Mateo 3:9

9. Respecto a Dios, no es bueno dar nada por sentado. Dios siempre es fiel, pero nosotros no. Somos presa fácil de: El orgullo, que nunca nos acerca a Dios, siempre nos aleja de él. O la autosugestión, y la arrogancia que, en el fondo, son una extendida forma de engaño socialmente aceptado.  Tengamos siempre presente que, cualquier don espiritual que Dios nos haya concedido nos ha sido dado por su gracia y no por mérito alguno. Por lo tanto, en el Reino de Dios no hay oposiciones. Todo es por el poder y la gracia soberana de Dios. Nosotros no somos quienes decidimos quien entra en el Reino de los Cielos.

La salvación de Dios no la da un certificado de nacimiento, ni se puede heredar. Ni siquiera los judíos, siendo linaje escogido de Dios, pueden reclamarla. Jesús les dijo en cierta ocasión: “si sois hijos de Abraham, haced también sus obras”. La única forma de obtener esta salvación es a través de la fe en Cristo Jesús (Ro 2:28–29,; Gal 3:7, 9,29). El verdadero linaje del pueblo de Dios se da en el corazón, y no en la carne. Para ser del linaje de “Abraham” no valen los árboles genealógicos, sino el compartir la misma fe que tuvo el patriarca. Siendo de Cristo seremos descendientes de Abraham, pero nunca al revés.

Aunque ser judío conlleva los privilegios propios del pacto, tales como la promulgación de la ley, el culto y las promesas (Rom. 9:4, 5), los verdaderos hijos de Dios son aquellos que lo son en virtud de la obra redentora de Dios. Solo Él puede limpiar con agua de vida nuestros corazones de piedra, y cambiarlos por otros de carne (Ez. 36:25, 26). Ni el linaje judío, ni el apellido cristiano pueden librarnos del juicio de Dios. Como buen juez, a Dios sólo le vale la obra que evidencia la existencia de arrepentimiento y fe.

Muchos judíos creían que Israel en su conjunto sería salvo tan solo porque fueron elegidos en Abraham. Sin embargo, los profetas, en repetidas ocasiones, pusieron entredicho esa confianza (Am 3:2; 9:7). Ignoraban que, precisamente por esa elección, recibirían mayor disciplina, y que la verdadera circuncisión no es la de la carne sino la del corazón.

“Piedras”, o “hijos”, son términos usados con frecuencia en el Antiguo Testamento para referirse a las 12 tribus de Israel (Ex 28:21; Jos 4:8; 1Ki 18:31). En hebreo y arameo ambos términos suenan de forma parecida, algo que en algunas ocasiones fue utilizado por los profetas para hacer juegos de palabras.

Era innegable que carnalmente eran descendientes de Abraham, y por ello podían sentirse dichosos por todas las promesas que Dios hizo al patriarca y su descendencia. Sin embargo, la dicha derivó en orgullo, y con ello arruinaron ese privilegio. Porque para Dios, no es hijo de Abraham aquel que puede justificar su ascendencia, sino aquel que le rinde honor viviendo como él anduvo.

El orgullo tiene su efecto inmediato en la ceguera. Nos impide ver más allá de nosotros mismos. Y esto dificulta enormemente el arrepentimiento necesario para volver a Dios, quien, aunque cercano, nos pasa totalmente desapercibido.

Así que, si de veras eran hijos de Abraham, debían manifestarlo haciendo sus obras:

  • Obediencia: Dejó casa y amigos obedeciendo el llamado divino (Gen. 12:4).
  • Generosidad: Dejó escoger la tierra primero a Lot (Gen. 13:9).
  • Valentía: Persiguió con sus hombres y derrotó al rey que secuestró a Lot (Gen. 14:14).
  • Benevolencia: Dio el diezmo a Melquisedec el sacerdote, en respuesta a su bendición (Gen. 14:20).
  • Incorruptibilidad: Se negó a recibir bienes del rey de Sodoma por los servicios prestados (Gen. 14:23).
  • Poderoso en oración. Gen. 18:23-33.
  • Magnífico en fe. Estuvo dispuesto a ofrecer en sacrificio a su único hijo Isaac (Hebreos 11:17).
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