SALMOS 3:3

3. El Señor no nos ha prometido una vida sin adversidades, pero sí nos ha prometido ser nuestro escudo, nuestra gloria, y el que nos levanta cuando caemos. Pero todo esto es así, o nos damos cuenta que es así, cuando dejamos de confiar solo en nosotros mismos, cuando dejamos de buscar nuestra propia gloria, y cuando dejamos de actuar movidos exclusivamente por nuestros propios intereses o razonamientos. En definitiva, para levantarnos primero debemos admitir que nos hemos caído.

¿A quién acudimos en el día de la adversidad? ¿Acudimos al Señor, o más bien nos parece una buena excusa para dejarlo? ¿Dónde hacemos nuestra fortaleza, en el Cielo, o en la Tierra? Los grandes hombres y mujeres de Dios lo fueron porque pusieron sus pies sobre la roca más alta, la inconmovible, la que llega al mismo trono de Dios.

Nuestra condición de hijos de Dios no debería alimentar nuestro orgullo, sino todo lo contrario, debería hacernos como niños. Niños dependientes de su Padre que viven tranquilos confiando en el cuidado, la guía y el favor de aquel que les ha dado la vida.

En este mundo necesitamos protección. Aquí no buscamos palacios ni mansiones sino un lugar donde cobijarnos, pues los días son cortos y malos. Y es que, la transitoriedad de la vida nos es más evidente a aquellos que creemos en la Eternidad. Necesitamos cobijo porque la adversidad tampoco nos es ajena, sin embargo nuestra protección no viene del hombre, sino de nuestro Señor y Salvador. En el transcurso de este corto camino que es la vida, la Palabra de Dios es fundamental. Forma parte de nuestra dieta. Es el alimento de nuestra Esperanza. Nuestra confianza está puesta en todo lo que ella afirma: Que Cristo nos sostiene y nos mueve.

Dios nos guarda y nos protege, nos colma de bendiciones, pero su amor va mucho más allá de lo que nos da. Su amor perdura, los bienes terrenales que nos otorga perecen. Su fidelidad no se mide por la abundancia material, pues es en los momentos de prueba, escasez y dificultad cuando la fidelidad de Dios se hace más evidente.

Las pruebas que podamos pasar pueden ser mayúsculas, lo suficientemente duras como para que nos hagan tambalear o incluso ponernos en rebeldía. Y es que el dolor no es amigo de nadie. El consuelo suaviza las heridas, pero la sanación solo la puede dar el Señor. En cualquier caso, sabemos que incluso las pruebas que pasamos glorifican a Dios, lo entendamos o no. Pues es la paciencia, la que siempre nos aporta una mayor madurez.

La felicidad debería ser la característica principal del pueblo de Dios ¡Qué poco exteriorizamos que somos un pueblo salvado por el mismo Señor que creó los Cielos y la Tierra y que nos perdonó dando su vida por nosotros en la cruz! Sin olvidar que además, nos sostiene, nos guarda, y nos cuida constantemente.

El Señor completará nuestra obra en nosotros. Él nos ha apartado y nos ha hecho un pueblo santo para Él. Por lo tanto, su oído siempre está presto a escuchar nuestras súplicas, por eso no debemos escatimar en dedicar tiempo a la oración.

Nuestra salvación no descansa en nosotros, ni tampoco en nuestras habilidades, ni en nuestro poder, sino en Dios. Él nos salva constantemente de peligros por doquier. No solo nos ha perdonado en Cristo Jesús, también nos ha dado su vida y su poder para seguir sus pasos. No hay lugar pues para ningún afán. El Señor es nuestra gloria, y un día esta se manifestará.

Aunque no nos damos cuenta, es la luz que recibimos del sol la que nos permite vivir y estar relativamente confiados en este mundo. Pero los que andamos por fe, debemos empezar a andar guiados por otra luz, aquella que venció las tinieblas allí en la cruz, aquella que ilumina nuestros corazones, y aquella que un día brillará más que el Sol en la Jerusalén celestial.

El Señor Jesús ha prometido vindicar a su Pueblo. Él no siempre va a impedir que tengamos enemigos, pero sí nos va a vindicar, tarde o temprano. En algún momento, Él levantará nuestra cabeza y todos lo verán. Su victoria sobre aquellos que nos persiguen será manifiesta. Que se oigan pues nuestras voces de júbilo y alabanza, y vivamos en constante acción de gracias.

Ante una situación tan antagónica como la que se encontraba el Rey David, siendo abandonado por todos y perseguido por su propio hijo. David encuentra alivio en el carácter de Dios. Usando la metáfora de “un escudo”. David no dudó en afirmar (a pesar de las burlas) que la verdadera fuente de su protección era Dios mismo. David tenía la esperanza de ser restaurado y de recuperar su posición y su dignidad. “Levantar la cabeza” es una expresión que nos habla precisamente esa restauración.

Por desgracia somos tremendamente olvidadizos. Y a menudo olvidamos todas las obras y proezas que Dios ha hecho con nosotros en el pasado. Cuando pasamos momentos de crisis y dificultad, es bueno traer a la memoria todas las bendiciones que Dios nos trajo en el pasado. Dios no ha cambiado, continua siendo el mismo, y su misericordia sigue siendo para siempre. Es en momentos de prueba cuando se hace más necesario que nunca andar por fe y no por vista.

Tú eres mi escondite y mi escudo; en tu palabra he puesto mi esperanza. Salmo 119:14

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