4. El Señor recuerda a Abraham que el pacto que ha establecido es solamente con Él y su descendencia. Y que, por ella será padre de multitud de naciones. De su descendencia nacerá el Salvador del mundo. Aquel por el cuál tantos hombres y mujeres serán salvos, y, por lo tanto, incorporados a la familia de Dios.
Dios renueva el pacto que ha establecido personal y unilateralmente con Abram. En respuesta, Dios solo espera la fe de Abraham. Fe que marcará el camino de todos aquellos que serán partícipes de esa misma promesa. Porque de Abraham no solo saldrá una nación, también será padre de muchas otras. No hay parangón, en ninguna cultura contemporánea al patriarca, en la que una deidad haga pacto alguno con un mortal. Aquellos dioses de antaño sólo realizaban sus demandas, y prometían un trato favorable a cambio.
Dios quería que Abraham, en persona, fuera una bendición para todas las naciones. Dios no quiere que, simplemente, le hagamos nuestras “aportaciones”. El quiere que seamos Su bendición allí donde estemos, con quien estemos.
Los planes de Dios son siempre muchísimo más grandes y extraordinarios de lo que nunca podamos imaginar. Paradójicamente, el único freno que tiene la bendición de Dios para nuestras vidas es nuestra incredulidad y nuestro temor.
El mismo Dios que creó a Abraham a su imagen y semejanza, es el que creó el Cielo, el Sol, la Luna, y las innumerables estrellas. Aquel que ha creado cada planta, cada animal, y cada grano de arena es el que va a bendecirnos de tal modo que nosotros mismos seamos instrumento de Su bendición para otros.
Aunque de la descendencia de Abraham salieron muchas naciones, no solo de Sara y Agar, también de las concubinas que tuvo. La bendición de la promesa es, esencialmente espiritual, e inmensamente superior a lo que ninguno podamos imaginar. Sin embargo, esa bendición estaba aún por llegar.
Aunque la bendición es espiritual, sus efectos se darán en este mundo. Mediante una tierra prometida, y una nación, la salvación de Dios llegará al mundo entero.
Espiritualmente, podemos ser descendencia de Abraham si compartimos su fe. La circuncisión, señal identitaria de su descendencia, era el recordatorio de que la promesa no solo era para aquellos que tenían su misma sangre, también para aquellos que tuvieran su misma fe. La justificación de Abraham es también nuestra propia justificación, porque seguimos sus pisadas de fe. Es la justicia, imputada por fe, la que nos puede hacer herederos de su misma promesa. La misma gracia que Dios tuvo con Abraham, es la que hoy tiene con nosotros, y en ambos casos nos viene dada por la fe. En este versículo, Dios está hablando a Abraham de cada uno nosotros, que somos de naciones que ni tan solo existían.
La descendencia prometida a Abraham está por encima de su estirpe. Los hijos de la promesa de Dios no han de ser de una raza en concreto, ni esclavos ni libres, ni ricos ni pobres, ni hombres ni mujeres. Porque para formar parte de la descendencia de Abraham lo único que hace falta es ser de Cristo.
Y si sois de Cristo, entonces sois descendencia de Abraham, herederos según la promesa. Gálatas 3:29