7-8. Siempre ha habido impostores entre el pueblo de Dios. Gente ambiciosa que ha instrumentalizado la fe con engaño para manipular y ejercer dominio sobre sus prosélitos. Estos son personajes depredadores por naturaleza, cuya motivación es su estómago, y cuyo hábitat es una petulante religiosidad.
Fariseos y saduceos pertenecían a la caterva religiosa de la época. Los fariseos eran un grupo separatista muy focalizado en la ley y su interpretación. Se veían a sí mismos como guardianes tanto de la ley de Moisés como de la «tradición no escrita de los ancianos» (Codificada en la Mishná y el Talmud). Los saduceos, sin embargo, profesaban una fe más orientada a la política. Manifiestas eran sus discrepancias teológicas con los fariseos al negar la resurrección, y la existencia de los ángeles incluso de los espíritus (Hechos 23:8).
Así que, allí estaban ambas facciones husmeando, atraídos sin duda por el gran éxito de aquel Juan que cautivaba multitudes haciéndolas bajar a las aguas del bautismo del arrepentimiento.
Uno de los mayores peligros de la fe es pensar que esta es un fin en sí mismo. Hay personas que consideran el ser religioso un estatus de superioridad moral porque, en definitiva, tienen una concepción totalitaria de la fe. El mensaje viene a ser: “Es más importante ser religioso que la regeneración de la vida por fe con todo lo que conlleva”.
Lamentablemente, estas personas no tienen interés alguno en transformar su propio corazón, prefieren vestirlo de religiosidad, y dan por sentado que de eso se trata. Aquellos Fariseos y Saduceos, representantes del Sanedrín, no pensaban, ni por asomo, que su primera necesidad era el arrepentimiento. Sin embargo, el mensaje de Juan era de una claridad diáfana: Ante la inminente llegada del Mesías sólo hay dos opciones: Arrepentimiento o juicio.
Juan el Bautista, cargado de ironía, no se muerde la lengua cuando los ve tratando de colarse por la puerta de atrás. Los tilda de generación de víboras. Porque es obvio que forman parte de un colectivo de manifiesta complicidad cuya simbiosis los aglutinaba, sostenía y motivaba.
El profeta también pone en evidencia que, en realidad, todo ese camuflaje de piedad no es más que otra forma de huir la ira de Dios. Porque tarde o temprano tendrán que lidiar con ella.
Juan el Bautista se aferra a la tradición profética como hicieron sus antecesores, una tradición en la cual el Día del Señor depara más oscuridad que luz a todos aquellos que dan por sentado que no pecan (Amos 2:4-8; 6:1-7). Por otro lado, el término “Generación de víboras” también es heredado, en este caso del profeta Isaías (Isaías 14:29; 30:6).
Pero, notemos que Juan en ningún momento cierra la puerta de la salvación a aquella “generación de víboras”. Su intención es, más bien, hacerles ver que necesitan del arrepentimiento igual que los demás, y con este, sus frutos, porque si no hay evidencia de arrepentimiento, este, simplemente, no existe. Nuestro estilo de vida debe ir acorde con nuestra profesión verbal. Craso error pensar que Dios concede “bulas” como hacían los Papas antaño. El colectivo evangélico hoy parece concederse ciertas “bulas” o “licencias” escudándose en una supuesta gracia divina. En muchos círculos damos licencias a la avaricia, la mentira, el odio e incluso la promiscuidad, escudándonos en una supuesta “gracia” que lo perdona todo. Pero, no nos engañemos, hoy el mensaje del Reino de los Cielos, y el de Juan el Bautista siguen siendo el mismo: ¿Arrepentidos? ¡Dad frutos de arrepentimiento!
El arrepentimiento denota un cambio radical tras sustituir el pecado por una nueva forma de vida acorde a la voluntad de Dios. Pedro reprende a Simón el hechicero en Hechos 8:22, con un «Arrepiéntete de tu maldad.» El verdadero arrepentimiento es confirmado por las obras y una vida fecunda (Mt 3, 8; Hechos 26, 20). Pablo expresa una profunda inquietud por aquellos que aun siendo parte de la iglesia corintia aún no se han arrepentido de sus antiguos pecados (2 Co 12:21). En el libro de Apocalipsis, son los que rehúsan arrepentirse y dar gloria a Dios los que sufren la plaga de fuego (Apocalipsis 16:9).
El arrepentimiento es la respuesta apropiada a la demanda de la inminente llegada del Reino de Dios. Juan el Bautista insta a la gente a «arrepentirse porque el Reino de los Cielos está cerca» (Mt 3, 2). Después de anunciar la llegada del Reino, Jesús clama: «Arrepentíos y creed en el evangelio» (Mc 1, 15). La predicación apostólica que hallamos en el libro de Hechos insta a la gente al arrepentimiento como respuesta a la muerte y resurrección de Jesús, y lo asocia a su vez con el sacramento del bautismo (Hechos 2:38).