Mateo 1:18

18. El origen de Jesús fue este: María. Resulta difícil no evocar el libro de Génesis y la promesa que Dios hizo a Eva. El texto también deja claro que Jesús era como nosotros. “Un hombre hecho y derecho”. Nacido de mujer, tenía un cuerpo como el nuestro y era totalmente humano como nosotros. Prueba de ello podía dar su madre.

Jesús es un “skandalon” (escándalo, ofensa, tropiezo) desde el primer momento. Si no, que se lo digan a José. Después de desposarse con María, tiene que encajar que su desposada, sin haberle sido infiel, está embarazada, y presuntamente, del Espíritu Santo.

José tuvo que creer algo tan inaudito como que el mismo Espíritu Santo fuera el padre biológico del hijo que esperaba María. Madre del Mesías prometido, el nuevo Adán que tiene que dar comienzo a una nueva humanidad ya sin pecado.

Era costumbre que los matrimonios hebreos fueran acordados por los padres. Las condiciones de este eran negociadas por ellos. Una vez se alcanzaba un acuerdo, ambos contrayentes eran considerados marido y mujer. A partir de aquí se iniciaba un periodo de espera de un año, llamado desposorio, en el que ambos conyugues, aun siendo marido y mujer, vivían por separado cada uno en su casa sin llegar a consumar el matrimonio.

Este periodo de aguardo era para demostrar la veracidad de la promesa de pureza de la novia. Era obvio que, si era hallada en estado durante este periodo, se haría notoria su infidelidad. En ese caso, el matrimonio podía darse por anulado.  Por el contrario, si durante este tiempo la novia conservaba su castidad, el novio, finalmente, iría en solemne y festiva procesión a casa de sus suegros para tomarla y llevársela a su propia casa para consumar el matrimonio, esta vez físicamente y con todas las de la ley.

Así que, ahí estaba el descendiente de David del que tanto hablan las Escrituras. El tiempo se ha cumplido, ya está aquí el Salvador de este mundo.

La señal era clara desde el profeta Isaías. Una virgen concebirá. Tendrá un hijo, y su nombre será Emmanuel, o Dios con nosotros. Lucas nos traza la genealogía de José hasta Adán. Dando a entender el propósito de Dios de traer un nuevo Adán. Uno sin pecado que sustituya el primer hombre. Dios ha preparado un nuevo comienzo para la humanidad. El Eterno se hace hombre, y viene a nacer de forma milagrosa en el momento adecuado. El unigénito Hijo de Dios, llevaba la imprenta de su Padre en el rostro. Aquellos que lo vieron, vieron al Creador de los Cielos y la Tierra. Nacido de Mujer, bajo la ley. Totalmente hombre, y totalmente Dios. Vivió sin pecado cada minuto de su vida. Con su venida, empiezan los últimos tiempos. Puntual vino, y puntual pronto volverá.

Esta será una concepción única. No ha ocurrido nada parecido antes. Que del Espíritu Santo y una Virgen nazca un ser humano. Hijo de Dios e hijo de mujer. Resulta difícil guardar un sano equilibrio para entender la completa humanidad de Dios (Jesús se formó en el útero de su madre como cualquier otro bebé antes de nacer). Pero, a su vez debemos entender que Jesús no se dejó por el camino un ápice de su deidad. Nunca dejó de ser completamente Dios. Por ello, no ha habido, de los nacidos entre mujer, hombre más justo, puro, y santo.

LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO

El Espíritu Santo tiene un papel preeminente en toda la obra de Dios, pero especialmente en estos últimos tiempos. Él siempre es sinónimo de fecundidad y poder. Por Él concibió María a Jesús, por el somos bautizados, alabamos y bendecimos a Dios. Jesús mismo fue llevado y dirigido por Él. Es considerado por Jesús como el don más grande que nos puede dar Dios el Padre.

El Espíritu Santo está presente constantemente tutelando los planes de Dios Padre y Dios hijo. Por Él es concebido Jesús. Él fue entregado por Jesús a sus discípulos. Y de los discípulos se ha ido pasando generación tras generación. Él es el transmisor de los planes de Dios. Él es el que capacita y dirige a su Pueblo. Es nuestra responsabilidad que hoy otros lo reciban también a través nuestro. No tenemos otra forma de enfrentarnos al maligno. Él está asociado a la bondad, a la fe, y al gozo. Por Él, se hace manifiesta tanto la Gloria de Dios como la podredumbre y la miseria humana. Él es el pegamento que hace posible que la esperanza se adhiera en nuestros corazones y nos llene de ilusión. Él desatasca nuestras arterias bloqueadas por el pecado para que el Amor de Dios fluya con total libertad. Él es el tutor de nuestra conciencia, mostrándonos lo que nos gusta, y lo que no nos gusta ver. Él es el que nos hace vivir en el Reino de Dios ya aquí en la Tierra mostrándonos caminos de justicia, gozo, y paz.

Hoy, el Espíritu Santo habita en nuestros corazones. Nuestro cuerpo es su templo. Y ya no somos nuestros. Sólo por Él podemos proclamar: ‘Jesús es el Señor’. Su presencia debe ser notoria a todos aquellos que nos observan.

Es por la humanidad de Jesús, que nosotros, los que hemos creído, hemos sido adoptados. Nuestras palabras por sí solas no pueden tener efecto alguno en aquellos que nos rodean si el Espíritu Santo no las usa con poder. El Espíritu Santo hace posible que el Señor se manifieste en nuestras vidas. Él custodia nuestra salvación, y la verdad que nos ha sido encomendada. Él nos renueva cada día. Su efecto regenerador es continuo. Él es soberano y se manifiesta cuando Él quiere. No hay otra forma de predicar el Evangelio si no es a través de él. Sólo por él nos puede llegar la Palabra de Dios, y sólo él puede abrir nuestros oídos. Sólo por Él es posible orar, y que Dios nos escuche.

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