John R.W. Stott

La ambición personal y el imperialismo obstaculizan la difusión del evangelio.
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Génesis 17:4

4. El Señor recuerda a Abraham que el pacto que ha establecido es solamente con Él y su descendencia. Y que, por ella será padre de multitud de naciones. De su descendencia nacerá el Salvador del mundo. Aquel por el cuál tantos hombres y mujeres serán salvos, y, por lo tanto, incorporados a la familia de Dios.

Dios renueva el pacto que ha establecido personal y unilateralmente con Abram. En respuesta, Dios solo espera la fe de Abraham. Fe que marcará el camino de todos aquellos que serán partícipes de esa misma promesa. Porque de Abraham no solo saldrá una nación, también será padre de muchas otras. No hay parangón, en ninguna cultura contemporánea al patriarca, en la que una deidad haga pacto alguno con un mortal. Aquellos dioses de antaño sólo realizaban sus demandas, y prometían un trato favorable a cambio.

Dios quería que Abraham, en persona, fuera una bendición para todas las naciones. Dios no quiere que, simplemente, le hagamos nuestras “aportaciones”. El quiere que seamos Su bendición allí donde estemos, con quien estemos.

Los planes de Dios son siempre muchísimo más grandes y extraordinarios de lo que nunca podamos imaginar. Paradójicamente, el único freno que tiene la bendición de Dios para nuestras vidas es nuestra incredulidad y nuestro temor.

El mismo Dios que creó a Abraham a su imagen y semejanza, es el que creó el Cielo, el Sol, la Luna, y las innumerables estrellas. Aquel que ha creado cada planta, cada animal, y cada grano de arena es el que va a bendecirnos de tal modo que nosotros mismos seamos instrumento de Su bendición para otros.

Aunque de la descendencia de Abraham salieron muchas naciones, no solo de Sara y Agar, también de las concubinas que tuvo. La bendición de la promesa es, esencialmente espiritual, e inmensamente superior a lo que ninguno podamos imaginar. Sin embargo, esa bendición estaba aún por llegar.

Aunque la bendición es espiritual, sus efectos se darán en este mundo. Mediante una tierra prometida, y una nación, la salvación de Dios llegará al mundo entero.

Espiritualmente, podemos ser descendencia de Abraham si compartimos su fe. La circuncisión, señal identitaria de su descendencia, era el recordatorio de que la promesa no solo era para aquellos que tenían su misma sangre, también para aquellos que tuvieran su misma fe. La justificación de Abraham es también nuestra propia justificación, porque seguimos sus pisadas de fe. Es la justicia, imputada por fe, la que nos puede hacer herederos de su misma promesa. La misma gracia que Dios tuvo con Abraham, es la que hoy tiene con nosotros, y en ambos casos nos viene dada por la fe. En este versículo, Dios está hablando a Abraham de cada uno nosotros, que somos de naciones que ni tan solo existían.

La descendencia prometida a Abraham está por encima de su estirpe. Los hijos de la promesa de Dios no han de ser de una raza en concreto, ni esclavos ni libres, ni ricos ni pobres, ni hombres ni mujeres. Porque para formar parte de la descendencia de Abraham lo único que hace falta es ser de Cristo.

Y si sois de Cristo, entonces sois descendencia de Abraham, herederos según la promesa. Gálatas 3:29

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Edmund Spenser

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Génesis 17:3

3. El primer requisito para tener auténtica comunión con Dios no es el corazón altanero ni la mano alzada, sino todo lo contrario: El corazón humilde y el rostro postrado. A menudo, los silencios de Dios no ocurren tanto porque Dios no desee hablarnos, más bien somos nosotros quienes no nos acercamos a Él como es debido. En este episodio, por primera vez, nos es revelado el nombre de Dios: “eil-shadday”(Dios todo poderoso). Asistimos a un acto de estrecha comunión entre Dios y Abraham, en el que percibimos no solo su inmensa majestad y poder, sino también su deseo de comunión con nosotros.

Aprendemos que para tener esta relación con Dios debemos empezar considerando quién es nuestro interlocutor, y cuál es nuestra verdadera condición. Lo primero que uno hace cuando descubre a Dios es, necesariamente, caer al suelo en una actitud de humillación y adoración. Aún hoy en oriente se sigue haciendo como expresión de profunda reverencia y sentida humillación. El temor de Dios nunca debe apartarse de nosotros mientras vivimos en presencia del Todopoderoso. La actitud de Abram es la que podemos ver a lo largo de todas las Escrituras en tantos otros hombres de Dios que tuvieron un encuentro cara a cara con Él.

Con esta actitud Abram se encuentra en disposición de escuchar y recibir la Palabra que Dios le ha preparado.

Si hemos reconocido a Jesús como el Hijo de Dios debemos entonces adorarle, no podemos actuar de otra manera. Y el que adora en espíritu y en verdad lo hace humillado, porque es la actitud de aquel que es agradecido. Jesús es el Gran Rey, aquel que debe juzgarnos a todos. Él es el principio y el final de todas las cosas. En nuestra humillación, nuestras oraciones, y nuestra adoración son ofrenda agradable que nos lleva a su misma presencia. Porque sólo hay uno digno de recibir todo el poder, las riquezas, la sabiduría, la honra, la gloria y la alabanza. Aquel que murió en la cruz por salvarnos.

La adoración y la alabanza nunca terminarán. Incluso en el Cielo nos postraremos y le alabaremos ¿Lo estamos haciendo ya?

El postrarse es una señal de respecto a un superior ¿Qué otra cosa podemos hacer ante el único Dios Todopoderoso? ¿Cuál es nuestra respuesta ante el poder y la gracia de Dios? La de Abraham fue una postrada y humilde adoración.

Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; Apocalipsis 1:17

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Henry Wadsworth Longfellow

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Matthew Henry

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Filipenses 2:3

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Génesis 17:2

con los hombres.

2. El pacto que Dios hace con Abraham es unilateral. Por lo tanto, es Dios quien hace un pacto eterno del cual todos nosotros, los que creemos en el Señor Jesucristo, hemos sido hechos partícipes. Es un pacto personal, porque Dios ha creado al hombre a su imagen i semejanza, por lo tanto, puede tener una relación con él.

No hay mayor milagro que el de la vida. La capacidad de tener descendencia, perdurar a través de las edades mediante la prole.  En los tiempos y en la cultura de Abraham los hijos tenían un valor social mucho más relevante del que tienen hoy en día en occidente. En la sociedad del patriarca los hijos eran un preciado activo por el cual una familia se aseguraban la subsistencia, adquiría prestigio social, y prosperidad económica, así como, la continuidad de la estirpe a través de los tiempos.

Pero la promesa de Dios iba mucho más allá. El plan y el propósito de Dios tenían un alcance universal. Abram llegará a ser “padre de naciones”. El pacto no solo es con él, sino también con todos aquellos que vendrán detrás de Él. En este pacto constatamos cómo la Palabra de Dios perdura a través de las generaciones.

Otra señal identitaria del pueblo de Dios será la tierra en que habite: Canaán. La bendición que recibirá en esa tierra será abundante, pero no será sólo para ellos, porque Dios les ha encomendado ser instrumento de su generosidad a otras naciones.

Dios siempre se refiere a este pacto como suyo. De hecho, es Dios quien toma la iniciativa (15:18), lo confirma en este versículo, y lo establece el verso 7. Este “te multiplicaré en gran manera” evoca Génesis 1:28 cuando Dios habla con Adán, o 9:7 cuando lo hace con Noé, sugiriendo así que el propósito original de Dios para la humanidad, tan afectado por el pecado, llegará a conseguirse finalmente a través de Abram y su descendencia.

Nos encontramos ante la veinteava profecía del libro de Génesis. El milagro que Dios está a punto de realizar consistirá en hacer nacer un hijo de dos cuerpos “muertos” (o incapaces de procrear), y de este milagro dar una descendencia tan grande como las estrellas del universo.

En medio del caos humano, Dios no sólo juzga con rectitud, también abre una brecha por dónde incurrir llevando por bandera la esperanza, la misericordia y del perdón.

El pacto de Abram es el pacto de la Cruz que, como el nacimiento de Isaac, ocurrirá a su debido tiempo. Aquellos que verdaderamente compartimos la fe del patriarca somos aquellos que creemos en Cristo Jesús y su obra redentora.

El pacto de Dios constaba de dos partes. Primero tenemos una declaración del amor incondicional de Dios; al cual iba anexa la promesa de una vida feliz. Y luego tenemos una exhortación a esforzarse sinceramente en el cultivo de la rectitud. Esa debía ser la respuesta de Abraham a la generosa obra de la gracia divina.

A medida que Dios va ampliando la declaración de su Gracia, trata de desarrollar en Abraham una voluntad y un empeño que transforme su mentalidad y su vida tanto para reverenciarle como Dios como para vivir delante de Él con rectitud.

El texto original dice “te daré” mi pacto, el pacto anunciado el en capítulo 15 y que ahora da a conocer con más detalles. La palabra “pacto” aparece 13 veces en este capítulo, más que en ningún otro de la Escritura.

En el capítulo 15 Dios formaliza el pacto pasando entre el sacrificio de animales. Promete multiplicar la descendencia de Abram y darles la tierra.  El pacto conlleva un mandamiento: No tengas miedo, lo cual provoca una reacción en Abram: Creer.

Pero, ante todo, Dios muestra a Abraham su inmensa bondad. No exige a Abram una integridad simplemente por su autoridad, que la tiene. Más bien espera una respuesta a su gracia que confirme su fe.

La relación de pacto entre Dios y Abraham incluye tanto promesas por parte de Dios como preceptos que Abram y Sara deberán cumplir. Este patrón de obligaciones mutuas no es una relación a partes iguales, como en un contrato humano, porque es Dios quien soberanamente confiere el pacto concediendo la gracia de la fe y la obediencia al hombre. Dios, por su bondad, provee del remedio necesario para subsanar la desobediencia humana. Porque la historia del pacto en el Antiguo Testamento es, en buena medida, un compendio de incumplimientos a los requerimientos de ese pacto. Sin embargo, a pesar de la deslealtad de los seres humanos, el Dios del pacto de la Gracia continúa fiel a sus promesas mientras pone su mirada en la cruz.

Por lo cual también nació de uno (y éste casi muerto con respecto a esto) una descendencia COMO LAS ESTRELLAS DEL CIELO EN NUMERO, E INNUMERABLE COMO LA ARENA QUE ESTA A LA ORILLA DEL MAR. Hebreos 11:12

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Jeremías 45:5

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Wendy Ward

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