Su ejemplo en paciencia y piedad bajo esas circunstancias (20-22)
Estos versículos son la culminación de este tremendo episodio de la vida de Job. Su respuesta demuestra su increíble madurez espiritual. Debemos admitir que, en tales circunstancias, cualquiera de nosotros se hubiera venido abajo, sin embargo, parece que cuanta más oscuridad hay, más brilla este hombre de Dios.
Aun así, nos vemos un Job tan humano como nosotros, muy consciente de lo que está pasando, que ama a los suyos, y llora desconsoladamente, como no puede ser de otra forma. En las lágrimas del sufrimiento dejamos fluir el torrente de una aflicción que nos está ahogando. Las lágrimas del dolor por un ser querido son la unción que corona el afecto que sentimos por alguien amado. Son un acto de suprema nobleza y honor. Así que Job expone, tanto al Cielo como a la Tierra, un dolor sin complejos. En las Escrituras, el rasgarse las vestiduras, y el raparse el pelo son expresiones de denotan una gran desolación. La tristeza profunda no es algo ajeno a los hombres y mujeres de la Biblia. Es experimentado por hombres de Dios como el Rey David, quien clama en Salmos 42:3 “Mis lágrimas han sido mi alimento de día y de noche, mientras me dicen todo el día: ¿Dónde está tu Dios?” o en el Evangelio según San Juan 11:30-35 vemos al mismo Señor Jesús conmovido tras escuchar el lamento de su amiga María por su hermano Lázaro. Jesús mismo no puede contener sus lágrimas.
Pero, no todo termina con el dolor de Job. Lo más paradójico de este texto es, sin duda, ver como en medio de esta situación, Job es capaz de arrodillarse y adorar a Dios.
El cuarteto, o estrofa proverbial que vemos en el verso 21 nos introduce a un paralelismo poético que encontraremos luego en todos los discursos a partir del capítulo 3. Aunque ahora, la actitud que encontramos en Job, en contraste con la que desarrolla en los diálogos, es la de una fe férrea y una rendición total a la voluntad soberana de Dios. Job no entendía el porqué de todo aquello, sin embargo, tenía la certeza de que provenía de Dios. Desconocía por completo las decisiones tomadas en el concilio divino, por lo tanto, ignoraba el permiso que Dios había otorgado al Acusador, autor material de tan grandes desdichas. Pero, en última instancia, Job tenía razón, por paradójico que fuera, era el Señor quien lo había orquestado todo.
En el verso 21, Job menciona una de las frases más célebres de las Escrituras: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré a allí”. Sabia reflexión que nos habla de lo efímero de la existencia, y la vanidad que oculta todo lo que pueda albergar la vida. Cualquier bien que podamos recibir siempre será un don prestado de Dios. Asumir que todo le pertenece, nos dará una perspectiva de la vida más equilibrada y ajustada a la realidad. Job se conformaba con ser parte de los planes de Dios. Sabía que su voluntad es siempre lo mejor, por incomprensible que sea a veces. Fue tal su amor por el Señor que, no sólo no maldijo a Dios, le bendijo con todas sus fuerzas ¿Qué nos complace más en la vida? ¿Ser bendecidos por Dios, o bendecirle nosotros a él?
Cuando Job exclama: «Bendito sea el nombre del Señor», está parafraseando, irónicamente, la respuesta que esperaba oír Satanás (versículo 11), pero en sentido opuesto. El juego de palabras pone de manifiesto cuan frustrados fueron los planes del Acusador. En lugar de maldecir a Dios en su cara, Job lo acabó adorando desde lo más íntimo.
Para referirse a Dios, el autor del libro, al ser hebreo usa el nombre que le otorga el Pacto («Yahveh»). Sin embargo, en los diálogos siguientes, tanto Job como sus amigos, no siendo hebreos, utilizan otros epítetos para referirse al mismo Dios. Ahora, en el Prólogo del libro, el autor tiene especial cura en mostrar el contraste entre este Job de fe y sabiduría, y el de ulteriores capítulos, desafiante e inquisitivo. Aunque, su principal interés parece ser que es el hacernos ver que el único Dios verdadero, aquel que adoraban los hebreos, es el mismo Dios cargado de paradojas que iremos encontrando a lo largo del libro.
Hasta aquí, aunque privado de familia y de bienes, Job no pecó con sus labios (22), y tampoco osó acusar a Dios de «mala praxis». A pesar de todos los duros golpes encajados, Satanás no se salió con la suya. Una vez más, brota la trascendencia de todo aquello que sale por nuestra boca. Porque de toda palabra que sale de nuestra boca, sea esta de bendición o de maldición, tendremos que rendir cuentas.