Génesis 15:9

09. Acercarse a Dios, ser receptor de sus promesas siempre demanda una entrega por nuestra parte. Sin sacrificio, sin abandono, no vamos a recibir la bendición de Dios. Una mano cerrada no solo no puede ofrecer, tampoco puede recibir.

Abraham está a punto de establecer un pacto con Dios. Su demanda de recibir una prueba está siendo atendida. Dios se compromete mediante esta ceremonia a cumplir su promesa ¡Qué fiel es Dios que, sin tener necesidad, se compromete a nombrar a Abraham como heredero formalizando su pacto mediante este sacrificio ceremonial!

Al igual que en el episodio que ocurrirá más adelante en el monte Moriah, o en todo el aspecto ceremonial de sacrificios que se instaurará en el monte Sinaí. Todo nos dirige la mirada a aquel que hizo el sacrificio expiatorio una vez por siempre: Nuestro Señor Jesucristo. Él, y sus tres años de ministerio, no solo sirvieron para inaugurar el Reino de Dios en la Tierra, también formaron parte de la justicia y la misericordia de Dios cuando Dios mismo sacrificó a su propio Hijo en la Cruz del Calvario. Esa Cruz y esa Resurrección son el pacto unilateral de Dios con el hombre. Jesucristo es la esperanza inconmovible a la que nos aferramos. Él es el cordero sin mancha ni defecto que quita el pecado del mundo.

Sin duda, el sacrificio de estos tres animales sienta el precedente de todo el ceremonial de sacrificios que Dios instaurará más adelante en el Monte Sinaí. Al acercarnos a Dios, nunca debemos pasar por alto nuestra condición pecaminosa y nuestro propio pecado. El sacrificio de animales hablaba claramente de la gravedad del pecado y de la santidad de Dios. Es por ello que no podemos acercarnos a Dios sin antes haber sido lavados por la sangre expiatoria de Cristo, simbolizada en la sangre del animal sacrificado.

El Pueblo de Dios es santificado por la sangre del sacrificio. Por la sangre derramada nuestra culpa es quitada, nuestro pecado perdonado, y somos apartados para Dios. Vivimos entonces para Su gloria, pero solo gracias al pacto que Dios ha hecho con su pueblo. Somos perdonados y santificados, no por voluntad humana, sino divina.

Y es que al final, ningún pecado quedará impune. De hecho, si miramos hacia atrás en la historia observamos que no ha habido civilización que no haya sido ya juzgada. Hoy, solo tenemos dos opciones: O aceptamos el sacrificio que Dios ha dispuesto mediante el arrepentimiento, o acarrearemos con las consecuencias de nuestras ofensas. Dios demanda sacrificio, en cualquier caso, y lo habrá. Si Él no es el sacrificado, lo seremos nosotros sin remedio.

El Señor también nos pide sacrificios de alabanza. A veces, estos sacrificios pueden comprender cosas “tan poco productivas” como reunirse con el pueblo de Dios para alabarle y adorarle, escuchar su Palabra, participar de la comunión, o dedicar un tiempo de oración. El Señor no necesita todas estas cosas, sin embargo, Él se complace en ellas porque son prueba de nuestra fe en Él. Aprendamos, pues con humildad a desarrollar nuestra fe mediante todas estas cosas. Aunque a veces no las entendamos o no nos parezcan lo más razonable. Aunque seamos objeto de burla por ello. No olvidemos que siempre es mejor agradar a Dios que a los hombres.

Todos los animales mencionados aquí forman parte del sistema de sacrificios descrito en Levítico. Muy probablemente, estos animales representan la nación de Israel: “Un Reino de Sacerdotes”. El pacto unilateral de Dios, no solo nos salva, también nos aparta para Él, nos santifica, y nos hace sus siervos y sacerdotes.

y dice: Juntadme a mis santos,
los que han hecho conmigo pacto con sacrificio.
Salmo 50:5

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