Mateo 1:20

20. Después de que José tomara la decisión de separarse de María. En medio del sueño de la noche, Dios interviene con la aparición de un ángel. Resulta reconfortante ver cómo Dios interviene cuando ya hemos llegado al límite de nuestra incomprensión para hacernos ver las cosas tal como son.

Una vez más, la irrupción del Espíritu Santo nos hace ver que Él no ha dejado de observar e intervenir en la historia, especialmente en aquellos momentos en los que se inicia un nuevo episodio de la humanidad.

Dios habla, a veces, a través de sueños. No son sueños comunes, fruto de nuestras experiencias cotidianas, o de nuestro temperamento, o de cualquier indisposición fisiológica. Se tratan de revelaciones inequívocas de Dios que no dan lugar a dudas.

El Señor se compromete a guardar y guiar al justo. Incluso a través de caminos tortuosos y de perplejidad. Él es el bálsamo de las quemaduras que nos produce el sol, nuestro consuelo en medio de la angustia. A quien podemos acudir cada mañana en busca de auxilio y dirección.

Los creyentes, también podemos pasar por situaciones de incertidumbre y desconcierto. De repente, la vida de José se viene abajo ante la, aparente, evidencia de adulterio de su desposada. Pero Dios, a través del ángel, elimina cualquier sospecha de culpa. Le asegura la inocencia de María, y reitera la validez de su compromiso. Una vez limpia su conciencia, el ángel le hace ver su elevada posición al recordarle cuál es su ascendencia: El mismo “Rey David”. Con ello, José podía entender que él mismo era un importante eslabón de una genealogía por la cual vendrá la salvación del mundo y la instauración del Reino de Dios.

La vida del creyente no es tanto confiar en su propia prudencia, sino más bien ir deshaciéndose de ella para confiar en el Señor completamente. Reconociéndole, el Señor va dando luz a cada paso que damos. Aquel que confía en el Señor duerme tranquilo, el que es justo es recompensado con sensatez. La guía de Dios no le faltará, porque sabe que su voluntad es siempre agradable y perfecta.

La labor de los ángeles se hace manifiesta a lo largo de toda la Escritura, del mismo modo Dios habla en sueños transmitiendo instrucciones a sus escogidos. También hoy ordena nuestra mente y la prepara para todo lo que tenemos que afrontar. En las Escrituras, el descanso mesurado está relacionado con la comunión con Dios. Es cuando nos prepara y nos da instrucciones. De ahí, la santidad del Sabat y de las fiestas que Dios establece en el Antiguo Testamento.

El único Dios verdadero ha permanecido fiel a su pueblo y a sus propósitos desde el comienzo. Él ha guiado a su Pueblo desde Abraham. Paradójicamente, igual que con su antecesor “José” hijo de Jacob, una nación pagana como Egipto será refugio donde guarecerse de su propio pueblo.

El mensaje a José es claro. No tengas miedo. Aquellos que por la gracia de Dios formamos parte de su pueblo no debemos tener miedo. Porque la salvación de Dios vendrá en el momento adecuado. Nuestra fe, y nuestra esperanza es probada constantemente. Aunque no lo entendamos, Dios tiene que conducirnos muchas veces por senderos extraños que no hemos escogido. A veces, es necesario el exilio. Egipto y Babilonia son claros ejemplos en la Escritura. En ocasiones, vivir en tierra extraña y servir a paganos forma parte de la estrategia divina en medio de un mundo caído y enrevesado. Así que, no temamos, porque nosotros, al igual que María, también hemos hallado gracia delante de Dios, y la esperanza de la Resurrección descansa en el hecho que Él, ya no está entre los muertos.

Nos hallamos ante un hecho único en la historia de trascendencia universal. Dios escoge a María para concebir su hijo. El Dios eterno se humana, y se hace como uno de nosotros. Su madre será María, y su Padre será el Altísimo. El único Dios, que creó los Cielos y la Tierra. Él es el que vencerá al mundo. Él es nuestro Salvador. Su victoria es también la nuestra por la fe que hemos depositado en Él.

Jesús fue concebido como el último eslabón de una genealogía que empieza en Adán, pasando por Abraham, Isaac, Jacob y Judá. No fue concebido por voluntad de varón, sino de Dios mismo, su Padre. Al ser su madre María, no sólo es completamente Dios, también es totalmente hombre. Quien reconoce a Jesús, reconoce a su Padre. Él es su unigénito, por lo tanto, no hay otra forma de llegar a Dios. Además, Jesucristo ha vencido la muerte. Su resurrección en las Escrituras es comparada con un segundo nacimiento.

Por el Evangelio, hemos nacido de nuevo, y podemos hacer, por el mismo poder del Espíritu Santo, que otros también nazcan. Creyendo, no sólo nacemos de nuevo, también somos engendrados de Dios, pasando a ser también sus hijos.

El ser hijos de Dios no sólo nos justifica, también nos hace justos (por sus frutos los conoceréis), e impide que el pecado vuelva a anidar en nuestras vidas. Otra característica fundamental del Hijo de Dios es el amor, porque Dios es amor. Porque hemos sido engendrados por él, hemos vencido al mundo por medio de la fe. Siendo quien es nuestro Padre, ahora el maligno no nos puede tocar, porque Dios mismo, nos ha capacitado para no pecar.

Aunque, según nuestra percepción, la situación sea complicada y no veamos una salida. Sabemos que, a pesar del silencio de Dios, Él sigue teniendo todo bajo control. Hay ocasiones en que Él pone a prueba nuestra paciencia, pues en su sabiduría, ha designado unos tiempos que no son necesariamente los nuestros. Su tardanza, aunque no lo creamos, es para nuestro beneficio.

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