El sufrimiento de Job (7-10)
Es obvio que cuanto más lejos estamos de Dios, más cerca estamos del Diablo. Él habita en la oscuridad, en el mundo de lo oculto. Allí lleva a cabo sus planes, siempre mediante el engaño, y casi siempre, con violencia.
Este mundo de oscuridad lleva tiempo expandiéndose entre los hombres, nos va esclavizando mientras nos acomoda en sofisticadas redes de engaño y tentación. Mientras tanto, el Adversario aflige especialmente aquellos que han conseguido librarse de esta esclavitud del pecado por la Gracia de Dios viviendo justa y piadosamente. Sin embargo, a Job le fue quitada momentáneamente esa protección natural que Dios otorga a todos aquellos que andan con Él.
Tal y como leemos, no hubo parte del cuerpo de Job que no quedase expuesta a las garras del Adversario. A través de una horrible enfermedad, le infringió todo el dolor que pudo. La escena de Job sentado en cenizas, símbolo de duelo y lamento, mientras busca alivio rascándose con un trozo de teja, ilustra perfectamente su lamentable estado.
Los síntomas de esa espantosa afección comprendían dolorosas úlceras supurantes por todo el cuerpo (7:5), pesadillas y alucinaciones (7:14), costras que una vez caídas dejaban la piel negra (30:28,30), deformaciones y un semblante repugnante (2:12; 19:19), halitosis (19:17), un cuerpo esquelético (17:7; 19:20) fiebres (30:30) y un dolor incesante día y noche (30:17), así como llagas, término que en hebreo se traduce como «hervores» (Ex 9:9; Lev 13:18; 2Re 20:7).
Es obvio que la esposa de Job no tenía ni la integridad ni la fortaleza de su marido. Pero, no caigamos en el error de estigmatizarla. Lo que tuvo que pasar fue durísimo, y en semejante situación uno no es necesariamente dueño de sus palabras. La esposa de Job sufría lo que en términos psicológicos se conoce como “trastorno de estrés postraumático” (TEPT). Algo que incluye creencias negativas persistentes sobre uno mismo u otros, sentimientos de culpa distorsionados, o sentimientos de desapego o alineación de los demás. En poco tiempo la vida le dio un vuelco de 180 grados. No es de extrañar que se viera sumida en lo más hondo del pozo de la desesperación. Acarreaba a sus espaldas con: La muerte de toda su descendencia, la ruina económica, y tener que presenciar la agonía de su marido mientras una cruel enfermedad lo torturaba.
La palabra “maldice a Dios”, en el original, se traduce como: «bendice a Dios”, y es obviamente un eufemismo. Al percibir la inminente muerte de su marido, lo incita a que provoque a Dios para que termine finalmente con su vida, y así evitar prolongar tanto sufrimiento, en fin, una especie de “eutanasia”. Parece conocer que todo aquel que maldice a Dios debe morir (Levítico 24:10-16).
Nadie discute que sus palabras no fueron acertadas, y que fueron otro duro golpe que Job tuvo que encajar. Queda claro que, en circunstancias de extremo dolor, el Enemigo puede tomar fácilmente las riendas de nuestra lengua.
Pese a todo, Job sigue siendo todo un ejemplo de integridad. En sus palabras hallamos amonestación, pero no juicio. No responde a la defensiva ni faltando al respeto. Trata de hacerle ver que no está siendo ella la que habla (Literalmente: “Como cualquier mujer necia has hablado” LBL). Le está diciendo que sus palabras no corresponden ni a su persona (asume que es una mujer prudente y sabia), ni a su posición como esposa. En definitiva, Job intenta, a pesar de su sufrimiento, hacer cambiar de actitud a su esposa de una forma sabia y respetuosa. Como bien concluye el versículo 10: “En todo esto, no pecó Job con su boca”.
A continuación, vienen las palabras de Job sobre las cuales girará casi todo el libro: “¿Aceptaremos de Dios el bien, y no el mal?”. Algo sobre lo cual todos debemos reflexionar. Las dificultades y el sufrimiento no son mera consecuencia del pecado; pueden ser pruebas, o actos de disciplina que redunden en ganancia espiritual.
Finalmente, la respuesta de Job a su esposa silencia al “Acusador”, del que ya no se vuelve a saber nada. Fiel a su palabra, Job se niega por completo a darle la espalda a Dios. Más adelante desafiará a Dios con preguntas, quejas, apelaciones e incluso acusaciones, pero a pesar de la afrenta, nunca, lo maldecirá.