Salmos 3:5

5. Uno de los problemas con los que más se lidia hoy en día es el insomnio. Es significativo que en un país como Finlandia donde el Estado del bienestar se encuentra al alcance de todos, un 30% de la población sufre de insomnio. De día, entre tanta distracción, conseguimos arrinconar, en algún lugar del subconsciente, multitud de preocupaciones que, lamentablemente, afloran sin poder evitarlo durante la noche. Sin embargo, aquí el salmista está pasando por una seria crisis mientras duerme a pierna suelta cada noche.

El Salmista, ahora mismo, no dispone de la paz que proveen fortalezas y ciudades amuralladas. Tiene que dormir a la intemperie, al igual que muchos refugiados hoy en día, pero no por ello deja de experimentar la compañía del Señor. Sabe que su Señor le librará de sus enemigos y de otros peligros, tal y como ha prometido. Es consciente que estas dificultades no irán más allá de los límites que el Señor mismo ha puesto, y que el que le guarda no descansa, ni tan solo de noche.

El principal ingrediente, el fundamental, si queremos tener una buena noche de sueño es la Esperanza. Sin esperanza no solo no se vive, tampoco se duerme. Debemos vivir, de noche y de día, alentados con grandes dosis de esperanza, la que nos ofrece la Palabra de Dios. Nada nos hará más dichosos, ni más capaces de servir al prójimo que un corazón lleno de esperanza.

Tenemos otros ejemplos de adversidad y de esperanza en las Escrituras. Vemos a Pedro en la prisión, encadenado y rodeado de soldados, justo la noche antes de ser recibido por Herodes, quien probablemente le condenará a muerte. Sin embargo, ahí se encuentra durmiendo plácidamente.

Solo el Señor puede crear una conciencia tranquila. Solo el Señor puede darnos esa paz que el mundo no puede dar, la harmonía y ese encajar en la vida que necesitamos. Tener una buena conciencia no significa no cometer errores. Significa ser conscientes de ellos, admitirlos, y destruirlos mediante nuestra confesión y arrepentimiento a los pies de la cruz

El Señor ha escogido al que es piadoso para sí. Aquel que le teme y le ama es suyo. Su sangre le ha santificado, y le ha apartado para sí. La Gracia le cubre y le protege. No debemos, pues, temer acercarnos a Él en oración. Él, ciertamente, nos escuchará.

Nuestra Salvación no se encuentra en nosotros mismos, se haya en Dios, quien es el autor y el consumador de la verdadera fe. La Salvación le pertenece. No podemos añadir ni quitar nada. Nuestra gloria le pertenece a Él. No podemos hacer nada que, por nosotros mismos, pueda agradarle. Sin embargo, sabemos que en sus manos tenemos una paz que el mundo no tiene, y que andamos por un camino que el mundo no conoce en el que vamos conociendo su Gloria. Gloria que se refleja en nosotros, porque Él es nuestra esperanza.

Hoy la luz de este mundo, el sol y la luna, nos impiden ver, de alguna manera, la luz de Dios. Pero llegará el día en que la luz que nos ilumine será otra, porque Dios ha puesto fecha de caducidad a este Sol, y a esta Luna. Llegará el día en que nuestra Luz será el Señor mismo, y entonces se verá quien es nuestra Gloria, nuestra gloria eterna.

El Señor Jesús recibe y recibirá toda la gloria. Un día se manifestará esa gloria que comparte con el Padre. Hoy podemos reflejarla poniendo toda nuestra confianza en Él y su Palabra.

A menudo, las Escrituras utilizan un tiempo pasado cuando en realidad están hablando del futuro. O sea, dan por acontecido algo que aún no ha ocurrido. David no lo estaba pasando bien, no tenía motivos “humanamente hablando” para estar tranquilo. Pero dormía tranquilo porque el lugar donde descansaba su cabeza era: Dios mismo.

Las circunstancias, las crisis y las dificultades no son consecuencia de un poder de Dios que fluctúa. Dios no varía ni cambia. En Él no hay sombra de variación, es estable, eterno e infinito, y nunca deja de estar con todos aquellos que le temen, le adoran y confían en Él.

Las palabras de David en este versículo forman parte de su propia experiencia. Siendo perseguido por Absalón su hijo, David experimentó el cuidado y la provisión de Dios en Mahanaim. David supo calmar su propio sentido de protección, y dejarlo en manos de Dios. Sabía que mientras él dormía, el mismo Señor velaba y vigilaba por Él, aun estando en medio de un campo de batalla, o en medio de una persecución. David supo vivir experimentando la comunión con el Señor, descargando sus angustias en oración y sacrificios de adoración y alabanza. Porque sabía que solo el Espíritu del Señor puede traer paz a nuestros corazones.

Entonces confiarás, porque hay esperanza,
mirarás alrededor y te acostarás seguro. Job 11:18

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