Francis Bacon

180526

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William Alfred

180520

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Judas 4

180512

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Romanos 1:19-20

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Génesis 15:18

18. Nos encontramos ante la profecía número 18 del libro de Génesis y la tercera que hace referencia a la posesión de Canaán por parte de la semilla de Abraham.

Tal como leemos, Dios da una buena extensión geográfica a la descendencia de Abraham. Lo hace en el mismo momento que lo promete. La tierra de la promesa será una posesión para el pueblo de Israel como nación, así que no será para Abraham exactamente sino para su descendencia, y por ello también serán benditas todas las naciones. La extensión del territorio comprende desde el río Éufrates hasta el río de Egipto. La designación de este último río no está clara. Se puede referir tanto al Wadi el Arish (a mitad de camino entre Israel y el Nilo, o podría referirse al lado más oriental del Nilo.

Dios hace pactos a menudo, según encontramos en las Escrituras. El primer pacto que encontramos es el del Arco iris. Por él, Dios se compromete a no terminar con la vida de toda criatura mediante ningún otro diluvio. El Arco Iris aparece de vez en cuando para recordarnos su promesa. Por él, estamos seguros de que Dios cumple sus promesas.

Dios establece sus pactos a través de distintos hombres del pueblo de Dios como Noé, Abraham, Moisés, o David. Todos ellos, como una cadena podrían enlazarse unos con otros hasta llegar a Jesús. Podríamos incluso decir que, hoy, la cadena continúa hasta que Jesús venga y establezca su Reino eterno para bendición de todas las naciones.

Promised Land

Es por la sangre de Cristo que hoy nosotros podemos llegar a formar parte del pueblo de Dios, partícipes del pacto eterno hecho a Israel, y así formar parte de su linaje real y sacerdotal. Por su sangre, el Señor nos equipa con todo lo que es bueno para hacer su voluntad, el construye así en nosotros con materiales nobles agradables a sus ojos.

Como cristianos, nuestro ministerio es ahora de reconciliación, de hacer partícipes a otros de la bendición de este pacto, que es la salvación de sus vidas. Por otro lado, las promesas de Dios deben provocar en nosotros adoración, tal y como ocurrió Abraham. Sacrificio de adoración y alabanza, acciones de gracias, son actos espontáneos de aquel que cree y confía en las promesas de Dios.

Aunque durante parte del reinado del rey David y de su hijo Salomón las fronteras se extendieron más allá de Canaán, llegando a tener el control económico a través del vasallaje de casi toda está área. El cumplimiento de esta profecía solo ocurrirá cuando Cristo establezca su reino eterno desde Jerusalén para bendición de todas las naciones.

Los pueblos que habitaban la tierra prometida solo podían ser expulsados por Dios. Entre otras cosas, porque los cananeos eran más fuertes y poderosos que Israel. Sin embargo, no llegaron a abandonar su tierra del todo porque el pueblo de Dios confiaba más en si mismo que en el poder de su Dios. Por eso terminaron, en cierta medida, adorando sus mismos dioses paganos y pactando con ellos.

Es por la fe que Abraham depositó en Dios que se estableció el pacto entre ambos. El pacto fue entre Dios, como Señor y soberano, por un lado, y Abraham como su siervo por el otro. Así que, el pacto no depende de las obras de Abraham sino de la fidelidad de Dios.

Ahora bien, si las promesas fueron hechas a Abraham y a su simiente. La simiente es una: Cristo. Dios no hace ningún pacto que no venga acompañado con un sacrificio. Cristo es nuestro sacrificio. Así que, un día, tanto el Salvador como su pueblo serán el cumplimiento definitivo de la promesa.

Pero tú, Belén Efrata, aunque eres pequeña entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser gobernante en Israel. Y sus orígenes son desde tiempos antiguos, desde los días de la eternidad. Por tanto, El los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel. Y El se afirmará y pastoreará su rebaño con el poder del SEÑOR, con la majestad del nombre del SEÑOR su Dios. Y permanecerán, porque en aquel tiempo El será engrandecido hasta los confines de la tierra. Y El será nuestra paz. Miqueas 5:2-5.

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Hechos 17:23

180421

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Isaías 32:6

180414

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Salmos 14:1

180407

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Salmos 10:4

180324

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Génesis 15:17

17. La fe cristiana no es atractiva a nuestra sociedad, entre otras cosas, porque todo empieza con el cruento sacrificio de la cruz a causa del pecado del hombre. Pues bien, este pacto que Dios hace con Abraham dirige ahora nuestras miradas hacia el monte Calvario.

Nuestro camino hacia la Cruz pasa por la densa oscuridad de un monte. Por la reunión de todas las fuerzas espirituales malignas que gobiernan este mundo. Por la maldad que oculta el corazón del hombre, por la mentira y el engaño que nublan los ojos de un ser humano perdido que deambula mientras lucha contra sí mismo. Allí está el Hijo de Dios ofreciéndose en sacrificio por amor al hombre. Allí está pagando nuestra deuda, llevando sobre sus espaldas nuestra culpa, pactando con su sangre el perdón y la salvación de nuestras vidas. Del madero cuelga Cristo, ofreciéndose a sí mismo como ofrenda y olor fragrante a Dios.

El sacrificio de Abraham se envolvió de oscuridad. Aquella oscuridad que rodea este mundo y lo mantiene preso, pero entonces el fuego divino abrió una brecha entre los animales sacrificados. Una brecha de luz y de esperanza abierta con sacrificio de sangre.

Dios, a lo largo de los siglos, ha puesto límites a la maldad de los pueblos y las naciones. Por ello, Dios ejecuta juicios sobre civilizaciones enteras a causa de su maldad. Sodoma y Gomorra fueron ejemplo de lo que supone agotar la paciencia de un Dios lento para la ira y grande en misericordia.

El fuego en la Biblia es claramente un elemento de juicio divino. Por él juzga Dios a las naciones, y por él Dios también juzga y purifica a su pueblo entre las naciones.

Pero, a través del fuego Dios también ha manifestado su presencia al hombre en multitud de ocasiones. La zarza ardiente que hablaba a Moisés, o la columna de fuego que guiaba el pueblo de Israel son claros ejemplos.

El pacto de Dios con Abraham también nos recuerda el humeante Monte Sinaí con la presencia divina envuelta en fuego descendiendo sobre él mientras se producía grande estruendo. Los 400 años de servidumbre en Egipto fueron el horno de fuego del sacrificio divino donde se formó el pueblo de Dios. un pueblo redimido y santo, apartado para El.

El fuego que pasó entre los animales abrió un nuevo camino. Un camino que iniciaría Abraham y que continuaría su descendencia hasta el nacimiento del Señor Jesucristo. La fe y la consecuente obediencia de Abraham forjó una senda que serviría de ejemplo para muchos, y que daría por fruto, entre otras cosas una gran nación distinta a todas las demás: Israel, el Pueblo de Dios, una nación santa apartada para Él.

El fuego simboliza también esa luz que ilumina la nación en manos del Rey. Hoy, esa llama inicia su andadura hasta el día en que el Rey David tomará posesión de su Reino en Jerusalén. El salmista habla a menudo de Dios como su “luz”. Luz que vence a las tinieblas, que nos hace sentir seguros aún rodeados de oscuridad y que nos hace ver las cosas tal y como son. Por ella tenemos la confianza y la seguridad de la salvación. Por ella se desvanecen el miedo y la ansiedad. La luz prometida a David será su cetro, testimonio de la promesa cumplida. Luz de lo alto que dará a conocer la gloria de Dios a las demás naciones cuando el Señor Jesucristo vuelva y reine desde Jerusalén.

El sacrificar un animal, partirlo en dos, y pasar por en medio se hacía con frecuencia para sellar un pacto en aquellos tiempos. Este es el pacto de Dios con Abraham. Un pacto unilateral, porque solo la presencia de Dios en la antorcha pasó entre las dos partes. Presenciamos pues el pacto formal de Dios con Abraham, y el juramento de Dios por sí mismo.

Cuando Dios hizo su promesa a Abraham, como no tenía a nadie superior por quien jurar, juró por sí mismo. (Hebreos 6:13)

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