Dios promete un final adecuado a la carrera de Abraham. Después de abandonar tanta seguridad y comodidad en Ur de los Caldeos para emprender un nuevo camino provisto solo de la palabra de Dios, Abraham tendrá el descanso y la tranquilidad merecidas. El texto nos dice que cuando Abraham descanse volverá a sus padres en paz. Se entrevé, claramente, que:
- Dios cumple su Palabra.
- Dios no es un Dios de muertos sino de vivos.
- La andadura por fe de Abraham tiene consecuencias tanto en el Cielo como en la Tierra.
Dios promete a Abraham una buena vejez donde podrá mirar hacia atrás y observar los frutos de su peregrinación. A pesar de los achaques propios de la edad, Abraham aguardará satisfecho y lleno de esperanza su partida. Dios le protegió mientras fue un advenedizo en esta Tierra, por lo tanto, sabe que puede cruzar el umbral de la muerte tranquilo mientras llega a su verdadera patria. Más allá lo acogerán los brazos que tanto le sostuvieron en la Tierra, y a su vez, recibirá el calor de su pueblo, su gente y su parentela. Abraham será recibido en el Cielo por sus padres, y él mismo recibirá sus hijos y toda la descendencia que vendrá después de ellos. Porque el polvo vuelve a la tierra, pero el Espíritu vuelve a Dios, que lo dio. Como bagaje, Abraham se llevará días de plenitud que fue atesorando durante sus 175 años de vida mientras caminaba, caía, y era levantado otra vez.
La realidad de una vida, más allá de la muerte recorre toda la Escritura. El mismo Señor Jesucristo lo hizo ver a sus discípulos. El Dios de Moisés, es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Y Dios, es solo Dios de vivos. Porque todos aquellos que somos de Dios, vivimos para Dios.
Para el creyente, la muerte no es el negro pozo de desesperación que pende sobre todo incrédulo. Aquellos que tenemos la fe de Abraham, David, y otros héroes de la fe, podemos contemplar la muerte como “unas vacaciones”, un merecido “descanso”, un periodo de infinita paz que tendrá su apogeo en la resurrección. A pesar de que la muerte vendrá irremisible, e inesperadamente, para truncar nuestra vida tal como fue concebida a lo largo de toda nuestra existencia. Porque la muerte es un camino sin retorno que debe hacernos contar nuestros días para darles el sentido y el valor que tienen.
Aquella prueba, o señal, que certifica que estamos en el camino de la vida es la paz, la paz que nos dejó Jesús. Una paz que sentimos hoy en el corazón, pero que un día nos llevará al mismo Cielo. El que no anda por el camino de la vida, de la verdad, y de la justicia podrá disfrutar de muchas cosas, pero nunca podrá tener la Paz que solo Jesús puede ofrecer.
La andadura del creyente en esta vida transcurre como la del peregrino. Andamos por fe porque creemos en las promesas de nuestro Dios. Promesas que trascienden el momento en el que vivimos. Somos extranjeros en esta tierra porque nuestra patria se encuentra en los Cielos. Nuestra esperanza está en la Jerusalén celestial. Y sabemos que no es una mera ilusión, porque Dios mismo no se avergüenza de nosotros. Él mismo nos está preparando un lugar en la más bella de las ciudades que jamás han existido.
Las continuas menciones a “reunirse con los antepasados” que se escuchan en el Viejo Testamento dejan entrever la esperanza de una vida más allá de la muerte. La sepultura es considerada un memorial y un homenaje a la vida del que partió. Pero ante todo simboliza la esperanza y la fe en la resurrección.
Si bien la vida depende, en buena medida, de las decisiones que tomamos, no es así con la muerte. La muerte es indomable e impredecible. Dios no prometió a Abraham una vida cargada de placeres y bienestar. Más bien le ofreció un largo camino de dificultades, incomodidades, escasez, e incluso de ciertos momentos de amargura. Sin embargo, sí le prometió una muerte en paz, un descanso merecido, y la recompensa a una fidelidad demostrada en todo el camino recorrido. Atrás quedarán las inclemencias de las tiendas donde vivió. En el momento de su partida se abrirán las puertas de su morada celestial, donde tendrá un cálido reencuentro no solo con su salvador y redentor, también con su amada familia.
Pero en cuanto a que los muertos han de resucitar, aun Moisés lo enseñó en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob.
Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven. Lucas 20:36-37