San Ambrosio

Los siervos de Cristo son protegidos por seres invisibles, más que por los que se pueden ver. Pero si estos te protegen, lo hacen porque antes han sido convocados por tus oraciones.
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Hebreos 1:14

¿No son todos ellos espíritus ministradores, enviados para servir por causa de los que heredarán la salvación?
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Mateo 25:31

Pero cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con El, entonces se sentará en el trono de su gloria;
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Daniel 12:1

En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que vela sobre los hijos de tu pueblo. Será un tiempo de angustia cual nunca hubo desde que existen las naciones hasta entonces; y en ese tiempo tu pueblo será librado, todos los que se encuentren inscritos en el libro.
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Salmo 91:11

Pues El dará órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te guarden en todos tus caminos.
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John R.W. Stott

La ambición personal y el imperialismo obstaculizan la difusión del evangelio.
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Génesis 17:4

4. El Señor recuerda a Abraham que el pacto que ha establecido es solamente con Él y su descendencia. Y que, por ella será padre de multitud de naciones. De su descendencia nacerá el Salvador del mundo. Aquel por el cuál tantos hombres y mujeres serán salvos, y, por lo tanto, incorporados a la familia de Dios.

Dios renueva el pacto que ha establecido personal y unilateralmente con Abram. En respuesta, Dios solo espera la fe de Abraham. Fe que marcará el camino de todos aquellos que serán partícipes de esa misma promesa. Porque de Abraham no solo saldrá una nación, también será padre de muchas otras. No hay parangón, en ninguna cultura contemporánea al patriarca, en la que una deidad haga pacto alguno con un mortal. Aquellos dioses de antaño sólo realizaban sus demandas, y prometían un trato favorable a cambio.

Dios quería que Abraham, en persona, fuera una bendición para todas las naciones. Dios no quiere que, simplemente, le hagamos nuestras “aportaciones”. El quiere que seamos Su bendición allí donde estemos, con quien estemos.

Los planes de Dios son siempre muchísimo más grandes y extraordinarios de lo que nunca podamos imaginar. Paradójicamente, el único freno que tiene la bendición de Dios para nuestras vidas es nuestra incredulidad y nuestro temor.

El mismo Dios que creó a Abraham a su imagen y semejanza, es el que creó el Cielo, el Sol, la Luna, y las innumerables estrellas. Aquel que ha creado cada planta, cada animal, y cada grano de arena es el que va a bendecirnos de tal modo que nosotros mismos seamos instrumento de Su bendición para otros.

Aunque de la descendencia de Abraham salieron muchas naciones, no solo de Sara y Agar, también de las concubinas que tuvo. La bendición de la promesa es, esencialmente espiritual, e inmensamente superior a lo que ninguno podamos imaginar. Sin embargo, esa bendición estaba aún por llegar.

Aunque la bendición es espiritual, sus efectos se darán en este mundo. Mediante una tierra prometida, y una nación, la salvación de Dios llegará al mundo entero.

Espiritualmente, podemos ser descendencia de Abraham si compartimos su fe. La circuncisión, señal identitaria de su descendencia, era el recordatorio de que la promesa no solo era para aquellos que tenían su misma sangre, también para aquellos que tuvieran su misma fe. La justificación de Abraham es también nuestra propia justificación, porque seguimos sus pisadas de fe. Es la justicia, imputada por fe, la que nos puede hacer herederos de su misma promesa. La misma gracia que Dios tuvo con Abraham, es la que hoy tiene con nosotros, y en ambos casos nos viene dada por la fe. En este versículo, Dios está hablando a Abraham de cada uno nosotros, que somos de naciones que ni tan solo existían.

La descendencia prometida a Abraham está por encima de su estirpe. Los hijos de la promesa de Dios no han de ser de una raza en concreto, ni esclavos ni libres, ni ricos ni pobres, ni hombres ni mujeres. Porque para formar parte de la descendencia de Abraham lo único que hace falta es ser de Cristo.

Y si sois de Cristo, entonces sois descendencia de Abraham, herederos según la promesa. Gálatas 3:29

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Edmund Spenser

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Génesis 17:3

3. El primer requisito para tener auténtica comunión con Dios no es el corazón altanero ni la mano alzada, sino todo lo contrario: El corazón humilde y el rostro postrado. A menudo, los silencios de Dios no ocurren tanto porque Dios no desee hablarnos, más bien somos nosotros quienes no nos acercamos a Él como es debido. En este episodio, por primera vez, nos es revelado el nombre de Dios: “eil-shadday”(Dios todo poderoso). Asistimos a un acto de estrecha comunión entre Dios y Abraham, en el que percibimos no solo su inmensa majestad y poder, sino también su deseo de comunión con nosotros.

Aprendemos que para tener esta relación con Dios debemos empezar considerando quién es nuestro interlocutor, y cuál es nuestra verdadera condición. Lo primero que uno hace cuando descubre a Dios es, necesariamente, caer al suelo en una actitud de humillación y adoración. Aún hoy en oriente se sigue haciendo como expresión de profunda reverencia y sentida humillación. El temor de Dios nunca debe apartarse de nosotros mientras vivimos en presencia del Todopoderoso. La actitud de Abram es la que podemos ver a lo largo de todas las Escrituras en tantos otros hombres de Dios que tuvieron un encuentro cara a cara con Él.

Con esta actitud Abram se encuentra en disposición de escuchar y recibir la Palabra que Dios le ha preparado.

Si hemos reconocido a Jesús como el Hijo de Dios debemos entonces adorarle, no podemos actuar de otra manera. Y el que adora en espíritu y en verdad lo hace humillado, porque es la actitud de aquel que es agradecido. Jesús es el Gran Rey, aquel que debe juzgarnos a todos. Él es el principio y el final de todas las cosas. En nuestra humillación, nuestras oraciones, y nuestra adoración son ofrenda agradable que nos lleva a su misma presencia. Porque sólo hay uno digno de recibir todo el poder, las riquezas, la sabiduría, la honra, la gloria y la alabanza. Aquel que murió en la cruz por salvarnos.

La adoración y la alabanza nunca terminarán. Incluso en el Cielo nos postraremos y le alabaremos ¿Lo estamos haciendo ya?

El postrarse es una señal de respecto a un superior ¿Qué otra cosa podemos hacer ante el único Dios Todopoderoso? ¿Cuál es nuestra respuesta ante el poder y la gracia de Dios? La de Abraham fue una postrada y humilde adoración.

Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; Apocalipsis 1:17

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Henry Wadsworth Longfellow

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