El Señor razona con Job para mostrarle su justicia, poder y sabiduría (Job 40:6-14).

Respondió Jehová a Job desde el torbellino. Porque acercarse a Dios siempre exige un acto de fe, y de valentía. Una vez más Dios habla a Job desde este elemento de fuerza y poder, símbolo de caos y desorden.

Como cualquier ser humano, Job carga con el peso de su condición pecaminosa. Ante las preguntas de Dios, Job deberá confrontar su fragilidad y reconocer que su comprensión es limitada. Solo la humildad le permitirá acercarse a la verdad divina. Ahora, Job debe afrontar su responsabilidad como varón de Dios. Cuanto más cerca estamos de Él, más nos llena su temor.

Job afirmó anteriormente que Dios no le está tratando con justicia (27:2, 9:24), una vez más, su argumentación se basa en la teología de la retribución, por lo tanto, declara, con sólidos argumentos, que su inocencia no merece la adversidad que está sufriendo. Pero, Dios cuestiona la legitimidad de tal afirmación. Si Job es inocente ¿está Dios siendo injusto necesariamente? ¿Puede haber alguna otra alternativa? ¿Para poder justificar a Job tiene que declararse él mismo injusto? Implícitamente, el Señor está diciendo que Job tiene todo el derecho del mundo a estar desconcertado por lo que le está ocurriendo, pero, en ningún caso, está en condiciones de cuestionarlo o reprenderlo.

¿Cuántas veces cuestionamos los juicios de Dios? Nos adelantamos a Dios como si no hubiera más conocimiento que el que puede albergar nuestra cabeza. Las palabras de Jehová desnudan la naturaleza de la hipocresía humana: Condenar a los demás para justificarse uno mismo.

¿Acaso llegamos donde Dios llega? ¿Acaso tiene Job el brazo de Dios, símbolo de su poder? La pregunta de Jehová implica que la autoridad moral de Job es tan limitada como su capacidad para controlar el mundo natural. Los capítulos 38 y 39 ya han demostrado que Job carece del conocimiento necesario para ello.

No sin una buena carga de ironía, Jehová ordena a Job que actúe con atributos divinos. Que se vista de gloria, que manifieste todo su esplendor. Jehová le pide que derrame toda su ira sobre el soberbio, y actúe con máxima severidad. Que pisotee sin miramiento al impío, y entonces él mismo (Jehová) confesará su salvación. En resumidas cuentas, Jehová le asigna tareas imposibles, que ningún ser humano puede llevar a cabo. Queda claro que Job no es Jehová, y que no puede hacer aquello que sólo Dios soberanamente puede llevar a cabo.

Asumiendo que Job no puede cumplir los preceptos divinos de los versículos 10-13, llegamos a la conclusión de que Jehová no se aferrará a Job. Job no puede gobernar el mundo con justicia, porque no es igual que Jehová. Job no puede ejercer autoridad sobre el mundo físico, por lo que no puede decir al Señor cómo debe gobernar la esfera moral de la vida. Job no tiene nada que reprochar a Jehová, no puede exigirle que actúe según el patrón moral que exige la teología de la retribución a la que tanto se aferra el pueblo judío. El Señor insiste en que sólo él tiene el control y, desde luego, no tiene intención de ceder su autoridad ni a él ni a ningún otro ser humano.

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