3. No hay otra puerta de entrada a la presencia de Dios que no sea su misericordia. Sólo ella permite que andemos en integridad delante de Él. Ese amor que permite una santa comunión con el Señor es el mismo que dirige nuestros pasos durante el transcurso de nuestra vida. Nosotros podemos fallar, podemos tropezar y caer. Pero el camino sigue ahí, y su mano continúa tendida para levantarnos de nuevo. La experiencia del salmista confirma sus palabras. Él es conocedor de esa misericordia, la ha experimentado, sabe que es verdad. La vida y la Palabra de Dios se corresponden mutuamente. Cielo y Tierra pasarán, pero la Palabra de Dios permanece para siempre. El salmista lo sabe.
Cuanto más poderosos nos vemos, más nos jactamos de nuestras obras, por malas y perversas que puedan ser. Desde nuestro complejo de superioridad no necesitamos la misericordia de Dios, sin embargo, desde nuestra situación de escasez, o de remordimiento de conciencia, no nos queda otra que clamar por la continua misericordia de Dios.
No podemos encontrar un mejor ejemplo de amor incondicional y eterno que la persona del Señor Jesucristo. El Hijo de Dios muriendo en una cruz llevando consigo el pecado de los hombres. Tomando la metáfora del salmista, de la unión del amor y la verdad vino Jesús a este mundo nacido de mujer, del beso de la paz y la justicia, vivió entre nosotros, y de la verdad y la misericordia tomó nuestro pecado para pagar nuestra deuda y nuestra culpa.
El Sermón del monte no fueron meras palabras. Sabemos que son ciertas, que corresponden a la vida porque Jesucristo las vivió. Él amó a sus enemigos, oró por aquellos que le torturaron y le persiguieron. Porque Él nos amó a nosotros, y nos sigue amando. Sin importar nuestra condición, ni tan sólo nuestras malas obras. El amor de Dios sale como un bumerán. Sale de Dios y vuelve a Él salvándonos y transformándonos otra vez a su imagen y semejanza. Porque nada caracteriza mejor a Dios que su amor eterno.
Dios es misericordioso por naturaleza, y así son sus hijos. Nunca debemos olvidar esto. Esta es su gloria, y la ha compartido con nosotros. En la Cruz, Jesucristo murió por nosotros, luego también nosotros hemos muerto en ella. Por lo tanto, también hemos resucitado con él, para servirle mientras su vida se manifiesta en nosotros.
Es por ello por lo que no puede entenderse un cristiano que no es capaz de perdonar a otro, habiendo sido receptor de tanta misericordia por parte de Dios. La vida en comunión dentro de la iglesia es, entre otras cosas, un banco de pruebas donde probamos y experimentamos el amor que tanto nos debemos.
El amor forma parte de la misma esencia de Dios hasta tal punto que solo puede amar verdaderamente aquel que le conoce. Así que, todo aquel que no es capaz de amar a su hermano o hermana en la fe, simplemente no conoce, ni puede conocer a Dios. Y si dice que le conoce es un farsante, un mentiroso.
Para andar por fe debemos tener esa transparencia y esa dependencia de Dios tan necesaria para seguir el angosto camino de la verdad. Porque no es un camino fácil, necesitamos Su guía y sostén a cada paso que damos. Porque, a fin de cuentas, la verdad es un sustento vital que debemos tomar todos los días. Y ese alimento sólo puede venir de la Palabra de Dios. El creyente ha sido salvo porque Él mismo lo ha declarado, y Dios no puede mentir. El camino que se nos ha puesto delante es, por tanto, un camino de esperanza, porque esta fundado en las promesas que se define a sí mismo como “la verdad”.
El camino de la integridad es un camino delicado al que hay que prestar atención constantemente. Si no lo hacemos terminaremos viviendo una doble vida que, en definitiva, sólo será una burda falsificación de la verdad que lo único que pondrá de manifiesto es nuestro autoengaño.
La verdadera justicia trasciende cualquier límite en la vida. Todo ha de perecer, lo que tenemos y lo que somos ¡porque incluso nuestras vidas tienen fecha de caducidad! Sin embargo, todo aquello que es justo, entendiendo por justo aquello que Dios ha declarado, tiene repercusiones eternas. Así que, sabemos que la Palabra de Dios es verdadera porque trasciende toda temporalidad.
Fuera de la presencia del Señor todo son tinieblas. Es por ello por lo que tenemos la necesidad de caminar en su presencia constantemente. Porque sólo por la Palabra de Dios vendrá esa luz tan necesaria en nuestras vidas. No podemos alejarnos de ella porque cuanto más lejos, mayor es la oscuridad.
Tener un encuentro personal con Cristo nos lleva inevitablemente a una transformación radical de nuestro ser. Porque tenemos una “vieja manera de vivir” de la cual hay que deshacerse. Pero todavía estamos en ello. Este viejo “Yo”, que sigue con nosotros, está corrompido, lleno de deseos engañosos que nunca llegan a satisfacernos. Sin embargo, ahora “estamos en un proceso de reconstrucción”. Estamos siendo “reconstruidos”, “renovados” en el espíritu, y en la mente de Cristo. Según su misma naturaleza. Adoptando su amor, justicia y verdad cada día.