21-23 (a). Efectivamente, María tendrá un hijo, un varón al que llamarán Jesús. Porque Él salvará a su pueblo de sus pecados. El propósito de su nacimiento no será otro que culminar la salvación de su Pueblo. No sólo es una salvación expiatoria. El poder de esta salvación será tal que, por ella, Jesús formará un pueblo santificado, porque el pecado ya no se enseñoreará más de él. Sin duda, nos encontramos ante el anuncio más importante de la historia.
Muchos otros nacimientos milagrosos fueron necesarios para levantar hombres de Dios. Fueron figuras de este Jesús, o eslabones de su árbol genealógico. Algunos ejemplos son el nacimiento de Isaac, que fue de un vientre estéril como el de Sara. O la madre de Sansón, profeta escogido por Dios para librar a su pueblo del yugo filisteo, que también era estéril.
Así que, aquí nos encontramos a Jesús, nacido de mujer, bajo la ley, en el tiempo dispuesto por Dios. Él cumplirá la ley, y tomará nuestro lugar en la cruz para pagar todas nuestras transgresiones, delitos y pecados.
Como era tradición, el nombre del hijo lo designaba el padre, por eso el ángel (o enviado) de Dios anuncia su nombre: Jesús. Jesús y Josué son prácticamente el mismo nombre (Joshua, Jeshua). Ambos significan Jehová es mi ayuda o Jehová es mi salvación. A Oseas, hijo de Nun, Moisés le cambió el nombre y le puso Josué, quien más tarde sería su sucesor. Por otro lado, podemos añadir que tanto Jesús como Josué eran nombres comunes de la época y el lugar donde nació nuestro salvador.
La misericordia tan anunciada a lo largo de toda la Escritura está a punto de cumplirse. La tan deseada redención de nuestros pecados. Día de gozo y de canto. Día en que el enojo y la indignación de Dios se apartan para dar lugar a su consolación. Ya está aquí nuestra salvación. Estaremos seguros y confiados. No temeremos porque Él, ciertamente, es nuestra fortaleza. Porque en ningún otro hay salvación. Aquí está Jesús, y no hay otro a quien poder dirigir la mirada.
Él es la prometida salvación a Israel. Aquel que lo justifica, lo vindica y lo hace justo. Él será como agua purificadora. Limpiará a su pueblo de sus pecados. Arrancará de raíz toda idolatría. El calendario de Dios se ha cumplido, y lo seguirá haciendo. El Rey prometido a Jerusalén ha llegado, y su Reino acaba de inaugurarse.
Aquel que ha venido a salvar lo que se había perdido. El cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dios entregando a su propio hijo para que podamos ser salvos. Porque en nadie más hay salvación. Sólo creyendo en él podemos ser salvos. Sólo por él podemos ser reconciliados con Dios.
Jesucristo vino a formar su iglesia y a amarla. Esa es la característica principal del Señor Jesucristo con su pueblo redimido. A los esposos nos es ejemplo de cómo debemos amar a nuestras mujeres. Ejemplo nos ha dado con su sacrificio, entrega, y cuidado. Cuán distinta sería la vida si tuviéramos consciencia del amor de Dios por nosotros, su iglesia.
La labor de Jesús también es de reconciliación. Allí donde Él está hay paz y concordia. Él crea la armonía necesaria entre Israel y nosotros los gentiles. De ambos pueblos hizo uno. Por su sangre ha reconciliado el Cielo y la Tierra.
Pero, ante todo, Jesús vino a salvar pecadores como tú y yo. Cuán glorioso fue el día en que nuestros ojos fueron abiertos para ver nuestro pecado y nuestra necesidad de Jesús. Él es ahora nuestra esperanza. Y su cometido es provocar una respuesta en nuestro ser que nos impulse a imitarle en sus obras.
En su luz tenemos comunión, nos podemos amar tal y como Él nos ama, y su sangre nos limpia de todo pecado. Él es nuestro abogado, el que, con su muerte, ha sido nuestro sacrificio expiatorio. A Él le ha sido dado toda autoridad. Él es el Rey de Reyes y Señor de Señores. Y reinará sobre toda la Tierra. Él está creando un Reino de sacerdotes para servir al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. En su sangre, todos nuestros pecados son quitados.
Si Dios dio a su propio hijo por nosotros ¿Cómo no nos dará también con Él todas las cosas? Él se hizo pecado ocupando nuestro lugar en la cruz para que nosotros fuéramos justicia de Dios. Gracia y Paz son el precioso legado de su primera venida ¿Cuál no será el de su segunda cuando venga en gloria y gran poder?