Salmo 26:10

10. Como vimos en el versículo anterior. El engaño y la violencia van siempre de la mano. La corrupción característica de nuestros tiempos es fruto de las artimañas y sobornos que obedecen a la codicia del ser humano. Ningún tipo de religiosidad puede justificar este tipo de comportamiento.

La cobardía característica de aquel que practica el engaño le obliga a granjearse individuos de su mismo perfil. Saben que obrando en manada tienen más posibilidades de llevar a cabo sus planes.

Vivimos, y siempre ha sido así, en un mundo lleno de injusticia, donde el pobre es oprimido y el poderoso hace su voluntad sin preocuparle si está bien o está mal. Pero, las Escrituras están llenas de advertencias anunciando que al final Dios hará justicia. Y que dará a cada uno conforme a sus obras.

El malvado lo es constantemente, incluso cuando duerme. Tiene la capacidad de camuflarse y siempre se caracteriza por un desenfreno desmedido para satisfacer sus caprichos.

Otra característica del malvado es la labia. Utiliza con destreza la lengua, pero para engañar, herir, y causar confusión.

Las grandes ciudades que hoy se yerguen desafiantes al cielo con sus altos edificios son criaderos de violencia y rencillas alimentados por la codicia. Por sus calles se pasea, a sus anchas, la iniquidad y la maldad, el fraude y el engaño.

La codicia lleva al hombre inexorablemente a la violencia. Porque nada detiene su afán de acumular riqueza a costa de quien sea. No les importa la justicia, tan solo satisfacer su ávido estómago.

Si nos apartamos de la verdad, inevitablemente acabaremos matándola. Fueron el engaño y la mentira las armas que utilizaron los escribas y sacerdotes para matar a Jesús. Debemos tener cuidado con todo aquello que hablamos o acordamos, porque la mentira no descansa hasta que asesina la verdad.

Como cristianos no debemos caer en la trampa de la codicia. Nunca debemos anteponer nuestro beneficio a la justicia. Debemos huir de toda forma de soborno, o acepción de personas. La codicia va actuando soterradamente en nuestro corazón. Lentamente va cegando nuestros ojos impidiéndonos adquirir sabiduría, pervierte además nuestras palabras alejándonos de la rectitud y el verdadero sentido común. La corrupción recorre nuestro ser impregnando cada rincón de nuestra alma. Sin darnos cuenta, terminamos dando más valor a los bienes materiales que a la dignidad de las personas.

Participar del gozo que Dios tiene sus condicionantes. Requiere andar por caminos de justicia, no negar la verdad a nadie, no participar del abuso o la explotación, desechar cualquier ganancia deshonesta, sacudirnos las manos de toda forma de corrupción, apartarnos de cualquier tipo de violencia, y cerrar los ojos a cualquier forma de perversión.

Si nos olvidamos de Dios, si no dejamos que nos gobierne, con toda probabilidad caeremos en el lazo de las ganancias deshonestas. Priorizaremos el rédito y la usura a la humanidad y al respeto que merece todo ser humano. Pero, no nos olvidemos, de todo ello rendiremos cuentas ante un Dios justo y tres veces santo.

Los grandes pecados de la Biblia tienen que ver básicamente con la desatención del prójimo. Cada vez que nos olvidamos de amar, aunque podamos ser “fieles” en tantas otras cosas, nos estamos rebelando contra Dios. A cambio de un poco más de “bienestar”, o de “tranquilidad” económica negamos la existencia al menesteroso y torpedeamos la causa del justo.

Nos encanta presumir de nuestra “moralidad” prefabricada mientras pasamos por alto el abuso y la corrupción del poder. Terminamos admirando y sometiéndonos al poder económico. Él siempre tiene la última palabra, y nadie se la discute.

SUMARIO

“Porque en sus manos hay mal”. La palabra hebrea para “mal”: “zimmah” significa “estratagema por dentro”.  Porque lo que David trata de decirnos es que aquellos malvados, no solo tramaban engaños en lo secreto, también los ejecutaban vigorosamente con sus propias manos.

De la afirmación que aparece más adelante: “sus manos están llenas de soborno” deducimos, que se está refiriendo a la corrupción de los nobles y poderosos. Aquellos que sustentaban el poder económico, jurídico o político. Es cierto que cualquier persona de la clase obrera puede ser sobornada para que no cumpla con sus obligaciones. Pero debemos admitir, que a quienes se suele sobornar son a los jueces, u otros poderosos.

Quedamos advertidos, pues, por esta expresión, que todos aquellos que se deleitan en recibir regalos difícilmente resistirán venderse a la iniquidad. No en vano, Dios mismo declara que: “no tomes soborno, porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos”. (Deu. 16:19).

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