SALMOS 3:1

Salmos 3:1. Tener enemigos por causa del Evangelio es lo normal, no la excepción. Vivir íntegramente, piadosamente, con temor de Dios puede producir cualquier cosa excepto la indiferencia entre aquellos que nos rodean. Así que juntamente con aquellos que nos aman, también emergen aquellos que nos odian.

La indignación en el corazón del creyente no debería ser la constante, pero no podemos vivir constantemente sin experimentar la ira eventualmente. Podemos airarnos, el mismo Señor Jesús lo hacía, pero la indignación debe durar un tiempo muy limitado, y en ningún caso debemos utilizar la ira como una palanca para pecar. Aquí, lo realmente difícil para nosotros es airarnos sin pecar.

Nuestros enemigos pueden aparecer de todas partes, principalmente de entre las personas más cercanas. Absalón era hijo de David, Absalón ofrecía incluso sacrificios a Dios mientras conspiraba contra su padre. El rey del pueblo de Dios.

No siempre la mayoría tiene la razón. A los habitantes de Jerusalén se les dio a escoger entre Jesús y Barrabás, y no dudaron en clamar: “Libera a Barrabás”, y en cuanto a Jesús, “Crucifícale. Caiga su sangre sobre nosotros, y nuestros hijos”. Hoy en día, por desgracia, se sigue teniendo una fe ciega en el hombre y en lo que opine la mayoría, algo positivo, pero no infalible, pues no siempre se escoge correctamente.

Tampoco son los lazos familiares garantizan la sintonía con la voluntad de Dios. En los últimos tiempos, a causa del Evangelio del Reino de Dios se nos dice: “El hermano entregará al hermano a la muerte, el Padre al hijo, y los hijos contra los Padres”.

Grandes enseñanzas de este Salmo:
•    David, aun siendo perseguido y abandonado por todos,  no dejó de tener esperanza en Dios. Sabiendo que de algún modo sería librado.
•     Por otro lado, también aprendemos que no hay mejor defensa para el creyente que la oración. Y que Dios no solo se preocupa de nuestro espíritu sino también de toda nuestra integridad física.
•    Nuestros enemigos solo son nuestros enemigos si lo son también del Señor.

Y respondiendo todo el pueblo, dijo: ¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!  (Mat 27:25)

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JOSUÉ 6:21

Josué 6:21. El panorama que nos describe este versículo es desolador. Sería esa escena de la película que hace que el largometraje sea para mayores de 18 años. Hay dos aspectos a tener en cuenta que deberían impedir que frivolicemos acerca de este espantoso acontecimiento:

  • El primero es que debemos tener en cuenta quien da la orden de realizar esta destrucción: Dios mismo. Nosotros solo vemos de puertas afuera, pero Dios tiene una visión de más de 360 grados. Él no solo veía la maldad que ocurría dentro de la ciudad. También era testigo de lo que ocurría en el corazón de cada ciudadano de Jericó. Las obras de aquellos ciudadanos con toda seguridad eran deplorables. Dios es justo, y tres veces santo, por lo tanto no dejará a nadie impune, y cada uno recibirá su justa retribución.
  • El segundo aspecto a tener en cuenta es la dimensión y las consecuencias del pecado. Estas se nos escapan. Nosotros apenas conocemos los niveles de pecado y de maldad que albergan nuestros corazones, y desde luego, no podemos saber, en toda su magnitud, cuáles serán las consecuencias de nuestro pecado. Dios no solo ve la maldad del pasado y del presente, también ve la del futuro.

El juicio sobre la tierra de Canaán era un acontecimiento anunciado con anterioridad. Ya desde el comienzo de la salida de Egipto el pueblo de Israel sabía que, tarde o temprano, deberían enfrentarse a los cananitas.
No debemos confundirnos, no es que Dios haga favoritismos, y de repente decida hacer sitio a Israel en la tierra prometida a base de genocidios. Lo que ocurrió fue que, Dios, en sus designios, decidió utilizar al pueblo de Israel como instrumento de juicio sobre los habitantes de aquella tierra. Además era necesario erradicar un pecado y una maldad que, sin duda, acabaría contagiando al pueblo de Dios.

Entonces un ángel poderoso tomó una piedra, como una gran piedra de molino, y la arrojó al mar, diciendo: Así será derribada con violencia Babilonia, la gran ciudad, y nunca más será hallada.  (Apo 18:21)

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JOSUÉ 6:20

20. Dios ha preparado un día para sí mismo en el que vamos a poder dar rienda suelta a nuestro gozo. Habrá un día en que el pueblo de Dios será vindicado, vamos a poder gritar porque por fin el Reino de Dios vendrá y los reinos de este mundo serán conmovidos. Será día terrible de justicia. Todo este mundo tan injusto se derrumbará al sonar de las trompetas, y cada uno recibirá su merecido.
Nuestro último enemigo, la muerte, será derrotado. La Resurrección es nuestra esperanza por excelencia. La sangre derramada allí en la cruz dará su fruto a su debido tiempo. Los que hemos sido redimidos por su sangre hemos muerto con Jesús en la cruz, pero también hemos resucitado con Él, y juzgaremos con Él porque también hemos sufrido con y por Él.
Una vez más el poder de la fe se pone de manifiesto. La fe del creyente es mucho más preciosa que el oro, porque por ella vencemos al mundo.
Nos encontramos en el momento en el que el Pueblo de Israel es vindicado por Dios por su fe y obediencia. Al mismo tiempo nos encontramos ante el apogeo de la celebración por la fidelidad de Dios. Son gritos de alegría que dan a conocer que su trabajo no ha sido en vano.
El día de la expiación, el pueblo de Israel hacía sonar sus trompetas por toda la tierra (Lev 25:9). Debemos llevar el Evangelio allí donde estemos. Es el calzado que nos sostiene y nos mueve. Y todo el mundo debe oír el sonido de la trompeta que proclama nuestra salvación.
En el Espíritu Santo somos revestidos de Cristo Jesús, solo entonces las proezas y las grandes obras nos siguen. Solo cuando suenan las trompetas del Cielo, la Palabra de Dios suena con todo poder. Necesitamos estudiar y leer más las Escrituras, pero también necesitamos sabiduría y poder de lo alto para que nuestra “espada” no “arañe”  sino “corte” y llegue a lo más profundo de nuestras entrañas. No luchamos contra “sangre y carne” sino contra fortalezas espirituales, contra huestes invisibles de maldad. Sin el poder de Dios somos los seres más vulnerables de la Tierra. Solo en el poder de Cristo podemos rebatir todo argumento que se levanta contra el conocimiento de Dios.
El Señor Jesucristo viene, y viene con gran poder y gloria a juzgar la Tierra. Nuestras vidas deberían ser la señal que necesita ver este maltrecho mundo. En nosotros debería verse la cruz que se alzó en el monte Calvario. Porque las trompetas de su juicio no tardarán en sonar. Viene el día en que los pobres y los desamparados acudirán a Jerusalén a adorar al Rey de Reyes y Señor de Señores. Ese día reinará la Paz y la Justicia como nunca antes ha acontecido. Habrá un día en que el hambre y las enfermedades terminarán. Habrá un día en que la Tierra ya no será un lugar de tránsito, sino un lugar donde habitar. Pero antes es necesario que haya juicio, y día terrible es el día del Señor.

Por la fé cayeron los muros de Jericó después de rodearlos siete días. Hebreos 11:30

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Josué 6:19

19. ¿De qué es digno nuestro Señor? Los que servimos en su obra ¿qué parte del fruto la rendimos al Señor de la mies, y qué parte nos la quedamos nosotros? ¿Quién decide lo que es Santo, Dios o nosotros? ¿Atesoramos en la Tierra o en el Reino de los Cielos? ¿Es nuestra obra hojarasca que arde enseguida, o es material que puede ser probado y perfeccionado por el fuego?

Después de la toma de cualquier ciudad, ciertamente el ejército vencedor despojaría la ciudad derrotada de todo metal noble. Y el Rey vencedor se lo quedaría casi todo. Así que en nuestra peculiar batalla también será así ¿Pero quién es el Rey conquistador aquí? ¿Josué? No. Para el Pueblo de Dios el Rey vencedor es el Señor mismo. Por ello debía quedarse con toda la plata y el oro.

No solo el oro y la plata deben ser apartados para Dios, siendo nosotros mismos administradores de las riquezas divinas, Dios también nos ha santificado a nosotros, nos ha apartado como utensilios de gran valor dispuestos a ser usados en sus manos, o dicho de otro modo, prestos a servir a los demás.

Y Salomón trajo las cosas consagradas por su padre David, es decir, la plata, el oro y los utensilios, y los puso en los tesoros de la casa del SEÑOR. (1Re 7:51)

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Josué 6:18

18. Este mundo en el que vivimos no es el paraíso. Es un mundo que se haya bajo la ira de Dios, en él encontramos tanto lo que es santo: Lo que Dios se ha apartado para salvación, como lo que no es santo: Aquello que Dios ha apartado para destrucción. Cuidémonos, pues,  de no desear aquello que es pecado, porque Dios lo destruirá, y a nosotros también por haber sido partícipes.

El breve paso por este mundo es de suma importancia porque implica también todo lo que vamos a dejar atrás. O vivimos para ser bendición a otras personas, o vivimos para serles maldición. Debemos pues vivir tal y como nos pide el apóstol Pablo, amando lo que es genuino, porque todo lo demás es mentira, aborreciendo el mal, y aferrándonos a lo que es bueno.

Las obras de las tinieblas están aquí con nosotros y con los que nos rodean, nuestro trabajo empieza con ponerlas en evidencia, porque nos son ocultas tanto a nosotros como a ellos que las practican, y luego abandonarlas.

La verdadera religión, aquella pura y sin mancha. es aquella nos mueve a preocuparnos por los más necesitados (los huérfanos y las viudas), y a su vez, nos aleja de las pasiones y deseos de este mundo. O lo que es lo mismo: Nos aleja de la idolatría imperante donde quiera que estemos. Porque si la obra de Dios no prospera hoy, es a causa de nuestra propia infidelidad. Porque cuando no adoramos a Dios, inevitablemente adoramos “otros dioses”.

Lo que no debía hacer el pueblo de Israel era muy simple: No quedarse con plata, oro, vasijas de cobre o hierro alguno que pudieran encontrar a su paso en la conquista de la ciudad, porque todo aquel botín pertenecía al Señor.

Nuestro pecado hoy es, simplemente, que nos estamos quedando aquello que pertenece al Señor. Lamentablemente, solemos quedarnos siempre lo mejor de la obra, y las sobras se las damos al Señor de la obra. Pero Dios no hace acepción de personas, y la advertencia es clara. Si el pueblo de Israel desobedece, Dios no solo destruirá las murallas, también destruirá aquellos que profanen sus ruinas.

El amor sea sin hipocresía; aborreciendo lo malo, aplicándoos a lo bueno.
(Rom 12:9)

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Josué 6:17

17. Todo tiene que ser, al final, dedicado al Señor. Todo debe ser para su gloria y para su honra, y así será. Si no lo es de una forma lo será de otra. Tanto la salvación, como la perdición del hombre son para la gloria de Dios. Tanto lo que Dios construye, como lo que destruye le glorifica por su santidad.

Dios ha escogido lo más vil de este mundo para glorificarse a sí mismo. No importa lo que los hombres piensen de nosotros, ni cuál sea nuestra reputación, si Dios nos ha perdonado, si Él nos ha salvado, por lo tanto ya no hay nada que temer.

Para Dios, así es nuestro corazón, así somos nosotros. Un corazón misericordioso y humilde es el mejor hogar para el Espíritu Santo que viene a morar a nuestras vidas. Como Hijos de Dios impartimos una secreta y oculta sabiduría de Dios, que Él mismo decretó antes de la fundación de los tiempos. Mediante la hospitalidad muchos han sido partícipes de bendiciones completamente inesperadas. El amor de más valor para Dios es aquel que podamos impartir entre los hijos de Dios. La fe de Rahab fue lo que la salvó. Dios mismo la santificó por su hospitalidad con los espías del Pueblo de Dios. Y es que Rahab es en las Escrituras paradigma de fe fecunda.

Hoy está mucho más cerca el día del juicio de Dios. Nosotros escogemos cómo vamos a glorificar a Dios. Mediante nuestra salvación y entrega, o mediante nuestro orgullo y nuestra perdición ¿Amamos más al Señor que a todas las cosas? El Señor viene pronto. Toda la tierra será destruida como castigo por tanta maldad. Dios se glorificará con ello. Se acerca el día en que la credencial de nuestro Señor Jesucristo ya no será la cruz donde fue clavado sino la sed de su espada. Y es que se acerca el día en que ningún acto de maldad quedará impune sobre la Tierra.

Si alguno no ama al Señor, que sea anatema. ¡Maranata! 1Co 16:22

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Josué 6:16

16. Cuando el Señor dirige las cosas de principio a fin, las cosas solo pueden salir bien. Los objetivos de Dios no se cumplen solamente en el capítulo final de la historia, sino en cada uno de los capítulos. Es nuestra responsabilidad como portavoces de Dios el estar prestos a proclamar la Palabra que Dios en todo tiempo y en todo lugar. La Palabra de Dios actúa guiada por el Espíritu Santo pidiendo siempre una respuesta, a tiempo, y harmónica con Su voluntad. A Dios le ha placido darnos el Reino de los Cielos, así que debemos seguir el mandato divino y tomarlo. Porque la fe no muere en la batalla, muere cuando no acude a la voz de Dios.

Deberíamos preguntarnos si nuestra tranquilidad y conformismo en este mundo no son fruto de cierta complicidad con él. No nos dejemos engañar, este mundo no quiere saber nada de nosotros, es más, nos aborrecerá cuando pongamos de manifiesto sus obras. Si fuéramos más conscientes del peligro que nos rodea clamaríamos más a Dios por la venida de su Reino.

Es en la oración donde evidenciamos nuestra fe. Si no oramos, la obra del Señor no se sostiene, porque deja de ser “suya”. Dios, entonces, no levanta ni dones ni hombres que hagan sonar las trompetas tan fuertemente que se escuchen en el Cielo. Es la adoración a Dios el arma más poderosa que tenemos contra el enemigo. No la puede soportar. Pero cuidado, la verdadera alabanza y la verdadera adoración solo pueden empezar con la humillación que requiere toda obediencia a Su Palabra.

Y cuando comenzaron a entonar cánticos y alabanzas, el SEÑOR puso emboscadas contra los hijos de Amón, de Moab y del monte Seir, que habían venido contra Judá, y fueron derrotados. (2Cr 20:22)

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Josué 6:15

15. Y por fin llegó el séptimo día. Probablemente el más esperado de todos, pero también el que iba a ser el más duro. Era como si hasta el momento solo hubieran estado entrenando, y ahora, por fin, lo que tocaba era jugar de verdad. Así que allí se encontraba aquella procesión que resultaría ya familiar a los habitantes de Jericó: Los soldados encabezando el grupo, los siete sacerdotes con las siete trompetas, luego los sacerdotes que llevaban el arca, y al final otro puñado de soldados ocupándose de la retaguardia. Se calcula que las siete vueltas iban a durar unas tres horas. Así que, una vez más serían el “hazmerreir” de la ciudad, pero esta vez durante tres largas horas. Y a pesar de todo, los militares que defendían las murallas aún no habían conseguido vislumbrar ninguna maquinaria militar que pudiese, ni tan solo, dañar aquella inexpugnable fortaleza. Sin embargo, los Israelitas hicieron bien obedeciendo al Señor. Dando aquellas vueltas mostraban la certeza de su fe, aun y a pesar de ser una locura a la luz de los hombres. Pero una vez más el Señor utilizó la locura para confundir la sabiduría, y lo débil para destruir lo fuerte. La batalla que se iba a librar iba a ser entre la locura de Dios y la sabiduría de los hombres.

La madrugada era la hora en la que los ejércitos solían atacar, siempre poco antes del amanecer. Del mismo modo empezaba también nuestro Señor la jornada, y es que las primeras horas del día determinan en buena medida las horas siguientes. ¿Qué mejor que empezar orando?

Levantarse temprano solía tener un propósito para el Pueblo de Dios: “clamar por el auxilio del Señor”. Reclamar su salvación. Hacer suyas las promesas de Dios, tener la esperanza que el Señor las cumplirá el resto del día. Admitir nuestra dependencia de Él.

María y María Magdalena no se olvidaron del Señor, aun habiéndole visto morir. Allí estaban aquel domingo por la mañana dirigiéndose al lugar de la tumba. Su fe las movía, la esperanza las guiaba. Algo tenía que haber detrás de una obra “consumada”, según habían oído decir a Jesús.

Notemos que durante todas las vueltas a la ciudad de Jericó, los sacerdotes tocaban las trompetas hechas de carnero. Hoy nuestras trompetas deberían ser la predicación de la Palabra de Dios. La Palabra debería sonar y debería estremecer nuestros corazones. A su sonido deberíamos obedecer al Señor movidos por su calor y su luz. Nuestro corazón debería compungirse en amor al Señor y al prójimo. Pues todos vamos juntos en orden de batalla teniendo como único capitán a nuestro Señor Jesucristo.

Dios actúa a su debido tiempo. Nosotros no sabemos el cuándo, pero sí creemos que Él termina todas las obras que empieza. El siete nos habla siempre de plenitud, de perfección, de obra acabada. Es por ello que si seguimos los consejos que el Señor nos ha dejado en su Palabra, el Espíritu Santo terminará Su obra en nosotros.

Hoy vivimos en medio de tinieblas. La Palabra de Dios es nuestra lámpara. La única luz alimentada por el Espíritu Santo que nos da suficiente visión para no tropezar. Quisiéramos, quizá ver más, pero por ahora no nos es dado más. Pero es precisamente por esto que albergamos la gloriosa esperanza de aquel amanecer en que la estrella de la mañana se alzará definitivamente en nuestros corazones.

Me anticipo al alba y clamo; en tus palabras espero.
(Sal 119:147)

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Josue 6:14

14. Toda vida, que ha sido creada por Dios, tiene también un propósito dictado por Dios. No estamos aquí para decidir cómo hay que vivir la vida. Estamos aquí para vivirla conforme a los preceptos de Dios. Y si no lo hacemos, el camino que recorremos es de muerte, porque nos alejamos de la vida cada vez más. Quizá haya muchas rutinas, dentro de las ordenanzas divinas, que puedan parecernos algo infructuosas, o “aburridas”, pero muchas de las labores que se nos encomiendan, tales como la oración, escuchar la Palabra de Dios juntos, tener un devocional diario, la Comunión, etc. Son, en realidad, muy fecundas en manos del Espíritu Santo cuando nos ponemos de verdad a las órdenes de nuestro Capitán. Solo a sus pies, nuestro Señor nos hará ver cosas que nadie ha visto, y nos hará entender misterios que solo Él conoce.

Nuestro Capitán no nos dirige desde un cuartel alejado de la batalla, sino que va con nosotros. Él tiene un plan que hemos de seguir, pero a su vez, no nos deja solos. Va con nosotros, y esto es lo que nos debe de importar. La victoria no la conseguiremos nosotros, la conseguirá el Señor. De nosotros depende tomar de su gloria o no. Participar de su victoria o no.

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