18. Este mundo en el que vivimos no es el paraíso. Es un mundo que se haya bajo la ira de Dios, en él encontramos tanto lo que es santo: Lo que Dios se ha apartado para salvación, como lo que no es santo: Aquello que Dios ha apartado para destrucción. Cuidémonos, pues, de no desear aquello que es pecado, porque Dios lo destruirá, y a nosotros también por haber sido partícipes.
El breve paso por este mundo es de suma importancia porque implica también todo lo que vamos a dejar atrás. O vivimos para ser bendición a otras personas, o vivimos para serles maldición. Debemos pues vivir tal y como nos pide el apóstol Pablo, amando lo que es genuino, porque todo lo demás es mentira, aborreciendo el mal, y aferrándonos a lo que es bueno.
Las obras de las tinieblas están aquí con nosotros y con los que nos rodean, nuestro trabajo empieza con ponerlas en evidencia, porque nos son ocultas tanto a nosotros como a ellos que las practican, y luego abandonarlas.
La verdadera religión, aquella pura y sin mancha. es aquella nos mueve a preocuparnos por los más necesitados (los huérfanos y las viudas), y a su vez, nos aleja de las pasiones y deseos de este mundo. O lo que es lo mismo: Nos aleja de la idolatría imperante donde quiera que estemos. Porque si la obra de Dios no prospera hoy, es a causa de nuestra propia infidelidad. Porque cuando no adoramos a Dios, inevitablemente adoramos “otros dioses”.
Lo que no debía hacer el pueblo de Israel era muy simple: No quedarse con plata, oro, vasijas de cobre o hierro alguno que pudieran encontrar a su paso en la conquista de la ciudad, porque todo aquel botín pertenecía al Señor.
Nuestro pecado hoy es, simplemente, que nos estamos quedando aquello que pertenece al Señor. Lamentablemente, solemos quedarnos siempre lo mejor de la obra, y las sobras se las damos al Señor de la obra. Pero Dios no hace acepción de personas, y la advertencia es clara. Si el pueblo de Israel desobedece, Dios no solo destruirá las murallas, también destruirá aquellos que profanen sus ruinas.
El amor sea sin hipocresía; aborreciendo lo malo, aplicándoos a lo bueno.
(Rom 12:9)