08. Solemos tener miedo a las dudas y a las cuestiones que nos las provocan. Abraham era hombre como nosotros y muy consciente de sus debilidades. No hizo nada osado ni indebido al poner de manifiesto la flaqueza de su fe a aquel que es todopoderoso.
En primer lugar, Abraham no duda de Dios, sino más bien de sí mismo. Su pregunta va precedida por un claro reconocimiento al Dios soberano. En las palabras del patriarca hay implícita adoración al único Dios todopoderoso. Abraham está extendiendo sus brazos de fe al “Señor Jehová” que lo va a sostener. Así que, el patriarca pide al Todopoderoso una señal a la cual pueda acudir en aquellos momentos en que su confianza empiece a tambalear. El dudar de la inmensa bondad de Dios, de su gracia y de su amor siempre nos ocurre en algún momento. La fe verdadera debe lidiar a diario con una naturaleza temerosa y desconfiada. Es en esos momentos cuando debemos clamar a Dios, el único que puede sostenernos.
En las Escrituras encontramos varios casos en los que una señal o prueba es requerida al Señor. Encontramos al siervo de Abraham pidiendo una señal que le indique si Rebeca es realmente la mujer que debe escoger para Isaac. Gedeón también pidió una prueba para saber si aquel con quien hablaba era el Ángel del Señor, para ello fue a llevarle una ofrenda que fue encendida al contacto de su vara. Sin conformarse con ello, Gedeón siguió pidiendo una prueba de que Israel sería salvo realmente por su mano pidiendo que solo un vellón de lana apareciese mojado por el rocío de la mañana.
No nos avergoncemos de pedir señales a nuestro Dios. Que Él se manifieste a nuestras vidas de tal modo que nosotros seamos los primeros convencidos de su persona y de sus obras. Hoy, más que nunca, son necesarios los creyentes “que crean”. Hay demasiada superficialidad, demasiada religiosidad vacía. Debemos salir de nuestra seguridad para arrojarnos a los brazos de su misericordia, de su ayuda y consuelo. Es necesario que la señal de la cruz y de la resurrección de Cristo traiga luz a nuestras vidas.
No recibimos más bendición del Señor, y las conversiones no abundan porque nosotros mismos nos hemos conformado con lo que tenemos. No profundizamos en las Escrituras, y nuestras rodillas no se gastan de orar pidiendo la santificación del nombre de Dios en nuestro vivir cotidiano. Hoy no alzamos los ojos a los montes como hacía el Salmista, preferimos ir postrados con la cabeza inclinada buscando entre nuestros recursos, artilugios, estratagemas, tradiciones, supersticiones, etc.
¿Será Dios capaz de darnos hijos a tan avanzada edad? Si nos creemos la Palabra de Dios ¿Nos hemos preguntado cómo será todo esto? Dios tiene interés en obrar milagros y proezas en nosotros ¿Lo tenemos nosotros?
¿Cómo vamos a probar a Dios? ¿Qué tal nuestro sacrificio por Él? Dios ha prometido bendecirnos si somos generosos con Él y con los demás ¿Cuánto de nuestro tiempo, y de nuestros bienes le estamos ofreciendo? ¿Hasta dónde llega nuestra misericordia por el prójimo? De todo esto depende que recibamos la bendición de Dios ¿Vamos a probar si es cierto?
No hay gozo en nuestras vidas porque vivimos ajenos a las promesas de Dios. Simplemente, las desconocemos, por lo tanto, no podemos creer en ellas. La Vida Eterna se manifiesta en nosotros en la medida que profundizamos en la Palabra de Dios. Difícilmente vamos a creer en el nombre de Cristo si apenas le conocemos de un modo personal
Si nos tomamos en serio a Dios vamos a pedir pruebas de las promesas que encontramos en su Palabra, tal y como hizo Abraham. Pero si no mostramos interés en saber si es cierto lo que Dios dice en las Escrituras, quizá sea Él quien se encargue de probar, no su Palabra, sino la nuestra.
Estas cosas he escrito á vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios.1 Juan 5:13
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