no por ello menos perversas.

Los hebreos sabían perfectamente que las riendas del corazón no son tan fáciles de controlar. Que los lugares más ocultos del corazón también son los más peligrosos. Es por ello por lo que David, seguro de su inocencia, se abre totalmente delante de Dios. No negligentemente, no con necedad, no como aquellos que se adulan a sí mismo pensando que pueden engañar a Dios con sus pretensiones. Por el contrario, David ya se había escudriñado a sí mismo previamente con total honestidad antes de presentarse delante de Dios con absoluta confianza. Aquella que sólo puede ofrecer Su amorosa Gracia.

@carlesmile

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1 Pedro 5:7

echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros. 1 Pedro 5:7

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Salmos 26:01

1.  Hay una relación entre la petición de justicia al Señor del salmista, la integridad en que ha andado y la confianza o fe depositada en Él. Podemos decir que: Justificación, integridad y fe son tres miembros de un mismo cuerpo. Porque el Pueblo de Dios es justificado mediante la confesión de sus pecados, anda íntegramente tras haberse arrepentido, y afronta el angosto camino de la vida por fe.

Uno de los grandes errores en los que puede caer el creyente es el de juzgar a los hombres, en especial a aquellos que comparten su misma fe. Debemos y podemos juzgar las obras, empezando por las nuestras, y siempre teniendo en cuenta nuestro propio estado pecaminoso, pero nunca debemos alzarnos como jueces instructores de primera instancia de nadie, porque Juez de la humanidad entera sólo hay uno. Y a este, todos tendremos que rendir cuentas, de nuestras obras y de nuestras palabras. Por ello estamos obligados a presentar toda causa al Gran Juez del Cielo y de la Tierra.

Porque Él pondrá de manifiesto lo más profundo de nuestros corazones. Así que no debemos preocuparnos tanto por los juicios humanos como por el de Dios, porque Él sí conoce la verdad. Ningún ser humano debería pasar por la vida sin antes prepararse para rendir cuentas a Dios, porque nadie podrá evitar este juicio.

A lo largo de las Escrituras encontramos abundantes apelaciones a la justicia que emana de una comunión sincera y estrecha con Dios. De un espíritu humilde, y arrepentido que clama por una misericordia y una redención inmerecidas, pero legítimas por la sola Gracia Divina.

El Salmista, en numerosas ocasiones no teme el juicio de Dios. Se enfrenta a Él apelando la obra redentora y restauradora de Dios en Él. Pide que su testimonio no sea motivo de escarnio por parte de sus enemigos. De aquellos que rechazan a Dios y su pacto.

El salmista sabe que vivir piadosamente tiene un precio. Sabe que por su manera de vivir será difamado y tratado injustamente. Será incluso llevado a juicio por falsos testigos, y falsas acusaciones. Pero en el nombre de Dios está la salvación de quien confía en Él.

El corazón arrepentido y humillado es el mejor testimonio que podemos dar al juez de nuestras vidas. Dios no rechaza nuestras peticiones cuando estas van acompañadas de transparencia y sinceridad. Si somos humildes y honestos declararemos nuestro fragrante fracaso al intentar vivir justa y piadosamente delante de Él. Pero a su vez, Dios valorará nuestra sincera vocación hacía Él y sus preceptos, además siempre estará presto a ayudarnos en nuestro cometido en favor de la integridad y la bondad. Porque la integridad, la rectitud y la verdad son los baluartes de todo aquel que ama a Dios, de todo aquel que busca su redención.

Vivir íntegramente no es algo sofisticado, no es preciso tener titulación académica, ni estudios teológicos. Cualquiera puede andar en la Gracia de Dios. Pero, ello nos obliga a tener total transparencia con Dios. Mostrarnos diariamente delante de Él tal y como somos. Porque, en definitiva, se trata de ser cartas abiertas dónde Dios escriba su mensaje de amor a la humanidad.

Vivir en medio de la comunión que ofrece la iglesia, la comunidad de aquellos que creen en el Señor Jesucristo, puede ayudarnos a vivir justa y devotamente delante de Dios. Porque a todos nos es común un mismo Espíritu Santo.

Cuanto más profundizamos en el conocimiento de Dios, más llenos somos de su paz y su amor. Más libera nuestros corazones de nuestro egoísmo y más nos vemos impelidos a desprotegernos y a sacrificar nuestras vidas por amor a otros. Porque confiamos en el único Dios verdadero. Nuestra fortaleza y nuestro protector.

Vivir alejados de Dios siempre nos acaba afectando. Nos hace malvados y nos despoja de toda compasión. Vivir así nos llena de temor, y el miedo siempre termina poniéndonos trampas donde quiera que vayamos. Nos aísla y nos hace suspicaces. Algo que no ocurre con aquel que ha puesto toda su confianza en el Dios de la Biblia. Este no teme porque Dios mismo ha puesto su Palabra en su corazón. Él le protege de sus enemigos, lo guarda de todo tropiezo y le sostiene en cualquier circunstancia.

Porque sólo Dios puede protegernos realmente del mal. En última instancia, sólo su mano protectora puede preservar nuestra vida ahora y más allá de la muerte. Por fe andamos, y por ella también somos levantados cuando tropezamos. Es la “línea de vida” que nos protege en caso de caída mientras escalamos los montes de esta vida.

En definitiva, hay un reconocimiento de la autoridad y la justicia divina por parte del salmista. Luego se expone a ella, y pide a Dios que actúe conforme a la integridad de su fe.

@carlesmile

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Filipenses 4:6

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Mateo 6:34

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