SALMOS 3:2

La mayoría humana no puede con la minoría divina. Aun así, son muchos los hombres que no creen en el camino de la misericordia y de la justicia. Son muchos los que viven para juzgar, pero no para perdonar. Muchos no creen que el camino que trazó el cordero de Dios sea el camino por el cual se deba de andar. Muchos hablan piadosamente, pero siguen andando carnalmente. Muchos creen en el fondo: Solo el hombre puede salvar al hombre.

No hay hombre que no peque, y no hay hombre que no sufra las consecuencias del pecado. Por lo tanto, si Dios nos ama tendrá también que disciplinarnos.

El Señor nunca nos prometió una vida solo de color rosa.  Hay también trayectos en esta vida en los que Dios permanece oculto a nuestra percepción, pero no por eso deja de estar presente. En la oscuridad no le vemos, sin embargo, es en esos momentos cuando está más cerca de nosotros.

El Señor Jesús sufrió todo tipo de oprobio, es más, tuvo que llevar toda nuestra vergüenza, culpa y pecado sobre él. Fue el suyo un camino de aflicción, que en alguna medida, todos los que le seguimos debemos pisar.

El incrédulo constantemente desafía, cuestiona, tergiversa y engaña. Precisamente todo su afán es negar que Dios pueda salvar. El incrédulo puede llegar a tener fe, pero esta es solo una fe condicional, siempre hay un “si” delante. “Si baja de la cruz creeremos en él”. Son pocos los que creen de veras en un Dios hecho hombre,  crucificado y muriendo por nuestros pecados. Hoy en día se tiende a creer en un cristianismo sin cruz, sin necesidad de perdón y sin una contradicción tan grande como la del Dios humanado clavado en un madero. Muchos prefieren una fe humana no exenta de mérito personal o colectivo, donde el verdadero dios es el hombre.

Hoy nuestra sociedad, hedonista por excelencia, no cree que un camino de sufrimiento, como es el de la Cruz, pueda llevarnos a Dios y, encima, ser vindicados por Él. Para los tales, la Resurrección no es necesaria porque ya viven hoy su Cielo particular. Sin embargo, la Resurrección aguarda para aquellos cuyo gozo es la esperanza de ese gran día en que Cristo resucitó.

¿Dónde está puesta nuestra confianza? ¿A quién acudimos en tiempos de angustia? ¿Dónde está nuestro tiempo de oración, nuestro tiempo de clamor al Señor? ¿Cuándo entenderemos que la victoria solo viene del Señor, y que solo Él puede bendecir a su Pueblo?

Lamentablemente, nos preocupamos  más  por oportunidades y estrategias que por nuestro testimonio. Damos por sentado que vivimos honrando el nombre de Dios en todo momento ¿Cuántas veces arruinamos la reputación de nuestro Señor con nuestras vidas? ¿Cuántas veces nuestro orgullo se dedica a juzgar y acusar porque sabe que así oculta su propio pecado? ¿Cuántas veces nuestras palabras han hecho de la verdad mentira simplemente porque estas no corresponden a nuestra manera de vivir?
¿Y qué hay del enojo? Muchas veces actuamos movidos más por la ira que por la compasión. Contendemos en disputas de patio de colegio cuando deberíamos encomendar toda afrenta a Dios, callar y dejar que sea Él quien juzgue.

Llegará el día glorioso de nuestra esperanza. El día en que Dios transformará los desiertos  en vergeles porque pasará por ellos. Será el día en que su brillante esplendor llenará los cielos y la Tierra se llenará de alabanza. Vendrá el día que se hará justicia a este maltrecho mundo plagado de ignominia, calamidad, e injustica.
Vendrá el día en que Jehová rescatará su remanente fiel, aquellos que han sido santificados por la sangre de Cristo. Aquellos que han creído en él, le han esperado, y le han amado. Y castigará con severidad al impío, al incrédulo y al idólatra.

Nadie experimentó tanto este versículo de este Salmo como nuestro Señor Jesucristo. Todos acabaron abandonándole,  los más religiosos fueron los que menos creyeron en él, y aun estando en la cruz se mofaron de él y le pusieron a prueba. Cuántos hoy también sufren persecución a causa de su fe en Jesús. Y cuántos hoy afirman que el Dios de los cristianos no existe.

El hombre se encuentra perdido, por lo tanto vive con la imperiosa necesidad de ser rescatado. Vive entre el bien y el mal, la alegría y la tristeza, la compañía y la soledad, el odio y el amor. Despojado del Dios que lo creó a su imagen y semejanza, el hombre vive sintiendo la agonía de su  perdición ¿En quién podemos confiar entonces? ¿Quién es entonces nuestro salvador?

Quizá muchos hombres aprueban lo que hacemos, pero no por ello Dios también lo hace, necesariamente. David no solo fue destronado, también fue abandonado por casi todos mientras sus enemigos le acosaban por todas partes. El Señor volvía a ser su única esperanza.

Ciertamente no tenemos otra escapatoria ni otra solución a los múltiples temores que nos acechan que ponerlos todos en manos de nuestro Salvador y Señor Jesucristo. Lamentablemente, hay periodos, especialmente de bonanza, en los que nos olvidamos de aquel que nos lo da todo. Es por ello que a veces han de venir pruebas por las que nos sintamos obligados a poner de nuevo toda nuestra carga sobre Él. No hace falta decir que vivimos en un mundo que ridiculiza y rechaza de plano la fe y una plena confianza en el Señor Jesucristo.

Absalón, el perseguidor de David, ejemplifica la confianza en el hombre,  en su propia fuerza, en sus propios recursos, logros, y capacidades, mientras que David, el perseguido, simboliza la confianza en Dios a pesar del abandono de los hombres. A menudo, la persecución es sutil, a veces solo es necesario dar por sentado que “Dios no puede salvarnos”, porque todo el mundo sabe que solo “el hombre puede salvar al hombre”.

El término “salvar”, aquí y en todos los salmos suele referirse a una salvación integral, tanto del espíritu como del cuerpo.  David, ahora mismo, se encontraba experimentando una persecución “física” y “espiritual”.

A otros salvó; a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es; que baje ahora de la cruz, y creeremos en El. (Mat 27:42)

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