Josué 6:17

17. Todo tiene que ser, al final, dedicado al Señor. Todo debe ser para su gloria y para su honra, y así será. Si no lo es de una forma lo será de otra. Tanto la salvación, como la perdición del hombre son para la gloria de Dios. Tanto lo que Dios construye, como lo que destruye le glorifica por su santidad.

Dios ha escogido lo más vil de este mundo para glorificarse a sí mismo. No importa lo que los hombres piensen de nosotros, ni cuál sea nuestra reputación, si Dios nos ha perdonado, si Él nos ha salvado, por lo tanto ya no hay nada que temer.

Para Dios, así es nuestro corazón, así somos nosotros. Un corazón misericordioso y humilde es el mejor hogar para el Espíritu Santo que viene a morar a nuestras vidas. Como Hijos de Dios impartimos una secreta y oculta sabiduría de Dios, que Él mismo decretó antes de la fundación de los tiempos. Mediante la hospitalidad muchos han sido partícipes de bendiciones completamente inesperadas. El amor de más valor para Dios es aquel que podamos impartir entre los hijos de Dios. La fe de Rahab fue lo que la salvó. Dios mismo la santificó por su hospitalidad con los espías del Pueblo de Dios. Y es que Rahab es en las Escrituras paradigma de fe fecunda.

Hoy está mucho más cerca el día del juicio de Dios. Nosotros escogemos cómo vamos a glorificar a Dios. Mediante nuestra salvación y entrega, o mediante nuestro orgullo y nuestra perdición ¿Amamos más al Señor que a todas las cosas? El Señor viene pronto. Toda la tierra será destruida como castigo por tanta maldad. Dios se glorificará con ello. Se acerca el día en que la credencial de nuestro Señor Jesucristo ya no será la cruz donde fue clavado sino la sed de su espada. Y es que se acerca el día en que ningún acto de maldad quedará impune sobre la Tierra.

Si alguno no ama al Señor, que sea anatema. ¡Maranata! 1Co 16:22

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Josué 6:16

16. Cuando el Señor dirige las cosas de principio a fin, las cosas solo pueden salir bien. Los objetivos de Dios no se cumplen solamente en el capítulo final de la historia, sino en cada uno de los capítulos. Es nuestra responsabilidad como portavoces de Dios el estar prestos a proclamar la Palabra que Dios en todo tiempo y en todo lugar. La Palabra de Dios actúa guiada por el Espíritu Santo pidiendo siempre una respuesta, a tiempo, y harmónica con Su voluntad. A Dios le ha placido darnos el Reino de los Cielos, así que debemos seguir el mandato divino y tomarlo. Porque la fe no muere en la batalla, muere cuando no acude a la voz de Dios.

Deberíamos preguntarnos si nuestra tranquilidad y conformismo en este mundo no son fruto de cierta complicidad con él. No nos dejemos engañar, este mundo no quiere saber nada de nosotros, es más, nos aborrecerá cuando pongamos de manifiesto sus obras. Si fuéramos más conscientes del peligro que nos rodea clamaríamos más a Dios por la venida de su Reino.

Es en la oración donde evidenciamos nuestra fe. Si no oramos, la obra del Señor no se sostiene, porque deja de ser “suya”. Dios, entonces, no levanta ni dones ni hombres que hagan sonar las trompetas tan fuertemente que se escuchen en el Cielo. Es la adoración a Dios el arma más poderosa que tenemos contra el enemigo. No la puede soportar. Pero cuidado, la verdadera alabanza y la verdadera adoración solo pueden empezar con la humillación que requiere toda obediencia a Su Palabra.

Y cuando comenzaron a entonar cánticos y alabanzas, el SEÑOR puso emboscadas contra los hijos de Amón, de Moab y del monte Seir, que habían venido contra Judá, y fueron derrotados. (2Cr 20:22)

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Josué 6:15

15. Y por fin llegó el séptimo día. Probablemente el más esperado de todos, pero también el que iba a ser el más duro. Era como si hasta el momento solo hubieran estado entrenando, y ahora, por fin, lo que tocaba era jugar de verdad. Así que allí se encontraba aquella procesión que resultaría ya familiar a los habitantes de Jericó: Los soldados encabezando el grupo, los siete sacerdotes con las siete trompetas, luego los sacerdotes que llevaban el arca, y al final otro puñado de soldados ocupándose de la retaguardia. Se calcula que las siete vueltas iban a durar unas tres horas. Así que, una vez más serían el “hazmerreir” de la ciudad, pero esta vez durante tres largas horas. Y a pesar de todo, los militares que defendían las murallas aún no habían conseguido vislumbrar ninguna maquinaria militar que pudiese, ni tan solo, dañar aquella inexpugnable fortaleza. Sin embargo, los Israelitas hicieron bien obedeciendo al Señor. Dando aquellas vueltas mostraban la certeza de su fe, aun y a pesar de ser una locura a la luz de los hombres. Pero una vez más el Señor utilizó la locura para confundir la sabiduría, y lo débil para destruir lo fuerte. La batalla que se iba a librar iba a ser entre la locura de Dios y la sabiduría de los hombres.

La madrugada era la hora en la que los ejércitos solían atacar, siempre poco antes del amanecer. Del mismo modo empezaba también nuestro Señor la jornada, y es que las primeras horas del día determinan en buena medida las horas siguientes. ¿Qué mejor que empezar orando?

Levantarse temprano solía tener un propósito para el Pueblo de Dios: “clamar por el auxilio del Señor”. Reclamar su salvación. Hacer suyas las promesas de Dios, tener la esperanza que el Señor las cumplirá el resto del día. Admitir nuestra dependencia de Él.

María y María Magdalena no se olvidaron del Señor, aun habiéndole visto morir. Allí estaban aquel domingo por la mañana dirigiéndose al lugar de la tumba. Su fe las movía, la esperanza las guiaba. Algo tenía que haber detrás de una obra “consumada”, según habían oído decir a Jesús.

Notemos que durante todas las vueltas a la ciudad de Jericó, los sacerdotes tocaban las trompetas hechas de carnero. Hoy nuestras trompetas deberían ser la predicación de la Palabra de Dios. La Palabra debería sonar y debería estremecer nuestros corazones. A su sonido deberíamos obedecer al Señor movidos por su calor y su luz. Nuestro corazón debería compungirse en amor al Señor y al prójimo. Pues todos vamos juntos en orden de batalla teniendo como único capitán a nuestro Señor Jesucristo.

Dios actúa a su debido tiempo. Nosotros no sabemos el cuándo, pero sí creemos que Él termina todas las obras que empieza. El siete nos habla siempre de plenitud, de perfección, de obra acabada. Es por ello que si seguimos los consejos que el Señor nos ha dejado en su Palabra, el Espíritu Santo terminará Su obra en nosotros.

Hoy vivimos en medio de tinieblas. La Palabra de Dios es nuestra lámpara. La única luz alimentada por el Espíritu Santo que nos da suficiente visión para no tropezar. Quisiéramos, quizá ver más, pero por ahora no nos es dado más. Pero es precisamente por esto que albergamos la gloriosa esperanza de aquel amanecer en que la estrella de la mañana se alzará definitivamente en nuestros corazones.

Me anticipo al alba y clamo; en tus palabras espero.
(Sal 119:147)

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Josue 6:14

14. Toda vida, que ha sido creada por Dios, tiene también un propósito dictado por Dios. No estamos aquí para decidir cómo hay que vivir la vida. Estamos aquí para vivirla conforme a los preceptos de Dios. Y si no lo hacemos, el camino que recorremos es de muerte, porque nos alejamos de la vida cada vez más. Quizá haya muchas rutinas, dentro de las ordenanzas divinas, que puedan parecernos algo infructuosas, o “aburridas”, pero muchas de las labores que se nos encomiendan, tales como la oración, escuchar la Palabra de Dios juntos, tener un devocional diario, la Comunión, etc. Son, en realidad, muy fecundas en manos del Espíritu Santo cuando nos ponemos de verdad a las órdenes de nuestro Capitán. Solo a sus pies, nuestro Señor nos hará ver cosas que nadie ha visto, y nos hará entender misterios que solo Él conoce.

Nuestro Capitán no nos dirige desde un cuartel alejado de la batalla, sino que va con nosotros. Él tiene un plan que hemos de seguir, pero a su vez, no nos deja solos. Va con nosotros, y esto es lo que nos debe de importar. La victoria no la conseguiremos nosotros, la conseguirá el Señor. De nosotros depende tomar de su gloria o no. Participar de su victoria o no.

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