17. La fe cristiana no es atractiva a nuestra sociedad, entre otras cosas, porque todo empieza con el cruento sacrificio de la cruz a causa del pecado del hombre. Pues bien, este pacto que Dios hace con Abraham dirige ahora nuestras miradas hacia el monte Calvario.
Nuestro camino hacia la Cruz pasa por la densa oscuridad de un monte. Por la reunión de todas las fuerzas espirituales malignas que gobiernan este mundo. Por la maldad que oculta el corazón del hombre, por la mentira y el engaño que nublan los ojos de un ser humano perdido que deambula mientras lucha contra sí mismo. Allí está el Hijo de Dios ofreciéndose en sacrificio por amor al hombre. Allí está pagando nuestra deuda, llevando sobre sus espaldas nuestra culpa, pactando con su sangre el perdón y la salvación de nuestras vidas. Del madero cuelga Cristo, ofreciéndose a sí mismo como ofrenda y olor fragrante a Dios.
El sacrificio de Abraham se envolvió de oscuridad. Aquella oscuridad que rodea este mundo y lo mantiene preso, pero entonces el fuego divino abrió una brecha entre los animales sacrificados. Una brecha de luz y de esperanza abierta con sacrificio de sangre.
Dios, a lo largo de los siglos, ha puesto límites a la maldad de los pueblos y las naciones. Por ello, Dios ejecuta juicios sobre civilizaciones enteras a causa de su maldad. Sodoma y Gomorra fueron ejemplo de lo que supone agotar la paciencia de un Dios lento para la ira y grande en misericordia.
El fuego en la Biblia es claramente un elemento de juicio divino. Por él juzga Dios a las naciones, y por él Dios también juzga y purifica a su pueblo entre las naciones.
Pero, a través del fuego Dios también ha manifestado su presencia al hombre en multitud de ocasiones. La zarza ardiente que hablaba a Moisés, o la columna de fuego que guiaba el pueblo de Israel son claros ejemplos.
El pacto de Dios con Abraham también nos recuerda el humeante Monte Sinaí con la presencia divina envuelta en fuego descendiendo sobre él mientras se producía grande estruendo. Los 400 años de servidumbre en Egipto fueron el horno de fuego del sacrificio divino donde se formó el pueblo de Dios. un pueblo redimido y santo, apartado para El.
El fuego que pasó entre los animales abrió un nuevo camino. Un camino que iniciaría Abraham y que continuaría su descendencia hasta el nacimiento del Señor Jesucristo. La fe y la consecuente obediencia de Abraham forjó una senda que serviría de ejemplo para muchos, y que daría por fruto, entre otras cosas una gran nación distinta a todas las demás: Israel, el Pueblo de Dios, una nación santa apartada para Él.
El fuego simboliza también esa luz que ilumina la nación en manos del Rey. Hoy, esa llama inicia su andadura hasta el día en que el Rey David tomará posesión de su Reino en Jerusalén. El salmista habla a menudo de Dios como su “luz”. Luz que vence a las tinieblas, que nos hace sentir seguros aún rodeados de oscuridad y que nos hace ver las cosas tal y como son. Por ella tenemos la confianza y la seguridad de la salvación. Por ella se desvanecen el miedo y la ansiedad. La luz prometida a David será su cetro, testimonio de la promesa cumplida. Luz de lo alto que dará a conocer la gloria de Dios a las demás naciones cuando el Señor Jesucristo vuelva y reine desde Jerusalén.
El sacrificar un animal, partirlo en dos, y pasar por en medio se hacía con frecuencia para sellar un pacto en aquellos tiempos. Este es el pacto de Dios con Abraham. Un pacto unilateral, porque solo la presencia de Dios en la antorcha pasó entre las dos partes. Presenciamos pues el pacto formal de Dios con Abraham, y el juramento de Dios por sí mismo.
Cuando Dios hizo su promesa a Abraham, como no tenía a nadie superior por quien jurar, juró por sí mismo. (Hebreos 6:13)