La muerte de sus hijos (18-19)
El pasaje de hoy nos habla del que fue, probablemente, el golpe más duro que tuvo que sufrir Job. La súbita e inesperada muerte de sus siete hijos. Aquí vemos la magnitud del problema del dolor, y el alcance del poder del maligno. Vemos lo impredecible que es la vida, y lo poco que son de fiar los buenos tiempos. Hoy hay alegría y celebración, mañana desolación y dolor.
Comer y beber son las expresiones más obvias de un estado de complacencia y bienestar. Estar juntos en familia, aún para los que no creen, es uno de los máximos exponentes de felicidad. Pues bien, todo esto, fue arrebatado a Job mediante un huracanado viento del desierto, inhóspito lugar, amigo de nadie, y paradigma de la soledad. Habitad preferido del Diablo, es instrumento poderoso en sus manos para causar desastres naturales como el que acabó con toda la descendencia de Job.
Aunque el poder de Dios es infinito, este no suele manifestarse mediante grandes exhibiciones de fuerza natural. No se encuentra en la fuerza del viento huracanado, ni en el poder destructor de los movimientos sísmicos. Más bien prefiere darse a conocer en el silbo apacible de la mañana. No ocurre así con el Diablo.
El viento del Este es notorio en las Escrituras por su gran poder, y es utilizado con diferentes propósitos. Es conocido como el viento “Siroco”, es un viento abrasador, procede de Egipto y marchita la vegetación, seca fuentes y manantiales, tal y como recoge el profeta Oseas, y llega incluso a destruir casas tal y como vemos en esta narración. Era muy temido por los navegantes de aquellos tiempos, tal y como recogen algunos Salmos 1). También fue el viento que hizo naufragar a Jonás mientras huía de la voluntad divina. O el que hizo cambiar de rumbo el barco en que viajaba el apóstol Pablo (Hechos 27:14). Pero, también fue instrumento de Dios para separar el Mar Rojo abriendo camino al Pueblo de Israel. Un mismo elemento se usa como instrumento de provisión, juicio, y guía insondable.
Pero, lo que más nos llama la atención del texto es el durísimo golpe que recibió Job. Terrible es la pérdida de un hijo, que es parte de ti, pero ¿cómo debe ser perderlos todos a la vez? No puede haber tragedia más grande. Estando, además, todos juntos, felices, celebrando el devenir de la vida. Con todo el tiempo que dedicaba Job a orar y hacer sacrificios por ellos ¿habría servido para algo? Es otra señal de advertencia que nos da las Escrituras. No sabemos lo que nos depara el día de mañana, de nada sirve preocuparse, de nada sirve gloriarse. Debemos, pues ver cómo andamos todos los días, porque el día del Señor vendrá como “ladrón en la noche”. No importa que celebremos, o que lloremos, Dios es, a fin de cuentas, lo único que tenemos.
Aunque Dios no es el autor del mal, sabemos que puede permitirlo, y de hecho lo hace por misteriosos y providenciales motivos que ignoramos. Sin duda, permite que Satanás haga cosas terribles contra la humanidad, igual que contra Job. El Señor permite que el pecado y el mal sigan su curso, pero llegará el día en que ya no habrá lugar para ellos en Su universo. Dos cosas son ciertas: Ni Satanás es omnipotente; ni Dios deja de serlo sean cuales sean las circunstancias. En la providencia general del Señor, todo lo que ocurre tiene un propósito. Nada ocurre sin su conocimiento, ni su permiso, aunque nadie, desde una perspectiva humana pueda llegar a entenderlo. Sólo nos queda llenarnos de esperanza, la que provee la certeza de que un día todos los interrogantes tendrán una justa y adecuada respuesta.