2. ¿Quién se atreve a hacer tal proposición a Dios? Ser juzgado por el único Dios tras veces santo ¿Quién se atreve a ser examinado por el gran médico? Teniendo en cuenta que habrá que hacerse pruebas ¿Quién se ofrece para ser psicoanalizado por el gran psiquiatra? Aquí encontramos un salmista que clama a Dios por ello.
En la vida hemos de pasar por diversas pruebas y circunstancias en las que el concepto que tenemos de nosotros mismos, de Dios, y de la vida es puesto en entredicho. Cuando esto es así, simplemente no entendemos lo que nos pasa. En tales circunstancias, lo primero que solemos preguntar a Dios, igual que hizo Job, es: ¿Dónde está mi rebelión? ¿Dónde está mi pecado? Ese es un buen lugar donde empezar porque, aunque no todas las vicisitudes de la vida son causa del pecado, sin duda hay pecado en nosotros que nos es oculto.
Lo que más desconcierta a Job es que, hasta el momento en que le llegaron las tribulaciones, pensaba que estaba viviendo de forma totalmente transparente con Dios. El piensa que ha estado viviendo delante de su presencia en todo momento. Sus pensamientos y sus intenciones no han sido ocultas delante de Él. Y ha puesto la Palabra y la voluntad de Dios por delante de cualquier decisión.
Porque de nada sirve ocultar a Dios lo que cuece nuestro corazón. Nada permanece oculto ante el escrutinio de aquel que todo lo ve. El salmista es consciente de la intimidad que tiene con el Señor. Incluso le pide que “audite” sus pensamientos, todo aquello que pasa por su cabeza, todo aquello que le acongoja.
A menudo se produce un silencio insoportable entre Dios y sus hijos. Es entonces cuando Dios tiene que hacernos pasar por el fuego purificador. Un fuego que nos refina como el oro y que hace que nuestras oraciones suban al Cielo. Porque estas oraciones son las que suelen llamar a Dios por su nombre, y las que provocan la amorosa respuesta divina
Constantemente estamos siendo probados en nuestras obras, nuestras palabras, nuestras actitudes. Y de todo ello debemos rendir cuentas a Dios y al prójimo.
Pero, no es fácil, porque son muchas nuestras vergüenzas y muchas las hojas de higuera que nos cubren. Hará falta coraje para enfrentar nuestra desnudez delante de Dios, porque sólo Él puede proveer de las pieles necesarias para cubrirla.
David sufría las calumnias de sus adversarios. Algo que en un momento u otro en la vida sufrirá todo aquel que procura de corazón agradar a Dios andando en sus caminos. Cuantos más ataques recibía David, más se veía impelido a aseverar su rectitud. No sólo se mostraba libre de pecados externos; también se gloriaba en su rectitud de corazón, y la pureza de sus sentimientos, comparándose tácitamente con aquellos que le acusaban. Burdos hipócritas difamadores que con orgullo alardeaban de su piedad. Sin embargo, David pone en evidencia su cinismo, descaro y osadía.
Esta declaración de David nos muestra también el íntimo y profundo conocimiento que tenía de sí mismo. Así como su coraje al dejar que Dios examinarse los recovecos más escondidos de su corazón. El salmista contrasta la maldad de sus enemigos y su disposición a ser probado.
Probablemente, si no hubiera sido acusado tan cruel e injustamente, no se hubiera expuesto a Dios como lo hizo, porque David sabía bien que su vida era cualquier cosa menos perfecta.
David era consciente que la mera apariencia de inocencia no tiene valor alguno en un juicio justo. Por lo tanto, deducimos que lo que de verdad importa ante el juicio divino es, no la apariencia, sino lo que alberga el corazón. Los sentimientos más arraigados, y las riendas que lidian con nuestra sensualidad, y nuestras pasiones, aquellas que son más vulgares y toscas, sutiles y discretas, aunque no por ello menos perversas.
Los hebreos sabían perfectamente que las riendas del corazón no son tan fáciles de controlar. Que los lugares más ocultos del corazón también son los más peligrosos. Es por ello por lo que David, seguro de su inocencia, se abre totalmente delante de Dios. No negligentemente, no con necedad, no como aquellos que se adulan a sí mismo pensando que pueden engañar a Dios con sus pretensiones. Por el contrario, David ya se había escudriñado a sí mismo previamente con total honestidad antes de presentarse delante de Dios con absoluta confianza. Aquella que sólo puede ofrecer Su amorosa Gracia.