Génesis 9:4-7

La prohibición del homicidio 9:4-7

En las Escrituras existe una conexión simbólica, y una estrecha relación entre la sangre y la vida, algo básico para entender el sistema sacrificial que nos será expuesto más adelante en Levítico (17:11) y que servirá de hilo conductor hacia la obra expiatoria de Cristo (Hebreos 9:14, 22). La expresión “derramamiento de sangre” es, por lo tanto, sinónimo de quitar la vida, vida que pertenece a Dios. El Antiguo Testamento proscribe en repetidas ocasiones alimentarse de sangre de animales sacrificados.

La vida es el más precioso y misterioso don de Dios. Algo que sólo pertenece a Él, por lo tanto, resulta inútil cualquier intento de querer prolongarla “artificialmente”. Este es el mensaje que transmite la prohibición de comer la “vida” que está «en la sangre» (Levítico 17:11). Muchos pueblos paganos a través de la historia han bebido el líquido rojo pensando que así prolongaban su vida o adquirían más vigor.

Nadie ha defendido la vida del hombre más que Dios. No hay nada más precioso ante sus ojos, porque todo ser humano ha sido creado a su imagen (v. 6), y porque somos sus representantes terrenales, así como el foco principal del Reino de Dios. En la teocracia de la Torá establecida en el Sinaí (constitución del Pueblo de Dios), un animal doméstico que terminaba con una vida humana debía ser lapidado hasta morir (ver Éxodo 21:28-32), o un hombre declarado culpable de homicidio debía pagar con su vida porque a imagen de Dios se ha creado todo hombre, por lo tanto, cualquier homicidio es una afrenta a Dios.

Pero, sacrificar un animal tampoco es baladí. Si bien Dios permite el sacrificio de animales para nuestro sustento, ello no nos da carta blanca para disponer de su vida a nuestro antojo. Así que, Dios mismo demandará igualmente del hombre la sangre de todo animal que se haya vertido fuera de los límites que Él, como Dios soberano, ha establecido. Si somos representaciones a escala de Dios, entonces matar a un ser humano es “a escala” un intento de “deicidio”.

La sangre, en las Escrituras, es también sinónimo de juicio. La violencia nunca resuelve las cosas. Un conflicto bélico no es un juego de ajedrez o de pelota en que perder o ganar no tiene mayor trascendencia. Las guerras han demostrado siempre su avidez de sangre en ambas partes enfrentadas. Porque la vida de un hombre, siempre con otra vida humana se paga, no importa cuales sean las circunstancias. Así lo ha decretado Dios. Tal y como recuerda Jesucristo al apóstol Pedro: “El que mate a espada, a espada morirá”.

La venganza queda, pues, expresamente prohibida por Dios. En el Pentateuco, Dios dispondrá de todo un sistema de leyes para juzgar cualquier tipo de homicidio en sus distintos grados.

Por otro lado, el Señor mismo nos hace ver que, aunque no haya derramamiento de sangre, tratar a alguien con rencor o malicia es igualmente una ofensa grave a Dios (Mateo 5:22).

En contraste, Dios nos invita a ser fecundos, a sacrificarnos por amor a los demás, a ser generosos como es él, a demostrar, en definitiva, que llevamos su imagen favoreciendo y preservando la vida. Algo que conlleva, necesariamente, cuidar los más vulnerables, el medioambiente, y de todos los animales.

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