Mateo 5:27-28
Génesis 15:16
16. Dios sigue teniendo sus planes a pesar de todo. El dirige y controla todas las riendas de este mundo, aunque a veces no lo parezca. Y es que, a causa de la corrupción del hombre, fruto del pecado, hoy siguen ocurriendo muchas calamidades y desgracias que Dios permite, aunque no desea. Esto se debe a que Él nos dio libertad para escoger, y nosotros escogimos darle la espalda, provocando así la entrada, influencia y dominio del pecado sobre toda la humanidad. Fue tal la afectación de nuestra insensatez, que la misma naturaleza se haya, desde entonces, bajo maldición a causa de nuestro pecado. Así que, Dios tiene que mantener girando un mundo delicado y complejo sin que este se precipite por el siempre amenazante abismo del caos. Porque Dios juzga a todo aquel que ha creado a su imagen y semejanza, mientras deja abierta la puerta de la salvación, para que esta llegue a todos aquellos le buscan. Dios tiene mucha paciencia. Antes que la última gota de su ira haga verter la copa de su juicio sobre nosotros, Él espera hasta el final que el hombre se arrepienta.
Pero, mientras tanto, los tiempos pertenecen a Dios. Su pueblo tuvo que pasar 430 años de esclavitud en Egipto para que se cumpliera el tiempo de su regreso a la tierra prometida. Aunque antes, Dios tendrá que juzgar a los amorreos, pueblo que habitaba la tierra de Canaán, entre otros. Los amorreos se caracterizaban por su gran idolatría. Ellos, como otros pueblos, deciden por dónde quieren ir, pero solo es Dios quien pone los caminos por donde pueden andar.
Mientras Dios espera, “el trigo” y la “cizaña” crecen juntos muy lentamente. A menudo, utilizamos la tardanza de la justicia de Dios, o su permisividad como otra excusa para cargar contra el Creador. Sin embargo, erramos grandemente al pensar así. El tiempo es de gran valor para Dios, por él viajan tanto su Juicio como su perdón, de nosotros depende cuál de los dos llega primero. Nadie como Dios odia la muerte, nadie como Dios desea que todos vivamos y volvamos a Él a través del arrepentimiento.
Jamás hay que juzgar un pueblo por su procedencia, o por su raza. Dios no juzga con parcialidad. Sin embargo, sí ocurre que la mayoría, o parte de ese pueblo, colectivamente, adopta costumbres paganas que los llevan, inevitablemente, a desobedecer a Dios y su Palabra.
El paganismo se manifiesta a través de la maldad del ser humano, la idolatría nunca es inocua. Dios no prefiere un territorio a otro. Simplemente, Dios juzga los hombres y mujeres que lo habitan. Dios solo nos cede la tierra que habitamos, no nos la da, así que no podemos hacer lo que queramos en ella. Él nos pedirá cuentas de todos nuestros actos, individualmente y también como nación.
El Señor promete bendición a todos aquellos que ponen en práctica las leyes y los consejos de Su Palabra sin tener en cuenta la raza o el origen de nadie. La vara que mide el juicio divino es igual para todos, sean extranjeros o no. La tierra siempre acaba arrojando a aquellos que cometen actos de maldad sin importarle la nacionalidad de estos.
La idolatría es como una enfermedad contagiosa. Debemos andar con cuidado no sea que acabemos “como todo el mundo”. Porque la idolatría termina transformando siempre nuestras actitudes y nuestras obras haciéndolas aborrecibles a los ojos de Dios. Los amorreos eran un pueblo idólatra, por lo tanto, sus obras eran también abominables. Sin embargo, la paciencia de Dios es tan grande que aún no se había llenado del todo el vaso de su ira. Aún hay tiempo para arrepentirse
La nación de Israel debía distinguirse del resto de naciones. Ellos tenían la responsabilidad de dar a conocer al mundo al único Dios vivo. Para ello, debían abandonar cualquier tipo de idolatría. Dios maldice las naciones idólatras. Las consecuencias de la idolatría son iguales para todos: La expulsión de la tierra en que se habita.
Dios no sólo espera que rebose el vaso de su ira mientras aumentan las maldades de aquellos que practican la idolatría. También manda profetas sabios que denuncien sus delitos y muestren el camino del arrepentimiento y del perdón. Aunque el resultado de la proclamación de la verdad, en muchos casos, no es otro que la persecución de aquellos que traen la Palabra de Dios, aumentando así, con creces, la ira que les es reservada.
Nadie es tan bondadoso como Dios. Él es misericordioso, paciente y compasivo con todos. Pero no por ello va a ser injusto. Dios espera que amemos a los demás justamente como Él nos ama a nosotros. Sin esperar nada a cambio. Dios mismo, personalmente, espera recompensarnos la confianza y la fe depositada en Él al soportar incluso las burlas y el desprecio de nuestros enemigos. Porque eso es justamente lo que Él hace con nosotros: Soportarnos
Nuestro concepto del tiempo, y el que tiene Dios son completamente distintos. Un día son para Dios como mil años, y mil años como un día. Él tolera ciertas maldades e injusticias porque tiene una perspectiva de lo que ocurre mucho más amplia que la nuestra. Él conoce verdaderamente los caminos de los hombres, y a dónde los llevan. Él es paciente para que muchos se arrepientan y eviten la condenación que les aguarda. Pero al mismo tiempo Dios tolera ciertas injusticias para que por un lado, el castigo que cuelga sobre aquellos que las llevan a cabo sea más severo, y por otro, hace que la vindicación de aquel que las sufre sea más gloriosa.
El Cielo es una realidad para todos aquellos que han sufrido la persecución y el martirio. Dios ha prometido una corona y una gloria especial para todos aquellos que sufrieron por amor a su nombre.
Dios es quien otorgó la tierra a los amorreos, pero no por ello iban a conservarla a cualquier precio. Su grado de maldad y de perversión llegarían a tal nivel, que Dios tendrá que expulsarlos de ella. Aun así, la paciencia de Dios les otorgó 4 siglos (generaciones) para arrepentirse. Estos son 13 de los pecados que practicaban los amorreos según recoge las Escrituras:
- Homosexualidad (Gén 13:13).
- Incesto (Lev 18:6-30).
- Afecto desordenado y desmedido (Lev 18:20-30).
- Adulterio (Lev 18:20-30).
- Idolatría (Lev 18:21-30).
- Blasfemia (Lev 18:21-30).
- Bestialismo (Lev 18:23-30).
- Brujería (Lev 20:6,23).
- Prostitución (Lev 20:1-23)
- Deshonrar (Lev 20:9-23).
- Asesinato (Det 12:31).
- Robo (Lev 19:11-13, 23).
- Falso testimonio (Lev 19:11-16, 23).
Porque todo aquel que se indulta a sí mismo acumula para sí otra pisada en el lagar de la ira de Dios. No ignoremos ni pasemos por alto el silencio de Dios, más bien temámoslo y busquemos mientras tanto el arrepentimiento, porque Dios solo calla mientras nuestras iniquidades llenan la copa de su ira.
Así que, ningún pueblo tiene, en última instancia, derecho a vivir en su tierra. Porque es Dios quien la concede, y es Dios quien la quita. La impiedad de los pueblos no quedará impune en ningún caso. La maldad no puede estarse quieta, avanza inexorablemente hasta que revienta los límites impuestos por Dios. Es entonces cuando, paradójicamente, lo que se termina derramando no es la iniquidad del hombre, sino la ira de Dios para inhibirla.
El Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento. 2 Pedro 3:9
Génesis 15:15
Dios promete un final adecuado a la carrera de Abraham. Después de abandonar tanta seguridad y comodidad en Ur de los Caldeos para emprender un nuevo camino provisto solo de la palabra de Dios, Abraham tendrá el descanso y la tranquilidad merecidas. El texto nos dice que cuando Abraham descanse volverá a sus padres en paz. Se entrevé, claramente, que:
- Dios cumple su Palabra.
- Dios no es un Dios de muertos sino de vivos.
- La andadura por fe de Abraham tiene consecuencias tanto en el Cielo como en la Tierra.
Dios promete a Abraham una buena vejez donde podrá mirar hacia atrás y observar los frutos de su peregrinación. A pesar de los achaques propios de la edad, Abraham aguardará satisfecho y lleno de esperanza su partida. Dios le protegió mientras fue un advenedizo en esta Tierra, por lo tanto, sabe que puede cruzar el umbral de la muerte tranquilo mientras llega a su verdadera patria. Más allá lo acogerán los brazos que tanto le sostuvieron en la Tierra, y a su vez, recibirá el calor de su pueblo, su gente y su parentela. Abraham será recibido en el Cielo por sus padres, y él mismo recibirá sus hijos y toda la descendencia que vendrá después de ellos. Porque el polvo vuelve a la tierra, pero el Espíritu vuelve a Dios, que lo dio. Como bagaje, Abraham se llevará días de plenitud que fue atesorando durante sus 175 años de vida mientras caminaba, caía, y era levantado otra vez.
La realidad de una vida, más allá de la muerte recorre toda la Escritura. El mismo Señor Jesucristo lo hizo ver a sus discípulos. El Dios de Moisés, es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Y Dios, es solo Dios de vivos. Porque todos aquellos que somos de Dios, vivimos para Dios.
Para el creyente, la muerte no es el negro pozo de desesperación que pende sobre todo incrédulo. Aquellos que tenemos la fe de Abraham, David, y otros héroes de la fe, podemos contemplar la muerte como “unas vacaciones”, un merecido “descanso”, un periodo de infinita paz que tendrá su apogeo en la resurrección. A pesar de que la muerte vendrá irremisible, e inesperadamente, para truncar nuestra vida tal como fue concebida a lo largo de toda nuestra existencia. Porque la muerte es un camino sin retorno que debe hacernos contar nuestros días para darles el sentido y el valor que tienen.
Aquella prueba, o señal, que certifica que estamos en el camino de la vida es la paz, la paz que nos dejó Jesús. Una paz que sentimos hoy en el corazón, pero que un día nos llevará al mismo Cielo. El que no anda por el camino de la vida, de la verdad, y de la justicia podrá disfrutar de muchas cosas, pero nunca podrá tener la Paz que solo Jesús puede ofrecer.
La andadura del creyente en esta vida transcurre como la del peregrino. Andamos por fe porque creemos en las promesas de nuestro Dios. Promesas que trascienden el momento en el que vivimos. Somos extranjeros en esta tierra porque nuestra patria se encuentra en los Cielos. Nuestra esperanza está en la Jerusalén celestial. Y sabemos que no es una mera ilusión, porque Dios mismo no se avergüenza de nosotros. Él mismo nos está preparando un lugar en la más bella de las ciudades que jamás han existido.
Las continuas menciones a “reunirse con los antepasados” que se escuchan en el Viejo Testamento dejan entrever la esperanza de una vida más allá de la muerte. La sepultura es considerada un memorial y un homenaje a la vida del que partió. Pero ante todo simboliza la esperanza y la fe en la resurrección.
Si bien la vida depende, en buena medida, de las decisiones que tomamos, no es así con la muerte. La muerte es indomable e impredecible. Dios no prometió a Abraham una vida cargada de placeres y bienestar. Más bien le ofreció un largo camino de dificultades, incomodidades, escasez, e incluso de ciertos momentos de amargura. Sin embargo, sí le prometió una muerte en paz, un descanso merecido, y la recompensa a una fidelidad demostrada en todo el camino recorrido. Atrás quedarán las inclemencias de las tiendas donde vivió. En el momento de su partida se abrirán las puertas de su morada celestial, donde tendrá un cálido reencuentro no solo con su salvador y redentor, también con su amada familia.
Pero en cuanto a que los muertos han de resucitar, aun Moisés lo enseñó en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob.
Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven. Lucas 20:36-37
Génesis 15:15
15. Dios promete un final adecuado a la carrera de Abraham. Después de abandonar tanta seguridad y comodidad en Ur de los Caldeos, y emprender un nuevo camino provisto solo de las promesas de Dios, Abraham tendrá el descanso y la tranquilidad prometidas. El texto nos dice que cuando Abraham descanse volverá a sus padres en paz. Se entrevé, claramente, que Dios promete lo que cumple. Que Dios no es un Dios de muertos sino de vivos. Y que la andadura por fe de Abraham tiene consecuencias tanto en el Cielo como en la Tierra.
Dios promete a Abraham una buena vejez donde podrá mirar hacia atrás y observar los frutos de su peregrinación. A pesar de los achaques propios de la edad, Abraham aguardará satisfecho y lleno de esperanza su partida. Dios le protegió mientras fue un advenedizo en esta Tierra, por lo tanto, sabe que puede cruzar el umbral de la muerte tranquilo, porque sabe que al otro lado se encuentra su verdadera patria. Más allá de la muerte lo acogerán los brazos que tanto le sostuvieron aquí en la Tierra, y a su vez recibirá el calor de su pueblo, su gente y su familia. Sabe que en el Cielo será recibido por sus padres, y él mismo recibirá sus hijos y toda la descendencia que vendrá después de ellos. Porque el polvo vuelve a la tierra, pero el Espíritu vuelve a Dios, que lo dio. Como bagaje, Abraham llevará días de plenitud que fue atesorando mientras caminaba, aun cayendo, y siendo levantado otra vez.
La realidad de la vida, más allá de la muerte recorre toda la Escritura. El mismo Señor Jesucristo lo hizo ver a sus discípulos. El Dios de Moisés, es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Y Dios, es solo Dios de vivos. Porque todos aquellos que somos de Dios, vivimos para Dios.
Para el creyente, la muerte no es el negro pozo de desesperación que pende sobre todo incrédulo. Aquellos que tenemos la fe de Abraham, David, y otros héroes de la fe, podemos contemplar la muerte como “unas vacaciones”, un merecido “descanso”, un periodo de infinita paz que tendrá su apogeo en la resurrección. A pesar de que la muerte vendrá irremisiblemente, e inesperadamente, para truncar nuestra vida tal como fue concebida a lo largo de toda nuestra existencia. La muerte es un camino sin retorno que debe hacernos contar nuestros días para darles el sentido y el valor que tienen.
Puestos los ojos en Jesús mediante nuestra fe, no hay motivo por el cual temer a la muerte. Sin embargo, esto no es así para los que no tienen esperanza. Desasosiego, incertidumbre, oscuridad, y caos es lo que aguarda aquellos que desecharon la Luz de Dios y su Palabra.
Nuestra única esperanza, como creyentes, es el Señor Jesucristo. Su vara y su cayado son los que nos infunden aliento. Por su mano, no vamos a ser dejados en la morada de los muertos.
Pero en cuanto a que los muertos han de resucitar, aun Moisés lo enseñó en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Lucas 20:37.






